CAPÍTULO 21 EL ASALTO A LA FORTALEZA Y LA NOCHE DE ACERO Y PÓLVORA
La fortaleza del Marqués de la Sangre se alzaba en la cima de un cerro rocoso como una bestia de piedra y madera que vigilaba el valle con ojos de antorchas.
Sus murallas, construidas con troncos de ceiba reforzados con adobe, se recortaban contra el cielo nocturno como los dientes de un leviatán petrificado.
Desde nuestra posición en la espesura, a trescientas varas de la empalizada principal, podía distinguir el movimiento de los centinelas que patrullaban los adarves, sus siluetas iluminadas por el resplandor anaranjado de las hogueras que ardían en los patios interiores.
—La guarnición consta de ochenta hombres, distribuidos en cuatro puestos de guardia —murmuró Ixpan, sus ojos oscuros escrutando la fortaleza con la atención de un cazador que evalúa a su presa—.
Veinte en la puerta principal, quince en cada torre de vigía, y el resto en los barracones.
Están confiados. Creen que la selva los protege.
Yahya, agazapado a mi lado entre los helechos, asintió con gravedad.
Su brazo izquierdo, aún vendado tras la cirugía que yo misma le había practicado en el campamento, descansaba inmovilizado en un cabestrillo de cuero.
Pero su mano derecha empuñaba la espada toledana con la firmeza de un veterano, y sus ojos ámbar brillaban con una determinación que desafiaba a las sombras.
—El Marqués no espera un ataque —susurró el morisco, su voz apenas audible sobre el coro de las cigarras—. Sus exploradores han registrado los senderos del norte y del este. No saben que hemos cruzado el río de los caimanes por el sur, ni que los cimarrones conocen los pasos secretos de la montaña.
Yo me encontraba de pie junto a ellos, con la espada ceñida a la cintura y el rostro pintado con las marcas de guerra de los cimarrones.
El corazón me latía con una furia contenida que me hacía temblar las manos, no de miedo, sino de la anticipación de la venganza.
Habían pasado tres semanas desde que habíamos escapado de la encomienda, tres semanas de marcha forzada a través de la selva, de alianzas forjadas con los proscritos y los rebeldes, de preparación meticulosa para este momento.
—Los barriles de pólvora están en posición —informó Antón, el gigante cimarrón que había forjado mi espada, deslizándose entre la vegetación con la agilidad de un felino—.
Zaira y sus hombres han colocado veinte cargas explosivas en los puntos débiles de la empalizada.
Las mechas están conectadas. Solo necesitamos la señal.
Asentí con la cabeza, sintiendo cómo el acero de mi espada pesaba contra mi muslo, una extensión de mi voluntad y de mi furia.
Miré hacia el sur, donde la silueta de la montaña se recortaba contra el cielo estrellado.
En algún lugar de aquella fortaleza, en las mazmorras que yo misma había conocido en mi cautiverio, yacían los prisioneros que el Marqués había capturado en sus incursiones: indígenas, cimarrones, incluso algunos españoles pobres que habían osado desafiar su tiranía.
Y entre ellos, según los informes de nuestros exploradores, se encontraba Don Rodrigo de Mendoza, mi esposo, a quien yo creía muerto en el asalto de mi palacio en Cádiz, pero que los espíritus de la selva, en su infinita sabiduría, me habían revelado que aún respiraba, prisionero del Marqués desde hacía meses, antes de que la tragedia me arrebatara todo.
La revelación había sido un golpe tan devastador como esperanzador.
Rodrigo, mi dulce y valiente Rodrigo, había sobrevivido al asalto de nuestro palacio, pero había sido capturado por los mercenarios del Marqués y llevado a las Indias como prisionero.
El Marqués, al descubrir su identidad y la riqueza de mi linaje, lo había mantenido con vida como rehén, esperando obtener un rescate que nunca llegaría, pues yo había sido dada por muerta en el mar.
—La luna alcanzará su cenit en una hora —pronunció Ixpan, su voz resonando como piedras rodando por un barranco—.
Cuando su luz toque la torre del norte, Antón encenderá las mechas.
Las explosiones abrirán tres brechas en la empalizada.
Los guerreros de la selva entrarán por el sur y el este.
Los cimarrones atacarán la puerta principal.
Vosotros —señaló hacia Yahya y hacia mí— entraréis por la brecha del norte y llegaréis a las mazmorras.
Liberad a los prisioneros. Matad al Marqués.
Yahya me tomó de la mano, sus dedos ásperos acariciando los míos con una ternura que contrastaba con la crueldad de la misión que nos aguardaba.
—Si algo sale mal, Catalina, si las explosiones no son suficientes o si la guarnición responde con rapidez, huid hacia el río —murmuró el morisco, sus ojos ámbar fijos en los míos con una intensidad que me deshizo por dentro—.
No os quedéis a luchar. Buscad a Elvira con Zaira y escapad hacia las montañas.
