CAPÍTULO 31 EL DESIERTO DE SAL Y LA TRAVESÍA DE LOS CONDENADOS #2
Fue al amanecer del noventa y un día, cuando la bruma matutina aún cubría el valle con un sudario de algodones sucios, cuando los vigías divisaron la columna de jinetes que ascendía por el sendero de la montaña.
No eran los salvajes de las tierras lejanas, ni los cimarrones fugitivos que buscaban refugio.
Eran hombres blancos, vestidos con jubones de acero y morriones relucientes, que marchaban en formación disciplinada bajo el estandarte de la Corona de Castilla.
Yahya descendió de la atalaya con el rostro demudado por la gravedad del mensajero.
—Son veinte jinetes, acompañados por un séquito de sirvientes y cargadores —pronunció el morisco, su voz resonando como piedras rodando por un barranco—. No son soldados de los Tercios. Son emisarios del Virrey. Traen pergaminos sellados con el sello real.
Me incorporé de un salto, empuñando la Tizona con la celeridad del felino que acecha.
—¿Qué quieren? —inquirí, mis ojos entornados por la desconfianza.
—No lo sé —respondió Yahya—. Pero traen una bandera blanca. Vienen bajo parlamento.
La mención de la bandera blanca me heló la sangre.
En las leyes de la guerra, la bandera blanca era sagrada.
Significaba que los emisarios venían con un mensaje de paz, o al menos con una propuesta de negociación.
Pero yo conocía la crueldad de los hombres blancos, su capacidad para traicionar incluso los juramentos más sagrados.
—Que entren —ordené, con la voz firme, aferrando la empuñadura de la espada—. Pero que nadie desenvaine el acero hasta que yo lo ordene. Si nos traicionan, que los espíritus de la montaña sean testigos de su perfidia.
Los emisarios del Virrey entraron en el palenque al mediodía.
Eran veinte hombres, vestidos con jubones de brocado negro y sombreros de ala ancha adornados con plumas de avestruz.
A su frente cabalgaba un hombre de estatura mediana y rostro afilado, cuyos ojos, del color del hielo derretido, escrutaban el asentamiento con la frialdad de un buitre que sobrevuela un camposanto.
En sus manos portaba un pergamino sellado con lacre rojo, ostentando el escudo de Castilla y León.
—Doña Catalina de Mendoza —pronunció el emisario, desmontando con la parsimonia de quien sabe que posee el poder absoluto—.
Soy Don Alonso de Contreras, oidor de la Real Audiencia de Santa Fe.
Vengo en nombre de Su Majestad el Rey Don Felipe II para comunicaros los designios de la Corona respecto a vuestra persona y a la de vuestro... compañero.
La mención de Yahya fue dicha con un desdén que me hizo hervir la sangre. Pero mantuve la compostura, recordando las lecciones de la cortesía castellana que me habían inculcado en los salones de Cádiz.
—Hablad claro, señor oidor —repliqué, con la voz fría como el acero—. ¿Qué quiere la Corona de una mujer excomulgada y proscrita?
Don Alonso de Contreras soltó una risita ahogada, desenvolviendo el pergamino con un gesto teatral.
—La Corona, en su infinita misericordia, ha decidido perdonar vuestras culpas, Doña Catalina —pronunció el oidor, leyendo del documento con voz monótona—.
Se os ofrece un indulto real, con la condición de que entreguéis al hereje Yahya al-Jawhari a la justicia del Santo Oficio, y de que regreséis a España para cumplir penitencia en un convento de clausura.
La oferta era una trampa. Lo supe con la certeza absoluta que otorga el instinto de supervivencia.
Si entregaba a Yahya, lo enviarían a la hoguera.
Si regresaba a España, me encerrarían en un convento hasta el fin de mis días.
Era una sentencia de muerte lenta, una forma de eliminarnos sin manchar las manos de sangre.
