La flor que no perdona CAPÍTULO 24 EL DUELO EN EL BARRANCO Y LA ESPADA DE LA VIUDA
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CAPÍTULO 24 EL DUELO EN EL BARRANCO Y LA ESPADA DE LA VIUDA

La niebla verde del cenote ascendía con la parsimonia de un sudario que envuelve al condenado, y el hedor a carne podrida y a azufre me quemaba las fosas nasales hasta hacerme lagrimear los ojos.

En mis brazos, Elvira se aferraba a mi cuello con la fuerza desesperada de un náufrago, su pequeño cuerpo temblando como una hoja en la tormenta.

Frente a nosotras, emergiendo de las aguas negras como un demonio bautizado en la podredumbre, se alzaba el Marqués de la Sangre.

No era ya el hombre arrogante y cruel que me había deshonrado en Cádiz, ni el tirano que había gobernado la encomienda con látigo y fuego.

La enfermedad y el veneno de la selva, combinados con la corrupción del cenote, habían consumido su humanidad hasta dejar solo la cáscara de una bestia impulsada por el odio y la locura.

Su piel, de un gris ceniciento y cubierto de pústulas que supuraban un líquido negro, se adhería a los huesos como un pergamino mojado.

Su brazo derecho, hinchado y deformado, terminaba en una garra de uñas negras y retorcidas.

Pero lo más aterrador eran sus ojos: dos cuencas vacías donde ardía un fuego sobrenatural, una luz verdosa que no pertenecía a este mundo.

—¡La loba ha venido a morir a su guarida! —bramó el Marqués, su voz sonando como el chirrido de dos piedras de molino frotándose—. ¡Vuestra sangre alimentará a los espíritus, y vuestra hija será la semilla de la nueva plaga!

Se lanzó hacia nosotras con una velocidad que desafiaba su cuerpo destrozado.

La garra de su mano derecha silbó en el aire, buscando mi garganta.

Me aparté con un movimiento fluido, girando sobre mis talones y arrastrando a Elvira conmigo.

La espada la Tizona, forjada con el acero de las cadenas que nos oprimieron, cantó en el aire y hendió el brazo del Marqués.

El corte fue profundo, pero la sangre que manó no era roja.

Era un líquido negro y viscoso que humeaba al contacto con el aire, y el olor era tan punzante que tuve que apartar el rostro para no vomitar.

El Marqués ni siquiera pareció sentir el dolor.

Soltó una risa quebrada, carente de toda humanidad, y me atacó de nuevo.

—¡Yahya! —grité, esquivando otro zarpazo que habría podido decapitarme—. ¡Necesito vuestra espada! ¡El acero común no lo detiene!

El morisco, apoyado contra una roca y tosiendo sangre negra, intentó incorporarse. Sus ojos ámbar, brillantes por la fiebre, me contemplaron con una mezcla de amor y desesperación.

—Catalina, la flor de la noche se ha disuelto en el agua —jadeó, su voz sonando como el roce de la seda contra el hierro—. El veneno del cenote lo ha transformado en un receptáculo de la peste. Solo el fuego puede purificarlo. Solo el fuego puede detenerlo.

Comprendí la verdad de sus palabras con la claridad que otorga el peligro mortal.

El Marqués ya no era un hombre; era un vehículo de la enfermedad, un cáncer encarnado que se extendía por las venas de la tierra.

Si lograba escapar del barranco, si conseguía alcanzar la superficie, la peste que llevaba en su sangre contaminaría todo lo que tocara.

—¡Ixpan! —bramé, sin apartar la vista del monstruo que me acechaba—. ¡Fuego! ¡Necesito fuego!

El cacique, que había permanecido agazapado tras una roca con su arco tenso, entendió mi intención.

Extrajo de su faja un pedernal y una yesca, y comenzó a golpearlos con furia.

Las chispas volaron hacia la antorcha que sostenía en la mano izquierda, y en un instante, la tea se encendió con un rugido que ahogó el sonido del agua burbujeante.

—¡Lobezna! —gritó Ixpan, lanzándome la antorcha con un movimiento preciso—. ¡Que los espíritus del fuego guíen tu acero!

Atrapé la tea al vuelo, su calor me lamió el rostro y el humo me hizo lagrimear los ojos. Con la antorcha en la mano izquierda y la Tizona en la derecha, me enfrenté al Marqués por última vez.

—¡Venid, demonio! —grité, con la voz resonando en las paredes del barranco como un trueno—. ¡Hoy beberéis vuestro propio veneno!

