CAPÍTULO 19 EL PRECIO DE LA LIBERTAD #3
—¡Ahora! —bramé, lanzando la primera antorcha de resina hacia el casco del galeón.
Las antorchas cayeron sobre la madera, y la brea que habíamos vertido en las canoas se incendió con un rugido que ahogó los gritos de los soldados.
Las llamas treparon por el casco del navío, devorando la madera y el alquitrán, mientras los cimarrones lanzaban los barriles de pólvora contra las troneras de los cañones.
El caos estalló en el galeón. Los inquisidores, los alabarderos y los marineros corrían de un lado a otro, intentando apagar los incendios y responder al ataque. Los cañones disparaban a diestro y siniestro, sin saber a quién atacar en la bruma densa de la mañana.
Aprovechando la confusión, Zaira y un grupo de cimarrones se acercaron al costado del galeón, escalando las cadenas de las anclas con la agilidad de los monos que trepan por los ceibos.
Llegaron a la cubierta superior, y con un grito de guerra que heló la sangre de los inquisidores, se lanzaron sobre los guardias que custodiaban la escotilla de los galeotes.
Yo, mientras tanto, había alcanzado el casco del galeón y, con la ayuda de un cincel y un martillo que había robado en la encomienda, comencé a abrir una vía de agua en la línea de flotación.
La madera crujió bajo mis golpes, y el agua del mar comenzó a filtrarse en el interior del navío con un sonido que me devolvió la esperanza.
—¡Catalina! —bramó una voz conocida desde la escotilla de los galeotes.
Alcé la vista, y allí, encadenado al banco de los remeros, con el rostro manchado de sangre y los ojos ámbar brillando con una intensidad sobrenatural, estaba Yahya.
El morisco había aprovechado el caos del ataque para liberar a los otros galeotes, y ahora, con las cadenas tintineando, se lanzaba sobre los guardias que intentaban detenerlo.
—¡Yahya! —grité, extendiendo la mano hacia él—. ¡Saltad! ¡El agua os recibirá!
El morisco no lo dudó. Con un esfuerzo sobrehumano, rompió las cadenas que lo unían al banco y se lanzó por la escotilla, cayendo al mar con un estruendo que levantó una columna de agua. Nadó hacia mí con la desesperación de los que han visto la muerte de cerca y han decidido que no es su día.
Lo alcancé en el agua, y lo abracé con una fuerza que me dolía en las heridas de la espalda. Sus labios buscaron los míos, y en aquel beso, en medio del caos de los cañonazos y los incendios, hubo una promesa de eternidad que desafiaba a los inquisidores, a la Corona y a los dioses antiguos.
—Pensé que no vendríais —susurró Yahya, con la voz quebrada por las lágrimas y el agua salada—. Pensé que la muerte nos habría separado para siempre.
—La muerte no puede separar lo que los espíritus han unido, mi amor —respondí, besando su frente con una ternura que me devolvió la dignidad arrebatada—. Mientras respire, mi espada será vuestro escudo y mi ciencia vuestro refugio.
Pero la victoria no había llegado aún. El galeón, aunque incendiado y con una vía de agua, aún no se hundía.
Y desde la cubierta, fray Bartolomé de Esteban, el inquisidor general de Tierra Firme, nos observaba con una sonrisa cruel.
En sus manos, sostenía un pergamino sellado con lacre rojo, y sus labios se movían en un rezo silencioso que parecía más una maldición que una plegaria.
—¡Doña Catalina de Mendoza! —bramó el inquisidor, su voz resonando sobre el estruendo de los cañones—.
¡Habéis cometido el delito más grave que una mujer puede cometer contra la fe!
¡Habéis liberado a un hereje condenado por el Santo Oficio!
¡Por este delito, sois excomulgada, y vuestra cabeza tiene precio en todos los puertos de la cristiandad!
El pergamino cayó al agua, y las olas se lo llevaron hacia el horizonte.
Pero las palabras del inquisidor se grabaron en mi alma con la profundidad de un hierro candente.
Ya no era una noble castellana. Ya no era la viuda de un hidalgo gaditano.
Ya no era ni siquiera una mujer. Era una proscrita, una excomulgada, una enemiga de la fe que los hombres de negro perseguirían hasta el fin de los tiempos.
Pero mientras nadaba hacia la orilla, con Yahya a mi lado y Elvira esperándonos en las colinas, supe que no me importaba.
Había pagado el precio de la libertad, y el precio había sido mi alma.
Pero mi alma, ahora, pertenecía a los espíritus de la selva, a los cimarrones fugitivos y al hombre de ojos ámbar que caminaba a mi lado.
Y mientras el galeón del Santo Oficio comenzaba a hundirse en las aguas de la bahía, arrastrando consigo a los inquisidores y a los alabarderos, supe que nuestra guerra en el Nuevo Mundo no había terminado.
Solo había entrado en su fase más peligrosa.
Porque ahora, no solo luchábamos contra el Marqués de la Sangre, contra los encomenderos y contra los salvajes de las tierras lejanas.
Ahora, luchábamos contra la Corona, contra la Iglesia y contra el mundo entero.
Aunque estábamos dispuestos a teñir de rojo las aguas del mar, aunque tuviéramos que nadar en nuestra propia sangre para lograrlo.