La flor que no perdona CAPÍTULO 22 EL CALABOZO DE LOS LAMENTOS Y EL REENCUENTRO DE LAS ALMAS
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CAPÍTULO 22 EL CALABOZO DE LOS LAMENTOS Y EL REENCUENTRO DE LAS ALMAS

El estruendo de la fortaleza agonizante resonaba en mis sienes como el martilleo de un yunque sobre el cráneo.

Las llamas devoraban los barracones y el humo negro de la pólvora y la brea formaba un sudario asfixiante sobre el patio de armas.

Mientras Ixpan y sus guerreros contenían a los últimos supervivientes de la guarnición, mi mente, ofuscada por la conmoción de la muerte de Rodrigo y el hedor de la peste, había sufrido un lapsus imperdonable.

La furia de la batalla me había hecho olvidar el propósito primordial que me había llevado a cruzar el océano de las sombras y a forjar la Tizona: Alí.

El Marqués de la Sangre, en su infinita perfidia, no había ejecutado a mi amado.

Lo había arrojado al Calabozo de los Lamentos, la fosa más profunda e infame de la fortaleza, un abismo de tortura donde el tirano guardaba a sus prisioneros más valiosos para quebrantar sus espíritus antes de extraerles los secretos.

Tomé una antorcha que ardía en un candelabro de hierro forjado y, dejando el caos de la superficie a mis espaldas, me adentré en las fauces de piedra que descendían hacia las entrañas de la tierra.

El descenso fue una travesía por los círculos más oscuros del purgatorio.

La escalera de caracol, tallada en la roca viva de la montaña, estaba resbaladiza por la humedad y los fluidos corporales de los condenados.

El aire se tornó gélido y denso, impregnado de un miasma tan espeso que raspaba la garganta: una mezcla de vitriolo, carne gangrenada, excrementos y el miedo ácido de los hombres que han abandonado toda esperanza.

Las paredes de la espiral estaban manchadas de un carmesí oscuro, salpicaduras de sangre seca que contaban las historias de las almas que habían descendido por allí y jamás habían vuelto a ver la luz del sol.

Al llegar al fondo, la antorcha iluminó una bóveda lúgubre y vasta, sostenida por arcos de piedra que goteaban agua fétida.

El Calabozo de los Lamentos no era una simple prisión; era un museo de la crueldad humana, un testimonio de la barbarie que los hombres de mi siglo eran capaces de infligir a sus semejantes en nombre de la codicia y de una falsa fe.

En las paredes colgaban los instrumentos del suplicio: la garrucha con sus poleas engrasadas, el potro de madera con las cuerdas tensas, las tenazas de bronce para arrancar la carne, y los cascos de hierro que se calentaban al rojo vivo para freír el cerebro de los herejes.

La sola visión de aquellas herramientas me revolvió las entrañas, pero mi corazón no latía de temor, sino de una congoja inmensa al imaginar a Alí, el hombre más noble y compasivo que había caminado sobre la faz de la tierra, sometido a la iniquidad de aquellos artefactos.

Avancé por el pasillo central, mis botas chapoteando en un líquido oscuro que preferí no identificar.

En las celdas laterales, los prisioneros se arrastraban como espectros, sus ojos hundidos en las órbitas brillando con la locura de la privación.

Pero yo buscaba una celda en particular, la que se encontraba al final del corredor, custodiada por un pesado portón de roble reforzado con bandas de acero.

El cerrojo estaba echado, pero la madera, podrida por la humedad y el tiempo, cedió ante los embates de mi Tizona.

El acero toledano, forjado para cortar las cadenas de la tiranía, hendió la madera con un chirrido agónico.

Empujé la puerta y el hedor a carne quemada y a azufre me golpeó el rostro. En el centro de la estancia, iluminado por el resplandor mortecino de mi antorcha, colgaba Alí.

Un grito ahogado, un lamento de pura agonía, brotó de mi garganta.

