CAPÍTULO 29 LA SENTENCIA Y EL ALIADO DE LAS SOMBRAS #3
La revelación cayó sobre mí con el peso de una losa de mármol.
Libre, sí. Pero exiliada. Desterrada de las tierras que se habían convertido en mi hogar, de las montañas donde había encontrado el amor, de la selva que me había devuelto la dignidad.
Y lo que era peor: separada de Yahya, cuyo destino aún pendía de un hilo.
—¿Y Yahya? —pregunté, con la voz quebrada por la emoción, mirando al arzobispo con los ojos llenos de lágrimas—. ¿Qué será de él?
El arzobispo bajó la mirada, incapaz de sostener mi escrutinio. Una lágrima solitaria rodó por su mejilla, perdiéndose entre los pliegues de su túnica.
—Yahya al-Jawhari ha sido condenado por el Santo Oficio a la pena de muerte en la hoguera —murmuró el anciano, con la voz estrangulada por la agonía—.
La sentencia será ejecutada mañana al amanecer, en la plaza mayor de Santa Fe.
Lo siento, Doña Catalina. He hecho cuanto he podido por salvarlo, pero el inquisidor fray Bartolomé de Esteban se ha negado a revisar su caso.
El suelo se hundió bajo mis pies. El aire se volvió denso, irrespirable.
Miré a fray Bartolomé, cuyo rostro brillaba con la satisfacción cruel de un buitre que ha devorado a su presa.
Miré a Don Martín, cuyos ojos se llenaban de lágrimas.
Miré a los nobles y mercaderes del salón, que apartaban la mirada, incapaces de soportar el peso de la injusticia.
Y supe, con la certeza absoluta de los condenados, que la batalla no había terminado.
Que la libertad que me habían devuelto era una trampa, una forma de separarme de Yahya, de destruir el amor que nos mantenía vivos en la oscuridad.
—No aceptaré el destierro —sentencié, con la voz firme, desafiando a la muerte que me acechaba desde las sombras—.
No abandonaré las Indias mientras Yahya respire.
No dejaré que lo quemen en la hoguera, no permitiré que la Inquisición devore su alma.
Si me obligáis a elegir entre mi libertad y su vida, elegiré su vida.
Y si eso me convierte en una criminal a los ojos de la Corona, entonces que me cacen hasta el fin del mundo, porque mientras respire, mientras mi espada pueda cortar, ningún hombre blanco volverá a tocar a mi amor.
Fray Bartolomé soltó una risa seca, carente de humor, que resonó en las paredes del salón como el croar de un cuervo gigante.
—Entonces, Doña Catalina, habéis sellado vuestra condena —musitó el inquisidor, con una sonrisa que revelaba sus dientes blancos como los de un lobo—. Si intentáis liberar al sarraceno, seréis considerada cómplice de su herejía, y la hoguera os aguardará a vos también.
Me giré hacia Don Martín, y en sus ojos leí la misma determinación que ardía en mi pecho. No había rendición posible. Solo la lucha, la astucia, y la promesa silenciosa de que preferíamos morir en las brasas de la hoguera que vivir separados el uno del otro.
—Preparad a los cimarrones y a los guerreros de Ixpan —ordené, con la voz firme, tragándome el orgullo y la rabia—. Vamos a asaltar las mazmorras del palacio. Vamos a liberar a Yahya. Y si los hombres de la Corona intentan detenernos, que los espíritus de la selva sean testigos de su perfidia.
Mientras los guardias me conducían fuera del salón, bajo la mirada de los nobles y los sacerdotes que me observaban con una mezcla de compasión y temor, supe que la verdadera batalla por la supervivencia estaba a punto de comenzar.
Porque ahora, no solo luchábamos contra el Marqués de la Sangre, contra los encomenderos y contra los salvajes de las tierras lejanas.
Ahora, luchábamos contra la Corona, contra la Inquisición y contra el mundo entero.
Y estábamos dispuestos a teñir de rojo las calles de Santa Fe, aunque tuviéramos que caminar sobre nuestra propia sangre para lograrlo.
Pero lo que yo no sabía, lo que ninguno de nosotros podía imaginar en aquel instante de furia y determinación, era que la verdadera amenaza no vendría de los ejércitos del Virrey, ni de los sabuesos de la Inquisición.
Vendría de alguien que había caminado a nuestro lado, que había compartido nuestro pan y nuestro fuego, que había jurado lealtad a nuestra causa.
Alguien cuyo rostro conocíamos, cuya traición sería más cruel que cualquier espada toledana, y cuya sombra se extendería sobre nuestro camino como un sudario de muerte.
Porque mientras el sol comenzaba a teñir de rojo las torres de Santa Fe, y los guardias me conducían hacia las mazmorras del palacio, una figura se deslizaba entre las sombras de la ciudad, llevando en sus manos un pergamino sellado con lacre negro.
Y en ese pergamino, escrito con tinta roja y firmado con un nombre que helaría la sangre de cualquiera que lo leyera, estaba el destino de todos nosotros.
Aunque yo, que había sobrevivido al fuego de los arcabuces, a la picota y al látigo, a la peste y a la locura, no podía imaginar que la mayor traición estaba a punto de estallar en el corazón de nuestro santuario, convirtiendo las calles de Santa Fe en el escenario de una masacre que desafiaría toda comprensión humana.