CAPÍTULO 18 EL VENENO DE LA CORTESÍA Y LA HUIDA POR LOS TEJADOS #2
Yahya no discutió. En sus ojos leí el reconocimiento de mi voluntad, la misma furia inquebrantable que me había sostenido desde el asalto de mi palacio en Cádiz.
Tomó mi mano izquierda con la suya, y con la derecha se aferró a mi cintura.
Contamos hasta tres en silencio, sincronizando nuestra respiración con el latido de nuestros corazones.
Uno. Dos. Tres.
Saltamos.
El aire de la noche nos golpeó el rostro, y por un instante, mientras volábamos sobre el vacío del patio interior, sentí la libertad absoluta de los pájaros que desafían la gravedad.
Elvira soltó un grito ahogado, enterrando su rostro en mi cuello, y yo la apreté con más fuerza, murmurando promesas de protección que mi propio corazón sabía frágiles como el cristal.
Aterrizamos en el balcón de madera con un estruendo que hizo crujir los tablones bajo nuestros pies.
La estructura, podrida por la humedad del trópico, se inclinó peligrosamente hacia un lado, amenazando con desplomarse bajo nuestro peso.
Yahya me empujó hacia la puerta que daba al interior de la mansión, y yo corrí hacia ella, cargando a Elvira, mientras el morisco se quedaba atrás para asegurarse de que el balcón no cedía del todo.
—¡Entrad! —bramó Yahya, señalando hacia la puerta abierta—. ¡Yo os sigo!
Empujé la puerta de madera tallada y entré en la mansión del oidor.
El salón principal estaba sumido en la penumbra, iluminado únicamente por el resplandor de los incendios que se filtraba por las ventanas rotas.
Los muebles de caoba y los tapices flamencos, que antaño habían sido símbolo de la opulencia del Nuevo Mundo, yacían volcados y destrozados, víctimas del saqueo de los cimarrones que habían asaltado la ciudad.
Esperé a Yahya junto a la puerta, con el corazón latiendo desbocado, pero el morisco no apareció. En su lugar, escuché el crujido de la madera al partirse, seguido de un estruendo sordo y de un grito ahogado que me heló la sangre hasta los huesos.
—¡Yahya! —grité, lanzándome hacia el balcón.
La estructura había cedido. El balcón de madera, incapaz de soportar el peso del morisco, se había desplomado, llevándose consigo a mi amado hacia el patio interior de la mansión.
Corrí hacia el borde, asomándome al vacío, y lo vi caer sobre un montón de tiestos de barro y plantas tropicales, su cuerpo golpeando la tierra con un sonido que me arrancó un alarido de agonía.
—¡Yahya! —volví a gritar, intentando saltar tras él, pero una mano férrea me agarró por la cintura y me arrastró hacia el interior de la estancia.
Era Elvira, mi pequeña, que con la fuerza de la desesperación infantil había logrado retenerme. Sus ojos, muy abiertos y brillantes por las lágrimas, me contemplaban con un terror que me partió el alma.
—¡Madre, no! —sollozó la niña, aferrándose a mi sayal con todas sus fuerzas—. ¡No os marchéis! ¡No me dejéis sola!
La miré, y en su rostro vi el reflejo de mi propia cobardía. Si saltaba tras Yahya, dejaría a mi hija sola en un mundo que la devoraría. Si me quedaba, perdería al hombre que amaba, al que había jurado proteger con mi vida.
—Mi amor —susurré, tomando el rostro de Elvira entre mis manos y besando su frente con una ternura que me deshizo por dentro—, vuestro padre os espera al otro lado. Debéis ser valiente. Debéis ser fuerte.
Pero antes de que pudiera tomar una decisión, el sonido de los cascos de los caballos rompió la noche.
Una patrulla de soldados del Virrey, liderada por un capitán de rostro surcado por la cicatriz de un arcabuzazo, irrumpió en el salón principal, sus espadas desenvainadas y sus arcabuces apuntando hacia nosotras.
—¡Alto en nombre del Virrey! —bramó el capitán, escupiendo sangre por la comisura de los labios—. ¡Rendíos, perra traidora, o mataré a la niña ante vuestros ojos!
Miré al capitán, y luego hacia el patio donde Yahya yacía inmóvil entre los tiestos rotos.
