CAPÍTULO 19 EL PRECIO DE LA LIBERTAD #2
—Yahya al-Jawhari, por los delitos de herejía, apostasía y rebelión contra la fe verdadera, sois condenado a la pena de muerte en la hoguera —pronunció el inquisidor, con la voz desprovista de toda emoción—.
Sin embargo, en consideración a la utilidad de vuestros brazos para las galeras de Su Majestad, y antes de que el fuego purificador consuma vuestro cuerpo, serviréis como galeote en las naves de la Armada del Mar Océano durante el tiempo que el tribunal disponga.
La condena era peor que la hoguera. Las galeras eran el infierno en la tierra, un lugar donde los hombres vivían encadenados a los bancos, remando bajo el látigo hasta que la muerte los liberaba de su miseria. Era una sentencia de agonía lenta, de dolor absoluto, de deshumanización total.
Me llevaron a la sala donde Yahya esperaba la ejecución de la sentencia. Los guardias me permitieron acercarme a él, pero solo por un instante, solo el tiempo suficiente para que nuestras miradas se cruzaran y nuestras almas se despidieran.
—Catalina —susurró el morisco, con la voz quebrada por la fiebre y las cadenas—, no intentéis rescatarme. Las galeras son un infierno del que ni los espíritus de la selva pueden liberar a un hombre. Huid hacia el sur con la niña. Buscad la flor de la noche. Vivid.
—No hay vida sin vos —respondí, tomando su rostro entre mis manos y besando sus labios con una desesperación que sabía a sal y a promesas eternas—.
Juro por Dios, por los espíritus de la selva y por la memoria de Rodrigo que os sacaré de esas cadenas.
Aunque tenga que quemar el mundo entero para lograrlo.
Yahya sonrió, una sonrisa triste y valiente que iluminó su rostro curtido.
—Entonces, mi amor, preparad las antorchas —murmuró, antes de que los guardias lo arrancaran de mis brazos y lo condujeran hacia el muelle.
Lo vi partir desde la ventana del palacio.
Yahya caminaba entre los alabarderos, su figura encadenada recortada contra el cielo rojizo del crepúsculo.
Los cimarrones, que se habían reunido en las colinas circundantes, lo observaban en silencio, sus rostros pintados para la guerra, sus lanzas de obsidiana brillando bajo la luz mortecina.
Ixpan, montado en su caballo blanco, se acercó a la ventana del palacio y me miró con una gravedad que me heló la sangre.
—Mujer de sangre blanca —pronunció el cacique, su voz resonando como piedras rodando por un barranco—, los espíritus de la selva no pueden luchar contra los jueces de vuestra fe.
Pero si vos decidís bajar al infierno a buscar a vuestro amado, mis guerreros cabalgarán con vos.
Porque el hombre de ojos de sol nos devolvió la vida en la garganta, y la deuda de la sangre solo se paga con sangre.
Asentí con la cabeza, sintiendo cómo la furia de una madre, el honor de una Mendoza y el amor de una mujer se fundían en un acero indestructible en mi pecho.
No había espada toledana que pudiera cortar las cadenas de Yahya.
No había botica que pudiera curar las heridas de su alma.
Pero había algo que los inquisidores no habían previsto: la alianza entre una noble castellana, un cacique de las tierras lejanas y cien cimarrones fugitivos que no tenían nada que perder.
Esa misma noche, mientras la ciudad dormía bajo el yugo del Santo Oficio, me deslicé por las alcantarillas de Nombre de Dios y alcancé el campamento de los cimarrones en las colinas.
Zaira, la esclava que me había ayudado a escapar de la encomienda y que había sobrevivido milagrosamente a la peste gracias a los ungüentos que yo misma había preparado, me recibió con los brazos abiertos.
—Mi señora —murmuró la mujer, con los ojos brillando por las lágrimas—, los cimarrones han jurado lealtad a vuestra causa.
Somos doscientos, armados con arcabuces robados y machetes de caña.
Conocemos cada sendero, cada pantano, cada escondite de estas tierras.
Si decidís asaltar las galeras, os seguiremos hasta el fin del mundo.
—No vamos a asaltar las galeras —respondí, con la voz fría y decidida, aferrando el alfanje que había robado en la encomienda—. Vamos a hundirlas.
La revelación cayó sobre el campamento como un rayo.
Los cimarrones se miraron entre sí, sus rostros surcados por la duda y el temor.
Asaltar un galeón de guerra era una locura.
Hundirlo, con los inquisidores y los alabarderos a bordo, era un acto de guerra contra la Corona que no tendría perdón ni en esta vida ni en la otra.
—El galeón del Santo Oficio zarpa al amanecer —continué, desplegando un mapa de las costas que había robado del palacio del Virrey—.
Lleva a Yahya y a otros treinta galeotes encadenados a los bancos.
Si logramos alcanzar el navío antes de que salga de la bahía, y si provocamos una vía de agua en el casco, los inquisidores tendrán que elegir entre salvarse o salvar a los condenados. Y en el caos, liberaremos a Yahya.
Ixpan, que había escuchado mi plan en silencio, asintió con gravedad.
—La selva nos ha enseñado a cazar al jaguar en su propia guarida —pronunció el cacique, su voz resonando como piedras rodando por un barranco—. Pero el mar es un jaguar distinto. Necesitamos canoas rápidas, y necesitamos hombres que conozcan las corrientes de la bahía.
—Los tengo —respondió Zaira, señalando hacia un grupo de cimarrones que se acercaban desde las sombras—. Son pescadores de la costa. Conocen cada roca, cada banco de arena, cada escondite donde el mar guarda sus secretos.
La preparación del asalto fue una danza de sombras y acero.
Mientras la ciudad dormía bajo el yugo del Santo Oficio, los cimarrones y los guerreros de Ixpan cargaron las canoas con pólvora, antorchas de resina y barriles de brea.
Yo, con las manos manchadas de hollín y el corazón latiendo desbocado, revisé cada detalle del plan, cada movimiento, cada posibilidad de fracaso.
Al despuntar el alba, cuando la bruma matutina aún cubría la bahía con un sudario de algodones sucios, nos lanzamos al mar.
Ciento veinte hombres, distribuidos en veinte canoas, remamos en silencio hacia el galeón del Santo Oficio.
El navío, enorme y negro como una bestia de pesadilla, se alzaba ante nosotros con sus cañones apuntando hacia la ciudad, sus velas comenzando a desplegarse con la parsimonia de un leviatán que despierta.
Desde la cubierta del galeón, los vigías nos divisaron demasiado tarde.
Los gritos de alarma resonaron en el aire, seguid por el estruendo de los cañones que disparaban a ciegas hacia la bruma.
Las balas de hierro silbaban sobre nuestras cabezas, levantando columnas de agua que nos bañaban con el rocío salobre del mar.