CAPÍTULO 15 EL RETORNO DE LAS FURIAS
El hedor dulzón y nauseabundo que emanaba del cadáver del soldado se adhería a las fosas nasales como una sentencia irrevocable.
Contemplé los bubones negros y supurantes que deformaban el cuello y las axilas del muerto, y sentí cómo un escalofrío de puro terror me recorría la espina dorsal, ajeno al calor asfixiante del trópico.
La peste no era ya un rumor lejano ni una amenaza confinada en las bodegas de un galeón.
Era una realidad tangible, podrida y palpitante, que yacía a nuestros pies devorando la carne de un hombre que había muerto con la boca abierta en un grito mudo de agonía.
Yahya se incorporó lentamente, cubriéndose el rostro con un paño de lino empapado en vinagre y alcanfor. Sus ojos ámbar, habitualmente serenos y profundos como pozos de sabiduría, estaban ahora desorbitados por una comprensión horrorosa.
—El Marqués no necesita abrir las compuertas de la bahía —musitó el morisco, con la voz ahogada por la tela y el pánico—.
Ha enviado a sus hombres más desechables, los que ya están infectados en las últimas etapas de la enfermedad, a arrojarse a los aljibes superiores y a las fuentes de la ciudad vieja.
Cuando la Flota de Indias desembarque, sus hombres beberán la muerte antes de que puedan desenvainar las espadas.
Ixpan, el cacique de las tierras lejanas, observó el cadáver con la impasibilidad de la piedra, pero sus dedos enjoyados se crisparon sobre el pomo de su macuahuitl.
Para los espíritus de la selva, la enfermedad invisible era un demonio aún más temible que el acero de los conquistadores, pues no respetaba ni a los valientes ni a los cobardes.
—La columna que transporta los barriles restantes con la cepa concentrada debe cruzar la Garganta de los Lamentos antes del mediodía —sentenció el cacique, trazando una línea imaginaria en el aire con su daga de obsidiana—.
Es el único paso estrecho entre los acantilados y el río.
Si logramos emboscarlos allí, destruiremos los barriles y cortaremos la cabeza de la víbora antes de que inunde la ciudad con su veneno.
La estrategia era clara, pero la ejecución requería una precisión letal.
La Garganta de los Lamentos era un desfiladero de roca rojiza, tan estrecho que apenas permitía el paso de tres caballos en fila.
Sus paredes verticales ofrecían un refugio perfecto para los arqueros y los lanceros indígenas, pero también constituían una trampa mortal si los españoles lograban desplegar sus arcabuceros.
Mientras Ixpan organizaba a sus guerreros, dividiéndolos en grupos de asalto y contención, Yahya me tomó del brazo y me condujo a la sombra de un peñasco, lejos de las miradas de los combatientes.
El sol del mediodía comenzaba a castigar la tierra, y el sudor perlaba mi frente, mezclándose con la pintura de guerra de achiote que me cubría el rostro.
El morisco me obligó a sentarme sobre una roca plana y se arrodilló ante mí.
Con una delicadeza que contrastaba de forma obscena con la masacre que se avecinaba, tomó un paño húmedo y comenzó a limpiar la sangre seca y el hollín de mis mejillas.
Sus dedos, ásperos por la pólvora y el mortero, acariciaban mi piel como si yo fuera una reliquia sagrada a punto de ser profanada.
—Mañana, si los espíritus nos son favorables, habremos derrotado a la vanguardia del Marqués —susurró Yahya, sus ojos fijos en los míos con una intensidad que me robaba el aliento—.
Pero si la fortuna nos es esquiva, y las flechas de los españoles encuentran nuestros corazones, quiero que sepáis que no hay un solo instante de mi existencia que no haya estado consagrado a vos.
Sus palabras fueron un bálsamo sobre las heridas de mi alma.
En medio de aquel infierno verde, rodeados de hombres que se preparaban para degollarse y morir, su amor era el único santuario donde mi espíritu podía hallar refugio.
Me incliné hacia él y tomé su rostro entre mis manos, besándolo con una desesperación que sabía a sal y a promesas eternas.
No hubo lujuria en aquel beso, sino una comunión absoluta de dos almas que habían sido destrozadas por el mundo y que, en el fragor de la guerra, se negaban a ser separadas.
—No moriremos hoy, mi amor —respondí, con la voz firme, apoyando mi frente contra la suya—.
He sobrevivido al fuego de los arcabuces, a la picota y al látigo.
No permitiré que la muerte me arrebate lo único puro que me queda en este mundo.
Si el Marqués quiere nuestra sangre, tendrá que venir a buscarla, y yo misma le arrancaré los ojos con mis manos.
