CAPÍTULO 19 EL PRECIO DE LA LIBERTAD
La victoria en Nombre de Dios sabía a ceniza y a bilis.
Mientras los últimos rescoldos de los incendios se extinguían bajo la llovizna salobre que el mar enviaba desde la bahía, contemplé desde el alféizar de una ventana rota el espectáculo desolador de la ciudad conquistada.
Los cadáveres de los soldados del Virrey yacían amontonados en las esquinas de la plaza mayor, sus jubones de brocado empapados en la sangre que se mezclaba con el lodo y las cenizas.
Los cimarrones y los guerreros de Ixpan patrullaban las calles con la suspicacia de los lobos que acaban de devorar al pastor, y el eco lejano de los tambores indígenas seguía marcando el pulso de una rebelión que aún no había saciado su hambre.
Yahya dormía en el camastro de una posada saqueada, su respiración acompasada el único sonido que me devolvía la cordura.
Su brazo izquierdo, dislocado durante la caída del balcón, había sido reducido por sus propias manos con una destreza que me había dejado sin aliento.
Ahora, inmovilizado en una tablilla de corteza de ceiba, descansaba bajo la luz mortecina de una lámpara de aceite, y su rostro, surcado por el hollín y la sangre seca, parecía el de un ángel caído que hubiera olvidado cómo regresar al cielo.
Elvira, acurrucada a los pies del lecho, jugaba en silencio con una muñeca de trapo que una de las mujeres cimarronas le había regalado.
La niña había enmudecido tras la huida por los tejados, y sus ojos, oscuros y profundos como los de su padre, observaban el mundo con la prudencia de los que han aprendido demasiado pronto que la vida es un hilo frágil tendido sobre el abismo.
Me acerqué a Yahya y acaricié su frente con el dorso de la mano.
Su piel ardía bajo mi tacto, y el pulso que le tomé en la muñeca sana era rápido y febril.
La infección de la herida del balcón, aunque limpia con los ungüentos que yo misma había preparado, amenazaba con propagarse si no encontrábamos los ingredientes adecuados.
Pero el antídoto para la peste, según me había susurrado el morisco antes de caer en el sueño, crecía únicamente en las tierras del sur, en el desierto de sal que los cronistas llamaban la frontera del olvido.
—Descansad, mi amor —murmuré, besando sus párpados cerrados—. Mañana partiremos hacia el sur. Encontraremos la flor de la noche, y curaremos vuestro brazo y las heridas de la ciudad.
Pero el destino, ese tejedor implacable de hilos sangrientos, tenía otros designios para nosotros.
El estruendo de las campanas de la catedral me sobresaltó.
No eran las campanadas pausadas de la hora, sino un tañido frenético y desordenado, el mismo que en las ciudades de Castilla anunciaba la llegada de una flota enemiga o el estallido de una rebelión.
Corrí hacia la ventana y contemplé la bahía.
Anclado en el puerto, con las velas plegadas y los cañones apuntando hacia la ciudad, se alzaba un galeón de guerra que no había formado parte de la Flota de Indias.
Era un navío de líneas esbeltas y casco negro, con la popa adornada por un estandarte que reconocí con un escalofrío: el escudo del Santo Oficio de la Inquisición, bordado en hilo de oro sobre seda carmesí.
—¡No puede ser! —exclamé, sintiendo que el suelo se hundía bajo mis pies.
Ixpan, que había entrado en la estancia sin que lo escuchara, se acercó a la ventana y observó el navío con sus ojos inescrutables. El cacique de las tierras lejanas, que había enfrentado a ejércitos enteros sin parpadear, frunció el ceño con una inquietud que me heló la sangre.
—Los hombres blancos tienen más demonios de los que mis espíritus pueden contar —murmuró Ixpan, su voz grave resonando como piedras rodando por un barranco—. Ese navío no trae soldados. Trae jueces. Y los jueces, en vuestras tierras, son peores que los verdugos.
La predicción del cacique se cumplió antes de que el sol alcanzara su cenit.
Una comitiva de sesenta hombres, vestidos con las túnicas negras y los escapularios blancos del Santo Oficio, desembarcó en el muelle principal.
A su frente caminaba un hombre de estatura mediana y rostro afilado, cuyos ojos, del color del hielo derretido, escrutaban las calles de Nombre de Dios con la frialdad de un buitre que sobrevuela un camposanto.
Era el inquisidor general de Tierra Firme, fray Bartolomé de Esteban, un hombre cuya fama de crueldad había cruzado los mares y llegaba hasta los rincones más remotos de la selva.
El inquisidor no venía solo. Lo acompañaban dos notarios del tribunal, un pelotón de alabarderos y una docena de familiares de la Inquisición, armados con cadenas y grilletes.
En sus manos portaban pergaminos sellados con lacre rojo, y sus labios se movían en un rezo silencioso que parecía más una maldición que una plegaria.
