La flor que no perdona CAPÍTULO 21 EL ASALTO A LA FORTALEZA Y LA NOCHE DE ACERO Y PÓLVORA #2
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CAPÍTULO 21 EL ASALTO A LA FORTALEZA Y LA NOCHE DE ACERO Y PÓLVORA #2

Yahya me seguía, su espada desenvainada y sus ojos ámbar escrutando las sombras con la atención de un cazador. Al llegar a la última celda del pasillo, me detuve en seco.

Allí, encadenado a la pared de piedra, con el rostro surcado por cicatrices y la barba larga y descuidada, yacía un hombre cuyo cuerpo estaba tan demacrado que apenas reconocí los rasgos que antaño habían sido los de mi esposo.

Rodrigo levantó la cabeza al escuchar mis pasos, y sus ojos, hundidos en las órbitas y brillando con la fiebre, se clavaron en los míos con una incredulidad que me partió el alma.

—¿Catalina? —susurró, con la voz quebrada por la deshidratación y el dolor—. ¿Eres tú... o es otro sueño de la locura?

Me lancé hacia él, arrodillándome junto a su cuerpo y tomando su rostro entre mis manos.

Sus mejillas estaban hundidas, sus labios agrietados y sangrantes, y su piel ardía bajo mi tacto con la fiebre de una infección que amenazaba con consumirlo.

Pero sus ojos, aquellos ojos oscuros que me habían amado con una dulzura que desafiaba a la muerte, seguían siendo los mismos.

—Soy yo, mi amor —sollocé, besando sus labios con una desesperación que sabía a sal y a promesas eternas—. He venido a sacarte de este infierno. He venido a llevarte a casa.

Rodrigo soltó una risa ahogada, que se transformó en un acceso de tos espasmódica. Cuando recuperó el aliento, su expresión se tornó grave, casi solemne.

—No hay casa, Catalina —murmuró, con la voz quebrada por el dolor—. El Marqués... ha envenenado las aguas. La peste... ya está en la fortaleza. Los prisioneros... hemos sido infectados. Soy el único que queda.

La revelación cayó sobre mí con el peso de una losa de mármol. Miré a Yahya, cuyos ojos ámbar se habían oscurecido por la gravedad del diagnóstico. El morisco se arrodilló junto a Rodrigo, examinando sus bubones con la atención de un médico que evalúa a un condenado.

—Es la peste bubónica —sentenció Yahya, con la voz grave y pausada—. Está en las últimas etapas. No hay tiempo para curarlo. Solo podemos... aliviar su dolor.

Rodrigo me tomó de la mano, sus dedos huesudos aferrando los míos con una fuerza que me deshizo por dentro.

—Catalina... escúchame —susurró, con la voz quebrada por la agonía—.

El Marqués... no está en la fortaleza. Ha huido...

hacia el barranco de los lamentos. Lleva consigo...

el antídoto. Solo él sabe... dónde está la flor de la noche.

Si muero... si la peste me consume... tú debes... encontrarlo. Debes... vengarte.

Antes de que pudiera responder, Rodrigo exhaló su último aliento, su cuerpo se relajó en mis brazos, y sus ojos se cerraron para siempre. El silencio que cayó sobre la celda fue más denso que la piedra que nos rodeaba.

Me quedé de rodillas, con el cuerpo de mi esposo en mis brazos, llorando en silencio mientras las lágrimas se mezclaban con la sangre y el sudor que manchaban mi rostro. Yahya me tomó del hombro, sus ojos ámbar brillando con una tristeza infinita.

—Debemos irnos, Catalina —murmuró el morisco, con la voz quebrada por la emoción—. La fortaleza arde. Si no salimos ahora, moriremos atrapados en las llamas.

Asentí con la cabeza, incorporándome con esfuerzo y dejando el cuerpo de Rodrigo sobre la paja sucia de la celda. Tomé su mano una última vez, besando sus dedos huesudos con una ternura que me devolvía la dignidad arrebatada, y me puse en pie.

—Que los espíritus de la selva te guarden, mi amor —susurré, con la voz firme a pesar de las lágrimas—. Tu venganza será mi venganza. Tu muerte será mi espada.

Salimos de la celda y corrimos por el pasillo, ascendiendo las escaleras hacia el patio superior.

La fortaleza era un infierno de llamas y humo.

Los barracones ardían con una furia que devoraba la madera y el adobe, y los gritos de los moribundos se mezclaban con el crujido de las vigas al partirse.

Al emerger en el patio, nos encontramos con Ixpan, que luchaba contra un grupo de soldados españoles que intentaban reagruparse junto a los almacenes de pólvora.

El cacique, con el rostro pintado de sangre y los ojos brillando con la furia de la batalla, nos vio y nos hizo un gesto para que nos acercáramos.

—¡El Marqués ha huido! —bramó Ixpan, degollando a un soldado con su macuahuitl—. ¡Ha escapado por el sendero del norte, hacia el barranco de los lamentos!

Yahya y yo nos miramos, y en nuestros ojos leímos la misma determinación inquebrantable.

Rodrigo había muerto, pero su última voluntad era nuestra misión.

Debíamos cazar al Marqués, debíamos encontrar el antídoto, debíamos vengar la muerte de mi esposo y la de todos los que habían caído bajo la tiranía del hombre de la cicatriz.

—¡Seguidme! —grité, desenvainando la espada y lanzándome hacia el sendero del norte—. ¡Esta noche, el Marqués de la Sangre beberá su propio veneno!

Y mientras la fortaleza ardía a nuestras espaldas, y los gritos de los moribundos se apagaban bajo el estruendo de las llamas, eché a correr hacia la oscuridad de la selva, con Yahya a mi lado y la furia de una viuda ardiendo en mi pecho.

La caza había comenzado. Y no terminaría hasta que la cabeza del Marqués rodara por el suelo del barranco de los lamentos, o hasta que la mía la acompañara en la muerte.