CAPÍTULO 23 LA CAZA DEL TIRANO Y LA SELVA DE LAS SOMBRAS
El techo de la bóveda se desplomó con un estruendo que sacudió los cimientos del mundo.
Un bloque de piedra del tamaño de un barril aplastó el potro de tortura, enviando una nube de polvo y esquirlas que me cegó por un instante.
El calor era ya insoportable, un horno de aliento seco que consumía el poco oxígeno que quedaba en el Calabozo de los Lamentos.
No había tiempo para el llanto, ni para la desesperación.
La imagen de mi pequeña Elvira, arrastrada hacia las fauces del Cenote de los Sacrificios, actuó en mi sangre con la potencia de un elixir de furia pura.
—¡Yahya, la rejilla! —bramé, señalando con la espada hacia la estrecha abertura de ventilación que se abría en la pared opuesta, a tres varas de altura sobre el suelo.
El morisco, apoyado contra mi hombro, alzó la vista. Su rostro, hinchado por los tormentos y pálido por el veneno de la peste, se contrajo en una mueca de dolor cuando intentó dar un paso.
—No podré subir, Catalina —jadeó, su voz sonando como el roce de la piedra contra el hierro—. Mis piernas no me sostienen. Debéis escapar vos. Buscad a Ixpan. Salvad a la niña.
—¡Callad, necio orgulloso! —repliqué, envainando la espada y entrelazando mis brazos con los suyos, levantándolo a pulso—.
Os he arrancado de las garras del infierno y no permitiré que os quedéis en la antesala.
Si habéis de morir, que sea bajo el cielo abierto, no enterrado bajo la codicia de este tirano.
Con un esfuerzo que desgarró las cicatrices de mi espalda, reabriendo las heridas que el látigo de Don Gaspar había dejado en mi carne, alcé a Yahya y lo impulsé hacia la rejilla.
El hueco era apenas lo suficientemente ancho para un hombre de complexión delgada.
Él se aferró al borde de piedra, sus dedos huesudos dejando marcas de sangre en el granito, y logró introducir el torso.
Luego, con una agonía que me partió el alma, estiró los brazos y me ofreció la mano para que yo trepara tras él.
El fuego ya lamía los muros de la celda, y el humo negro nos envolvía en un sudario asfixiante.
Logré pasar el cuerpo justo cuando la madera de la puerta principal estallaba en mil pedazos, consumida por las llamas.
Emergimos al exterior rodando por la tierra húmeda de la selva.
El aire nocturno, cargado de la fragancia de las orquídeas silvestres y el hedor de la pólvora, llenó mis pulmones como el más dulce de los néctares.
A pocos pasos, la silueta imponente de Ixpan surgió de entre los helechos, seguido por una docena de sus guerreros más feroces.
El cacique observó la fortaleza, que ahora era una pira funeraria que iluminaba la noche con un resplandor apocalíptico, y luego clavó sus ojos oscuros en mí.
—El hombre de la cicatriz ha escapado —pronunció Ixpan, su voz grave resonando sobre el crepitar de las llamas—. Ha tomado el sendero del norte. Pero sus hombres huelen a miedo y a podredumbre. Dejan un rastro que hasta un ciego podría seguir.
—No ha escapado solo —respondí, limpiando la sangre y el hollín de mi rostro con el dorso de la mano, mientras ayudaba a Yahya a incorporarse—.
Ha raptado a mi hija. La lleva al Cenote de los Sacrificios, en el fondo del Barranco de los Lamentos.
Si la sumerge en las aguas con la flor de la noche, la peste se extenderá por las venas de la tierra.
Un silencio sepulcral cayó sobre los guerreros.
Para los hombres de las tierras lejanas, el Cenote no era un simple accidente geográfico; era la boca del inframundo, el lugar donde los espíritus antiguos bebían las almas de los inocentes.
Ixpan apretó la empuñadura de su macuahuitl, y sus nudillos se tornaron blancos.
—Entonces la caza ha comenzado —sentenció el cacique, desenvainando su daga de pedernal y trazando una línea de sangre en su propia palma, que ofreció a la noche—. Que los espíritus del viento guíen nuestras flechas. Esta noche, la selva beberá la sangre del tirano.
La persecución se inició con una urgencia que desafiaba los límites de la carne humana.
La selva, que de día era un laberinto de esmeralda y sombras, se transformaba de noche en un reino de pesadilla.
Las raíces de los árboles colosales se alzaban como garras de titanes dormidos, y las lianas colgantes intentaban atraparnos como los dedos de los condenados.
Avanzábamos en silencio, guiados por la luz mortecina de la luna que se filtraba a través del dosel y por el instinto infalible de los guerreros indígenas.
