La flor que no perdona CAPÍTULO 28 EL JUICIO DE DIOS Y LA DEFENSA DE LA LOBA #2
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CAPÍTULO 28 EL JUICIO DE DIOS Y LA DEFENSA DE LA LOBA #2

—Señores jueces, nobles de Santa Fe, hombres de la Corona —pronuncié, alzando la voz para que resonara en cada rincón del salón—.

Yo no nací en la selva, ni fui criada entre los infieles.

Soy Doña Catalina de Mendoza, hija de Don Hernando de Mendoza, gobernador de Cádiz, y nieta de los señores de la casa de Infantado.

Fui criada en la fe de Cristo, educada en las letras y en las artes de la cortesía castellana.

Fui desposada con Don Rodrigo de Mendoza, un hidalgo honorable que sirvió a Su Majestad en los Tercios de Flandes antes de partir hacia las Indias.

Hice una pausa, dejando que las palabras se asentaran en el silencio del salón. Luego, con la voz quebrada por la emoción, continué mi relato.

—En la noche del quince de mayo de mil quinientos ochenta y siete, mi palacio en Cádiz fue asaltado por mercenarios brutales.

Vi a mi esposo morir degollado frente a mis ojos.

Vi a mis servidores masacrados como animales.

Fui forzada por el capitán de aquellos desalmados, y luego raptada junto a mi hija pequeña, de apenas cuatro años.

Fui embarcada a la fuerza en un galeón que zarpó hacia las Américas, donde fui vendida como mercancía a un encomendero que se hacía llamar el Marqués de la Sangre.

El murmullo del salón se tornó en un silencio sepulcral.

Los rostros de los espectadores, antes llenos de desdén, ahora reflejaban la incredulidad y la conmoción.

Yo no era la bruja que habían imaginado, ni la hereje que el inquisidor describía.

Era una mujer noble, violada, esclavizada, destrozada por la crueldad de los hombres que pretendían representar la civilización y la fe.

—El Marqués de la Sangre no era un simple encomendero —continué, mi voz adquiriendo un tono de acero—.

Era un agente del Virrey, encargado de purgar las tierras de indígenas rebeldes y esclavos fugitivos mediante la peste bubónica.

Fue él quien infectó las aguas de Nombre de Dios, quien encerró a mi hija en una cripta para usarla como catalizador de la plaga, quien intentó devorar el mundo entero con su codicia y su locura.

Yo no me alié con los indígenas por traición a la Corona.

Me alié con ellos porque fueron los únicos que me ayudaron a detener la peste, a salvar a mi hija, a vengar la muerte de mi esposo.

Me giré hacia Yahya, que me observaba con los ojos ámbar brillando por la fiebre y las lágrimas contenidas.

—Y en cuanto a Yahya al-Jawhari —pronuncié, mi voz suavizándose al nombrar al hombre que amaba—, no es el líder de los moriscos rebeldes que el inquisidor describe.

Es un médico, un hombre de ciencia y de compasión, que ha curado a cientos de enfermos, indígenas y españoles por igual, sin distinguir entre cristianos e infieles.

Es el hombre que me devolvió la dignidad cuando yo creía que la había perdido para siempre.

Es el padre de la hija que me arrebataron.

Y si amar a tal hombre es un delito, entonces confieso mi culpa, y acepto la pena que este tribunal decida imponerme.

Las palabras cayeron sobre el salón como una lluvia de piedras. El silencio era absoluto, tan denso que podía escucharse el goteo de una vela en algún rincón de la estancia. Fray Bartolomé, pálido como la cera, golpeó la mesa con su mazo, intentando recuperar el control del tribunal.

—¡Falacias! —bramó el inquisidor, su voz quebrada por la ira—.

¡La acusada intenta conmover al tribunal con historias de vírgenes perseguidas!

¡Es una bruja, una seductora, una perra que ha embrujado al sarraceno con artes demoníacas!

¡Exijo que se proceda al interrogatorio con los instrumentos del Santo Oficio!

—¡Silencio, fray Bartolomé! —intervino nuevamente el arzobispo, con una autoridad que hizo temblar las paredes del salón—.

Este tribunal no es una carnicería. Aquí se juzga con pruebas, no con gritos.

Y las pruebas presentadas por el Santo Oficio son, en su mayoría, testimonios de soldados que participaron en los saqueos de la encomienda, y cartas interceptadas que, según la acusada, fueron falsificadas por el propio Marqués de la Sangre.

Don Fernando de Luján, el oidor principal, se inclinó hacia el arzobispo y susurró algo en su oído. El anciano asintió con gravedad, y luego se giró hacia mí.

—Doña Catalina —pronunció el arzobispo, con la voz pausada—, el tribunal ha escuchado vuestra defensa.

Pero hay un cargo que no podéis negar con palabras: el asesinato de Don García de Mendoza y Pimentel, primo del Virrey del Perú y emisario real.

Aunque afirmáis que actuasteis en defensa propia, la ley de la Corona es clara: nadie puede ejecutar a un emisario real sin el juicio previo de la Audiencia. ¿Cómo respondéis a este cargo?

Respiré hondo, sintiendo cómo el peso de la sentencia caía sobre mis hombros. Sabía que la muerte de Don García era el cargo más difícil de defender. Pero también sabía que la verdad, por dura que fuera, era mi única arma.

—Excelencia —respondí, con la voz firme—, Don García de Mendoza no vino como emisario real.

Vino como un asesino, al frente de cien arcabuceros, con la orden de masacrarnos a todos, mujeres y niños incluidos, para apoderarse de mis tierras y silenciar la verdad sobre la peste que el Marqués de la Sangre había liberado.

Yo no lo ejecuté como a un emisario. Lo maté como a un lobo que acechaba a mi hija.

Si eso es un delito, entonces acepto la pena.

Pero no acepto que se me llame hereje, ni bruja, ni traidora.

Porque mientras los hombres de la Corona saqueaban las Indias y esclavizaban a los inocentes, yo luchaba por proteger a los míos.

Y si eso es un delito, entonces que Dios me juzgue, porque los hombres ya lo han hecho.

El silencio que siguió a mis palabras fue tan denso que parecía tener textura propia.

Los jueces se inclinaron unos hacia otros, susurrando en voz baja.

Fray Bartolomé, con el rostro desencajado por la ira, golpeaba la mesa con su mazo, exigiendo la palabra.

Don Fernando de Luján, el oidor, observaba el salón con una expresión indescifrable.

Y fray Luis de Zapata, el arzobispo, mantenía los ojos cerrados, como si rezara en silencio.

Tras lo que pareció una eternidad, el arzobispo alzó la cabeza y se giró hacia mí.

—Doña Catalina de Mendoza —pronunció, con la voz grave y solemne—, el tribunal se retirará para deliberar. Mientras tanto, seréis conducida a una celda segura, donde aguardaréis la sentencia. Que Dios os ilumine, y que Su Majestad el Rey tenga misericordia de vuestra alma.

Me incorporaron los guardias, y fui conducida fuera del salón, a través de los pasillos del palacio de la Real Audiencia.

Los espectadores me observaban con una mezcla de compasión y curiosidad, algunos murmurando entre sí, otros apartando la mirada.

Pero en los ojos de algunos, vi algo que no esperaba: respeto.

El respeto de los que han escuchado la verdad, y que saben que la justicia de los hombres no siempre coincide con la justicia de Dios.