La flor que no perdona CAPÍTULO 30 LA FUGA HACIA EL SUR Y EL CAMINO DE LAS SOMBRAS #2
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CAPÍTULO 30 LA FUGA HACIA EL SUR Y EL CAMINO DE LAS SOMBRAS #2

Los guardias se lanzaron hacia nosotros con la furia de los lobos que acechan a su presa.

Pero yo ya no era la mujer noble que había llegado a las Indias.

Era la loba de la selva, la madre de la resistencia, la espada de los proscritos.

Y no permitiría que aquellos hombres tocaran ni un solo cabello de mi hija.

Con un movimiento que desafiaba la fatiga de mis músculos, desenvainé la daga y me abalancé sobre el capitán.

El acero silbó en el aire, y la hoja se hundió en la brecha de su peto, justo bajo la clavícula.

El hombre soltó un grito ahogado y se desplomó sobre las losas del puente, la sangre negra manando de su herida y tiñendo de carmesí el agua del río que corría bajo nosotros.

Los demás guardias, al ver caer a su capitán, dudaron un instante. Fue el instante que Yahya necesitó. Con un movimiento fluido que desafiaba su estado de debilidad, el morisco lanzó su espada hacia adelante, hiriendo a dos de los soldados y obligando al resto a retroceder.

—¡Ahora! —bramó Yahya, tomando las riendas de mi caballo y espoleándolo hacia el sur—. ¡Cruzad el puente! ¡Hacia las montañas!

Galopamos hacia el sur, con los guardias persiguiéndonos a distancia, sus gritos ahogados por el estruendo de los cascos y el viento de la noche.

Cruzamos el puente, dejando atrás Santa Fe y la hoguera que me había sido destinada, y nos adentramos en los territorios inexplorados del sur, donde las montañas se alzaban como gigantes de piedra contra el cielo estrellado.

La fuga hacia el sur fue una travesía por los círculos más profundos del purgatorio.

Durante días, cabalgamos por senderos de cabras que serpenteaban por los acantilados, cruzando ríos de aguas heladas y esquivando las patrullas de los soldados que nos perseguían.

Elvira, ajena a la magnitud del peligro, dormía en mis brazos, su pequeño cuerpo pegado al mío como un pájaro asustado que busca el calor del nido.

Yahya, a pesar de su fiebre y de las heridas que aún no habían cicatrizado, se dedicó a mí con una devoción que rozaba lo sacrílego.

Cada noche, cuando acampábamos al abrigo de las rocas, el morisco preparaba los remedios que su ciencia y la sabiduría de la selva le dictaban, aplicando cataplasmas de corteza de sauce y miel de abejas sobre mis heridas, y murmurando plegarias en árabe y en castellano, invocando a Allah y a Cristo, a los espíritus de la selva y a los santos de Córdoba.

—¿Crees que algún día podremos vivir sin miedo, Yahya? —le pregunté una noche, mientras las llamas de la hoguera danzaban en sus ojos ámbar.

El morisco me tomó de la mano, sus dedos ásperos acariciando los míos con una ternura que me deshizo por dentro.

—El miedo es la sombra del amor, Catalina —respondió con voz suave—. Mientras amemos, temeremos perder lo que amamos. Pero el miedo no es nuestro enemigo. Es el recordatorio de que la vida vale la pena ser vivida.

Me acerqué a él y apoyé mi cabeza en su pecho, escuchando el latido firme de su corazón.

En aquel instante, supe que no importaba si los ejércitos del rey llegaban a las montañas, si la Inquisición enviaba a sus sabuesos a cazarnos, si el mundo entero se conjuraba para destruirnos.

Mientras respiráramos, mientras nuestros pechos se alzaran al unísono, mientras nuestras manos se buscaran en la oscuridad, seríamos libres.

Pero lo que yo no sabía, lo que ninguno de nosotros podía imaginar en aquel instante de amor y determinación, era que la verdadera amenaza no vendría de los ejércitos del Virrey, ni de los sabuesos de la Inquisición.

Vendría de las tierras del sur, del desierto de sal que los chibchas llamaban el umbral de los dioses, donde los espíritus antiguos dormían bajo costras de cristal blanco.

Porque mientras cabalgábamos hacia lo desconocido, con Elvira en mis brazos y Yahya a mi lado, una figura se deslizaba entre las sombras de las montañas, observándonos con ojos que brillaban con una luz sobrenatural.

Era una figura encapuchada, cuyo rostro estaba oculto bajo la capucha de un manto negro.

En sus manos, sostenía un pergamino sellado con lacre negro, y en sus labios, una sonrisa que prometía una venganza que trascendía la muerte.

Y mientras el sol comenzaba a teñir de rojo las cumbres de las montañas, y los primeros rayos de la mañana iluminaban el desierto de sal que se extendía ante nosotros como un mar de cristal, la figura encapuchada se giró hacia el norte, hacia las montañas que habíamos dejado atrás.

Y con un movimiento suave y deliberado, arrojó el pergamino al viento, dejando que las palabras escritas en tinta roja volaran hacia nosotros como una maldición que no conocía la piedad.

Porque la verdadera amenaza no había muerto con Don García, ni con el Marqués de la Sangre, ni con el inquisidor.

La verdadera amenaza acababa de comenzar, y su sombra se extendería sobre nuestro camino como un sudario de muerte, convirtiendo el desierto de sal en el escenario de una batalla que desafiaría toda comprensión humana.

Y yo, que había sobrevivido al fuego de los arcabuces, a la picota y al látigo, a la peste y a la locura, no podía imaginar que el precio de nuestra libertad sería más alto de lo que jamás habíamos imaginado.

Porque mientras cabalgábamos hacia el sur, hacia las tierras donde ningún hombre blanco había pisado jamás, una voz susurraba en el viento, una voz que conocía, una voz que creía muerta, una voz que prometía que nuestra huida no sería el fin de nuestra historia, sino solo el comienzo de una nueva batalla, una batalla que se libraría no con espadas ni con arcabuces, sino con la verdad y la mentira, con el amor y el odio, con la vida y la muerte.

Mientras el sol se alzaba sobre el desierto de sal, y las primeras estrellas comenzaban a desvanecerse en el cielo, supe que la verdadera batalla por la supervivencia estaba a punto de comenzar.

Porque ahora, no solo luchábamos contra la Corona, contra la Inquisición y contra el mundo entero.

Ahora, luchábamos contra algo mucho más antiguo, mucho más poderoso, mucho más terrible que cualquier hombre blanco que hubiera osado desafiar a los espíritus de la selva.

Pero estábamos dispuestos a teñir de rojo las arenas del desierto, aunque tuviéramos que caminar sobre nuestra propia sangre para lograrlo.