La flor que no perdona CAPÍTULO 18 EL VENENO DE LA CORTESÍA Y LA HUIDA POR LOS TEJADOS
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CAPÍTULO 18 EL VENENO DE LA CORTESÍA Y LA HUIDA POR LOS TEJADOS

La nube amarillenta se expandió por el patio del palacio virreinal con la parsimonia letal de un miasma divino, devorando el aire que momentos antes había olido a incienso y a seda cara.

El vapor, denso y dulzón, se adhería a la piel como una segunda epidermis maldita, y su hedor a cobre y a carne descompuesta provocó que varios soldados cayeran de rodillas, llevándose las manos a la garganta en un espasmo de asfixia.

El Marqués de la Sangre, en el centro de la tormenta que él mismo había desatado, reía con una risa quebrada y demencial, sus venas negras palpitando bajo la piel como serpientes en celo, satisfecho de arrastrar al mundo entero a su propio infierno.

—¡Yahya, los paños! —grité, con la voz estrangulada por el pánico, arrancando el lienzo empapado en vinagre y alcanfor que llevaba ceñido al cuello desde la emboscada de la garganta.

El morisco reaccionó con la celeridad del rayo.

Extrajo de su faja dos paños adicionales, los sumergió en el odre de vinagre que aún colgaba de su cintura y los lanzó hacia mí.

Atrapé uno con la mano izquierda y, con un movimiento que desafiaba el temblor de mis rodillas, corrí hacia la sirvienta que sostenía a Elvira bajo la mesa volcada.

La mujer, una indígena de rostro surcado por el terror, me entregó a mi hija con manos que apenas podían sostener el peso de la niña.

—Cubrid su rostro, madre —susurré, aplicando el paño húmedo sobre la nariz y la boca de Elvira—. Respirad a través de la tela, mi amor. Solo a través de la tela.

La pequeña obedeció con la docilidad de los que han aprendido que la supervivencia depende del silencio y la obediencia.

Sus ojos, muy abiertos y brillantes por las lágrimas, me contemplaron con una confianza que me partió el alma en mil pedazos.

En aquel instante, mientras la nube amarillenta lamía los bordes de la mesa bajo la que nos protegíamos, comprendí que el amor de una madre es el único antídoto verdadero contra el veneno del mundo.

Yahya se arrodilló junto a nosotras, cubriendo su propio rostro con el paño empapado.

Sus ojos ámbar, que habían contemplado la muerte con serenidad en la botica de la encomienda y en la cripta de la catedral, ardían ahora con una determinación sobrenatural.

Tomó mi mano izquierda con la suya, y con la derecha empuñó la espada toledana, cuya hoja relucía con un fulgor pálido bajo la luz mortecina de las antorchas que aún ardían en las arcadas.

—Los conductos de ventilación del palacio desembocan en los tejados de la cocina —murmuró el morisco, su voz ahogada por el paño pero clara como el agua de manantial—.

Si logramos alcanzar las escaleras de servicio antes de que la nube sature el patio, podremos salir por las alturas.

Los cimarrones nos esperan en el muelle norte.

—¿Y Zaira? —pregunté, mirando hacia el cuerpo de la esclava, que yacía inmóvil entre los charcos de líquido amarillento, su pecho apenas alzándose con jadeos superficiales.

—Zaira ya ha cruzado el umbral, Catalina —respondió Yahya, con una tristeza infinita en la mirada—. Su alma pertenece ahora a los espíritus de la selva. No podemos salvarla. Solo podemos salvar a los vivos.

Asentí con la cabeza, tragándome las lágrimas que amenazaban con cegarme.

Zaira, la mujer que me había ayudado a escapar de la encomienda, la que había protegido a Elvira cuando yo no podía, moría en el patio de un palacio virreinal, víctima de la codicia de los hombres que pretendían civilizar estas tierras.

Su sacrificio no sería en vano. Lo juré ante los cielos que se abrían sobre los tejados de Nombre de Dios.

—¡Ahora! —bramó Yahya, incorporándose de un salto y arrastrándome hacia la arcada lateral.

Echamos a correr por los pasillos del palacio, esquivando a los soldados que huían despavoridos o que yacían en el suelo, tosiendo sangre y aferrándose a la garganta.

El aire de los corredores, aunque menos denso que el del patio, ya comenzaba a impregnarse del miasma amarillo, y el olor a cobre se mezclaba con el perfume de las damas que habían muerto en sus habitaciones, incapaces de escapar de la trampa mortal.

Al llegar a la escalera de servicio, una estructura de madera adosada a la pared de piedra, Yahya me empujó hacia arriba con una urgencia que no admitía réplica.

Subimos los peldaños de tres en tres, con Elvira aferrada a mi espalda como un koala asustado, sus pequeñas manos hundidas en los pliegues de mi sayal manchado de sangre y hollín.

La madera crujía bajo nuestros pies, amenazando con ceder bajo el peso de nuestra desesperación.

Al alcanzar el primer rellano, nos encontramos con un guardia del Virrey, un joven de rostro pálido y ojos desorbitados por el terror, que nos apuntaba con un arcabuz cargado.

