La flor que no perdona CAPÍTULO 31 EL DESIERTO DE SAL Y LA TRAVESÍA DE LOS CONDENADOS
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CAPÍTULO 31 EL DESIERTO DE SAL Y LA TRAVESÍA DE LOS CONDENADOS

El desierto de sal se extendía ante nosotros como un mar petrificado, una extensión infinita de cristal blanco que reflejaba el sol del mediodía con una intensidad que cegaba los ojos y quemaba la piel expuesta.

No era la arena dorada de las playas del Caribe, ni la tierra fértil de los valles andinos.

Era la muerte cristalizada, el umbral del inframundo donde los espíritus antiguos dormían bajo costras de sal y donde ningún hombre blanco había sobrevivido para contar su historia.

Yo cabalgaba en la vanguardia, con el rostro cubierto por un velo de lino empapado en vinagre que apenas lograba filtrar el aire seco y cortante como una cuchilla de obsidiana.

A mi lado, Yahya avanzaba con paso firme, a pesar de que su brazo izquierdo aún no había recuperado la fuerza completa tras las torturas de Santa Fe.

Sus ojos ámbar, protegidos por unas gafas de cuero con rendijas estrechas que él mismo había fabricado, escrutaban el horizonte con la atención de un navegante que busca tierra firme en medio de la tempestad.

Elvira cabalgaba a lomos de un pony cimarrón, guiado por Zaira, cuya piel oscura brillaba bajo el sol implacable como el bronce pulido.

Los primeros días de la travesía fueron una tortura de paciencia y dolor.

Los odres de agua, que habíamos llenado en los arroyos de las montañas, se vaciaron con una rapidez alarmante, y el líquido restante sabía a cuero podrido y a salitre.

El aire, seco y cortante, raspaba las gargantas y agrietaba los labios hasta hacerlos sangrar.

Los guerreros de Ixpan, que nos habían acompañado hasta los límites de las montañas y que ahora regresaban a sus tierras, nos habían advertido que la sal no perdonaba a los que no conocían sus secretos.

—Los indígenas del sur beben la sangre de los cactus y mastican las raíces de las plantas de la noche —nos había explicado Ixpan antes de despedirse, su voz grave resonando como piedras rodando por un barranco—.

Solo así sobreviven. Si no encontráis agua en tres días, la sal os devorará las entrañas.

La profecía del cacique se cumplió con la puntualidad de una sentencia de muerte.

Al tercer día, cuando la desesperación comenzaba a nublar nuestros juicios, los odres estaban vacíos, y los labios de Elvira comenzaban a agrietarse y sangrar.

La niña, que antaño había sido la imagen de la inocencia y la vitalidad, ahora caminaba con paso tambaleante, sus ojos oscuros hundidos en las órbitas, su piel pálida y translúcida como el papel de pergamino.

—Madre, tengo sed —susurró la niña, con la voz quebrada por la deshidratación—. ¿Cuándo llegaremos a casa?

La pregunta fue un puñal que me atravesó el pecho. ¿Cómo explicarle a una niña de siete años que nuestro hogar era una quimera, que el desierto de sal era un infierno de cristal y muerte, que la única casa que nos aguardaba era la tumba que la sal nos cavaría bajo los pies?

—Pronto, mi amor —respondí, acariciando su cabello oscuro y besando su frente febril—. Pronto encontraremos agua. Pronto llegaremos a un lugar donde los espíritus del viento nos protejan.

La mentira sabía a ceniza en mi boca, pero era el único consuelo que podía ofrecerle. Elvira cerró los ojos, agotada por las emociones del día, y se durmió en mis brazos, su respiración acompasada el único sonido que me mantenía anclada a la cordura.

Yahya, con la paciencia de un sabio y la destreza de un cazador, nos enseñó a identificar las plantas que contenían agua en sus tejidos.

Cortábamos los tallos carnosos de los cactus con nuestros alfanjes y exprimíamos el líquido viscoso y amargo en nuestras bocas resecas.

El sabor era repugnante, pero la humedad que nos devolvía era un milagro que nos mantenía vivos.

—La sal no perdona a los que no conocen sus secretos —murmuró Yahya en la quinta noche, cuando acampamos bajo un cielo tan estrellado que parecía un manto de diamantes esparcidos sobre terciopelo negro—.

Los indígenas del sur beben la sangre de los cactus y mastican las raíces de las plantas de la noche. Solo así sobreviven.

El morisco, con la paciencia de un sabio y la destreza de un cazador, nos enseñó a identificar las plantas que contenían agua en sus tejidos.

Cortábamos los tallos carnosos de los cactus con nuestros alfanjes y exprimíamos el líquido viscoso y amargo en nuestras bocas resecas.

El sabor era repugnante, pero la humedad que nos devolvía era un milagro que nos mantenía vivos.

Al séptimo día, cuando la fiebre comenzaba a hacer mella en el cuerpo de Yahya y la deshidratación amenazaba con consumir a Elvira, divisamos las montañas.