Yo caminaba en la vanguardia, con el hierro desenvainado, su acero negro bebiendo la luz de las estrellas.
Yahya, apoyado en un bastón tallado por Antón y sostenido por dos guerreros, marchaba a mi lado.
A pesar de la fiebre que consumía su cuerpo y del veneno que corroía sus venas, la mente del médico permanecía afilada como un bisturí.
Cada pocas millas, me obligaba a detenerme para masticar una raíz amarga de la selva y escupir el jugo sobre las heridas de mi espalda, que la marcha había vuelto a abrir.
El dolor era una presencia constante, un fuego líquido que me recorría la columna, pero lo soportaba con la estoicidad de una mártir.
El sufrimiento físico palidecía ante la angustia de saber que mi hija, mi pequeña flor de azahar, estaba en manos del demonio.
En medio de aquella brutalidad, en los breves instantes en que nos deteníamos a beber del odre, Yahya me ofrecía refugios de una ternura inmensa. Me tomaba del rostro con sus manos temblorosas, y sus ojos ámbar, brillantes por la fiebre, me devolvían la dignidad que el mundo intentaba arrebatarme.
—Vuestro espíritu es más fuerte que el acero de Toledo, mi amor —susurró en una de aquellas pausas, acariciando mi mejilla manchada de barro—. Rodrigo os amó con la dulzura de los jardines de Cádiz, pero yo os amo con la furia de las tormentas de la selva. Juntos, somos invencibles.
—Solo quiero que nuestra hija viva, Yahya —respondí, apoyando mi frente contra la suya, cerrando los ojos para evocar el aroma de su piel, ese perfume a sándalo y a hierbas medicinales que lograba eclipsar el hedor de la muerte que nos rodeaba—.
Si la pierdo, no quedará nada de mí que valga la pena salvar.
La marcha continuó durante horas interminables.
El terreno comenzó a descender bruscamente, y la vegetación espesa dio paso a un bosque de cipreses enanos y rocas cubiertas de musgo.
El aire se volvió gélido, y un miasma sulfuroso comenzó a ascender desde las profundidades del barranco.
Estábamos cerca. El sonido de los tambores, que hasta entonces había sido un eco lejano, se tornó ahora en un redoble profundo y rítmico que hacía vibrar la tierra bajo nuestras botas.
De repente, Ixpan alzó la mano, ordenando la detención inmediata. Los guerreros se fundieron con las sombras de los árboles con una disciplina sobrenatural. Me agazapé junto a una roca, conteniendo la respiración, y observé el sendero que se abría ante nosotros.
A escasos veinte pasos, dos mercenarios del Marqués custodiaban un paso estrecho entre dos peñascos.
Estaban armados con arcabuces y alabardas, y sus rostros reflejaban el terror absoluto de los hombres que saben que caminan hacia la muerte.
No eran los fanáticos de la encomienda; eran los cobardes que el Marqués había obligado a seguirlo hasta el fin del mundo.
—Dejadme a mí —susurré a Ixpan, quien asentía con gravedad.
Me deslicé entre las sombras con el sigilo de una pantera.
El primer mercenario giró la cabeza al escuchar el crujido de una rama, pero fue demasiado tarde.
La Tizona silbó en el aire y le segó la cabeza con un corte limpio y brutal.
El cuerpo cayó al suelo antes de que la cabeza dejara de rodar por la tierra húmeda.
El segundo hombre, al ver a su compañero decapitado, soltó un grito ahogado y levantó el arcabuz.
Pero yo ya estaba sobre él. Hundí la hoja en su pecho, atravesando el jubón de cuero y el corazón.
El hombre boqueó, escupiendo sangre negra, y se desplomó contra la roca.
No sentí piedad, ni remordimiento. La mujer noble que había llegado a las Indias había muerto en la picota de la encomienda.
La que ahora empuñaba el acero era una loba de la selva, una madre dispuesta a bañarse en sangre para salvar a su cachorra.
Limpié la hoja en el sayal del muerto y miré hacia el borde del barranco.
—Estamos aquí —murmuró Ixpan, acercándose y señalando hacia el vacío—. El Cenote de los Sacrificios.
Nos arrastramos hasta el borde del acantilado y contemplamos el espectáculo que se ofrecía ante nuestros ojos.
El Barranco de los Lamentos era una herida abierta en la tierra, de paredes verticales y oscuras.
En el fondo, a más de cien varas de profundidad, se abría el Cenote.
Sus aguas no eran azules ni cristalinas; eran de un negro espeso y viscoso, y brillaban con una bioluminiscencia enfermiza, de un tono verde pálido que iluminaba las estalactitas de piedra como los colmillos de un leviatán.
