La flor que no perdona CAPÍTULO 28 EL JUICIO DE DIOS Y LA DEFENSA DE LA LOBA
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CAPÍTULO 28 EL JUICIO DE DIOS Y LA DEFENSA DE LA LOBA

La figura encapuchada que había observado nuestra huida desde las rocas del valle no era un espectro de la venganza, ni un demonio de la selva.

Era, como comprendí con horror cuando su rostro fue descubierto por la luz de las antorchas en la madrugada siguiente, fray Bartolomé de Esteban, el inquisidor general de Tierra Firme, el mismo hombre que había condenado a Yahya a las galeras y que había firmado mi excomunión en Nombre de Dios.

El inquisidor no había venido solo. Tras la emboscada de Don García, sus agentes secretos, infiltrados entre los cimarrones desde hacía semanas, habían actuado con la precisión de una serpiente que muerde el talón.

Mientras los arcabuceros de los Tercios registraban el valle, los traidores internos habían envenenado las cantimploras de nuestros guerreros y habían entregado a Yahya, debilitado por la fiebre, a los familiares del Santo Oficio.

Yo misma caí en la trampa al regresar al campamento buscando a mi amado, creyendo que los cimarrones leales aún podrían rescatarlo.

Las cadenas de hierro, frías y pesadas como la losa de un sepulcro, mordieron mis muñecas antes de que pudiera desenvainar la Tizona, que fue arrebatada de mi cintura por manos traicioneras.

Elvira, que había sido sacada de la cueva por Zaira en medio del caos, lloraba en brazos de una de las sirvientas del inquisidor, mientras yo era arrastrada hacia un carruaje blindado que nos llevaría, a Yahya y a mí, hacia Santa Fe de Tierra Firme, la ciudad donde la Real Audiencia y el Santo Oficio compartían el poder absoluto.

El viaje duró quince días. Quince días de traqueteo sobre caminos de montaña, de comida rancia y agua turbia, de cadenas que me mordían las muñecas hasta hacerlas sangrar, de la mirada febril de Yahya, postrado en el rincón del carruaje con las venas negras de la peste volviendo a palpitar bajo su piel por falta de los ungüentos que yo misma le preparaba.

Pero lo que más me torturaba no era el dolor físico, ni el miedo a la hoguera, sino la certeza de que Elvira había sido separada de mí y enviada a un convento de monjas dominicas, donde las hermanas se encargarían de borrar de su memoria el recuerdo de su madre hereje y de su padre sarraceno.

Al fin, las torres de Santa Fe de Tierra Firme se alzaron ante nosotros como dedos acusadores contra el cielo plomizo de la tarde.

La ciudad, construida sobre los cimientos de un antiguo poblado indígena, era una fortaleza de piedra y adobe, con calles empedradas y casas de techos rojos que se apiñaban alrededor de la plaza mayor.

En el centro se alzaba la catedral, cuya fachada barroca contrastaba con la rusticidad del entorno, y junto a ella, el palacio de la Real Audiencia, con sus balcones de madera tallada y sus ventanas enrejadas que parecían ojos vigilantes.

Nos condujeron directamente al salón del tribunal, una estancia vasta y solemne cuyas paredes estaban cubiertas de tapices flamencos que representaban escenas del Juicio Final.

En el centro, sobre un estrado de madera de caoba, se sentaban los tres jueces que habrían de decidir nuestro destino: a la derecha, fray Bartolomé de Esteban, el inquisidor, con su túnica negra y su escapulario blanco, el rostro afilado como el de un buitre; en el centro, Don Fernando de Luján, el oidor principal de la Real Audiencia, un hombre de rostro rubicundo y ojos pequeños y brillantes; y a la izquierda, fray Luis de Zapata, el arzobispo de Santa Fe, un anciano de barba blanca y mirada serena, cuyas manos descansaban sobre un crucifijo de marfil.

La presencia del arzobispo fue la primera sorpresa.

Según las leyes de la Corona, el ordinario del lugar, es decir, el obispo o arzobispo de la diócesis, tenía derecho a presidir los juicios de herejía antes de que el Santo Oficio pronunciara sentencia.

Yahya, en su sabiduría, había invocado aquel derecho desde las mazmorras donde estábamos presos, enviando una petición formal a través de un notario que aún conservaba un resto de decencia.

Fray Luis de Zapata, conocido por su oposición a los métodos brutales de la Inquisición, había aceptado presidir el tribunal, quizás con la esperanza de moderar la crueldad del inquisidor.

El salón estaba repleto de espectadores: nobles de la ciudad, mercaderes enriquecidos con el oro de las minas, sacerdotes de órdenes diversas, y una multitud de curiosos que habían acudido a presenciar el espectáculo de la condenación de los herejes.

El aire olía a incienso, a cera derretida y a sudor humano, una mezcla nauseabunda que me revolvió las entrañas.

Me obligaron a arrodillarme en el centro de la sala, con las cadenas tintineando a cada movimiento, mientras Yahya era colocado a mi lado, sostenido por dos guardias que lo mantenían en pie más por el miedo a que cayera muerto que por cualquier consideración humana.

