La flor que no perdona CAPÍTULO 17 LA TRAMPA DEL VIRREY
28%

CAPÍTULO 17 LA TRAMPA DEL VIRREY

La puerta de roble macizo gimió sobre sus goznes de hierro, revelando un abismo de penumbra y pestilencia.

El Marqués de la Sangre se recortaba en el umbral, una silueta demacrada envuelta en un manto de terciopelo negro que antaño fuera símbolo de su linaje y que ahora no era más que un sudario arrastrado por el fango.

Su rostro, surcado por la cicatriz y las venas negras que palpitaban bajo la piel como gusanos de muerte, se iluminó con una sonrisa de locura triunfal.

En su mano izquierda, sostenía un frasco de cristal sellado con cera.

En su derecha, aferraba el cabello de mi pequeña Elvira, con unos ojos aterrorizados que me miraban fijamente desde la sombra detrás del tirano.

A sus pies, acurrucada y tosiendo sangre negra, yacía Zaira, la esclava cuyo aliento se había convertido en el arma más letal de la cristiandad.

—Habéis llegado justo a tiempo para presenciar el fin de los tiempos, Doña Catalina —susurró el Marqués, su voz resonando en la bóveda de piedra como el roce de una lima sobre el hueso—.

La niña rezará, la esclava exhalará, y la bahía de Nombre de Dios se convertirá en el mayor osario que el océano haya besado.

Apreté el alfanje con tanta fuerza que los nudillos se me tornaron blancos. Yahya, a mi lado, tensó los músculos, dispuesto a lanzarse contra el tirano y arrancarle la cabeza de un tajo. Pero el Marqués, con un movimiento perezoso, alzó el frasco de cristal.

—Un solo paso del médico de ojos de sol, y rompo el sello —amenazó, llevando el cristal hacia la boca abierta de Zaira—. La cepa concentrada se mezclará con el aliento de la perra, y en tres respiraciones, la niña estará muerta. ¿Acaso vuestra espada toledana puede detener al viento, sarraceno?

Yahya se detuvo en seco. Sus ojos ámbar, habitualmente serenos, ardían con una furia contenida que amenazaba con consumir la estancia.

Me miró, y en aquella mirada leí la misma impotencia desgarradora que anudaba mi garganta.

Estábamos derrotados. La violencia del acero era inútil contra la invisibilidad de la muerte.

—¿Qué queréis de nosotros? —inquirí, dando un paso al frente e interponiendo mi cuerpo entre el tirano y la salida—. Hablad claro, o dejad que mis manos os arranquen la lengua.

El Marqués soltó una carcajada seca, carente de humor, que se transformó en un acceso de tos espasmódica.

Cuando recuperó el aliento, su expresión se tornó grave, casi solemne.

Con la mano libre, hurgó en el interior de su jubón y extrajo un pergamino doblado.

Lo desplegó con cuidado, revelando un sello de lacre rojo del tamaño de una moneda de a ocho.

El escudo de Castilla y León, coronado por el águila de San Juan, brillaba a la luz de las antorchas.

—No soy un perro suelto, Doña Catalina. Soy el sabueso de Su Excelencia, el Virrey del Perú —pronunció el Marqués, saboreando cada sílaba—.

La peste no es un acto de locura. Es una purga necesaria.

Las minas de Potosí requieren brazos, pero la ciudad está llena de indios rebeldes, cimarrones fugitivos y españoles pobres que solo consumen recursos.

El Virrey ha decretado que la misericordia de Dios debe manifestarse a través de la limpieza del fuego invisible.

La revelación cayó sobre mí con el peso de una losa de mármol.

La crueldad del Marqués no era la aberración de una mente podrida por la selva.

Era la política fría y calculadora de la Corona.

El Virrey utilizaba la peste como un arma de exterminio masivo, y el Marqués no era más que el verdugo encargado de ejecutar la sentencia.

—El Virrey me ha otorgado plenos poderes para negociar una tregua —continuó el Marqués, guardando el pergamino y señalando hacia las escaleras que conducían a la nave de la catedral—.

Mis guerreros indígenas y vuestros cimarrones están masacrando a la guarnición.

Si la batalla continúa, los barriles de pólvora de los almacenes reales saltarán por los aires, y la ciudad entera arderá, llevándose consigo a la niña.

Pero si aceptáis mi apuesta, el Virrey os ofrece un salvoconducto.

Vos y vuestro amante partiréis en el galeón que zarpa al amanecer.

La niña vivirá, y se os entregará el antídoto para la esclava.

Mentía. Lo supe con la certeza absoluta que otorga el instinto de supervivencia.

