CAPÍTULO 26 EL REFUGIO EN LAS MONTAÑAS Y LA LUCHA CONTRA LA SOMBRA
La travesía hacia las montañas del sur fue un calvario que desafiaba los límites de la carne humana.
Durante siete días, nuestra pequeña hueste avanzó por senderos de cabras que serpenteaban por acantilados vertiginosos, cruzando ríos de aguas heladas que me mordían los huesos hasta la médula.
Yo caminaba en la vanguardia, sostenida por Yahya y por Ixpan, pero cada paso era una tortura.
La infección del Marqués se extendía por mi cuerpo con la parsimonia implacable de una marea negra que devora la costa.
Las venas oscuras, que antaño habían sido una red visible en mi muñeca, ahora palpitaban bajo mi piel como gusanos de sombra, ascendiendo lentamente hacia mi corazón.
El dolor no era físico, sino existencial.
Era una presencia alienígena que habitaba mis entrañas, un fuego frío que me susurraba al oído que mi cuerpo ya no me pertenecía, que mi alma estaba siendo devorada desde dentro por la podredumbre del tirano.
Cada amanecer, al despertar en los campamentos improvisados que montábamos al abrigo de las rocas, me llevaba la mano al pecho y sentía el latido de mi corazón, preguntándome si sería el último antes de que la locura me consumiera.
Yahya, a pesar de su propia fiebre y de las heridas que aún no habían cicatrizado, se dedicó a mí con una devoción que rozaba lo sacrílego.
Cada noche, cuando los guerreros de Ixpan y los cimarrones dormían alrededor de las hogueras, el morisco se arrodillaba junto a mi camastro de hojas secas y preparaba los remedios que su ciencia y la sabiduría de la selva le dictaban.
Masticaba raíces amargas de la montaña y escupía el jugo sobre mis venas negras, aplicaba cataplasmas de corteza de sauce y miel de abejas sobre mi pecho, y murmuraba plegarias en árabe y en castellano, invocando a Allah y a Cristo, a los espíritus de la selva y a los santos de Córdoba, en un sincretismo desesperado que desafiaba a los dogmas de la Inquisición.
—La raíz del olvido crece en el desierto de sal, a diez días de marcha hacia el sur —murmuró Yahya en la séptima noche, cuando acampamos en un valle escondido entre picos de roca roja, cuyas laderas estaban cubiertas de pinos enanos y arbustos de flores blancas—.
Si logramos alcanzarla antes de que la infección llegue a vuestro corazón, quizás, solo quizás, podamos purificar vuestra sangre.
—¿Y si no lo logramos? —pregunté, con la voz quebrada por el dolor y la fiebre, tomando su rostro entre mis manos temblorosas—. ¿Qué será de vos y de Elvira si me convierto en el monstruo que el Marqués fue?
Yahya me miró con sus ojos ámbar, brillantes por la fiebre y las lágrimas contenidas. Sus dedos ásperos acariciaron mi mejilla con una ternura que me deshizo por dentro.
—Si la muerte os reclama, mi amor, yo os seguiré —respondió con voz firme, besando mis labios con una desesperación que sabía a sal y a promesas eternas—.
No permitiré que viváis en la locura, ni que Elvira os vea convertida en una bestia.
Si la raíz del olvido no os salva, yo mismo os daré el descanso eterno con mis propias manos.
La promesa era tan cruel como necesaria.
La conocía, la aceptaba, y la amaba por su honestidad brutal.
En aquel valle de pinos y flores blancas, rodeados por la inmensidad de las montañas y el coro enloquecedor de las cigarras, nuestro amor floreció con una intensidad que desafiaba a la muerte.
Nos amamos aquella noche con la urgencia de los que saben que el amanecer puede ser el último, con la ternura de los que han bailado con la parca y han decidido abrazarse en la antesala del abismo.
Fue un acto de rebeldía absoluta, una comunión de almas y de cuerpos que trascendía las leyes de los hombres y los dogmas de la Iglesia.
En la penumbra del campamento, bajo el dosel de estrellas que se filtraba entre las copas de los árboles, fuimos reyes y reinas de un imperio efímero, forjando recuerdos que ni el fuego ni la espada podrían borrar.
Al octavo día, el valle se abrió ante nosotros, revelando un paisaje que desafiaba toda comprensión cristiana.
No era el desierto de sal que Ixpan había descrito, sino un paraíso escondido en las entrañas de las montañas: un valle fértil, rodeado por acantilados de roca roja, con un arroyo de aguas cristalinas que cruzaba el centro y alimentaba un lago pequeño donde los peces nadaban en cardas plateadas.
La tierra era negra y rica en humus, y los árboles frutales silvestres ofrecían manzanas, peras y ciruelas en abundancia.
El aire, fresco y puro, olía a pino y a tierra mojada, y el cielo se llenaba de estrellas tan brillantes que parecían al alcance de la mano.
