La flor que no perdona CAPÍTULO 29 LA SENTENCIA Y EL ALIADO DE LAS SOMBRAS
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CAPÍTULO 29 LA SENTENCIA Y EL ALIADO DE LAS SOMBRAS

La noche en la celda del palacio de la Real Audiencia se extendió como una herida abierta que no cicatriza.

Me senté en el camastro de paja, con la espalda apoyada contra la pared de piedra fría, y contemplé cómo la luz de la luna se filtraba por la ventana enrejada, proyectando sombras que danzaban sobre el suelo como los espectros de los condenados que me habían precedido en aquel lugar de tortura.

El aire olía a moho, a sudor rancio y a la desesperación acumulada de siglos de injusticia.

Cada respiración era un esfuerzo, cada latido de mi corazón un recordatorio de que la vida se me escapaba como el agua entre los dedos.

Pensé en Yahya, encadenado en alguna mazmorra del palacio, su cuerpo consumido por la fiebre y el veneno de la peste que volvía a hacer mella en sus venas.

Pensé en Elvira, encerrada en un convento de monjas dominicas, donde las hermanas se encargarían de borrar de su memoria el recuerdo de su madre hereje y de su padre sarraceno.

Pensé en Rodrigo, mi dulce y valiente Rodrigo, cuya muerte en el asalto de mi palacio en Cádiz había sido el primer eslabón de la cadena de horrores que me había conducido hasta aquel calabozo.

Y pensé en el Marqués de la Sangre, el demonio que había destruido mi vida, que ahora afirmaba estar vivo y venir a testificar en mi favor.

¿Era una trampa? ¿Una última jugarreta del tirano para arrastrarme al infierno antes de morir?

¿O era, como el arzobispo parecía creer?

¿la verdad que podía salvarme de la hoguera?

La incertidumbre me torturaba más que el miedo a la muerte.

Porque si el Marqués estaba vivo, y si venía a testificar en mi favor, ¿cuál era el precio de su misericordia? ¿Qué quería de mí a cambio de salvarme?

La respuesta llegó antes del amanecer.

El sonido de la puerta de la celda al abrirse me sobresaltó.

No era el arzobispo quien entraba, ni un guardia.

Era un hombre de estatura mediana, vestido con un jubón de paño oscuro y un sombrero de ala ancha que ocultaba su rostro en la penumbra.

En sus manos portaba un pergamino sellado con lacre negro, y sus pasos eran silenciosos, casi fantasmales, mientras se acercaba a mí con la cautela de un hombre que sabe que cada movimiento puede ser el último.

—Doña Catalina de Mendoza —susurró el hombre, con una voz grave y pausada que me resultó vagamente familiar—. Soy yo, el testigo que el arzobispo os ha mencionado. He venido a deciros la verdad antes de que la hoguera consuma vuestro cuerpo y vuestra alma.

Alzó el sombrero, y la luz de la luna iluminó su rostro.

Un grito ahogado brotó de mi garganta. No era el Marqués de la Sangre.

No era un demonio ni un espectro de la venganza.

Era Don Martín de Vargas, el antiguo mayordomo de mi palacio en Cádiz, el hombre que había servido a mi familia durante veinte años, el que me había enseñado a montar a caballo y a recitar los versos de Garcilaso cuando yo era apenas una niña.

Lo había dado por muerto en el asalto de los mercenarios, junto con mi esposo y mis servidores.

Pero allí estaba, vivo, con el rostro surcado por cicatrices y los ojos hundidos en las órbitas, pero vivo.

—Don Martín —susurré, incorporándome con las piernas temblorosas—. ¿Cómo es posible? ¿Cómo habéis sobrevivido?

El mayordomo se arrodilló ante mí, tomando mis manos entre las suyas. Sus dedos, ásperos por el trabajo y el tiempo, acariciaron los míos con una ternura que me deshizo por dentro.

—Sobreviví porque me escondí en la bodega del palacio, mi señora —murmuró, con la voz quebrada por la emoción—.

Cuando los mercenarios asaltaron la casa, me refugié en el sótano donde guardábamos el vino de Jerez.

Escuché los gritos, escuché la muerte de vuestro esposo, escuché cómo os arrastraban fuera del palacio.

Pero no pude hacer nada. Estaba paralizado por el miedo, por la cobardía de un viejo que no supo proteger a su señora.

Las lágrimas comenzaron a surcar mis mejillas, mezclándose con el hollín y la sangre seca de los días anteriores.

Don Martín había sido como un padre para mí, el hombre que me había enseñado los secretos de la cocina y los remedios de las hierbas cuando mi madre murió.

Y ahora, después de años de creerlo muerto, lo tenía frente a mí, arrodillado en una celda de Santa Fe, con la verdad en sus labios y la esperanza en sus ojos.

—¿Cómo llegasteis a las Indias? —pregunté, tomando su rostro entre mis manos y besando su frente con una ternura que me devolvía la dignidad arrebatada—. ¿Cómo os encontráis aquí, en este infierno?

—Después del asalto, cuando los mercenarios partieron, salí del sótano —respondió Don Martín, con la voz quebrada por el dolor—.