Mi amado estaba atado a una cruz de madera mediante grilletes de hierro que le aprisionaban las muñecas y los tobillos, estirando su cuerpo en una postura que desafiaba la anatomía humana.

Su torso, desnudo y cubierto de una capa de sudor y sangre, era un mapa del sufrimiento.

Las marcas del látigo se entrecruzaban con las quemaduras de las tenazas, y sus pies, descalzos y desgarrados, descansaban sobre un lecho de piedras afiladas.

La tortura del agua, la más infame de las inquisiciones, había dejado su rostro hinchado y sus labios azulados, con el agua estancada aún goteando de su cabello oscuro.

¡Alí! ¡Amor mío! exclamé, lanzándome hacia él y sosteniendo su peso para que las cadenas no le dislocaran los hombros.

Sus párpados se entreabrieron con lentitud.

Los ojos ámbar, que antaño reflejaban la sabiduría de las bibliotecas de Córdoba y la ternura de los jardines de la infancia, estaban ahora velados por el dolor y la fiebre.

Tardó un instante en enfocar mi rostro, en comprender que la figura encapuchada y manchada de sangre que lo sostenía no era otro verdugo más enviado por el Marqués.

Catalina susurró, con la voz quebrada por la garganta destrozada y los pulmones llenos de líquido. Eres un espejismo. La fiebre me ha llevado al paraíso antes de la hoguera.

No soy un espejismo, mi vida respondí, tomando la daga que llevaba en la faja y comenzando a serrar los grilletes que le aprisionaban las muñecas. Soy yo. He venido a sacarte de este infierno. He venido a devolverte al mundo de los vivos.

El hierro cedió con un chasquido metálico.

El cuerpo de Alí se desplomó hacia adelante, pero yo lo recibí en mis brazos, abrazándolo con una fuerza desesperada.

Su peso era el de un niño, la desnutrición y el suplicio habían consumido la musculatura firme del médico que había conocido en la botica de la encomienda.

Lo arrastré hasta un rincón seco de la celda, apartándolo de los charcos de inmundicia, y tomé mi odre de agua, humedeciendo un paño de lino para limpiar la sangre coagulada de su rostro.

El reencuentro fue un torrente de lágrimas y caricias frenéticas.

En medio de aquel osario, rodeados de los instrumentos de la crueldad más absoluta, floreció una ternura que desafiaba a la lógica y a la razón.

Mis manos, que horas antes habían segado vidas y empuñado el acero de la venganza, se tornaron ahora en instrumentos de una devoción inefable.

Recorrí las cicatrices de su pecho con la yema de los dedos, besando cada marca dejada por la barbarie de los conquistadores, transformando el dolor en un sacramento de amor.

Habéis luchado con el coraje de los leones, mi señora murmuró Alí, apoyando su frente contra la mía, su aliento caliente y febril rozando mis labios. Pero habéis llegado tarde. El veneno ya ha entrado en mi sangre. El Marqués me ha obligado a beber la cepa concentrada de la peste.

No digáis tal cosa, Yahya repliqué, con la voz firme, sacando de mi sayal los frascos de ungüentos y las hierbas de la selva que había guardado como un tesoro. Conozco los antídotos. Conozco los remedios. No permitiré que la muerte os arrebate de mi lado.

Lo despojé de los harapos empapados y apliqué cataplasmas de corteza de quina y miel de abejas sobre sus heridas más profundas.

Cada toque era una caricia, cada suspiro de dolor que él emitía era un puñal que se clavaba en mi propio corazón.

Contrastaba la extrema crudeza de su cuerpo destrozado con la belleza inmarcesible de nuestro vínculo.

La sociedad que nos había condenado, la Inquisición que lo había marcado, los encomenderos que lo habían torturado, todos ellos eran esclavos de su propia brutalidad.

Nosotros, en cambio, en la penumbra de aquel calabozo, éramos los únicos seres libres, porque nuestro amor trascendía la carne, desafiaba el dolor y se elevaba por encima de la podredumbre de la época.