—Doña Catalina de Mendoza, viuda de Don Rodrigo de Mendoza, y Yahya al-Jawhari, también conocido como Alí ibn Sahl, médico de Córdoba y líder de los moriscos rebeldes —pronunció fray Bartolomé de Esteban, su voz resonando en la bóveda del salón como el tañido de una campana fúnebre—.

Habéis sido acusados por el Santo Oficio de los delitos de herejía, apostasía, trato con infieles, rebelión contra la autoridad legítima de Su Majestad el Rey Don Felipe II, y pacto con los demonios de la selva.

¿Qué tenéis que decir en vuestra defensa?

Me incorporé con lentitud, ignorando el dolor de las cadenas y la fatiga de los quince días de viaje.

Miré a los tres jueces, uno por uno, y luego recorrí con la vista el rostro de los espectadores, buscando entre ellos alguna mirada de compasión, algún gesto de humanidad.

No encontré nada. Solo curiosidad morbosa, desdén, y el hambre de sangre de los que se alimentan de la desdicha ajena.

—Excelentísimos señores —comencé, con la voz clara y firme, desafiando el temblor de mis rodillas—. Antes de responder a las acusaciones, exijo que se me permita hablar en libertad, sin cadenas que me recuerden que soy tratada como una bestia y no como una súbdita de la Corona.

Fray Bartolomé entornó los párpados, y una sonrisa cruel se dibujó en sus labios.

—Las cadenas son el símbolo de vuestra culpa, Doña Catalina —respondió el inquisidor, con la voz pastosa por la satisfacción—. Solo la confesión y la penitencia podrán liberaros de ellas.

—No he cometido crimen alguno que merezca tales hierros —repliqué, alzando la barbilla con el orgullo de los Mendoza—. Y si este tribunal pretende juzgarme con justicia, que se me trate con la dignidad que mi linaje y mi condición de viuda de un hidalgo de Castilla merecen.

Fray Luis de Zapata, el arzobispo, alzó una mano huesuda y pidió silencio. Sus ojos, de un azul pálido y sereno, se clavaron en los míos con una intensidad que me sorprendió.

—Que se le quiten las cadenas —ordenó el arzobispo, con voz pausada pero firme—. Este tribunal juzgará los delitos, no la condición social de la acusada. Pero que se respete la dignidad de toda persona que comparece ante la justicia de Dios y del Rey.

Los guardias, tras dudar un instante ante la mirada del inquisidor, obedecieron la orden del arzobispo.

Las cadenas cayeron al suelo con un estruendo metálico que resonó en el silencio del salón.

Me froté las muñecas magulladas, sintiendo cómo la sangre volvía a fluir por mis venas, y me incorporé con la espalda erguida, el rostro limpio de lágrimas, el corazón latiendo con la furia contenida de una loba a la que han arrebatado a sus cachorros.

—Doña Catalina —continuó el arzobispo, con la misma voz serena—, se os acusa de haber mantenido relaciones pecaminosas y heréticas con un morisco apostata, de haber pactado con los indígenas rebeldes de las tierras lejanas, de haber atacado las propiedades de la Corona y de haber asesinado a varios súbditos de Su Majestad, incluido vuestro primo Don García de Mendoza y Pimentel. ¿Reconocéis estos cargos?

Respiré hondo, llenando mis pulmones con el aire viciado del salón, y comencé a hablar. No con las palabras ensayadas de un abogado, ni con las súplicas de una condenada, sino con la verdad desnuda de una mujer que ha recorrido el infierno y ha regresado para contarlo.

—Reconozco haber amado a Yahya al-Jawhari con un amor que ninguna ley humana ni divina puede condenar —comencé, mi voz resonando en las paredes del salón con una claridad que me sorprendió a mí misma—.

Reconozco haberme aliado con los indígenas de las tierras lejanas, pues fueron ellos quienes me devolvieron la dignidad que los hombres blancos me habían arrebatado.

Reconozco haber atacado las propiedades de la Corona, pero solo aquellas que eran instrumentos de tortura y esclavitud.

Y reconozco haber dado muerte a Don García de Mendoza, pero no por traición, sino por justicia, pues el hombre venía a masacrarnos a todos, mujeres y niños incluidos, para apoderarse de mis tierras y de mi honor.

Un murmullo de indignación recorrió el salón. Fray Bartolomé golpeó la mesa con su mazo, exigiendo silencio.

—¡Blasfemias! —bramó el inquisidor, su rostro enrojecido por la ira—. ¡La acusada intenta justificar sus crímenes con palabras seductoras! ¡Es una bruja, una hereje, una perra que ha vendido su alma a los demonios de la selva!

—¡Silencio, fray Bartolomé! —intervino el arzobispo, con una autoridad que hizo callar al inquisidor—. La acusada tiene derecho a defenderse. Continuad, Doña Catalina.

Me giré hacia el arzobispo, y luego hacia los espectadores, buscando en sus rostros alguna chispa de humanidad.