CAPÍTULO 40 EL AROMA A AZAHAR Y EL REENCUENTRO EN LOS CAMPOS DE ASFÓDELOS #2
La tomé del rostro, acariciando sus mejillas curtidas por el sol y el polvo, y la besé en la frente con una ternura que me devolvía la dignidad arrebatada.
—No lo he logrado yo sola, mi amor —respondí, con la voz firme, tragándome las lágrimas que amenazaban con cegarme—.
Lo hemos logrado juntos. Tú, yo, los señores del viento, los cimarrones, los indígenas, los esclavos.
Todos nosotros. Y sobre todo, lo ha logrado la memoria de Rodrigo y de Yahya, cuyo amor nos ha guiado hasta este momento.
En los días que siguieron, las ruinas de Nombre de Dios se transformaron en el centro de un nuevo orden.
No era un reino, ni una república, ni una colonia.
Era una hermandad, una alianza de pueblos que habían sido sometidos durante décadas y que ahora, al ver la caída del poder de la Corona, habían decidido construir un mundo nuevo, un mundo donde la codicia y la crueldad no tuvieran cabida.
Elvira se convirtió en la líder de los jóvenes guerreros, entrenándolos en las artes de la esgrima castellana y en las tácticas de los señores del viento.
Yo me retiré a una pequeña choza en las afueras de la ciudad, donde pasaba los días escribiendo la historia de nuestra lucha, la historia de Rodrigo y de Yahya, la historia de una mujer que había sido violada, esclavizada, condenada, y que había logrado sobrevivir para contarla.
Los años pasaron con la parsimonia de un río que fluye hacia el mar.
Elvira se casó con un joven guerrero de los señores del viento, un hombre de ojos ámbar y corazón noble que la amaba con la misma intensidad con la que Yahya me había amado a mí.
Tuvieron tres hijos, niños y niñas que crecieron fuertes y libres, corriendo descalzos por las arenas del desierto, aprendiendo los secretos de las plantas medicinales y las tácticas de la guerra.
Yo envejecí con la dignidad de los que han vivido plenamente, con las arrugas surcando mi rostro como los surcos de un campo sembrado, con el cabello blanco como la sal del desierto.
Pero mis ojos, aunque cansados, seguían brillando con la luz de la esperanza, con la memoria de los hombres que había amado, con la promesa de un reencuentro en los campos de asfódelos.
Una tarde, cuando el sol comenzaba a teñir de rojo las arenas del desierto, me senté en la entrada de mi choza, con la Tizona apoyada contra la pared y la bolsa de cenizas de Yahya apretada contra mi pecho.
Elvira se acercó, seguida por sus hijos, y se sentó a mi lado, tomando mi mano entre las suyas.
—Madre —susurró la joven, con la voz grave y pausada—, ¿alguna vez os arrepentís? ¿De haber dejado Cádiz, de haber amado al padre Yahya, de haber luchado contra la Corona?
La miré, y en sus ojos vi el reflejo de Rodrigo y de Yahya, la mezcla perfecta de dos mundos que habían sido enemigos durante siglos. Sonreí con la ternura de los que han encontrado la paz después de una vida de tormenta.
—No, mi amor —respondí, con la voz firme, acariciando su mejilla con dedos temblorosos—.
No me arrepiento de nada. Porque cada dolor, cada pérdida, cada lágrima, me ha traído hasta este momento.
Me ha traído hasta ti. Me ha traído hasta la paz.
Y si tuviera que vivir mil vidas, elegiría cada una de ellas, con todo su dolor y toda su alegría, porque cada una me habría traído hasta aquí.
Elvira asintió con la cabeza, y sus ojos ámbar se llenaron de lágrimas que rodaron por sus mejillas, perdiéndose entre los pliegues de su túnica. Sus hijos, al verla llorar, se acercaron y la abrazaron, formando un círculo de amor y de esperanza alrededor de mi anciano cuerpo.
El sol se ocultó tras las montañas, tiñendo el cielo de púrpura y oro, y las primeras estrellas comenzaron a brillar en el cielo del desierto.
El viento sopló con suavidad, trayendo consigo el aroma de las flores silvestres que crecían en los oasis, el aroma de la tierra mojada por la lluvia, el aroma de la vida que se renovaba con cada amanecer.
En aquel instante, mientras mis hijas y mis nietos me rodeaban con su amor, mientras las estrellas brillaban sobre el desierto, mientras el viento susurraba los nombres de los que ya no estaban, sentí el roce de una mano invisible sobre mi mejilla.
No era el viento, ni la imaginación de una anciana.
Era el tacto de Rodrigo, el esposo noble y valiente que había muerto defendiendo nuestro honor en Cádiz.
Era el tacto de Yahya, el hereje compasivo y letal que había entregado su vida por protegernos en los cerros rojos.
Era el tacto de todos los que había amado y perdido, de todos los que habían muerto para que yo pudiera vivir.
Y supe, con la certeza absoluta de los que han encontrado la paz, que no estaba sola.
Que Rodrigo y Yahya estaban conmigo, en cada latido de mi corazón, en cada lágrima que derramaba, en cada sonrisa que regalaba a mis nietos.
Que mientras yo los recordara, mientras Elvira contara nuestra historia a sus hijos, mientras los señores del viento cantaran las baladas de la loba de sangre blanca, ellos seguirían vivos, en los campos de asfódelos, bajo el cielo de las promesas eternas.
Cerré los ojos, y sentí cómo mi cuerpo se relajaba, cómo mi respiración se tornaba superficial, cómo mi alma comenzaba a desprenderse de la carne que la había sostenido durante tantos años.
No había miedo, ni dolor, ni arrepentimiento.
Solo había paz, la paz de los que han vivido plenamente, la paz de los que han amado sin reservas, la paz de los que han encontrado su lugar en el mundo.
Y mientras mi alma se elevaba hacia el cielo del desierto, mientras las estrellas brillaban sobre las arenas del páramo, mientras el viento susurraba los nombres de los que ya no estaban, vi a Rodrigo y a Yahya esperándome en los campos de asfódelos, sus manos extendidas hacia mí, sus sonrisas iluminando la eternidad.
Supe en ese instante, con la certeza absoluta de los que han encontrado la paz, que mientras hubiera una mujer que se alzara contra la tiranía, mientras hubiera un hombre que defendiera a los inocentes, mientras hubiera una madre que luchara por sus hijos, la esperanza no moriría.
Que mientras hubiera amor, mientras hubiera memoria, mientras hubiera vida, los campos de asfódelos nos esperarían, y allí, bajo el cielo de las promesas eternas, nadie podría separarnos jamás.
Pero así mientras el sol se ocultaba tras las montañas y las primeras estrellas comenzaban a brillar en el cielo del desierto, mi alma se elevó hacia los campos de asfódelos, hacia el reencuentro con los que había amado, hacia la paz eterna que nos aguardaba más allá de la muerte.