Miré a Yahya, y en sus ojos ámbar leí la misma determinación que ardía en mi pecho. No había rendición posible. Solo la lucha, la astucia, y la promesa silenciosa de que preferíamos morir en las montañas que vivir de rodillas ante los hombres que nos habían destruido.
—Decid a vuestro Virrey que su misericordia apesta a podredumbre —espeté, desenvainando la Tizona con un movimiento que hizo chisporrotear el acero—. Que si quiere nuestras cabezas, venga a buscarlas. Pero que sepa que las montañas no perdonan a los que osan desafiar a los espíritus de la sierra.
Don Alonso de Contreras palideció bajo su tez rubicunda. Hizo un gesto a sus hombres, que desenvainaron las espadas con la celeridad de los profesionales.
—Entonces, Doña Catalina, habéis sellado vuestra condena —musitó el oidor, retrocediendo hacia su caballo—. Que Dios os condene en la otra vida, porque en esta ya camináis con un pie en el averno.
Los emisarios del Virrey partieron al galope, dejando tras de sí una estela de polvo y amenazas.
Yo me quedé de pie en el centro del palenque, con la espada aún desenvainada, contemplando cómo desaparecían en la curva del sendero.
Sabía que no era el fin. Era solo el comienzo de una nueva guerra, una guerra que nos enfrentaría no solo a los hombres blancos, sino a la Corona misma, a la Iglesia y a todo el poder del imperio más vasto que el mundo había conocido.
Yahya se acercó a mí, tomando mi rostro entre sus manos.
—Hemos sellado nuestro destino, mi amor —susurró, besando mis labios con una ternura que me devolvía la dignidad arrebatada—. Ahora, solo nos queda luchar.
Asentí con la cabeza, sintiendo cómo la furia de una madre, el honor de una Mendoza y el amor de una mujer se fundían en un acero indestructible en mi pecho.
No había espada toledana que pudiera cortar las cadenas de nuestro destino.
No había botica que pudiera curar las heridas de nuestra alma.
Pero había algo que los emisarios del Virrey no habían previsto: la alianza entre una noble castellana, un cacique de las tierras lejanas y doscientos proscritos que no tenían nada que perder.
—Que vengan —susurré, alzando la Tizona hacia el cielo plomizo de las montañas—. Que vengan todos. Porque esta noche, la sangre de los Mendoza va a teñir de rojo las aguas del arroyo.
Y mientras el sol se ocultaba tras los picos de la sierra, sumergiendo el valle en las tinieblas, supe que la verdadera batalla por la supervivencia estaba a punto de comenzar.
Porque ahora, no solo luchábamos contra el Marqués de la Sangre, contra los encomenderos y contra los salvajes de las tierras lejanas.
Ahora, luchábamos contra la Corona, contra la Iglesia y contra el mundo entero.
Pero lo que yo no sabía, lo que ninguno de nosotros podía imaginar en aquel instante de furia y determinación, era que la verdadera amenaza no vendría de los ejércitos del Virrey, ni de los sabuesos de la Inquisición.
Vendría de las tierras del sur, del desierto de sal que los chibchas llamaban el umbral de los dioses, donde los espíritus antiguos dormían bajo costras de cristal blanco.
Porque mientras el sol se ocultaba tras las montañas, y las primeras estrellas comenzaban a brillar en el cielo, una figura se deslizaba entre las sombras del campamento, llevando en sus manos un pergamino sellado con lacre negro.
Y en ese pergamino, escrito con tinta roja y firmado con un nombre que helaría la sangre de cualquiera que lo leyera, estaba el destino de todos nosotros.
Yo que había sobrevivido al fuego de los arcabuces, a la picota y al látigo, a la peste y a la locura, no podía imaginar que la mayor traición estaba a punto de estallar en el corazón de nuestro santuario, convirtiendo las Tierras Altas en el escenario de una masacre que desafiaría toda comprensión humana.