Yahya sonrió, una sonrisa triste y valiente que iluminó su rostro curtido.
Besó mis manos manchadas de ceniza y se incorporó, empuñando de nuevo su espada toledana.
El amante había dado paso al guerrero, y yo, tomando la daga y el alfanje que había arrebatado a los guardias de la encomienda, me preparé para seguirlo.
La marcha hacia la Garganta de los Lamentos fue un ejercicio de sigilo sobrenatural.
Ciento cincuenta guerreros de las tierras lejanas se movían por la selva y los riscos con la fluidez del agua, sin romper una sola rama, sin levantar el más mínimo polvo.
Yo cabalgaba junto a Yahya e Ixpan, con Elvira segura en la canastilla de mimbre, custodiada por las mujeres más feroces de la tribu.
La niña, ajena a la carnicería que se preparaba, jugaba en silencio con una pequeña figura tallada en madera que una de las guerreras le había regalado.
Al llegar a las alturas del desfiladero, los guerreros se desplegaron entre las rocas y la vegetación espesa.
Yahya, aprovechando su conocimiento de la alquimia, colocó varias vasijas de barro selladas con brea y rellenas con la pólvora que él mismo había fabricado en el poblado tribal, estratégicamente en los recodos más estrechos del camino.
Las mechas de algodón fueron conectadas a un sistema de tensión que se activaría al paso de la columna.
No tuvimos que esperar mucho. El sonido de los cascos de los caballos y el chirrido de las ruedas de los carros rompió el silencio de la sierra.
Desde mi atalaya de roca, observé cómo la vanguardia del Marqués entraba en la trampa.
Eran unos cuarenta hombres, vestidos con petos de acero abollados y morriones oxidados, escoltando dos carros pesados que transportaban los barriles de la peste.
Al frente de la columna cabalgaba un hombre de alta estatura, con un jubón de terciopelo carmesí ahora manchado de polvo y sangre.
Era Don Lope de Vargas, el capitán que me había deshonrado en Cádiz y que ahora servía como perro de presa del Marqués.
Esperé a que la columna estuviera completamente dentro de la garganta, con los carros de los barriles en el punto exacto donde Yahya había colocado las trampas explosivas. Cuando Don Lope levantó la mano para dar la orden de acelerar el paso, hice un gesto a los guerreros.
Una flecha con la punta envuelta en trapos encendidos silbó en el aire y cayó sobre las mechas de tensión. El fuego corrió por el algodón con la velocidad de un pensamiento.
La explosión fue ensordecedora. Las vasijas de barro estallaron con una furia que hizo temblar los cimientos de los acantilados.
Una nube de fuego, humo negro y metralla de piedra barrió la columna española.
Los caballos, enloquecidos por el estruendo y las llamas, se encabritaron, derribando a sus jinetes y aplastándolos contra las paredes de roca.
El carro de los barriles se partió en mil pedazos, y la madera astillada llovió sobre los soldados como una lluvia de dardos mortales.
—¡Ahora! ¡Que los espíritus beban su sangre! —bramó Ixpan, lanzándose por el despeñadero con su macuahuitl en alto.
El desfiladero se convirtió en un caldero de locura y muerte.
Los guerreros indígenas cayeron sobre los españoles supervivientes con la ferocidad de una manada de jaguares.
El acero de las espadas toledanas chocó contra la madera erizada de obsidiana de las mazas aztecas.
Los gritos de agonía, los alaridos de guerra y el estruendo de los arcabuces que disparaban a ciegas en el humo denso crearon una sinfonía dantesca.
Yo no me quedé en la retaguardia. La furia de una madre a la que le han arrebatado la paz, y de una mujer a la que le han robado el honor, me empujó a deslizarme por las rocas y caer en medio de la refriega.
Un soldado español, con el rostro cubierto de hollín y los ojos desorbitados por el pánico, intentó alzarse del suelo y apuntarme con su arcabuz.
No lo pensé. Me abalancé sobre él, esquivando el cañón, y hundí mi alfanje en la brecha de su peto, justo bajo la clavícula.
La sangre brotó caliente y oscura, salpicando mi rostro.
El hombre soltó un grito ahogado y se desplomó, convulsionándose en el polvo.
A mi alrededor, la masacre era absoluta.
Los macuahuitl, con sus hojas de obsidiana más afiladas que el bisturí de un cirujano, cercenaban extremidades y abría yelmos con una facilidad espantosa.
Yahya luchaba como un demonio de la mitología antigua, su espada toledana trazando arcos de plata que segaban vidas con una precisión letal.
Don Lope de Vargas, intentando reagrupar a sus hombres, fue rodeado por tres guerreros.