—Este lugar se llama el Valle de los Espíritus Dormidos —explicó Ixpan, señalando hacia los acantilados que nos rodeaban—.
Mis ancestros cazaron aquí antes de que los hombres blancos llegaran con sus cruces y sus espadas.
Los espíritus de la montaña son antiguos y poderosos.
Si les mostramos respeto, nos protegerán.
Elegimos aquel valle para establecer nuestro nuevo hogar.
No era una fortaleza, ni una encomienda, ni un palenque de guerra.
Era un santuario, un refugio donde la codicia de los hombres no podía alcanzarnos, donde la Inquisición no podía encender sus hogueras, donde la peste del Marqués no podía devorar nuestras almas.
La construcción del asentamiento fue una obra de comunidad y de supervivencia.
Los cimarrones, con su conocimiento de las técnicas de construcción africanas, levantaron chozas de adobe y paja con techos inclinados para resistir las lluvias torrenciales.
Los guerreros de Ixpan, maestros en el arte de la carpintería indígena, tallaron vigas de cedro y puentes de madera que conectaban las diferentes zonas del asentamiento.
Yo, a pesar de la infección que consumía mi cuerpo, participé en la siembra de los campos, plantando maíz, frijoles y calabazas que crecieron con una rapidez milagrosa bajo el sol benévolo de las alturas.
Cada movimiento era una tortura, cada gota de sudor que se deslizaba por mi frente era un recordatorio de que mi tiempo se agotaba, pero la furia de vivir, el amor por Yahya y por Elvira, me mantenían en pie.
Yahya estableció su botica en una cueva natural que se abría en la ladera de la montaña, cuyas paredes estaban cubiertas de musgo y helechos que goteaban agua fresca.
Allí, rodeado de frascos de cristal y morteros de piedra, el morisco preparaba los remedios que curaban las fiebres, las heridas y los males del alma.
Yo lo ayudaba en su trabajo, aprendiendo de él los secretos de las plantas de las montañas, y juntos fusionábamos la medicina de la vieja Europa con la sabiduría ancestral de las tierras americanas.
Las noches en el Valle de los Espíritus Dormidos eran un regalo de los dioses.
El aire, fresco y puro, olía a pino y a tierra mojada, y el cielo se llenaba de estrellas tan brillantes que parecían al alcance de la mano.
Yahya y yo nos sentábamos junto al fuego de la hoguera central, con Elvira dormida en nuestros regazos, y contemplábamos el espectáculo celestial en silencio.
En aquellos momentos, el mundo exterior, con sus inquisidores y sus virreyes, con sus encomenderos y sus esclavistas, dejaba de existir.
Solo éramos nosotros, dos almas que habían encontrado en la geografía de las montañas el refugio que los hombres les habían negado.
—¿Crees que algún día podremos vivir sin miedo, Yahya? —le pregunté una noche, mientras las llamas de la hoguera danzaban en sus ojos ámbar.
El morisco me tomó de la mano, sus dedos ásperos acariciando los míos con una ternura que me deshizo por dentro.
—El miedo es la sombra del amor, Catalina —respondió con voz suave—. Mientras amemos, temeremos perder lo que amamos. Pero el miedo no es nuestro enemigo. Es el recordatorio de que la vida vale la pena ser vivida.
Me acerqué a él y apoyé mi cabeza en su pecho, escuchando el latido firme de su corazón.
En aquel instante, supe que no importaba si los ejércitos del rey llegaban a las montañas, si la Inquisición enviaba a sus sabuesos a cazarnos, si el mundo entero se conjuraba para destruirnos.
Mientras respiráramos, mientras nuestros pechos se alzaran al unísono, mientras nuestras manos se buscaran en la oscuridad, seríamos libres.
La paz del valle duró tres lunas. Tres lunas en las que Elvira creció fuerte y sana, corriendo descalza por los prados y aprendiendo de los guerreros indígenas el arte de la caza y el respeto por los espíritus de la montaña.
Tres lunas en las que los campos dieron sus primeros frutos, y las chozas se llenaron del aroma a pan de maíz y a caldo de venado.
Tres lunas en las que Yahya y yo nos amamos con la intensidad de los que saben que cada día puede ser el último, forjando recuerdos que ni el fuego ni la espada podrían borrar.
Y durante aquellas tres lunas, la infección que el Marqués había sembrado en mi cuerpo comenzó a retroceder.
Las venas negras, que habían alcanzado mi hombro, palidecieron lentamente, retrocediendo hacia mi muñeca.
El dolor existencial, ese fuego frío que me susurraba al oído que mi cuerpo ya no me pertenecía, se apagó como una brasa que el viento de la montaña había logrado extinguir.
La raíz del olvido, que Ixpan había traído de las tierras del sur después de una expedición de veinte días, había purificado mi sangre, devolviéndome la vida que el tirano había intentado arrebatarme.
Pero el destino, ese tejedor implacable de hilos sangrientos, no había terminado con nosotros.