CAPÍTULO 25 LAS CENIZAS DEL IMPERIO Y EL VENENO DE LA LIBERTAD
La marcha de regreso hacia la encomienda fue una procesión de sombras y dolor.
La selva, que horas antes había sido el escenario de nuestra victoria sobre el Marqués de la Sangre, se había transformado en un laberinto hostil que parecía conspirar contra nuestros cuerpos agotados.
El aire nocturno, cargado de la humedad del trópico y el hedor de la pólvora quemada, se adhería a la piel como una segunda túnica de sufrimiento.
Yo caminaba en la vanguardia, con la espada desenvainada, pero cada paso era una tortura.
La herida que las garras deformes del Marqués me habían infligido en la muñeca izquierda no dejaba de sangrar, y un ardor extraño, distinto al dolor físico de los cortes, me subía por el brazo como un hilo de plomo derretido.
A mi lado, Yahya avanzaba apoyado en un bastón de ébano, sostenido por dos guerreros de Ixpan.
La fiebre de la peste, que el morisco había logrado contener con las hierbas de la selva y su propia voluntad de hierro, volvía a hacer mella en su cuerpo.
Sus ojos ámbar, velados por el delirio, brillaban con una luz febril en la penumbra, pero su mente seguía afilada, guiándonos por los senderos ocultos que llevaban al valle donde se alzaba la fortaleza del tirano.
—El humo nos precede —murmuró Yahya, deteniéndose y alzando la mano sana para señalar el horizonte.
Era cierto. Una columna de humo negro y denso se alzaba hacia el cielo estrellado, tiñendo las nubes de un púrpura enfermizo.
El olor a madera quemada y a carne chamuscada nos golpeó las fosas nasales, confirmando los peores temores que Ixpan había expresado.
Los capataces, al ver arder la fortaleza y saber a su amo muerto, habían decidido que si ellos perdían su fuente de riqueza, nadie más la disfrutaría.
Al llegar a la cresta de la colina que dominaba el valle, el espectáculo que se ofreció ante nuestros ojos desafió toda comprensión cristiana.
La encomienda, que antaño fuera un monumento a la codicia y al poder de la Corona, era ahora un caldero de llamas y desesperación.
Las chozas de paja de los esclavos ardían como antorchas gigantes, iluminando la noche con un resplandor dantesco.
Pero el horror absoluto se encontraba en los barracones de piedra, situados en el centro del patio principal.
Eran estructuras macizas, construidas con muros de adobe de tres varas de grosor y techos de teja, diseñadas para resistir los huracanes del Caribe y las rebeliones de los esclavos.
Las pesadas puertas de roble, reforzadas con bandas de hierro, estaban cerradas y aseguradas con gruesos candados.
Desde el interior, los gritos de más de trescientos hombres, mujeres y niños se mezclaban con el estruendo del fuego y el crujir de la madera al partirse.
En el patio, una veintena de capataces y guardias, embriagados por el miedo y el aguardiente, vigilaban los barracones con arcabuces y látigos.
Reían con una crueldad que helaba la sangre, arrojando antorchas encendidas contra las ventanas enrejadas de las celdas, deleitándose en el pánico de los condenados.
—Que los espíritus de la venganza los devoren —susurró Ixpan, su rostro pintado para la guerra, los ojos oscuros ardiendo con una furia contenida—. Ordenad el ataque, mujer de sangre blanca. Que el acero de los tiranos beba su propia sangre esta noche.
Asentí con la cabeza, sintiendo cómo la furia de una madre y el honor de una Mendoza se fundían en un acero indestructible en mi pecho.
—No dejéis a ninguno con vida —sentencié, con la voz fría y clara, desafiando el estruendo de las llamas—. Que esta noche sea el fin de la encomienda. Que las cenizas de su imperio sirvan de abono para la libertad.
El ataque fue una danza de sombras y acero.
Ixpan y sus guerreros descendieron por la ladera con la sigilidad de los jaguares que acechan en la espesura.
Los capataces, cegados por el humo y el aguardiente, no escucharon el susurro de las flechas ni el crujido de las macanas de obsidiana.
Los primeros guardias cayeron degollados antes de que pudieran soltar un grito, sus cuerpos desplomándose sobre la tierra apisonada mientras la sangre negra se mezclaba con el hollín.
Cuando el resto de los capataces comprendió que estaban siendo atacados, el patio se convirtió en un matadero.
Los arcabuces dispararon a ciegas, las balas silbando en el aire y astillando los muros de adobe.
Yo me lancé al centro de la refriega, esquivando las bayonetas y los látigos.
