La flor que no perdona CAPÍTULO 30 LA FUGA HACIA EL SUR Y EL CAMINO DE LAS SOMBRAS
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CAPÍTULO 30 LA FUGA HACIA EL SUR Y EL CAMINO DE LAS SOMBRAS

La noche cayó sobre Santa Fe de Tierra Firme como un sudario de plomo, ocultando las torres de la catedral y los balcones de la Real Audiencia bajo un manto de tinieblas que olía a pólvora y a traición.

Yo me encontraba en una celda de tránsito del palacio, custodiada por dos guardias que habían recibido órdenes de no apartar la vista de mí ni un solo instante.

Pero los guardias, por muy leales que se creyeran a la Corona, eran hombres, y los hombres tienen debilidades que el oro y la astucia pueden explotar.

Don Martín, el viejo mayordomo que había cruzado el océano para salvarme, había cumplido su parte del trato.

Con las últimas monedas que le quedaban de su fortuna perdida, había sobornado al alcaide de las mazmorras, un hombre llamado Pedro de Alvarado que había servido en los Tercios de Flandes y que conocía el valor del silencio cuando la conciencia pesaba más que la lealtad.

El alcaide, a cambio de trescientos ducados de oro y la promesa de un pasaje seguro hacia España, había aceptado facilitar nuestra fuga.

—El turno de guardia cambia a la medianoche —me susurró Don Martín a través de los barrotes de la celda, su voz apenas audible sobre el goteo del agua que se filtraba por las paredes—.

Cuando los nuevos guardias lleguen, habrá un instante de confusión.

En ese momento, el alcaide abrirá la puerta de las mazmorras donde Yahya está preso. Vos debéis estar lista para correr.

—¿Y Elvira? —pregunté, con el corazón latiendo desbocado, sintiendo cómo la esperanza y el terror se fundían en un acero indestructible en mi pecho—. ¿Cómo sacaremos a mi hija del convento?

—Zaira ya está en el convento —respondió el mayordomo, con los ojos brillando por la determinación—.

Se ha disfrazado de novicia, y ha entrado con la excusa de traer medicinas para una hermana enferma.

Sacará a la niña por la puerta trasera del convento, y nos esperará en el puente de piedra que cruza el río al sur de la ciudad.

Asentí con la cabeza, sintiendo cómo la furia de una madre y el amor de una mujer me daban la fuerza que necesitaba para enfrentar lo que venía.

Tomé la daga que había logrado ocultar en la faja, gracias a la complicidad de una de las sirvientas del palacio, y la apreté con tanta fuerza que los nudillos se me tornaron blancos.

La medianoche llegó con la parsimonia de un condenado que camina hacia el patíbulo.

Escuché el sonido de las botas de los guardias que se retiraban, el chirrido de la puerta al abrirse, y las voces de los nuevos centinelas que tomaban su puesto.

En ese instante de confusión, tal como Don Martín había previsto, el alcaide apareció en el pasillo, con una llave maestra en la mano y el rostro pálido por el miedo.

—Rápido, mi señora —susurró el hombre, abriendo la puerta de la celda con un chirrido metálico—. El alcaide del turno anterior ha descubierto el soborno. Si no huis ahora, antes del amanecer estaréis todas en la hoguera.

Salí de la celda con la agilidad de un felino, la daga desenvainada y los sentidos alerta.

El alcaide me guio por los pasillos oscuros del palacio, evitando las antorchas y las patrullas de guardias que patrullaban los corredores.

El olor a moho y a podredumbre se mezclaba con el hedor de las letrinas y el aroma acre de la pólvora que se filtraba por las troneras.

Al llegar a las mazmorras principales, el alcaide se detuvo ante una puerta de roble reforzada con bandas de hierro. Extrajo una llave de su faja y la introdujo en la cerradura con manos temblorosas.

—Está ahí dentro —murmuró el hombre, abriendo la puerta con un chirrido agónico—. Pero está muy débil, mi señora. La fiebre lo consume, y las cadenas le han destrozado las muñecas. No sé si podrá caminar.

Empujé la puerta y entré en la celda. El olor a carne gangrenada y a desesperación me golpeó el rostro, obligándome a cubrirme la nariz y la boca con el borde de mi sayal.

En el centro de la estancia, iluminado por el resplandor mortecino de una antorcha que ardía en la pared, Yahya estaba encadenado a la pared de piedra, su cuerpo demacrado y cubierto de heridas que supuraban un líquido amarillento.

¡Yahya! exclamé, lanzándome hacia él y sosteniendo su peso para que las cadenas no le dislocaran los hombros.

Sus párpados se entreabrieron con lentitud.

Los ojos ámbar, que antaño reflejaban la sabiduría de las bibliotecas de Córdoba y la ternura de los jardines de la infancia, estaban ahora velados por el dolor y la fiebre.

Tardó un instante en enfocar mi rostro, en comprender que la figura encapuchada y manchada de hollín que lo sostenía no era otro verdugo más enviado por el inquisidor.

Catalina susurró, con la voz quebrada por la garganta destrozada y los pulmones llenos de líquido. Eres un espejismo. La fiebre me ha llevado al paraíso antes de la hoguera.