El Virrey no perdonaría a la mujer que se había aliado con los salvajes, ni al morisco hereje que había sobrevivido a la Inquisición.

Era una trampa. Una tregua falsa diseñada para sacarnos de las catacumbas y entregarnos a la justicia del patíbulo.

Pero miré a Elvira. Mi pequeña temblaba como un pajarillo mojado, sus ojos muy abiertos, fijos en mi rostro. Si me negaba, el Marqués rompería el frasco. Si aceptaba, quizás, solo quizás, encontraría una grieta en la armadura de su traición.

—Acepto vuestra apuesta bajo la bandera del Virrey —dije, con la voz firme, tragándome el orgullo y la rabia—. Pero exijo que el sarraceno me acompañe, y que la niña sea entregada a mis brazos antes de que crucemos el atrio de la catedral.

El Marqués asintió con lentitud. Hizo un gesto a uno de sus guardias, un hombre de rostro cubierto por un pañuelo empapado en vinagre, que se acercó y arrancó a Elvira de las sombras.

La entregó en mis brazos. El peso de mi hija, su calor pequeño y familiar, rompió el último dique de mi contención.

La estreché contra mi pecho, hundiendo el rostro en su cabello, y permití que una sola lágrima rodara por mi mejilla.

—Subamos —ordenó el Marqués, dándonos la espalda y comenzando a ascender las escaleras de piedra—. El Virrey nos aguarda en la sacristía.

La ascensión desde las criptas hacia la luz fue un viaje a través del purgatorio.

El aire se volvió menos denso, pero el olor a incienso rancio no logró camuflar el hedor de la muerte que se filtraba por las grietas de los muros.

Al emerger en la nave principal de la Catedral de Santa María, el espectáculo que se ofreció ante mis ojos desafió toda comprensión cristiana.

Los bancos de madera de cedro habían sido arrancados y apilados en las esquinas para formar barricadas.

Los vitrales, que antaño filtraban la luz del sol en arcoíris de santos y mártires, estaban rotos, y el viento salitre agitaba los lienzos desgarrados.

En el altar mayor, los sacerdotes yacían muertos, sus vestiduras litúrgicas manchadas de sangre y vómito negro.

La peste ya había entrado en la casa de Dios.

Cruzamos el transepto en silencio, custodiados por cuatro arcabuceros del Marqués. Yahya caminaba a mi lado, su mano rozando la mía en un contacto breve que me devolvía la cordura. En medio de aquel sacrilegio, su presencia era mi única reliquia sagrada.

Al cruzar las puertas laterales de la catedral, salimos a la luz cegadora del crepúsculo.

Nos encontrábamos en el patio interior del palacio del Virrey, una fortaleza de piedra y adobe rodeada de arcadas.

A diferencia del caos que reinaba en las calles de la ciudad, donde los tambores indígenas retumbaban en la distancia, el patio estaba sumido en una calma tensa y antinatural.

En el centro, bajo un dosel de seda carmesí, aguardaba un grupo de hombres.

No eran soldados de a pie. Eran los altos mandatarios de la colonia.

Reconocí a Don Fernando de Córdoba, el oidor principal de la Real Audiencia, un hombre de rostro afilado y ojos pequeños y brillantes como los de un buitre.

Vestía un jubón de brocado negro, inmaculado, contrastando con la inmundicia que nos cubría.

A su lado, el Marqués de la Sangre se postró de rodillas, besando el anillo de amatista del magistrado.

—Excelencia, os traigo a la traidora y al hereje, tal como ordenasteis —anunció el Marqués, con la voz pastosa por la fiebre.

Don Fernando de Córdoba descendió los escalones del estrado con la parsimonia de quien sabe que posee el poder absoluto. Sus ojos me recorrieron con una mezcla de desdén y curiosidad clínica.

—Doña Catalina de Mendoza —musitó el oidor, con una voz suave y melosa que heló mi sangre—.

Habéis causado muchos problemas a la Corona.

Vuestra alianza con los infieles y vuestra rebelión contra la autoridad legítima son delitos que merecen la hoguera.

Pero el Virrey, en su infinita misericordia, ha decidido ofreceros una salida.

El magistrado hizo un gesto, y dos soldados se acercaron, arrebatándome a Elvira de los brazos. La niña gritó, extendiendo las manos hacia mí, pero la sujetaron con una brutalidad que me hizo lanzarme hacia adelante. Los arcabuceros cruzaron sus armas, deteniendo mi avance.

—La niña será enviada a un convento en Lima, donde rezará por el alma de su padre y por la salvación de la suya —sentenció Don Fernando, con la frialdad de un carnicero que despieza una res—.

Vos, Doña Catalina, seréis escoltada hasta la costa.