La espada cantó en el aire, segando vidas con una precisión letal.
Un capataz, un hombre de rostro surcado por la viruela y los ojos inyectados en sangre, intentó apuntarme con su arcabuz.
Me deslicé bajo su ataque, hundiendo mi hoja en su muslo y luego en su garganta.
El hombre soltó un gorgoteo ahogado y cayó de rodillas, escupiendo sangre sobre las losas que antaño habían sido lavadas con el sudor de los esclavos.
—¡A los barracones! —bramé, señalando hacia las puertas de roble—. ¡Yahya, los cerrojos!
El morisco, apoyado en su bastón, se acercó a las pesadas puertas.
Sus manos, temblorosas por la fiebre, extrajeron un frasco de pólvora que había guardado en su faja.
Con la destreza del alquimista que conoce los secretos del fuego, Yahya vertió el polvo negro en las cerraduras y colocó una mecha rápida.
—¡Atrás! —gritó, empujándome hacia un muro de piedra.
La explosión fue ensordecedora. Una bola de fuego y humo negro estalló en las puertas, arrancando los cerrojos de hierro y astillando la madera maciza. Las puertas cedieron con un chirrido agónico, y una nube de humo denso y asfixiante se derramó hacia el patio.
Corrí hacia el interior de los barracones, cubriéndome el rostro con el borde de mi sayal.
El calor era insoportable, y el humo me quemaba los pulmones.
En el suelo, apiñados contra las paredes, yacían los esclavos.
Muchos estaban inconscientes, asfixiados por el humo; otros lloraban en silencio, con los rostros tiznados y los ojos desorbitados por el terror.
—¡Estáis a salvo! —grité, con la voz resonando en la bóveda de piedra—. ¡La encomienda ha caído! ¡El Marqués ha muerto! ¡Seguidme hacia la luz!
Los guerreros de Ixpan y los cimarrones que nos habían seguido entraron en los barracones, cargando a los más débiles y guiando a los que podían caminar.
La escena era un torrente de dolor y alivio.
Madres que abrazaban a sus hijos con la fuerza de la desesperación, hombres que lloraban al sentir el aire fresco en sus rostros, ancianos que besaban la tierra del patio como si fuera una reliquia sagrada.
Yahya, a pesar de su propio estado, se movía entre los liberados, aplicando cataplasmas de hierbas frescas a los quemados y limpiando el hollín de los rostros de los niños.
Su presencia era un bálsamo en medio del infierno.
Cada vez que nuestras miradas se cruzaban en medio del caos, sus ojos ámbar me devolvían la cordura, recordándome por qué habíamos luchado, por qué habíamos matado, por qué habíamos sobrevivido.
Cuando el último esclavo hubo cruzado las puertas destrozadas, me giré hacia la casa principal.
La mansión del Marqués, una estructura de dos plantas con balcones de madera tallada y ventanas enrejadas, aún se mantenía en pie, ajena a la destrucción que la rodeaba.
Era el símbolo máximo de su tiranía, el lugar donde había planeado mis torturas, donde había guardado sus riquezas robadas y donde había intentado quebrantar mi espíritu.
—Antón —llamé, dirigiéndome al gigante cimarrón que había forjado mi espada—. Traed las antorchas. Que la casa del tirano arda hasta los cimientos. Que no quede ni una sola piedra en pie que pueda recordar su nombre.
El gigante asintió con gravedad, y junto a sus hombres, comenzó a arrojar las teas encendidas contra los balcones y las puertas de la mansión.
La madera seca, impregnada de los aceites y las ceras que el Marqués usaba para presumir de su riqueza, prendió con una furia voraz.
Las llamas treparon por las paredes, devorando los tapices flamencos y los muebles de caoba, convirtiendo los símbolos de la opulencia en ceniza y humo.
Me quedé de pie en el centro del patio, contemplando la destrucción.
El fuego iluminaba mi rostro y el de los trescientos esclavos que ahora eran libres.
Elvira, que había permanecido custodiada por Zaira en la retaguardia, corrió hacia mí y se aferró a mis piernas.
La tomé en brazos, hundiendo mi rostro en su cabello, aspirando el aroma de su piel que lograba eclipsar el hedor de la muerte.
—Se acabó, mi amor —susurré, besando su frente—. Ya nadie nos hará daño.
Pero la dulzura de aquel instante fue brutalmente interrumpida. Un dolor agudo, como si mil agujas candentes me atravesaran la carne, me obligó a soltar a mi hija y llevarme la mano izquierda al pecho. Un grito ahogado brotó de mi garganta.