No soy un espejismo, mi vida respondí, tomando la daga y comenzando a serrar las cadenas que le aprisionaban las muñecas. Soy yo. He venido a sacarte de este infierno. He venido a llevarte lejos de aquí, donde la Inquisición no pueda alcanzarnos.

El hierro cedió con un chasquido metálico.

El cuerpo de Yahya se desplomó hacia adelante, pero yo lo recibí en mis brazos, abrazándolo con una fuerza desesperada.

Su peso era el de un niño, la desnutrición y el suplicio habían consumido la musculatura firme del médico que había conocido en la botica de la encomienda.

Lo levanté con un esfuerzo que desgarró las cicatrices de mi espalda, pasando su brazo sano por mis hombros, y comencé a arrastrarlo hacia la puerta.

—Debemos irnos, mi amor —jadeó Yahya, apoyando su frente contra la mía, su aliento caliente y febril rozando mis labios—. El inquisidor no descansará hasta que nos encuentre. Hasta que nos queme en la hoguera.

—Que nos busque —repliqué, con la voz firme, sacando de mi sayal los frascos de ungüentos y las hierbas de la selva que había guardado como un tesoro—.

Pero no nos encontrará en Santa Fe. Nos encontrará en las tierras del sur, en el desierto de sal, donde ni la Corona ni la Inquisición se atreven a pisar.

Salimos de la mazmorra, cruzando los pasillos oscuros del palacio con la cautela de los espectros que huyen de la luz.

El alcaide nos mandó hasta una puerta lateral que daba a los establos, donde dos caballos ensillados nos esperaban, junto con un tercer animal de carga que llevaba los hatillos con provisiones y las armas que habíamos logrado recuperar.

Al salir a la noche, el aire fresco de la montaña me golpeó el rostro, arrastrando consigo el aroma a pino y a tierra mojada que me devolvió la esperanza.

Pero la dulzura de aquel instante fue brutalmente interrumpida por el sonido de los cascos de los caballos que se acercaban al galope desde el norte de la ciudad.

—¡Los guardias! —bramó el alcaide, desenvainando su espada con un movimiento espasmódico—. ¡Han descubierto la fuga! ¡Corred hacia el puente! ¡Yo los retrasaré!

No tuve tiempo de agradecer su sacrificio.

El alcaide se lanzó hacia los guardias que entraban en el patio del palacio, su espada cantando en el aire mientras se enfrentaba a cuatro hombres armados.

Su figura, recortada contra la luz de las antorchas, era la de un héroe de las antiguas baladas castellanas, un hombre que había vendido su alma por trescientos ducados y por la promesa de una conciencia tranquila.

Espoleé al caballo, con Yahya aferrado a mi cintura, y nos lanzamos al galope por las calles empedradas de Santa Fe.

El sonido de los cascos resonaba en la noche como el latido de un corazón enfermo, y los gritos de los guardias que nos perseguían se mezclaban con el aullido de los perros de presa que habían sido soltados en nuestro rastro.

Cruzamos la plaza mayor, donde la hoguera que me había sido destinada se alzaba como un monumento a la crueldad de los hombres.

Las teas aún no habían sido encendidas, pero la pira de leña y los troncos atados esperaban, silenciosos y amenazantes, como los dientes de un leviatán que aguarda su presa.

Al llegar al puente de piedra que cruzaba el río al sur de la ciudad, divisé la figura de Zaira, que sostenía a Elvira en sus brazos.

La niña, al verme, soltó un grito de alegría y extendió los brazos hacia mí.

Detuve el caballo, y tomé a mi hija en mis brazos, hundiendo mi rostro en su cabello, aspirando el aroma de su piel que lograba eclipsar el hedor de la muerte que nos rodeaba.

—Madre, ¿vamos a casa? —preguntó Elvira, con los ojos brillando por las lágrimas y la esperanza.

—Sí, mi amor —respondí, besando su frente con una ternura que me deshizo por dentro—. Vamos a casa. A un lugar donde nadie podrá hacernos daño.

Pero antes de que pudiéramos cruzar el puente, el sonido de los cascos de los caballos nos alcanzó.

Los guardias, liderados por un capitán de rostro surcado por la cicatriz de un arcabuzazo, nos rodearon en el centro del puente, sus espadas desenvainadas y sus arcabuces apuntando hacia nuestros pechos.

—¡Rendíos, herejes! —bramó el capitán, escupiendo sangre por la comisura de los labios—. ¡En nombre del Santo Oficio y de la Real Audiencia, quedáis arrestados!

Yahya, a pesar de su debilidad, desenvainó la espada toledana que había recuperado de las mazmorras. Sus ojos ámbar, brillantes por la fiebre y la determinación, me contemplaron con una intensidad que me devolvió la cordura.

—No nos rendimos —respondió el morisco, con la voz firme—. Nos vamos. Y si intentáis detenernos, tendréis que pasar sobre nuestros cuerpos.

El capitán soltó una risa seca, carente de humor.

—Eso es exactamente lo que el inquisidor ha ordenado —escupió el hombre, alzando su espada hacia mi garganta—. ¡Matad al sarraceno! ¡Traed a la mujer y a la niña vivas!