CAPÍTULO 29 LA SENTENCIA Y EL ALIADO DE LAS SOMBRAS #2
Asentí con la cabeza, sintiendo cómo la furia de una madre, el honor de una Mendoza y el amor de una mujer se fundían en un acero indestructible en mi pecho.
Tomé el pergamino de las manos de Don Martín, y lo guardé en el interior de mi jubón, junto al corazón.
Luego, me incorporé con la espalda erguida, el rostro limpio de lágrimas, el corazón latiendo con la furia contenida de una loba que ha encontrado el rastro de su presa.
—Llevadme ante el tribunal —sentencié, con la voz firme, desafiando a la muerte que me acechaba desde las sombras—. Que el arzobispo escuche la verdad. Que los nobles de Santa Fe escuchen la verdad. Que el mundo entero escuche la verdad. Y que Dios me juzgue, porque los hombres ya lo han hecho.
Don Martín asintió con gravedad, y juntos salimos de la celda, cruzando los pasillos del palacio de la Real Audiencia bajo la custodia de dos guardias que nos escoltaban hacia el salón del tribunal.
El amanecer comenzaba a teñir de rojo las torres de Santa Fe, y las campanas de la catedral tañían con la parsimonia de un réquiem.
Pero yo no temía a la muerte. Temía la mentira, la injusticia, la crueldad de los hombres que pretendían representar la fe y la ley.
Y estaba dispuesta a enfrentarme a todos ellos, aunque tuviera que caminar sobre las brasas de la hoguera para lograrlo.
Al llegar al salón del tribunal, el espectáculo que se ofreció ante mis ojos me dejó sin aliento.
La estancia estaba repleta de espectadores, más que la víspera.
Nobles, mercaderes, sacerdotes, y una multitud de curiosos que habían acudido a presenciar no la ejecución de una hereje, sino el juicio de una mujer que había desafiado a la Corona y a la Inquisición.
En el estrado, los tres jueces esperaban con rostros solemnes: fray Bartolomé de Esteban, el inquisidor, con el rostro desencajado por la ira; Don Fernando de Luján, el oidor principal, con una expresión indescifrable; y fray Luis de Zapata, el arzobispo, con los ojos brillando por la esperanza de la justicia.
Me arrodillé en el centro de la sala, con la espalda erguida y el corazón latiendo desbocado. Don Martín se colocó a mi lado, sosteniendo el pergamino de la confesión con manos temblorosas. Fray Bartolomé golpeó la mesa con su mazo, exigiendo silencio.
—¿Qué significa esta farsa? —bramó el inquisidor, su rostro enrojecido por la ira—. ¡La acusada ha sido condenada a la hoguera! ¡No hay lugar para nuevas pruebas ni para nuevos testimonios! ¡La sentencia es definitiva!
—La sentencia no es definitiva hasta que se ejecute, fray Bartolomé —intervino el arzobispo, con una autoridad que hizo temblar las paredes del salón—.
Y según las leyes de la Corona, toda prueba nueva que pueda cambiar el veredicto debe ser presentada ante el tribunal antes de la ejecución. ¿Tenéis algo que decir, Doña Catalina?
Me incorporé con lentitud, ignorando el dolor de las cadenas que aún mordían mis muñecas.
Miré a los tres jueces, uno por uno, y luego recorrí con la vista el rostro de los espectadores, buscando entre ellos alguna mirada de compasión, algún gesto de humanidad.
Luego, con la voz clara y firme, desafiando el temblor de mis rodillas, comencé a hablar.
—Excelentísimos señores, nobles de Santa Fe, hombres de la Corona —pronuncié, mi voz resonando en las paredes del salón con una claridad que me sorprendió a mí misma—.
He venido a presentar una prueba que cambia el rumbo de este juicio.
Una prueba que demuestra que no soy una hereje, ni una traidora, ni una asesina.
Una prueba que demuestra que actué en defensa propia, que luché por proteger a mi hija, que vengué la muerte de mi esposo y la de cientos de inocentes que murieron bajo la tiranía del Marqués de la Sangre.
Extraje el pergamino del interior de mi jubón, y lo desplegó ante los jueces con manos que no temblaban.
—Esta es la confesión firmada de Don Lope de Vargas, el capitán de los mercenarios que asaltaron mi palacio en Cádiz —pronuncié, con la voz firme—.
En ella, confiesa que fue contratado por Don García de Mendoza y Pimentel, el primo de mi esposo, para raptarme y venderme como esclava en las Indias.