El cañón del arma temblaba en sus manos, y el dedo del soldado se crispaba sobre el gatillo con la indecisión de los que saben que van a morir.

—¡Atrás, herejes! —balbuceó el hombre, escupiendo saliva teñida de rojo—. ¡El Virrey ha ordenado que nadie salga vivo del palacio!

Yahya no dudó. Con un movimiento fluido que desafiaba la fatiga de sus músculos, lanzó la espada hacia adelante, no para matar, sino para desviar el cañón del arcabuz.

El disparo estalló con un estruendo ensordecedor, pero la bala se incrustó en el techo de madera, astillándolo y enviando una lluvia de fragmentos sobre nuestras cabezas.

Antes de que el soldado pudiera recargar, el morisco se abalanzó sobre él, golpeándolo con la empuñadura de la espada en la sien.

El joven cayó desplomado, inconsciente, y su arcabuz resbaló por las escaleras hasta perderse en la penumbra.

—No lo habéis matado —murmuré, recuperando el aliento mientras continuábamos la ascensión.

—La muerte es un lujo que no podemos permitirnos hoy —respondió Yahya, sin dejar de subir—. Cada vida que ahorramos es una que los espíritus nos reclamarán en el más allá.

Alcanzamos la puerta que daba a los tejados, una trampilla de madera reforzada con hierro que Yahya derribó de una patada.

El aire fresco de la noche nos golpeó el rostro, arrastrando consigo el aroma a salitre y a jazmines silvestres que crecían en los jardines colgantes de las mansiones vecinas.

Por un instante, la dulzura de aquel perfume me devolvió a los patios de mi palacio en Cádiz, a las noches de luna en que Rodrigo me recitaba los versos de Garcilaso bajo el dosel de nuestra alcoba.

Pero la ilusión duró apenas un suspiro. La realidad de las Indias, con su crueldad y su belleza indomable, me devolvió al presente con la violencia de un bofetón.

Los tejados de Nombre de Dios se extendían ante nosotros como un laberinto de tejas rojas y aleros de madera, iluminados por la luz mortecina de las antorchas que los soldados encendían en las calles inferiores.

El caos de la ciudad se extendía hasta el horizonte: el rugido de los tambores indígenas rebotaba contra los acantilados, los gritos de los colonos huían hacia el puerto, y el resplandor de los incendios que comenzaban a devorar los almacenes de la aduana teñía el cielo de un rojo sangriento.

—Hacia el norte —indicó Yahya, señalando hacia los tejados que descendían en cascada hacia el muelle—. Los cimarrones nos esperan en la playa de los caimanes.

Comenzamos a correr por las tejas, con la precaución de los gatos que caminan por los aleros.

Las tejas, resbaladizas por el rocío de la noche y por la humedad del trópico, crujían bajo nuestros pies, amenazando con enviarnos al vacío a cada paso.

Yo cargaba a Elvira en brazos, apretándola contra mi pecho con una fuerza que me dolía en los músculos, mientras Yahya iba delante, tanteando el terreno con la punta de la espada y asegurando cada paso antes de confiarle su peso.

No habíamos recorrido ni cien varas cuando el sonido de los arcabuces rompió la noche.

Los soldados del Virrey, recuperados del pánico inicial, habían salido a los tejados de las casas vecinas y nos disparaban desde las ventanas y los balcones.

Las balas silbaban en el aire, incrustándose en las tejas y astillando la madera de los aleros.

Una de ellas pasó tan cerca de mi cabeza que sentí el calor del plomo rozando mi cabello.

—¡Agachaos! —gritó Yahya, empujándome hacia el suelo del tejado.

Nos pegamos a las tejas, con Elvira llorando en silencio entre mis brazos, mientras las balas continuaban lloviendo sobre nosotros.

El morisco, con la calma sobrenatural de los que han hecho las paces con la muerte, se incorporó ligeramente y desenvainó una daga arrojadiza que llevaba oculta en la faja.

Con un movimiento preciso, la lanzó hacia la ventana de la casa vecina.

Un grito ahogado siguió al impacto, y los disparos cesaron por un instante.

—Debemos cruzar el patio interior de la mansión del oidor —susurró Yahya, señalando hacia un espacio abierto entre dos tejados, donde las tejas daban paso a un balcón de madera tallada—. Si logramos saltar, estaremos a cubierto de los arcabuceros.

La distancia entre los tejados era de unas tres varas, un salto que en condiciones normales no habría presentado dificultad, pero que con Elvira en brazos y las tejas resbaladizas se tornaba en una apuesta mortal.

Miré a Yahya, y en sus ojos ámbar leí la misma determinación que ardía en mi pecho. No había otra opción.

—Yo saltaré primero —dijo el morisco, incorporándose y midiendo la distancia con la mirada—. Os recibiré al otro lado. Si caigo, no me sigáis. Huid hacia el sur y buscad a los cimarrones.

—Ni lo intentéis —espeté, poniéndome en pie con Elvira aferrada a mi espalda—. Saltaremos juntos, o moriremos juntos. No hay más opciones.