Cuando logré estabilizar su respiración y vendar sus heridas más graves, Alí me tomó del rostro con sus manos temblorosas.

Sus ojos ámbar recuperaron un destello de la luz que yo amaba, y me atrajo hacia él.

Nuestros labios se encontraron en un beso que no conocía la lujuria, sino la urgencia de la supervivencia y la promesa de la eternidad.

Fue un beso salado por las lágrimas, doloroso por la cercanía de la muerte, pero infinitamente dulce.

En aquel abrazo, el siglo dieciséis con sus hogueras, sus galeras y sus matanzas dejó de existir.

Solo existía el latido de nuestros corazones, sincronizados en la oscuridad, dos almas que se negaban a ser separadas por la iniquidad de los hombres.

Pero la dulzura de aquel instante fue brutalmente interrumpida.

Un estruendo sordo, seguido de una vibración que sacudió los cimientos de la bóveda, nos obligó a separarnos.

El polvo cayó del techo, y el olor a pólvora quemada se filtró por las grietas de la piedra.

Los almacenes de la fortaleza, situados en la planta superior, estaban a punto de estallar.

Debemos salir de aquí, Catalina jadeó Alí, intentando incorporarse, pero sus piernas cedieron y tuve que sostenerlo de nuevo. El Marqués ha minado los cimientos. Sabe que lo hemos derrotado, y pretende enterrarnos con su fortaleza.

Lo levanté, pasando su brazo sano por mis hombros, y cargué con su peso hacia la puerta.

Pero antes de que pudiéramos cruzar el umbral, Alí se detuvo en seco, clavando sus dedos huesudos en mi brazo con una fuerza que me sorprendió.

Sus ojos se habían desorbitado, y una expresión de horror absoluto había reemplazado la paz de nuestro reencuentro.

Catalina susurró, con la voz estrangulada por el pánico. El Marqués no ha huido solo hacia el barranco.

¿De qué habláis? pregunté, mirando hacia el pasillo, donde el fuego comenzaba a lamer las paredes de piedra.

Alí me miró, y las lágrimas comenzaron a surcar sus mejillas manchadas de hollín.

Cuando me capturaron y me trajeron a este calabozo, el Marqués cometió el error de jactarse ante mí, creyendo que la tortura me había vuelto loco.

Me dijo que el verdadero precio de su alianza con los espíritus de la selva no era el oro, ni la peste.

Me dijo que la flor de la noche, el único antídoto para la cepa que ha liberado, requiere un catalizador de sangre real para ser activado en el cenote sagrado.

El suelo tembló de nuevo, con mayor violencia, y una de las vigas de piedra del techo cedió, aplastando el potro de tortura a pocos pasos de nosotros.

Catalina, por favor, suplicó Alí, aferrándose a mi jubón con la desesperación de un niño.

No está con Zaira. Elvira no está segura.

El Marqués la raptó de las colinas mientras la fortaleza ardía.

La ha llevado al Cenote de los Sacrificios.

Si sumerge a la niña en las aguas sagradas antes de que la luna alcance su cenit, la peste no solo contaminará la costa, sino que se extenderá por las venas de la tierra hasta devorar el mundo entero.

Un frío glacial, más terrible que cualquier tormento del Calabozo de los Lamentos, me caló hasta los huesos.

Miré hacia la salida, donde las llamas rugían, cerrando el paso.

Miré a Alí, cuyo cuerpo temblaba por la fiebre y el veneno.

Y luego miré hacia una pequeña rejilla de ventilación en la pared opuesta, por la cual se colaba el viento nocturno de la selva y el sonido lejano de los tambores de guerra.

El techo comenzó a desplomarse en grandes bloques de piedra, y el fuego avanzaba implacable hacia nosotras, devorando el oxígeno y la esperanza.

Estábamos atrapadas en el abismo, con el hombre que amaba envenenado y a punto de morir, y mi hija marchando hacia un sacrificio apocalíptico en las fauces de la selva.

¿Cómo podría una mujer, sola y acorralada en el infierno, detener el fin del mundo?