La flor que no perdona CAPÍTULO 16 EL ECO DE LOS TAMBORES
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CAPÍTULO 16 EL ECO DE LOS TAMBORES

La sangre de los mercenarios del Marqués empapaba la tierra roja de la Garganta de los Lamentos, formando charcos oscuros que se mezclaban con el polvo de la pólvora y las entrañas de los caballos destripados.

El hedor de la carne chamuscada y los bubones reventados de los apestados se adhería a mis fosas nasales, un recordatorio nauseabundo de la podredumbre que el hombre de la cicatriz esparcía a su paso.

Me arrodillé junto al cadáver del oficial español, ignorando el calor asfixiante del trópico y el dolor punzante que me recorría la espalda cada vez que me movía.

Mis manos, manchadas de carmesí y ceniza, temblaban no de miedo, sino de una furia maternal tan pura y devastadora que amenazaba con consumir mi propia cordura.

Elvira había desaparecido. La imagen de mi pequeña, arrebatada de su canastilla de mimbre en el caos del humo y los alaridos, era un puñal que giraba sin cesar en mi alma.

Cerré los ojos un instante, buscando en la memoria el sonido de su risa cristalina, el aroma a azahar de su cabello cuando la abrazaba en los jardines de Cádiz, la dulzura de sus dedos pequeños aferrados a mi sayal.

Aquellos recuerdos, que en otro tiempo me sirvieron de refugio, se tornaron ahora en un suplicio dulce y amargo.

La inocencia de mi hija era el único tesoro que me quedaba en este mundo de pesadilla, y el Marqués de la Sangre la había convertido en su rehén, en su escudo y, quizás, en su próximo sacrificio.

—Catalina.

La voz de Yahya me arrancó de mi abismo interior. El morisco se arrodilló a mi lado, sus ojos ámbar escrutando mi rostro con una ternura que contrastaba de forma obscena con la masacre que nos rodeaba. Sus manos, firmes y cálidas, tomaron las mías, deteniendo el temblor que las sacudía.

—El oficial ha dicho la verdad antes de exhalar su último aliento —murmuró Yahya, con la voz grave y pausada, anclándome a la realidad—.

Zaira está infectada con la cepa concentrada.

El Marqués la ha encerrado en la cripta de la catedral de Nombre de Dios, junto a Elvira.

Si la puerta de la cripta se abre, o si la niña muere por el terror, el aliento de la peste se liberará y contaminará la bahía entera antes de que la Flota de Indias pueda zarpar.

Ixpan, el cacique de las tierras lejanas, se acercó con paso silencioso. Su macuahuitl, aún goteando sangre española, brillaba bajo la luz mortecina del crepúsculo. El líder indígena observó los cadáveres con la impasibilidad de la piedra, pero en sus ojos oscuros ardía el fuego de la venganza.

—Los espíritus de la selva han olido el miedo en la ciudad costera —pronunció Ixpan, su voz resonando como piedras rodando por un barranco—.

Mis exploradores han regresado. Los tambores de guerra ya no solo suenan en la espesura.

Los hemos hecho rodar por las colinas que rodean el puerto.

El eco de los tambores ha cruzado las murallas de madera y piedra de Nombre de Dios.

Los hombres blancos tiemblan en sus casas de adobe.

Saben que la selva ha despertado para devorarlos.

La estrategia del cacique era tan brillante como letal.

No íbamos a asediar la ciudad con la torpeza de los ejércitos europeos.

Íbamos a desatar el pánico psicológico, a hacerles creer que una horda de demonios había emergido del inframundo para castigar sus pecados.

Mientras el grueso de los guerreros indígenas y los cimarrones que habíamos reclutado en los palenques atacaban las empalizadas exteriores y los muelles, provocando el caos absoluto, Yahya y yo nos infiltraríamos en el corazón de la urbe para rescatar a Elvira y detener al Marqués.

La marcha hacia la costa fue una tortura de sigilo y desesperación.

Caminamos durante horas por senderos ocultos, esquivando las patrullas españolas que huían despavoridas hacia el interior.

Al caer la noche, la selva se abrió ante nosotros, revelando la silueta de Nombre de Dios.

La primera ciudad fundada en tierra firme por los conquistadores se alzaba como una joya corrompida en la costa del Darién.

Sus murallas de piedra y madera, diseñadas para repeler a los piratas franceses e ingleses, parecían ahora frágiles cortezas de papel ante la inmensidad de la rebelión que se cernía sobre ellas.