—No huiré sin vos —repliqué, con la voz firme, tomando su rostro entre mis manos y besándolo con una desesperación que sabía a sal y a promesas eternas—. Juntos entramos en este infierno, juntos saldremos de él. O juntos moriremos en las llamas.
Yahya sonrió, una sonrisa triste y valiente que iluminó su rostro curtido.
—Entonces, mi amor, que los espíritus de la selva nos guíen —susurró, besando mi frente con una reverencia que me devolvió la dignidad arrebatada—. Y que el acero de los tiranos beba su propia sangre esta noche.
Esperamos en silencio, con la respiración contenida y los músculos tensos como cuerdas de arco.
El bosque que nos rodeaba era un santuario de sombras y sonidos: el croar de las ranas venenosas, el aullido lejano de los jaguares, el susurro del viento entre las copas de los árboles.
Cada sonido era un recordatorio de que éramos intrusos en un reino que no nos pertenecía, pero también de que la selva era nuestra aliada, nuestra madre y nuestra arma.
La luna alcanzó su cenit. Su luz plateada tocó la torre del norte de la fortaleza, y en ese instante exacto, un resplandor anaranjado iluminó la espesura al sur de la empalizada.
—¡Ahora! —bramó Ixpan, desenvainando su macuahuitl con un movimiento que hizo chisporrotear el acero de obsidiana.
Las explosiones estallaron con una furia que hizo temblar los cimientos de la tierra.
Tres columnas de fuego y humo negro se alzaron hacia el cielo, desgarrando la noche con un estruendo que ahogó los gritos de los centinelas.
Las brechas en la empalizada se abrieron como heridas sangrantes, y por ellas se derramó la marea de los guerreros de la selva, sus rostros pintados para la guerra, sus lanzas y macanas reluciendo a la luz de las llamas.
—¡Por los espíritus antiguos! —rugió Ixpan, lanzándose hacia la brecha del sur.
Los cimarrones, liderados por Antón, cargaron contra la puerta principal con arietes de madera y antorchas de resina. El estruendo del metal contra el metal, los gritos de los moribundos y el crepitar de las llamas crearon una sinfonía dantesca que resonó en mi pecho como un tambor de guerra.
Yahya y yo corrimos hacia la brecha del norte, esquivando los cadáveres de los centinelas que yacían destrozados por las explosiones.
El humo era denso y acre, quemando mis pulmones y cegando mis ojos, pero la furia me guiaba, una fuerza primitiva que me empujaba hacia adelante, hacia las mazmorras, hacia Rodrigo.
Al cruzar la empalizada rota, nos encontramos en el patio interior de la fortaleza.
El caos era absoluto. Los soldados españoles, sorprendidos en sus barracones, intentaban formar líneas de defensa, pero los guerreros indígenas caían sobre ellos con la ferocidad de una manada de jaguares.
Las espadas toledanas chocaban contra las macanas de obsidiana, los arcabuces disparaban a ciegas en el humo, y los gritos de agonía se mezclaban con los alaridos de guerra de los atacantes.
Un soldado, con el rostro cubierto de hollín y los ojos desorbitados por el pánico, intentó alzarse del suelo y apuntarme con su arcabuz.
No lo pensé. Me abalancé sobre él, esquivando el cañón, y hundí mi alfanje en la brecha de su peto, justo bajo la clavícula.
La sangre brotó caliente y oscura, salpicando mi rostro.
El hombre soltó un grito ahogado y se desplomó, convulsionándose en el polvo.
—¡Catalina, las mazmorras! —bramó Yahya, señalando hacia una estructura de piedra en el extremo norte del patio—. ¡La entrada está allí!
Corrimos hacia la estructura, esquivando los cadáveres y los combates que se libraban en cada rincón de la fortaleza.
La puerta de las mazmorras estaba custodiada por dos guardias, pero Ixpan, que había aparecido de repente entre las sombras, los degolló con su macuahuitl antes de que pudieran desenvainar sus espadas.
—Id —gruñó el cacique, limpiándose la sangre del rostro con el dorso de la mano—. Yo cubriré la entrada. Si los españoles intentan reforzar las mazmorras, tendrán que pasar sobre mi cuerpo.
Empujamos la puerta de madera y descendimos por las escaleras de piedra que conducían a las profundidades de la fortaleza.
El aire se volvió frío y húmedo, impregnado del olor a moho, a heces y a desesperación.
Las antorchas que ardían en las paredes proyectaban sombras danzantes sobre los muros, y el sonido de los combates en el patio superior llegó a nosotros como un eco lejano, amortiguado por el grosor de la piedra.
Al llegar al final de la escalera, nos encontramos ante un pasillo largo y estrecho, flanqueado por celdas cuyas puertas de hierro estaban cerradas con cerrojos.
El olor a podredumbre era tan intenso que tuve que cubrirme la nariz y la boca con el borde de mi sayal.
En las celdas, los prisioneros se agazapaban en las esquinas, sus rostros demacrados y sus ojos brillando con el reflejo de las antorchas.
—¡Rodrigo! —grité, corriendo por el pasillo y examinando cada celda—. ¡Rodrigo, mi amor, estoy aquí!