CAPÍTULO 27 LA SOMBRA DE LA INQUISICIÓN Y EL VENENO DE LA TRAICIÓN
La figura que se deslizaba entre las sombras del campamento no era un extraño.
Era Antón, el gigante cimarrón que había forjado mi Tizona, el hombre que había jurado lealtad a nuestra causa con sangre y acero.
Sus pasos, habitualmente tan firmes y seguros como los de un roble centenario, ahora se movían con la vacilación de quien carga un peso insoportable en el alma.
En sus manos, el pergamino sellado con lacre negro parecía arder con una luz propia, proyectando sombras danzantes sobre su rostro curtido por mil batallas.
—Mi señora —murmuró Antón, arrodillándose ante mí con la cabeza gacha, su voz grave resonando como el tañido de una campana fúnebre—.
Perdonad mi osadía. Pero este mensaje ha llegado hace una hora, traído por un mensajero que no quiso revelar su rostro.
Dice que debe llegar a vuestras manos antes del amanecer, o la muerte nos alcanzará a todos.
Tomé el pergamino con manos temblorosas.
El lacre negro estaba grabado con el escudo del Santo Oficio, pero debajo, en tinta roja, había un símbolo que me heló la sangre: la cruz invertida del Marqués de la Sangre.
Sin embargo, el Marqués estaba muerto, consumido por las llamas en el fondo del barranco.
¿Quién podía enviar un mensaje con su sello?
Rompí el lacre con un gesto brusco y desplegué el pergamino. La caligrafía era elegante, cuidada, propia de un hombre educado en las mejores universidades de Europa. Pero las palabras que contenía eran una sentencia de muerte.
"Doña Catalina de Mendoza: Sabed que vuestra traición a la Corona y a la fe verdadera ha llegado a oídos de Su Majestad el Rey Don Felipe II.
Por decreto del Santo Oficio y de la Real Audiencia de Santa Fe, quedáis arrestada por los delitos de herejía, apostasía, trato con infieles y rebelión contra la autoridad legítima.
El emisario real, Don García de Mendoza y Pimentel, primo hermano de vuestro difunto esposo Don Rodrigo, llegará al amanecer con una comitiva de veinte soldados.
Si intentáis huir, vuestra hija será ejecutada.
Si intentáis resistiros, vuestro amante sarraceno será enviado a las galeras.
Entregaos voluntariamente, y quizás la misericordia de Dios y del Rey os conceda una muerte rápida. "
Firmado con una caligrafía elaborada: Fray Bartolomé de Esteban, Inquisidor General de Tierra Firme.
El mundo dejó de girar. Don García de Mendoza y Pimentel.
El primo de Rodrigo. El hombre que había heredado el título de los Mendoza tras la muerte de mi esposo, el hombre que había intentado despojarme de mis propiedades en Cádiz antes de que el asalto de los mercenarios me arrebatara todo.
Ahora venía por mí, con el poder de la Corona y de la Inquisición respaldando su codicia.
—¿Qué dice el pergamino, mi señora? —preguntó Antón, alzando la vista con los ojos brillantes por la preocupación.
Le entregué el documento en silencio. El gigante lo leyó, y su rostro, habitualmente impasible, se transformó en una máscara de furia contenida. Sus enormes manos se cerraron en puños del tamaño de yunques, y las venas de su cuello se hincharon como cuerdas de arco.
—Don García de Mendoza —gruñó el cimarrón, escupiendo al suelo con desprecio—. El mismo que intentó venderos como esclava en los mercados de Sevilla cuando vuestro esposo partió hacia las Indias. El mismo que ahora viene a reclamar vuestra cabeza y vuestras tierras.
—No viene solo por mis tierras —respondí, con la voz fría como el acero, sintiendo cómo la furia de una madre y el honor de una Mendoza se fundían en un pecho que ya no conocía el miedo—.
Viene porque sabe que si me captura, si me lleva encadenada a España, demostrará ante el mundo que los Mendoza cayeron en la herejía y la traición.
Será el heredero legítimo de todo cuanto poseíamos, y nadie podrá cuestionar su derecho.
Yahya se acercó, su rostro pálido por la fiebre, pero sus ojos ámbar brillando con una determinación que desafiaba a la muerte. Tomó el pergamino de mis manos y lo leyó en silencio. Cuando alzó la vista, supe que había comprendido la magnitud de la traición.
—Don García es primo de Rodrigo, pero también es cuñado del Virrey del Perú —murmuró el morisco, con la voz grave y pausada—. Si viene con veinte soldados, no es para arrestarnos. Es para masacrarnos y dejar testimonios falsos de que morimos resistiéndonos a la justicia del Rey.
Ixpan, que había escuchado la conversación en silencio, se adelantó con paso silencioso. El cacique de las tierras lejanas, cuyo rostro estaba pintado con las marcas de guerra de su linaje, observó el pergamino con sus ojos oscuros, inescrutables como pozos sin fondo.
—Los espíritus del viento han traído noticias durante la noche —pronunció Ixpan, su voz resonando como piedras rodando por un barranco—.
