CAPÍTULO 27 LA SOMBRA DE LA INQUISICIÓN Y EL VENENO DE LA TRAICIÓN #2
La oferta era una trampa. Lo supe con la certeza absoluta que otorga el instinto de supervivencia.
Si firmaba la confesión, me enviarían a la hoguera de todos modos, pues la Inquisición no perdonaba a los herejes reincidentes.
Y Elvira sería criada como esclava en un convento, su espíritu quebrantado por el látigo y la humillación.
—Preferiría morir mil veces antes que firmar vuestra maldita confesión —espeté, alzando la espada hacia su pecho—. Y preferiría que mi hija muriera en mis brazos antes que verla criada por los perros de la Inquisición.
Don García entornó los párpados, y una sombra de decepción cruzó su rostro. Hizo un gesto con la mano, y los veinte soldados desenvainaron sus espadas con un movimiento sincronizado.
—Entonces, prima, habéis sellado vuestra condena —musitó el hombre, retrocediendo hacia su caballo—. Que Dios os condene en la otra vida, porque en esta ya camináis con un pie en el averno.
Pero antes de que pudiera montar y dar la orden de ataque, un estruendo colosal sacudió los cimientos del valle.
No fue el sonido de un cañonazo, ni el de un arcabuz.
Fue el rugido de cientos de gargantas humanas, un aullido colectivo que heló la sangre de los soldados y encendió el fuego de la rebelión en los ojos de los guerreros ocultos.
Desde el bosque del norte, los cimarrones emergieron como una marea de sombras y acero, sus machetes y arcabuces reluciendo a la luz del amanecer.
Desde los desfiladeros del sur, los guerreros de Ixpan lanzaron una lluvia de flechas que llovió sobre los soldados como una tormenta de muerte.
El caos estalló en el valle, los gritos de los moribundos se mezclaron con el estruendo de los arcabuces y el choque del acero contra el acero.
Don García, al ver que sus hombres eran masacrados, intentó huir hacia el sendero del sur.
Pero yo ya estaba sobre él. Con un movimiento que desafiaba la fatiga de mis músculos, me abalancé sobre el primo de Rodrigo y hundí la espada sagrada en su pecho.
El acero penetró el jubón de terciopelo y el corazón del hombre con un sonido húmedo y nauseabundo.
Don García soltó un gorgoteo ahogado, sus ojos desorbitados por la sorpresa y el dolor. Cayó de rodillas, escupiendo sangre sobre la tierra del valle, y me miró con una expresión de incredulidad que me partió el alma.
—No... no podéis... —balbuceó, con la voz quebrada por la agonía—. Soy... primo del... Virrey... Si me matáis... la Corona... os cazará... hasta el fin... del mundo...
—Que me cacen —respondí, con la voz firme, retorciendo la hoja en su pecho—. Que me cacen hasta el fin del mundo. Porque mientras respire, mientras mi espada pueda cortar, ningún hombre blanco volverá a tocar a mi hija ni a mi amor.
Don García exhaló su último aliento, y su cuerpo se desplomó sobre la tierra, la sangre negra manando de su herida y tiñendo de carmesí el jubón carmesí.
A mi alrededor, la batalla continuaba, los cimarrones y los guerreros de Ixpan masacrando a los últimos supervivientes de la vanguardia de Don García.
Pero la victoria no estaba completa. Desde las colinas del sur, el sonido de los tambores de los Tercios comenzó a marcar el paso de la muerte. Los cien arcabuceros, al escuchar los gritos de sus compañeros, descendían hacia el valle con la disciplina implacable de los veteranos de Flandes.
Yahya se acercó a mí, su rostro pálido por la fiebre, pero sus ojos ámbar brillando con una determinación que desafiaba a la muerte.
—Hemos matado a la vanguardia —jadeó el morisco, limpiando la sangre de su espada en el sayal de un muerto—. Pero los cien arcabuceros aún están por llegar. Si nos quedamos a luchar en el valle, moriremos todos.
Miré hacia las colinas, donde las filas de los Tercios comenzaban a desplegarse con la precisión de una máquina de guerra. Miré a Yahya, cuyo cuerpo temblaba por la fiebre y el veneno. Miré hacia las cuevas donde Elvira estaba escondida con Zaira. Y supe que no había otra opción.
—Debemos huir —sentencié, con la voz firme, tragándome el orgullo y la rabia—.
Debemos abandonar el valle y adentrarnos en los territorios inexplorados del sur.
Don García ha muerto, pero su legado de codicia y crueldad aún vive en los hombres de la Corona.
No podremos detenerlos. Solo podremos escapar de ellos.
Ixpan se acercó, su rostro impasible pero sus ojos oscuros reflejando una gravedad que me desgarró el alma.
—Las tierras del sur pertenecen a los señores del viento y a los demonios de la sal —pronunció el cacique, su voz resonando como piedras rodando por un barranco—.
Ningún hombre blanco ha sobrevivido a la travesía del gran desierto blanco.
Los espíritus de la sequía devoran la carne y calcinan el alma.
—Entonces será nuestro aliado —respondí, con una firmeza que no admitía réplica—.
Don García y sus arcabuceros no se adentrarán en un infierno de sal y espinas.
Nosotros sí. Porque en esas tierras yermas, según los mapas antiguos que Yahya ha estudiado, crece la raíz del olvido.
El único remedio para las heridas que el alma no puede curar.
Mientras los primeros arcabuceros de los Tercios comenzaban a descender por las colinas, sus mosquetes apuntando hacia el valle, eché a caminar hacia el sendero del sur, con Yahya a mi lado y la Tizona desenvainada.
La batalla por la supervivencia no había terminado.
Solo había entrado en su fase más peligrosa.
Porque ahora, no solo luchábamos contra el Marqués de la Sangre, contra los encomenderos y contra los salvajes de las tierras lejanas.
Ahora, luchábamos contra la Corona, contra la Inquisición y contra el mundo entero.
Y estábamos dispuestos a teñir de rojo las arenas del desierto, aunque tuviéramos que caminar sobre nuestra propia sangre para lograrlo.
Pero mientras el sol comenzaba a teñir de rojo las cumbres de las montañas, y los arcabuceros de los Tercios entraban en el valle vacío, una sombra se deslizaba entre las rocas, observándonos con ojos que brillaban con una luz sobrenatural.
Era una figura encapuchada, cuyo rostro estaba oculto bajo la capucha de un manto negro.
En sus manos, sostenía un pergamino sellado con lacre negro, y en sus labios, una sonrisa que prometía una venganza que trascendía la muerte.
Porque Don García de Mendoza no era el único que había venido a cazarnos.
Había alguien más, alguien que había caminado a nuestro lado, que había compartido nuestro pan y nuestro fuego, que había jurado lealtad a nuestra causa.
Alguien cuyo rostro conocíamos, cuya traición sería más cruel que cualquier espada toledana, y cuya sombra se extendería sobre nuestro camino como un sudario de muerte.
Y mientras los arcabuceros de los Tercios registraban el valle, buscando nuestros cuerpos entre los cadáveres de la vanguardia, la figura encapuchada se giró hacia el norte, hacia las montañas que se recortaban contra el cielo rojizo del amanecer.
Y con un movimiento suave y deliberado, arrojó el pergamino al viento, dejando que las palabras escritas en tinta roja volaran hacia nosotros como una maldición que no conocía la piedad.
Porque la verdadera amenaza no había muerto con Don García. La verdadera amenaza acababa de comenzar.