CAPÍTULO 28 EL JUICIO DE DIOS Y LA DEFENSA DE LA LOBA #3
Al llegar a la celda, me encerraron tras una puerta de roble reforzada con bandas de hierro.
La estancia era pequeña, con una ventana enrejada que daba a un patio interior, y un camastro de paja en un rincón.
Me senté en el camastro, con el cuerpo agotado y el corazón latiendo desbocado.
No sabía qué esperar. La sentencia podía ser la hoguera, las galeras, el exilio, o incluso la absolución.
Pero lo que más me torturaba no era el miedo a la muerte, sino la incertidumbre sobre el destino de Yahya y de Elvira.
Horas después, cuando la luz del sol comenzaba a filtrarse por la ventana enrejada, la puerta de la celda se abrió con un chirrido metálico.
No era un guardia quien entraba, sino el arzobispo fray Luis de Zapata, acompañado por un notario del tribunal.
El anciano se acercó a mí con paso lento, su rostro surcado por la gravedad de la sentencia que traía consigo.
—Doña Catalina —pronunció el arzobispo, con la voz pausada—, el tribunal ha deliberado. Y ha llegado a un veredicto.
Me incorporé con lentitud, sintiendo cómo el corazón me golpeaba las costillas. El arzobispo extrajo un pergamino de su túnica, y lo desplegó con manos temblorosas.
—Por los delitos de herejía, apostasía, trato con infieles y asesinato de un emisario real —leyó el arzobispo, con la voz quebrada por la emoción—, sois condenada a la pena de muerte en la hoguera.
La sentencia será ejecutada mañana al amanecer, en la plaza mayor de Santa Fe, ante los ojos de toda la ciudad.
El mundo dejó de girar. El aire se volvió denso, irrespirable. Sentí cómo las piernas me fallaban, y tuve que apoyarme en la pared de piedra para no caer de rodillas. La hoguera. El fuego purificador. El fin de todo.
—Pero —continuó el arzobispo, alzando la mano para detener mi reacción—, hay algo que debéis saber. Durante vuestra defensa, un testigo se ha presentado ante el tribunal. Un testigo que ha traído pruebas que cambian el rumbo de este juicio.
Miré al arzobispo con los ojos desorbitados, incapaz de articular palabra.
—El testigo es un hombre que afirma ser el verdadero Marqués de la Sangre —pronunció el arzobispo, con una gravedad que me heló la sangre—.
Y afirma que el hombre que vos matasteis en el barranco no era el Marqués, sino un impostor.
Afirma que el verdadero Marqués está vivo, y que ha venido a Santa Fe para testificar en vuestro favor.
El pergamino se me escapó de las manos, aleteando hasta el suelo como un ave herida. El Marqués de la Sangre estaba vivo. El hombre que había consumido mi vida, que había destruido mi honor, que había intentado sacrificar a mi hija, estaba vivo y en Santa Fe. Y venía a testificar en mi favor.
¿Era una trampa? ¿Una última jugarreta del demonio para arrastrarme al infierno? ¿O era, como el arzobispo parecía creer? ¿la verdad que podía salvarme de la hoguera?
Miré al arzobispo, y en sus ojos azules leí la misma duda que anudaba mi garganta.
—El testigo llegará mañana, antes de la ejecución —murmuró el anciano, con la voz quebrada por la emoción—. Si su testimonio es verdadero, la sentencia será revisada. Si es falso, la hoguera os aguardará al amanecer.
La puerta de la celda se cerró con un estruendo definitivo, dejándome a solas con mis pensamientos y con la certeza de que el destino, en su infinita crueldad, aún no había terminado de jugar conmigo.
Porque si el Marqués de la Sangre estaba vivo, y si venía a testificar en mi favor, ¿cuál era el precio de su misericordia? ¿Qué quería de mí a cambio de salvarme de la hoguera? ¿Y qué sería de Yahya, de Elvira, de los cimarrones y los guerreros de Ixpan, si yo aceptaba el trato del demonio?
Mientras la noche caía sobre Santa Fe, y las campanas de la catedral tañían con la parsimonia de un réquiem, me senté en el camastro de paja y cerré los ojos, intentando encontrar en la oscuridad la respuesta a la pregunta que me torturaba: ¿era el testigo que llegaría mañana un ángel enviado por Dios, o el último demonio que el Marqués había desatado para devorar mi alma?
Y mientras las estrellas brillaban sobre la ciudad colonial, y los guardias patrullaban los pasillos del palacio de la Real Audiencia, una figura se deslizaba por las sombras de Santa Fe, llevando en sus manos un pergamino sellado con lacre negro.
Y en ese pergamino, escrito con tinta roja y firmado con un nombre que helaría la sangre de cualquiera que lo leyera, estaba la verdad sobre el Marqués de la Sangre, una verdad que cambiaría el rumbo del juicio, y que convertiría la plaza mayor de Santa Fe en el escenario de un espectáculo que desafiaría toda comprensión humana.
Porque mañana, al amanecer, la hoguera no sería el fin de mi historia. Sería solo el comienzo de una nueva batalla, una batalla que se libraría no con espadas ni con arcabuces, sino con la verdad y la mentira, con el amor y el odio, con la vida y la muerte.
Pero yo, que había sobrevivido al fuego de los arcabuces, a la picota y al látigo, a la peste y a la locura, estaba dispuesta a enfrentarme al demonio una vez más, aunque tuviera que caminar sobre las brasas de la hoguera para lograrlo.