Yahya, al escuchar mi lamento, se acercó con rapidez, sus ojos ámbar escrutando mi rostro con preocupación.
—Catalina, ¿qué ocurre? —preguntó, tomando mi brazo izquierdo con delicadeza.
Con el corazón latiendo desbocado, me quité el pañuelo que envolvía mi muñeca. La luz de las llamas de la mansión iluminó la herida, y el espectáculo que se ofreció ante mis ojos me heló la sangre hasta los huesos.
Los cortes que las garras del Marqués me habían infligido ya no sangraban rojo.
La carne alrededor de las heridas se había tornado de un negro violáceo, y una red de venas oscuras, idénticas a las que habían consumido el cuerpo del tirano, se extendía desde mi muñeca hacia mi codo, palpitando con un ritmo propio y enfermizo.
El dolor no era físico; era una presencia alienígena que me devoraba las entrañas, un fuego frío que me susurraba al oído que mi cuerpo ya no me pertenecía.
—No puede ser —susurró Yahya, palideciendo bajo su tez curtida, sus manos temblorosas rozando las venas negras sin atreverse a presionar—.
La peste... el Marqués no solo la llevaba en su sangre.
La llevaba en su aliento, en su sudor, en su última esencia.
Al heriros, al clavar sus garras en vuestra carne, os ha transmitido la cepa más pura. Os ha infectado, Catalina.
El mundo dejó de girar. El estruendo de la mansión al derrumbarse, los vítores de los esclavos liberados, el crepitar de las llamas, todo se apagó, dejando solo el sonido de mi propia respiración entrecortada y el latido desbocado de mi corazón enfermo.
—¿Cuánto tiempo? —pregunté, con la voz quebrada, mirando a los ojos al hombre que amaba, buscando en su sabiduría una mentira piadosa que me devolviera la esperanza.
Yahya bajó la mirada, incapaz de sostener mi escrutinio. Una lágrima solitaria rodó por su mejilla, perdiéndose entre el hollín y la sangre seca.
—Las venas ya han alcanzado vuestro codo —murmuró, con la voz estrangulada por la agonía—. Cuando lleguen a vuestro corazón, la transformación comenzará. Perderéis la razón, perderéis vuestra humanidad. Tendréis... quizás tres días. Cuatro, si los espíritus nos son favorables.
Elvira, al sentir mi temblor, me miró con sus ojos oscuros, llenos de una inocencia que contrastaba con la sentencia de muerte que pendía sobre mi cabeza.
—Madre, ¿estás enferma? —preguntó, extendiendo su pequeña mano para tocar mi rostro.
La aparté con suavidad, incapaz de soportar el contacto de su piel pura con mi carne maldita. Miré hacia el norte, hacia las montañas que se recortaban contra el cielo púrpura del amanecer. Ixpan se acercó, su rostro impasible, pero sus ojos oscuros reflejando una gravedad que me desgarró el alma.
—En las montañas del sur, en el desierto de sal que los chibchas llaman el umbral de los dioses, crece la raíz del olvido —pronunció el cacique, su voz resonando como piedras rodando por un barranco—.
Es el único remedio conocido para purificar la sangre de la podredumbre.
Pero el camino es largo, y los espíritus de la sequía no perdonan a los que caminan con la muerte en las venas.
Miré a Yahya, cuya propia fiebre lo hacía tambalear, y luego a mi hija, que me observaba con el terror incipiente de los que comienzan a comprender la fragilidad de la vida.
La encomienda ardía a nuestras espaldas, convirtiendo en cenizas el imperio de codicia y crueldad que nos había destrozado.
Habíamos liberado a los esclavos, habíamos vengado a Rodrigo, habíamos derrotado al Marqués.
Pero la victoria tenía un precio que mi propio cuerpo estaba pagando.
—Preparad las canoas y los hatillos —ordené, con la voz firme, tragándome el dolor y el pánico, aferrando la espada con mi mano sana—. Dejaremos a los esclavos bajo el cuidado de los cimarrones en la costa. Nosotros debemos marchar hacia el sur. Hacia las montañas. Hacia el desierto de sal.
Pero mientras el sol comenzaba a teñir de rojo las copas de los árboles, y las cenizas de la encomienda se elevaban hacia el cielo como una columna de fantasmas, eché a caminar hacia lo desconocido, con la muerte latiendo en mis venas y la necesidad imperiosa de sobrevivir ardiendo en mi pecho.
Porque si el destino quería llevarme al infierno, yo arrancaría la raíz del olvido de las propias fauces de los dioses, aunque tuviera que devorar el mundo entero para lograrlo.