Confiesa que el Marqués de la Sangre no era un simple encomendero, sino un agente del Virrey, encargado de purgar las tierras de indígenas rebeldes mediante la peste bubónica.
Y confiesa que Don García de Mendoza y Pimentel fue el cerebro de la conspiración, el hombre que me arrebató todo y que ahora intentaba arrebatármelo también en las Indias.
El silencio que cayó sobre el salón fue absoluto, tan denso que podía escucharse el goteo de una vela en algún rincón de la estancia. Fray Bartolomé, pálido como la cera, golpeó la mesa con su mazo, intentando recuperar el control del tribunal.
—¡Falacias! —bramó el inquisidor, su voz quebrada por la ira—. ¡La acusada intenta engañar al tribunal con documentos falsificados! ¡Esa confesión es una mentira, una trampa de los herejes para escapar de la justicia de Dios!
—La confesión es verdadera, fray Bartolomé —intervino el arzobispo, con una autoridad que hizo callar al inquisidor—.
Ha sido jurada ante mí por Don Lope de Vargas, quien murió hace tres días a causa de sus heridas, pero no antes de confesar sus crímenes y de firmar este documento.
Y ha sido corroborada por el testimonio de Don Martín de Vargas, mayordomo de la casa de Mendoza, quien ha cruzado el océano para presentar esta prueba ante el tribunal.
Don Martín dio un paso al frente, arrodillándose ante los jueces con la solemnidad de un hombre que carga el peso de la verdad.
—Excelentísimos señores —pronunció el mayordomo, con la voz firme—, juro ante Dios y ante los hombres que esta confesión es verdadera.
Que Don García de Mendoza y Pimentel fue el cerebro de la conspiración que destruyó a la casa de Mendoza.
Que el Marqués de la Sangre fue un agente del Virrey, encargado de purgar las tierras de indígenas rebeldes mediante la peste bubónica.
Y que Doña Catalina de Mendoza no es una hereje, ni una traidora, ni una asesina, sino una víctima de la codicia y la crueldad de los hombres que pretendían representar la justicia de la Corona.
El murmullo del salón se tornó en un estruendo de indignación y asombro.
Los nobles se miraban entre sí, los mercaderes murmuraban en voz baja, los sacerdotes se santiguaban con manos temblorosas.
La verdad, por fin, había salido a la luz, y su peso era tan grande que amenazaba con derribar las paredes del salón.
Fray Luis de Zapata, el arzobispo, alzó una mano huesuda y pidió silencio. Sus ojos, de un azul pálido y sereno, se clavaron en los míos con una intensidad que me sorprendió.
—Doña Catalina de Mendoza —pronunció el arzobispo, con la voz grave y solemne—, el tribunal ha escuchado vuestra defensa y las pruebas presentadas. Y ha llegado a un nuevo veredicto.
Me incorporé con lentitud, sintiendo cómo el corazón me golpeaba las costillas. El arzobispo extrajo un pergamino de su túnica, y lo desplegó con manos temblorosas.
—Por los delitos de herejía, apostasía, trato con infieles y asesinato de un emisario real —leyó el arzobispo, con la voz quebrada por la emoción—, fuisteis condenada a la pena de muerte en la hoguera.
Pero las pruebas presentadas hoy demuestran que actuasteis en defensa propia, que fuisteis víctima de una conspiración, y que los crímenes que se os imputan fueron cometidos por otros hombres que ya han pagado por ellos ante la justicia de Dios.
Por lo tanto, este tribunal revoca la sentencia anterior, y os declara inocente de todos los cargos.
El mundo dejó de girar. El aire se volvió denso, irrespirable.
Sentí cómo las piernas me fallaban, y tuve que apoyarme en Don Martín para no caer de rodillas.
Inocente. La palabra resonaba en mi mente como una campana de plata, lavando la culpa, el dolor, la desesperación de los años anteriores. Inocente. Libre. Viva.
—Sin embargo —continuó el arzobispo, alzando la mano para detener mi reacción—, hay un cargo que no podemos revocar: el de haber mantenido relaciones pecaminosas con un morisco apostata.
La ley de la Corona es clara: toda cristiana que mantenga relaciones con un infiel debe ser excomulgada y desterrada de las Indias.
Por lo tanto, Doña Catalina, sois libre de todos los cargos de herejía y traición, pero debéis abandonar las Indias inmediatamente, y no regresar jamás bajo pena de muerte.