El capitán luchó con denuedo, su espada cantando con furia, pero una lanza de bambú le atravesó el muslo, y un golpe de macana le destrozó la rodilla.
Cayó de hinojos, rugando como una bestia herida, hasta que Ixpan le cercenó la cabeza de un solo tajo.
En menos de un cuarto de hora, el silencio volvió a adueñarse de la Garganta de los Lamentos, roto únicamente por los gemidos de los moribundos y el relinchar de los caballos agonizantes.
El suelo estaba cubierto de un tapiz macabro de cuerpos destrozados, sangre coagulada y astillas de madera.
Los barriles de la peste, milagrosamente, habían quedado intactos en el segundo carro, protegidos por la estructura de roble.
Yahya se acercó a mí, limpiándose la sangre de la espada en el sayal de un muerto. Sus ojos ámbar me escrutaron rápidamente, buscando heridas. Al confirmar que estaba ilesa, me tomó del rostro y me besó con una urgencia que me deshizo por dentro.
—Habéis luchado como las furias del averno, mi señora —murmuró, con una sonrisa que no llegaba a borrar la gravedad de su mirada—. Pero la batalla no ha terminado. Debemos asegurar los barriles y encontrar al lugarteniente del Marqués.
Entre los cadáveres, identificamos a un hombre que aún respiraba, aunque con gran dificultad.
Era un oficial de alto rango, vestido con un jubón de malla fina.
Tenía el pecho aplastado por el impacto de una roca durante la explosión, y la sangre manaba de su boca en cada jadeo.
Ixpan y Yahya lo arrastraron hasta el centro del camino, y yo me arrodillé junto a él, apuntándole la garganta con la daga.
—¿Dónde está el Marqués de la Sangre? —exigí saber, con la voz fría como el acero—. ¿Y dónde está la esclava Zaira?
El oficial soltó una risa húmeda y espesa, tosiendo sangre. Sus ojos, vidriosos por la proximidad de la muerte, me miraron con una burla cruel.
—La viuda de los Mendoza... cree que ha ganado... —balbuceó el hombre, escupiendo un coágulo oscuro—. El Marqués... ya está en Nombre de Dios. No espera en las murallas. Se ha encerrado en la cripta de la catedral... con la niña.
El corazón me dio un vuelco, deteniéndose en mi pecho.
—¿Qué niña? —pregunté, sintiendo que el mundo comenzaba a girar fuera de control.
—La esclava... Zaira... —rio el oficial, con un sonido que se convirtió en un estertor—.
El Marqués no la envió a los aljibes. La llevó a la catedral.
Le ha dado a beber el primer cáliz de la cepa concentrada...
para asegurarse de que su sangre noble sea el catalizador perfecto.
Solo él tiene el antídoto... el extracto de la flor de la noche.
Si la catedral se abre... si la niña muere...
la peste se liberará en su aliento y contaminará el aire de toda la bahía.
El oficial cerró los ojos y exhaló su último aliento, quedando inmóvil sobre la tierra manchada de sangre.
Me quedé de rodillas, con la daga temblando en mi mano.
La revelación cayó sobre mí con el peso de una losa de mármol.
Zaira no había sido sacrificada en los aljibes.
Estaba viva, pero infectada, encerrada en la cripta de la catedral con el Marqués, quien usaba su cuerpo como un arma biológica de destrucción masiva.
Y Elvira... el oficial había dicho "la niña".
Miré hacia el carro donde las mujeres de la tribu custodiaban a mi hija. Ixpan se acercó, y su rostro, habitualmente impasible, estaba demudado por el horror.
—Mujer blanca —murmuró el cacique, con la voz quebrada—. Durante la explosión... el humo... los caballos se espantaron. Una de las guerreras que custodiaba la canastilla cayó con el cuello atravesado por una flecha perdida. La canastilla... estaba vacía.
El suelo se hundió bajo mis pies. El aire se volvió denso, irrespirable. El Marqués no solo había infectado la ciudad. Me había tendido la trampa definitiva. Había capturado a Elvira durante el caos de la emboscada, y ahora la tenía en la cripta de la catedral, junto a Zaira y el antídoto.
Yahya se arrodilló a mi lado, tomando mis manos frías entre las suyas. En sus ojos ámbar no había desesperación, sino una determinación absoluta, forjada en el fuego de nuestro amor y en la ceniza de nuestras desdichas.
—Iremos a la catedral —susurró el morisco, besando mis nudillos manchados de sangre—. Y si el Marqués se esconde en las criptas de los muertos, bajaremos al infierno a arrastrarlo fuera de ellas.