Miré a Elvira, que lloraba en mis brazos, y luego hacia las ventanas rotas por las que se filtraba el resplandor de los incendios.
Y supe, con la certeza absoluta de los condenados, que la huida por los tejados había terminado.
La verdadera batalla por la supervivencia, la que decidiría el destino de mi linaje y el de mi amor, estaba a punto de comenzar en las calles de Nombre de Dios.
El capitán dio un paso al frente, alzando su espada hacia mi garganta.
Pero antes de que pudiera dar otro paso, un estruendo colosal sacudió los cimientos de la mansión.
No fue el sonido de un cañonazo, ni el de un arcabuz.
Fue el rugido de cientos de gargantas humanas, un aullido colectivo que heló la sangre de los soldados y encendió el fuego de la rebelión en los ojos de los esclavos.
La puerta principal de la mansión se abrió de par en par, y por el umbral emergió la figura de Ixpan, el cacique de las tierras lejanas, montado en un caballo blanco que piafaba sobre los cadáveres de los centinelas.
A su lado, con el rostro manchado de sangre y una sonrisa valiente curvando sus labios, caminaba Yahya.
El morisco estaba herido, cojeando ligeramente y con un brazo colgando inerte a su lado, pero sus ojos ámbar brillaban con la misma intensidad que la noche en que nos amamos en la botica de la encomienda. Había sobrevivido. Había regresado.
—¡Catalina! —bramó Yahya, lanzándose hacia mí con la furia de un león herido—. ¡Los cimarrones han tomado el puerto! ¡El Marqués ha caído!
El capitán de los soldados, al ver la marea de guerreros indígenas y cimarrones que se derramaba por las calles, soltó su espada y alzó las manos en señal de rendición. Sus hombres lo imitaron, arrojando sus armas al suelo y arrodillándose ante la inevitabilidad de la derrota.
Me lancé hacia Yahya, abrazándolo con una fuerza que me dolía en las heridas de la espalda, y hundí mi rostro en su cuello, aspirando el aroma a sudor y a pólvora que impregnaba su piel.
Elvira corrió hacia nosotros, abrazando las piernas del morisco con la inocencia de los que aún no comprenden la magnitud del peligro.
—Pensé que os había perdido —susurré, con la voz quebrada por las lágrimas—. Pensé que la muerte nos había separado para siempre.
—La muerte no puede separar lo que los espíritus han unido, mi amor —respondió Yahya, besando mi frente con una ternura que me devolvió la dignidad arrebatada—. Mientras respire, mi espada será vuestro escudo y mi ciencia vuestro refugio.
Ixpan se acercó a nosotras, su rostro impasible iluminado por el resplandor de los incendios. El cacique observó a los soldados rendidos con la frialdad de la piedra, y luego me miró con una gravedad que me heló la sangre.
—Mujer de sangre blanca —pronunció Ixpan, su voz resonando como piedras rodando por un barranco—.
El Marqués ha caído, pero su veneno aún corre por las calles de la ciudad.
Los barriles de la peste que no explotaron en la garganta han sido abiertos por sus hombres en los aljibes de la ciudad vieja.
La enfermedad ya está en el agua que beben los hombres blancos.
La revelación cayó sobre mí con el peso de una losa de mármol. Habíamos derrotado al Marqués, habíamos rescatado a Elvira, habíamos sobrevivido a la huida por los tejados, pero la peste seguía su marcha implacable, devorando las vidas de los inocentes y los culpables por igual.
—¿Qué podemos hacer? —pregunté, con la voz quebrada por el cansancio y la desesperación—. ¿Cómo detendremos el veneno invisible?
Yahya me tomó del rostro, sus ojos ámbar brillando con una determinación que desafiaba a la muerte.
—Hay un antídoto, Catalina —murmuró el morisco, con la voz grave y pausada—.
Pero no crece en las boticas de los españoles, ni en las selvas de las tierras lejanas.
Crece en las montañas del sur, en las tierras que los cronistas llaman el desierto de sal.
Y para alcanzarlo, debemos cruzar un territorio que ningún hombre blanco ha pisado jamás.
Miré a Yahya, y luego a Elvira, que dormía en mis brazos, ajena a la tormenta que se cernía sobre nosotros. Y supe, con la certeza absoluta de los condenados, que nuestra guerra en el Nuevo Mundo no había terminado. Solo había entrado en su fase más peligrosa.