Subiréis al galeón y navegaréis hasta España.

Nunca más pondréis un pie en las Indias. Si lo hacéis, seréis ahorcada.

—¿Y el antídoto para Zaira? —pregunté, con la voz quebrada por el esfuerzo de contener las lágrimas—. ¿Y la promesa del Marqués?

El oidor soltó una risita ahogada, mirando al Marqués con diversión.

—El Marqués es un hombre de campo, Doña Catalina. No entiende de diplomacia. La peste es una herramienta de Dios para limpiar nuestras tierras de la escoria que las habita. No hay antídoto, porque no hay enfermedad que curar. Solo hay una purga necesaria. Y en cuanto a vuestro amante sarraceno...

Don Fernando chasqueó los dedos. Cuatro verdugos emergieron de las sombras de las arcadas, arrastrando un cepo de madera.

—Yahya al-Jawhari, líder de los moriscos rebeldes de las Alpujarras —pronunció el oidor, leyendo de un pergamino—. Sentenciado por el Santo Oficio a la horca. Ejecución inmediata.

La trampa se había cerrado. No había tregua, no había misericordia, no había salida. El Virrey no quería mi exilio; quería mi silencio y la muerte de mi amor.

Yahya no se resistió cuando los soldados lo agarraron.

Sabía que cualquier movimiento en falso resultaría en mi muerte o en la de Elvira.

Lo empujaron hacia el cepo, obligándolo a arrodillarse y colocando su cuello entre las dos piezas de madera.

El verdugo alzó el hacha, el acero brillando con un fulgor mortecino bajo la luz de las antorchas.

—¡Deteneos! —grité, luchando contra los guardias que me sujetaban—. ¡Si muere, juro por Dios que los espíritus de la selva no os darán tregua! ¡Mis aliados destruirán esta ciudad hasta los cimientos!

—Que vengan los espíritus —respondió Don Fernando, con una sonrisa cruel—. Mis cañones los recibirán. Ejecutad.

El verdugo tensó los músculos, alzando el hacha por encima de su cabeza.

Cerré los ojos, incapaz de soportar la visión del acero descendiendo hacia el cuello del hombre que amaba.

Mi corazón se detuvo, el mundo se apagó, y solo quedé el recuerdo del aroma a azahar y la promesa de un amor que la muerte no podía arrebatar.

Pero el golpe nunca llegó.

En su lugar, un estruendo colosal sacudió los cimientos del palacio.

No fue el sonido de un cañonazo, ni el de un arcabuz.

Fue la explosión apocalíptica de los almacenes de pólvora de la ciudad, que el Marqués había ordenado minar como medida de precaución.

La onda expansiva rompió los cristales de las ventanas, lanzó a los soldados por los aires y derribó el dosel de seda carmesí.

El caos estalló en el patio. Los gritos de los moribundos se mezclaron con el crujido de la madera al partirse.

En medio de la confusión, el Marqués de la Sangre, enloquecido por la fiebre y la explosión, se incorporó del suelo.

Sus ojos, inyectados en sangre, se clavaron en el frasco de cristal que aún sostenía en su mano.

—¡Si yo caigo, todos caerán! —bramó el tirano, alzando el frasco hacia el cielo—. ¡Que la peste nos consuma a todos!

Con un movimiento espasmódico, arrojó el frasco contra las losas de piedra del patio.

El cristal se hizo añicos. Un líquido espeso y burbujeante se derramó sobre la piedra, liberando una nube de vapor amarillento que comenzó a expandirse con la rapidez de un depredador al acecho. El olor a cobre y a carne podrida nos golpeó el rostro, denso y asfixiante.

El oidor Don Fernando retrocedió, tosiendo y escupiendo sangre, mientras los soldados huían despavoridos hacia las arcadas. Yo me liberé de la distracción de mis guardias y corrí hacia el cepo. Con un esfuerzo sobrehumano, levanté la pieza superior de madera, liberando el cuello de Yahya.

El morisco se incorporó, tosiendo, y me tomó de la mano.

Nos miramos, y en sus ojos ámbar no había miedo, sino una resignación absoluta.

La nube amarillenta de la peste nos rodeaba, cerrándose sobre nosotros como las fauces de un leviatán invisible.

Elvira lloraba en los brazos de una sirvienta que la había protegido bajo una mesa volcada.

No había espada que pudiera cortar al viento.

No había botica que pudiera detener al aliento de la muerte.

Estábamos atrapados en el patio del palacio, rodeados por la nube de la peste, con el Marqués riendo como un demonio en el centro de la tormenta.

Y mientras el vapor amarillo comenzaba a quemar mis pulmones, supe que la verdadera batalla por la supervivencia acababa de comenzar.