La ciudad, aún humeante por los incendios de la noche anterior, se rindió sin ofrecer resistencia.
Los cimarrones, al ver el estandarte del Santo Oficio, se retiraron hacia las colinas con la prudencia de los que conocen el precio de la herejía.
Los guerreros de Ixpan, que habían jurado protegerme, me miraron con una mezcla de compasión y temor, sabiendo que contra los jueces de la fe ni siquiera los espíritus antiguos podían vencer.
Fray Bartolomé de Esteban se instaló en el palacio del Virrey, cuyas paredes aún estaban manchadas por la sangre de Don Fernando de Córdoba, muerto por la peste en los primeros compases del caos.
Desde allí, emitió edictos con la rapidez de un relámpago.
Todos los que hubieran participado en la rebelión, todos los que hubieran tratado con los indígenas, todos los que hubieran dudado de la fe verdadera, serían juzgados por el tribunal.
Y el primer nombre en la lista de los condenados no fue el mío.
Fue el de Yahya al-Jawhari.
El inquisidor había llegado con información precisa.
Sabía que el morisco no era un simple médico de Córdoba, sino el líder de los rebeldes de las Alpujarras, el hereje que había escapado de la hoguera de Granada y que había cruzado los mares con un nombre falso y una ciencia maldita.
Sabía que yo, Doña Catalina de Mendoza, viuda de un hidalgo gaditano, me había entregado a él en pecado de lujuria y herejía.
Sabía, en definitiva, todo lo que yo había intentado olvidar.
Los alabarderos del Santo Oficio irrumpieron en la posada al mediodía. Yo estaba sentada junto al lecho de Yahya, velando su sueño febril, cuando la puerta se abrió de par en par y los hombres de negro entraron con las cadenas tintineando.
—Yahya al-Jawhari, también conocido como Alí ibn Sahl, médico de Córdoba y líder de los moriscos rebeldes —pronunció el capitán de los alabarderos, leyendo de un pergamino con voz monótona—.
Quedáis arrestado por delito de herejía, apostasía y trato con infieles.
Seréis conducido ante el tribunal del Santo Oficio para recibir la sentencia que merecen vuestras culpas.
Yahya despertó con la brusquedad de un hombre que ha vivido toda su vida con la certeza de que este momento llegaría.
Sus ojos ámbar, aún nublados por la fiebre, se clavaron en los alabarderos con una serenidad que me desgarró el alma.
No intentó resistirse. No suplicó clemencia.
Simplemente, me miró a mí, y en aquella mirada hubo un universo entero de amor, de despedida y de promesas eternas.
—Catalina —murmuró, con la voz quebrada por la debilidad—, no lloréis por mí. La hoguera es el último refugio de los que han vivido con honor.
—¡No permitiré que os quemen! —grité, lanzándome entre el lecho y los alabarderos, con la daga desenvainada en la mano derecha—. ¡Si tocáis un solo cabello de su cabeza, juro por Dios que os arrancaré los ojos uno a uno!
El capitán de los alabarderos soltó una risa seca, carente de humor, y me agarró por la muñeca con una fuerza que me hizo soltar la daga.
—Doña Catalina de Mendoza —pronunció el hombre, con el desdén de los que se saben respaldados por el poder absoluto—, vuestra vida ha sido perdonada por la misericordia del tribunal, dada la nobleza de vuestro linaje.
Pero no intentéis interponeros en el camino de la justicia de Dios.
El sarraceno será juzgado esta misma tarde.
Me arrancaron de la estancia a la fuerza, y me encerraron en una habitación del palacio, custodiada por dos guardias armados con arcabuces.
Desde la ventana, a través de los barrotes de hierro, contemplé cómo sacaban a Yahya de la posada.
El morisco caminaba con la cabeza alta, a pesar de las cadenas que le mordían las muñecas y los tobillos, a pesar de la fiebre que lo hacía tambalearse, a pesar del brazo dislocado que colgaba inerte a su lado.
Los ciudadanos de Nombre de Dios, los mismos que la noche anterior habían sido salvados por su ciencia y por mi espada, lo escupían y lo insultaban desde las ventanas, cegados por el miedo y por los edictos del inquisidor.
El juicio fue una farsa macabra que duró apenas dos horas.
Fray Bartolomé de Esteban, sentado en un estrado de madera tallada, leyó los cargos con la parsimonia de un carnicero que afila su cuchillo.
Yahya, de pie en el centro de la sala, con las cadenas tintineando a cada movimiento, escuchó la sentencia sin inmutarse.
No se le permitió llamar a testigos, ni presentar pruebas, ni defenderse con las palabras de los sabios que había estudiado en las bibliotecas de Córdoba.
Su única culpa era haber nacido morisco, haber amado a una cristiana y haber desafiado a los hombres que pretendían monopolizar la verdad.
La sentencia cayó sobre la sala como una losa de mármol.