Don García de Mendoza no viene solo. Trae consigo a cien arcabuceros de los Tercios, escondidos en las colinas al sur del valle.
Los veinte soldados que vendrán al amanecer son solo la vanguardia. El resto espera la señal para atacar.
La revelación cayó sobre nosotros como una losa de mármol. No era un arresto. Era una emboscada. Don García venía a masacrarnos a todos, a dejar el valle bañado en sangre, y luego presentaría el informe al Virrey diciendo que los proscritos habían muerto resistiéndose a la justicia de la Corona.
—¿Cuántos guerreros podemos reunir? —pregunté, desenvainando la espada y sintiendo cómo el acero negro bebía la luz de las estrellas.
—Treinta —respondió Ixpan, con la gravedad del guerrero que conoce el precio de la sangre—. Los demás están cuidando a las mujeres, a los niños y a los heridos. Si atacamos a cien arcabuceros en campo abierto, moriremos todos.
—Entonces no lucharemos en campo abierto —sentenció Yahya, sus ojos ámbar entornados por la astucia del estratega—.
Conocemos el valle. Conocemos cada sendero, cada roca, cada escondite.
Si logramos dividir sus fuerzas, si logramos atraer a la vanguardia hacia el bosque y emboscar al resto en los desfiladeros, quizás podamos sobrevivir.
—¿Y si no? —pregunté, mirando hacia la choza donde Elvira dormía, ajena a la tormenta que se cernía sobre nosotros—. ¿Qué será de nuestra hija si caemos?
Yahya me tomó del rostro, sus dedos ásperos acariciando mis mejillas con una ternura que me deshizo por dentro.
—Si caemos, Zaira la llevará a las montañas del sur, a las tierras que los españoles temen pisar —murmuró el morisco, besando mis labios con una desesperación que sabía a sal y a promesas eternas—. Vivirá. Recordará nuestro amor. Y algún día, cuando sea mujer, vengará nuestra muerte.
La promesa era tan cruel como necesaria.
La conocía, la aceptaba, y la amaba por su honestidad brutal.
En aquel instante, mientras las estrellas brillaban sobre el valle y el viento nocturno traía el olor de la traición que se acercaba, supe que no había vuelta atrás.
O luchábamos con la furia de los condenados, o moríamos como perros a los pies de los hombres que nos habían destruido.
—Preparad las armas —ordené, alzando la voz para que resonara en cada rincón del campamento, atrayendo las miradas de los guerreros que se agolpaban en las sombras—.
Que los cimarrones se oculten en el bosque del norte.
Que los guerreros de Ixpan ocupen los desfiladeros del sur.
Que las mujeres y los niños sean llevados a las cuevas más profundas.
Y que Zaira prepare a Elvira para la huida.
Los hombres se movieron con la rapidez y el sigilo de los que han aprendido que la supervivencia depende de la disciplina y la astucia.
En cuestión de minutos, el campamento estaba vacío, las hogueras apagadas, y los guerreros ocultos en las sombras del bosque y los riscos.
Solo quedábamos Yahya, Ixpan y yo, de pie en el centro del asentamiento, esperando la llegada del amanecer y de la muerte.
Cuando los primeros rayos del sol comenzaron a teñir de rojo las cumbres de las montañas, el sonido de los cascos de los caballos rompió el silencio del valle.
Veinte jinetes, vestidos con jubones de acero bruñido y morriones relucientes, emergieron del sendero del sur.
A su frente cabalgaba un hombre de estatura imponente, con un jubón de terciopelo carmesí bordado con hilo de oro.
Su rostro, surcado por la cicatriz de un arcabuzazo, era el rostro de la codicia y la crueldad encarnadas.
Don García de Mendoza y Pimentel. El primo de Rodrigo. El heredero de mi desdicha.
El hombre detuvo su caballo en el centro del asentamiento vacío, sus ojos oscuros escrutando las chozas abandonadas con una mezcla de sorpresa y furia. Luego, su mirada se posó en nosotros, y una sonrisa lenta y cruel se dibujó en sus labios.
—Doña Catalina de Mendoza —pronunció Don García, desmontando con la parsimonia de quien sabe que posee el poder absoluto—. Veo que habéis recibido mi mensaje. Y veo que habéis decidido no entregaros voluntariamente. Una lástima.
—No os debo nada, Don García —repliqué, con la voz fría como el acero, dando un paso al frente con la Tizona desenvainada—. Ni obediencia, ni lealtad, ni respeto. Sois un buitre que se alimenta de la desdicha ajena, y habéis venido a reclamar vuestra parte del botín.
Don García soltó una risa seca, carente de humor, que resonó en las paredes de roca del valle.
—Sois una mujer inteligente, prima —musitó el hombre, acariciando el pomo de su espada con el índice—.
Sabéis que no podéis vencer a cien arcabuceros de los Tercios.
Sabéis que si resistís, moriréis vos, vuestro amante sarraceno, y vuestra hija.
Pero si os entregáis, si firmáis la confesión de herejía y apostasía que he traído preparada, os prometo una muerte rápida.
Y os prometo que vuestra hija será criada en un convento de Sevilla, donde al menos tendrá techo y comida.