Yahya y yo nos separamos del grupo principal y ascendimos a una colina rocosa que dominaba la bahía.

Desde nuestra atalaya, contemplamos el espectáculo dantesco que se desarrollaba en el puerto.

El eco de los tambores indígenas, un redoble profundo y rítmico que parecía brotar de las entrañas mismas de la tierra, rebotaba contra los acantilados y se colaba por las troneras de la ciudad.

El pánico se había apoderado de los colonos.

En el puerto, los mercaderes y los capitanes de los galeones gritaban órdenes contradictorias, intentando cargar el oro y la plata de las flotas antes de que los salvajes pudieran asaltar los almacenes.

Las antorchas iluminaban un caos absoluto: barriles de pólvora volcados, caballos encabritados, y mujeres y niños llorando en los muelles, intentando subir a las chalupas que partían hacia los navíos anclados.

Pero el terror más profundo no provenía de los tambores, sino de los muertos.

Los cuerpos de los soldados de la vanguardia, que habíamos dejado en la garganta, habían sido arrastrados por la corriente del río hasta las afueras de la ciudad.

Los colonos, al descubrir los bubones negros y la carne podrida de los cadáveres, habían comprendido que la peste no era un mito de las bodegas, sino una realidad que caminaba entre ellos.

Vi a los sacerdotes de la catedral salir a la plaza principal, alzando crucifijos de plata y asperjando con agua bendita un aire que ya estaba contaminado por el miedo y la inmundicia.

Los ricos encomenderos se encerraban en sus mansiones fortificadas, abandonando a sus sirvientes indígenas y africanos a la merced de la noche, sin saber que los verdaderos amos de la selva ya estaban entre las sombras.

—La ciudad es una trampa de ratones —susurró Yahya, señalando hacia la estructura masiva de la Catedral de Santa María, que se alzaba en el centro de la plaza principal, sus torres de piedra recortadas contra el cielo nocturno como dedos acusadores—.

El Marqués se ha atrincherado en las criptas.

Las puertas principales de la iglesia están barricadas con vigas de roble y custodiadas por los arcabuceros de su guardia personal.

Si intentamos entrar por la nave principal, nos despedazarán antes de que podamos dar tres pasos.

—Entonces no entraremos por la puerta principal —repliqué, con la voz fría y decidida, aferrando el alfanje que había robado en la encomienda—.

Nombre de Dios fue construido sobre pantanos.

Para evitar las inundaciones, los ingenieros de Su Majestad construyeron un sistema de alcantarillado y desagües que desembocan en el mar, al norte de la muralla.

Si los planos de la ciudad que Yahya había estudiado en la botica del Marqués eran correctos, aquellos túneles de piedra pasaban directamente bajo los cimientos de la catedral.

El morisco asintió, una sonrisa leve y valiente curvando sus labios.

—Los conductos de desagüe son estrechos, oscuros y apestosos a heces y marea baja —advirtió Yahya, tomando mi rostro entre sus manos y besando mi frente con una reverencia que me deshizo por dentro—.

Pero nos llevarán directamente a las bóvedas subterráneas.

Esperadme aquí, mi amor. Si el túnel está inundado o bloqueado, buscaré otra ruta.

—Ni lo intentéis, Yahya —espeté, apartándome ligeramente y mirándolo a los ojos, desafiando a la oscuridad que nos rodeaba—.

He sobrevivido al fuego de los arcabuces, a la picota y al látigo.

No permitiré que la muerte me arrebate lo único puro que me queda.

Si el Marqués quiere nuestra sangre, tendrá que venir a buscarla, y yo misma le arrancaré los ojos con mis manos. Bajaremos juntos al infierno.

Yahya no discutió. En sus ojos ámbar leí el reconocimiento de mi determinación, la misma furia inquebrantable que ardía en mi pecho.

Nos fundimos en un beso breve pero absoluto, un sello de sangre y ceniza que nos vinculaba más allá de la vida y de la muerte.

Luego, descendimos de la colina y nos unimos a un pequeño grupo de seis guerreros cimarrones, liderados por un gigante de piel oscura y cicatrices de látigo en la espalda, que conocía los secretos de los desagües coloniales.

La entrada al alcantarillado era una boca de piedra cubierta de musgo y maldad, oculta entre los manglares al norte de la muralla.

El olor que emanaba de las fauces de piedra era insoportable, una mezcla de aguas negras, podredumbre y el aliento salobre del mar.