El Marqués se lanzó hacia mí con un aullido que heló la sangre en mis venas.

Sus garras buscaron mi rostro, pero yo me agaché, pasando bajo su ataque, y hundí la espada en su muslo izquierdo.

El acero toledano penetró la carne podrida con un sonido húmedo y nauseabundo, y el Marqués soltó un rugido de dolor que no era humano, sino el lamento de mil almas condenadas.

Se tambaleó, pero no cayó. Su mano derecha, la garra deformada, se cerró alrededor de mi muñeca izquierda, la que sostenía la antorcha.

El contacto fue helado, una sensación de muerte que me caló hasta los huesos.

Intenté zafarme, pero su fuerza era sobrenatural, alimentada por la locura y la podredumbre.

—¡Moriréis conmigo, perra! —bramó, atrayéndome hacia él con un tirón brutal—. ¡Vuestra carne se fundirá con la mía, y juntos seremos eternos!

El dolor fue cegador. Sentí cómo sus garras se clavaban en mi piel, cómo la carne se desgarraba y la sangre manaba caliente. Pero el dolor físico palidecía ante la angustia de saber que Elvira estaba sola, que Yahya moría a mis espaldas, que el mundo entero pendía de un hilo.

Con un esfuerzo que desgarró las cicatrices de mi espalda, liberé mi muñeca de un tirón violento, dejando un jirón de mi carne en las garras del Marqués.

La antorcha cayó al suelo, pero no se apagó.

Rodó hacia el borde de la plataforma, y las llamas comenzaron a lamer las lianas secas que colgaban de las rocas.

El Marqués se abalanzó sobre mí, sus cuencas vacías ardiendo con una furia que desafiaba a la muerte.

Pero yo ya no era la mujer noble que había llegado a las Indias.

Era la loba de la selva, la madre de la resistencia, la espada de los proscritos.

Y no permitiría que aquel monstruo tocara ni un solo cabello de mi hija.

Me agaché, esquivando su ataque, y hundí la espada en su pecho.

El acero penetró la carne podrida hasta la empuñadura, y el Marqués soltó un alarido que resonó en las paredes del barranco como el lamento de los condenados.

Pero no cayó. Su cuerpo, sostenido por la fuerza de la peste y la locura, se aferró a la espada, intentando arrancarla de mis manos.

—¡No podéis matarme! —bramó, su voz sonando como el eco de mil demonios—. ¡Soy la peste! ¡Soy la purga! ¡Soy el futuro!

—Sois un cadáver que aún no lo sabe —respondí, con la voz firme, clavando mis manos en la empuñadura de la espada y empujando con toda la fuerza de mi desesperación—. Y hoy, los muertos entierran a los muertos.

Con un último empujón, hundí la espada hasta el fondo, atravesando su corazón podrido y clavándolo en la piedra de la plataforma.

El Marqués se arqueó en un espasmo final, sus cuencas vacías ardiendo con una luz verdosa que se apagó lentamente.

Su cuerpo se desplomó sobre la espada, y la sangre negra que manó de su herida comenzó a humear al contacto con el aire.

Pero la batalla no había terminado. El fuego de la antorcha había prendido las lianas secas, y las llamas comenzaban a extenderse por la plataforma, acercándose peligrosamente a Elvira, que lloraba en silencio tras una roca. El humo negro y denso nos envolvía, y el calor era ya insoportable.

—¡Catalina! —bramó Yahya, incorporándose con un esfuerzo sobrehumano y avanzando hacia nosotras—. ¡El fuego! ¡Debemos salir de aquí!

Corrí hacia Elvira, la tomé en brazos y la apreté contra mi pecho. Su pequeño cuerpo temblaba, pero sus ojos, oscuros y profundos como los de su padre, me contemplaban con una confianza que me partió el alma.

—Madre, el hombre malo está muerto —susurró, con la voz quebrada por las lágrimas—. ¿Podemos irnos a casa?

—Sí, mi amor —respondí, besando su frente con una ternura que me deshizo por dentro—. Podemos irnos a casa.

Yahya me tomó de la mano, sus dedos ásperos y febriles acariciando los míos con una ternura que me devolvía la dignidad arrebatada. Juntos, con Elvira en mis brazos y el cacique Ixpan cubriendo nuestra retaguardia, comenzamos a ascender por el sendero empinado que llevaba fuera del barranco.

El fuego nos seguía, devorando la plataforma y las aguas negras del cenote.