No eran los picos nevados de los Andes que los cronistas describían en sus cartas llenas de hipérboles, sino una cordillera de roca rojiza y bosques de pinos enanos que se alzaba en el horizonte como una promesa de salvación.

El aire, al acercarnos a las estribaciones de la sierra, se volvió menos denso y más fresco, y el aroma a resina y a tierra húmeda nos devolvió la esperanza.

Cruzamos el umbral de las montañas al amanecer del octavo día.

El paisaje cambió con la brusquedad de un sueño que se transforma en pesadilla: la sal blanca dio paso a bosques de robles y hayas, a arroyos de agua cristalina que bajaban cantarines de las alturas, a prados de hierba verde salpicados de flores silvestres que perfumaban el aire con aromas a tomillo y a lavanda.

Era como si hubiéramos cruzado la frontera entre el infierno y el paraíso.

—Este lugar se llama las Tierras Altas de los Chibchas —explicó Yahya, señalando hacia los valles que se extendían ante nosotros—.

Mis ancestros cazaron aquí antes de que los hombres blancos llegaran con sus cruces y sus espadas.

Los espíritus de la montaña son antiguos y poderosos.

Si les mostramos respeto, nos protegerán.

Elegimos un valle escondido, rodeado por acantilados de roca roja y protegido por un bosque de pinos centenarios, para establecer nuestro nuevo hogar.

El lugar era un santuario natural: un arroyo de aguas límpidas cruzaba el centro del valle, alimentando un lago pequeño donde los peces nadaban en cardas plateadas.

La tierra era fértil, negra y rica en humus, y los árboles frutales silvestres ofrecían manzanas, peras y ciruelas en abundancia.

La construcción del palenque fue una obra de comunidad y de supervivencia.

Los cimarrones, con su conocimiento de las técnicas de construcción africanas, levantaron chozas de adobe y paja con techos inclinados para resistir las lluvias torrenciales.

Los guerreros indígenas, maestros en el arte de la carpintería, tallaron vigas de cedro y puentes de madera que conectaban las diferentes zonas del asentamiento.

Yo, con las manos encallecidas por el trabajo y el corazón lleno de una paz que no había conocido desde los jardines de Cádiz, participé en la siembra de los campos, plantando maíz, frijoles y calabazas que crecieron con una rapidez milagrosa bajo el sol benévolo de las alturas.

Yahya estableció su botica en una cueva natural que se abría en la ladera de la montaña, cuyas paredes estaban cubiertas de musgo y helechos que goteaban agua fresca.

Allí, rodeado de frascos de cristal y morteros de piedra, el morisco preparaba los remedios que curaban las fiebres, las heridas y los males del alma.

Yo lo ayudaba en su trabajo, aprendiendo de él los secretos de las plantas de las montañas, y juntos fusionábamos la medicina de la vieja Europa con la sabiduría ancestral de las tierras americanas.

Las noches en las Tierras Altas eran un regalo de los dioses.

El aire, fresco y puro, olía a pino y a tierra mojada, y el cielo se llenaba de estrellas tan brillantes que parecían al alcance de la mano.

Yahya y yo nos sentábamos junto al fuego de la hoguera central, con Elvira dormida en nuestros regazos, y contemplábamos el espectáculo celestial en silencio.

En aquellos momentos, el mundo exterior, con sus inquisidores y sus virreyes, con sus encomenderos y sus esclavistas, dejaba de existir.

Solo éramos nosotros, dos almas que habían encontrado en la geografía de las montañas el refugio que los hombres les habían negado.

—¿Crees que algún día podremos vivir sin miedo, Yahya? —le pregunté una noche, mientras las llamas de la hoguera danzaban en sus ojos ámbar.

El morisco me tomó de la mano, sus dedos ásperos acariciando los míos con una ternura que me deshizo por dentro.

—El miedo es la sombra del amor, Catalina —respondió con voz suave—. Mientras amemos, temeremos perder lo que amamos. Pero el miedo no es nuestro enemigo. Es el recordatorio de que la vida vale la pena ser vivida.

Me acerqué a él y apoyé mi cabeza en su pecho, escuchando el latido firme de su corazón.

En aquel instante, supe que no importaba si los ejércitos del rey llegaban a las montañas, si la Inquisición enviaba a sus sabuesos a cazarnos, si el mundo entero se conjuraba para destruirnos.

Mientras respiráramos, mientras nuestros pechos se alzaran al unísono, mientras nuestras manos se buscaran en la oscuridad, seríamos libres.

La paz de las Tierras Altas duró tres lunas.

Tres lunas en las que Elvira creció fuerte y sana, corriendo descalza por los prados y aprendiendo de los guerreros indígenas el arte de la caza y el respeto por los espíritus de la montaña.

Tres lunas en las que los campos dieron sus primeros frutos, y las chozas se llenaron del aroma a pan de maíz y a caldo de venado.

Tres lunas en las que Yahya y yo nos amamos con la intensidad de los que saben que cada día puede ser el último, forjando recuerdos que ni el fuego ni la espada podrían borrar.

Pero el destino, ese tejedor implacable de hilos sangrientos, no había terminado con nosotros.