Nos despojamos de las armaduras y las túnicas pesadas, quedando solo con las ropas ajustadas y las armas ceñidas al cuerpo.

Yo envolví mi rostro con un paño empapado en vinagre y alcanfor, imitando a Yahya, para soportar el miasma de la sentina.

Nos adentramos en las tinieblas. El agua helada y fétida nos llegaba hasta las rodillas, y el sonido de nuestras pisadas resonaba en las bóvedas de piedra como el latido de un corazón enfermo.

La oscuridad era tan densa que solo podíamos guiarnos por el resplandor mortecino de las antorchas que los cimarrones llevaban en alto, protegidas del agua con recipientes de barro.

Cada paso era una tortura, no solo por el frío y la inmundicia, sino por la claustrofobia que me oprimía el pecho.

Las paredes de piedra parecían cerrarse sobre nosotros, aplastándome con el peso de los siglos de codicia y crueldad que se habían cimentado sobre nuestras cabezas.

Tras lo que pareció una eternidad de marchar por el fango y la oscuridad, el túnel comenzó a ascender. El aire se volvió ligeramente menos denso, y el olor a aguas estancadas fue reemplazado por el aroma a incienso rancio y a cera derretida. Estábamos bajo la catedral.

El líder cimarrón se detuvo ante una reja de hierro forjado que bloqueaba el paso.

Con un esfuerzo sobrehumano, apoyó sus enormes hombros contra los barrotes y empujó.

El metal gimió, protestando contra el óxido de los años, hasta que cedió con un chirrido que resonó en la bóveda como un grito de agonía.

Cruzamos la reja y nos encontramos en una cripta lateral, iluminada por la luz parpadeante de las velas que ardían en los nichos de los muertos.

Los ataúdes de plomo y madera de los obispos y gobernantes fallecidos nos observaban en silencio, testigos mudos de nuestra profanación.

El silencio de la cripta era absoluto, roto únicamente por el goteo del agua que se filtraba por las piedras.

Yahya se adelantó, empuñando su espada toledana, y nos tuteló hacia el centro de la cripta.

Allí, una escalera de caracol de piedra descendía hacia las profundidades más oscuras del subsuelo.

El aire que subía desde abajo no olía a incienso.

Olía a cobre, a sudor frío y a la dulzura nauseabunda de la carne que se pudre en vida.

Comenzamos a descender. Cada peldaño era un paso hacia el abismo. Al llegar al final de la escalera, nos encontramos ante una puerta de roble macizo, reforzada con bandas de hierro. Estaba cerrada con llave desde el interior.

Me acerqué a la madera, apoyando la oreja contra la superficie fría. Al principio, solo escuché el latido desbocado de mi propio corazón. Pero luego, filtrándose a través de los gruesos tablones, llegó un sonido que me heló la sangre hasta los huesos.

No era la voz del Marqués. No era el llanto de Elvira.

Era el sonido de una tos seca, profunda y espasmódica, seguida por el gorgoteo de un líquido espeso subiendo por una garganta destrozada.

Era la tos de Zaira, la esclava infectada, resonando en el espacio cerrado de la cripta.

Y mezclado con aquel sonido macabro, apenas perceptible pero inconfundible para los oídos de una madre, llegaba el murmullo aterrador de una voz infantil que recitaba el padrenuestro en un susurro quebrado por el terror.

—Elvira —susurré, con la voz estrangulada por las lágrimas y la furia.

Levanté la vista hacia Yahya, y en sus ojos ámbar vi el mismo infierno que ardía en el mío.

El Marqués de la Sangre no estaba solo en la oscuridad.

Estaba usando el llanto de mi hija y el aliento pestilente de la esclava para forzar la puerta de la locura, preparándose para abrir la cripta y dejar que la muerte caminara libre por las calles de Nombre de Dios.

Yahya dio un paso atrás, alzando la bota para derribar la puerta, pero antes de que pudiera hacerlo, el cerrojo de hierro chirrió desde el otro lado.

La puerta comenzó a abrirse lentamente, revelando una oscuridad tan espesa que parecía tener textura propia.

Y desde el umbral, una voz grave y arrastrada, cargada de una locura triunfal, rompió el silencio de la cripta.

—Bienvenida a mi altar, Doña Catalina —susurró el Marqués de la Sangre, y el resplandor de una antorcha iluminó su rostro surcado por la cicatriz y las venas negras que ya le cruzaban las sienes—.

Habéis llegado justo a tiempo para ver cómo vuestro linaje se convierte en el catalizador del fin del mundo.