El cuerpo del Marqués, clavado en la Tizona, ardía con una furia que iluminaba las paredes del barranco con un resplandor apocalíptico.

Las llamas consumían su carne podrida, purificando la peste que había llevado en su sangre, y el humo negro ascendía hacia el cielo nocturno como una columna de ceniza y muerte.

Al llegar a la cima del barranco, me detuve y miré hacia atrás.

El fuego devoraba el fondo del abismo, y el cuerpo del Marqués era ahora una antorcha funeraria que iluminaba la noche con un resplandor verdoso.

La peste que había llevado en su sangre se consumía con él, y los espíritus de la selva, en su infinita sabiduría, habían reclamado su tributo.

—Ha terminado —susurró Yahya, apoyando su frente contra la mía, sus ojos ámbar brillando con una tristeza infinita—. El tirano ha caído. La peste ha sido purificada.

—Pero el precio ha sido alto —respondí, con la voz quebrada por las lágrimas—. Rodrigo ha muerto. Zaira ha muerto. Cientos de inocentes han muerto. ¿Qué hemos ganado, Yahya? ¿Qué hemos ganado con tanta sangre?

El morisco me tomó del rostro, sus dedos ásperos acariciando mis mejillas manchadas de hollín y lágrimas.

—Hemos ganado la libertad, mi amor —murmuró, besando mis labios con una ternura que me devolvía la esperanza—. Hemos ganado el derecho a vivir sin cadenas, a amar sin miedo, a criar a nuestra hija en un mundo donde la codicia y la crueldad no tengan la última palabra.

Asentí con la cabeza, sintiendo cómo las lágrimas se mezclaban con el sudor y la sangre en mi rostro.

Miré a Elvira, que dormía en mis brazos, ajena a la tormenta que había devastado nuestro mundo.

Y supe que, a pesar de todo el dolor, a pesar de todas las pérdidas, había valido la pena.

Había valido la pena cada gota de sangre, cada lágrima, cada instante de desesperación.

Pero la victoria no estaba completa. Mientras descendíamos por el sendero que llevaba de vuelta al campamento, Ixpan se acercó a mí con el rostro demudado por una noticia que heló la sangre en mis venas.

—Mujer de sangre blanca —pronunció el cacique, su voz resonando como piedras rodando por un barranco—.

Mientras cazábamos al hombre de la cicatriz, mis exploradores han descubierto algo terrible.

Los capataces de la encomienda, al ver que la fortaleza ardía, han encerrado a todos los esclavos en los barracones.

Han prendido fuego a las chozas de los cimarrones, y han jurado que si no pueden tener a los esclavos, nadie los tendrá.

La revelación cayó sobre mí con el peso de una losa de mármol. El Marqués había muerto, pero su legado de crueldad aún vivía. Los capataces, en su desesperación, estaban masacrando a los inocentes, quemando las chozas y encerrando a los esclavos en los barracones para que ardieran con ellos.

—¿Cuántos esclavos hay encerrados? —pregunté, con la voz firme, sintiendo cómo la furia de una madre y el honor de una Mendoza se fundían en un acero indestructible en mi pecho.

—Más de trescientos —respondió Ixpan, con los ojos oscurecidos por la gravedad de la noticia—. Hombres, mujeres, niños. Todos encerrados en los barracones de piedra, con las puertas cerradas con cadenas y candados. Si no los liberamos antes del amanecer, arderán vivos.

Miré a Yahya, y en sus ojos ámbar leí la misma determinación que ardía en mi pecho. No podíamos dejar que aquellos inocentes murieran. No después de todo lo que habíamos luchado, no después de toda la sangre que habíamos derramado.

—Entonces no hemos terminado —sentencié, desenvainando la daga que llevaba en la faja y trazando una línea de sangre en mi propia palma, que ofrecí a la noche—.

Vamos a liberar a los esclavos. Vamos a quemar la hacienda hasta los cimientos.

Y vamos a asegurar que el legado del Marqués de la Sangre sea solo ceniza y olvido.

Mientras el fuego del barranco se apagaba lentamente, y el cuerpo del tirano se consumía en las llamas purificadoras, eché a caminar hacia la encomienda, con Yahya a mi lado y Elvira en mis brazos.

La caza había terminado, pero la guerra por la libertad acababa de comenzar.

Y no descansaría hasta que el último esclavo fuera libre, hasta que la última cadena fuera rota, hasta que la última hoguera de la tiranía se extinguiera para siempre.