En la orilla del cenote, sobre una plataforma de piedra tallada con los rostros de los dioses antiguos, se encontraba el Marqués de la Sangre.
Su figura era una pesadilla hecha carne.
La enfermedad y el veneno de la selva habían consumido su humanidad.
Su piel era de un gris ceniciento, cubierta de pústulas que supuraban un líquido negro.
Sus ojos eran dos cuencas vacías, ardiendo con un fuego sobrenatural, y su brazo derecho, el que había estado infectado desde el principio, estaba hinchado y deformado, cubierto de escamas parecidas a las de un reptil.
En su mano izquierda, sostenía la flor de la noche, un tallo de pétalos plateados que pulsaba con una luz propia.
Y a sus pies, atada de manos y pies, con el rostro bañado en lágrimas y los ojos desorbitados por el terror, estaba Elvira.
—¡Elvira! —grité, mi voz resonando en las paredes del barranco como un trueno.
El Marqués alzó la cabeza lentamente. A pesar de la distancia, sentí el peso de su mirada podrida clavándose en mi alma. Una sonrisa cruel, que revelaba unos dientes negros y afilados, se dibujó en su rostro desfigurado.
—¡Doña Catalina! —bramó el tirano, su voz sonando como el chirrido de dos piedras de molino frotándose—. ¡Llegáis justo a tiempo para presenciar el nacimiento de un nuevo mundo! ¡El mundo de la podredumbre y la purga!
Comencé a descender por el sendero empinado que llevaba al fondo del barranco, con Yahya y los guerreros pisándome los talones. El aire se volvía cada vez más denso, y el olor a azufre y a carne quemada me provocaba arcadas. Pero mis ojos estaban fijos en mi hija.
Cuando llegamos a la plataforma de piedra, el Marqués no intentó huir.
Se irguió en toda su estatura, alzando la flor de la noche sobre las aguas negras del cenote.
El líquido comenzó a burbujear con furia, y una niebla verde y pestilente ascendió desde la superficie, envolviendo la plataforma en un sudario de muerte.
—La flor exige un catalizador de sangre real —susurró el Marqués, con una voz que ya no era humana, sino el eco de mil demonios—. Pero la sangre de la niña no es suficiente. Los espíritus exigen la sangre de la que la engendró. La sangre de la loba que ha desafiado a la Corona y a la Inquisición.
El Marqués dio un paso hacia el borde, sosteniendo a Elvira por el cabello con su mano deforme. La niña gritó, un sonido agudo y desgarrador que me atravesó el corazón como una lanza de hielo.
—Si no os arrojáis a las aguas, mujer blanca, la niña morirá lentamente, y su agonía alimentará la peste durante mil lunas —sentenció el tirano, sus ojos ardiendo con la locura absoluta—.
Si os arrojáis, la flor se cerrará, la peste morirá, y yo os permitiré vivir lo suficiente para ver cómo devoro vuestro cadáver.
Miré las aguas negras y burbujeantes. Miré a Yahya, cuyos ojos ámbar me suplicaban en silencio que no lo hiciera, que buscáramos otra salida. Miré a Ixpan, que tensaba su arco, pero sabía que una flecha no llegaría a tiempo antes de que el Marqués soltara a mi hija al abismo.
Y entonces, el Marqués cometió su último y más fatal error. Alzó la mano para empujar a Elvira al agua, y en ese instante de distracción, la flor de la noche resbaló de sus dedos deformes y cayó hacia las aguas negras.
El tiempo se detuvo. El Marqués lanzó un aullido de rabia y se lanzó tras la flor, soltando a mi hija.
Elvira cayó hacia el vacío, pero yo ya me estaba moviendo.
Me lancé al suelo, deslizándome por la piedra lisa, y mis manos lograron aferrar la túnica de mi hija justo cuando sus pies tocaban el borde del abismo.
Tiré de ella con toda la fuerza de mis músculos, arrastrándola hacia mi pecho, pero al levantar la vista, vi al Marqués emergiendo de las aguas negras.
La flor se había disuelto en el líquido, y el cuerpo del tirano comenzaba a transformarse, a crecer, a fundirse con la podredumbre del cenote.
Ya no era un hombre. Era la encarnación de la peste, y sus brazos deformes se extendían hacia nosotras, prometiendo una muerte que trascendía la carne.
Yahya desenvainó su espada, pero el veneno en su sangre lo traicionó, y cayó de rodillas, tosiendo sangre negra.
Ixpan tensó el arco, pero las flechas se deshacían en el aire al tocar la niebla verde.
Estábamos solos en la plataforma, con mi hija en los brazos, frente a un monstruo que había dejado de ser humano, y con la espada como única aliada contra el fin del mundo.