El palacio estaba en ruinas, vuestro esposo yacía muerto en el patio, y vuestros servidores yacían degollados en los pasillos.

Busqué vuestro cuerpo, mi señora, pero no lo encontré.

Supe entonces que os habían raptado, que os habían llevado al puerto.

Intenté seguiros, pero era demasiado tarde. El galeón ya había zarpado.

Hizo una pausa, tragando las lágrimas que amenazaban con ahogar su voz. Luego, con la gravedad de un hombre que carga el peso de un secreto inconfesable, continuó su relato.

—Perdí todo, mi señora. El palacio, las tierras, el honor.

Don García de Mendoza y Pimentel, el primo de vuestro esposo, se apoderó de cuanto poseíais, presentando documentos falsos que afirmaban que habíais muerto en el mar.

Yo intenté denunciarlo, intenté llevar la verdad ante la Real Audiencia de Sevilla, pero nadie me creyó.

Un viejo mayordomo sin pruebas ni testigos no podía enfrentarse a un hidalgo de la casa de Infantado.

Así que decidí seguir vuestro rastro, cruzar el océano, buscaros en las Indias.

Tardé tres años en reunir el dinero para el pasaje, y otros dos en encontraros.

Pero cuando llegué a Nombre de Dios, supe que habíais sido capturada por el Marqués de la Sangre, y que estabais en la encomienda.

—¿Y cómo llegasteis a Santa Fe? —pregunté, con el corazón latiendo desbocado, sintiendo cómo la esperanza comenzaba a abrirse paso en mi pecho como una flor silvestre entre las ruinas.

—Seguí al Marqués —respondió Don Martín, con los ojos brillando por la determinación—.

Cuando supe que habíais escapado de la encomienda, cuando supe que habíais matado al tirano en el barranco, comprendí que la verdad sobre sus crímenes podía salvaros.

Reuní pruebas, mi señora. Cartas, documentos, testimonios de los sobrevivientes de la peste de Nombre de Dios.

Y las traje ante el arzobispo fray Luis de Zapata, el único hombre justo que he encontrado en estas tierras.

Extrajo el pergamino que llevaba en las manos y lo desplegó ante mí. La caligrafía era elegante, cuidada, propia de un hombre educado en las mejores universidades de Europa. Pero las palabras que contenía eran una sentencia de vida para mí y de muerte para los que me habían condenado.

—Este documento —pronunció Don Martín, con la voz firme— es la confesión firmada de Don Lope de Vargas, el capitán de los mercenarios que asaltaron vuestro palacio en Cádiz.

Confiesa que fue contratado por Don García de Mendoza y Pimentel para raptaros y venderos como esclava en las Indias.

Confiesa que el Marqués de la Sangre no era un simple encomendero, sino un agente del Virrey, encargado de purgar las tierras de indígenas rebeldes mediante la peste bubónica.

Y confiesa que Don García de Mendoza y Pimentel, el primo de vuestro esposo, fue el cerebro de la conspiración, el hombre que os arrebató todo y que ahora intentaba arrebatároslo también en las Indias.

El pergamino se me escapó de las manos, aleteando hasta el suelo como un ave herida.

La verdad. La verdad que había buscado durante años, la verdad que había intentado arrancar con uñas y dientes de las garras del destino, estaba ahora frente a mí, escrita con la tinta de la confesión de un hombre que había preferido hablar antes que morir en la hoguera.

—Don Lope de Vargas fue capturado por los cimarrones después de la batalla de la encomienda —continuó Don Martín, con la voz quebrada por la emoción—.

Estaba herido, moribundo, pero vivía lo suficiente para confesar sus crímenes ante el arzobispo.

Y su confesión, mi señora, es la prueba que necesitabais para demostrar que sois inocente, que actuasteis en defensa propia, que no sois una hereje ni una traidora, sino una víctima de la codicia y la crueldad de los hombres que pretendían representar la justicia de la Corona.

Me arrodillé junto a Don Martín, abrazándolo con una fuerza que me dolía en los músculos.

Las lágrimas fluían libremente, lavando el hollín y la sangre de mi rostro, purificando mi alma de la culpa y el dolor de los años anteriores.

El mayordomo me devolvió la esperanza, la dignidad, la vida.

Y en aquel abrazo, en aquella celda de Santa Fe, supe que no estaba sola, que el amor de Rodrigo, el amor de Yahya, el amor de Elvira, y el amor de un viejo mayordomo que había cruzado el océano para salvarme, eran más fuertes que cualquier hoguera, que cualquier Inquisición, que cualquier sentencia de muerte.

—¿Qué debo hacer, Don Martín? —pregunté, incorporándome y limpiando las lágrimas de mi rostro—. ¿Cómo puedo usar esta confesión para salvarme?

—El arzobispo fray Luis de Zapata ha aceptado revisar la sentencia —respondió el mayordomo, con la voz firme—.

Pero necesita que vos misma presentéis la confesión ante el tribunal, que la leáis en voz alta, que la juréis ante Dios y ante los hombres.

Solo así, mi señora, podréis demostrar que sois inocente, que actuasteis en defensa propia, que no sois una hereje ni una traidora.