CAPÍTULO 14 LA ALIANZA DE CENIZA
El amanecer en el poblado de los hombres de la selva no trajo la paz de los jardines de Castilla, sino la promesa acerada de la guerra.
La bruma matutina, espesa y cargada de humedad, se aferraba a los techos de paja y a los tótems de madera tallada como un sudario de algodones sucios.
El aire olía a copal quemado, a sangre seca y a la resina acre de los pinos que alimentaban las hogueras sagradas.
Tras la revelación de que el Marqués de la Sangre marchaba hacia Nombre de Dios para desatar el apocalipsis de la peste sobre la Flota de Indias, el cacique, cuyo nombre de guerra era Ixpan, ordenó que los tambores de guerra no dejaran de sonar ni un solo instante.
Antes de empuñar las armas, los espíritus de la selva exigían un pacto.
No bastaba con haber salvado la vida del hermano del cacique; la alianza requería sellarse en la carne y en el alma.
El chamán Balam, cuyos ojos lechosos parecían escrutar las grietas del más allá, nos condujo al centro de la plaza ceremonial.
Allí, bajo la sombra de un ceibo milenario cuyas raíces sobresalían de la tierra como las garras de un titán dormido, nos despojaron de nuestras ropas manchadas por el fango y el vituperio.
—La ceniza purifica, la sangre une —pronunció Balam con su voz de ultratumba, entregando un cuenco de barro a Ixpan—. Quienes beben del mismo cáliz y comparten la misma herida, son uno solo ante el rostro de los dioses antiguos.
El cacique tomó un tizón del fuego sagrado y lo sumergió en una vasija de obsidiana pulverizada y grasa de jaguar.
Se acercó a mí con paso solemne. No sentí temor, pues la furia que me consumía desde el asalto de mi palacio en Cádiz había calcinado cualquier rastro de cobardía.
Ixpan trazó con el tizón ennegrecido una línea vertical sobre mi pecho, justo sobre mi corazón, y otra sobre mi frente.
El calor de la grasa y el picor del carbón me erizaron la piel, pero mantuve la mirada erguida, desafiando a los guerreros que nos observaban en un silencio sepulcral.
Luego, el cacique se acercó a Yahya. El morisco, con el torso desnudo mostrando la cicatriz reciente de su hombro y la marca de la Inquisición que los hombres invisibles de la historia le habían grabado en el alma, recibió el mismo trato. Una línea de ceniza y grasa cruzó su pecho moreno.
—Ahora, la sangre —ordenó el chamán.
Balam extrajo un cuchillo de pedernal afilado como una aguja.
Con un movimiento rápido y preciso, hizo una pequeña incisión en la palma de mi mano derecha.
La sangre brotó, roja y espesa, mezclándose con la ceniza de mi pecho.
Acto seguido, repitió la operación en la mano izquierda de Yahya.
El morisco no emitió ni un solo quejido; su rostro, tallado en la nobleza de los alfaquíes de Córdoba, permaneció impasible.
Ixpan unió nuestras manos ensangrentadas sobre el cuenco de barro.
—Que la sangre de la mujer blanca y la sangre del médico de ojos de sol se mezclen con la de la selva —bramó el cacique, alzando la voz para que resonara entre las copas de los árboles—.
Si uno traiciona, el otro sangrará. Si uno muere, el otro será ceniza.
¡Que los espíritus atestigüen este juramento!
Nos obligaron a beber una infusión amarga de cortezas y raíces, un brebaje que sabía a tierra mojada y a hierro.
Al tragar, sentí que algo primordial y salvaje se anudaba en mis entrañas, vinculando mi destino al de Yahya y al de aquella tribu que los cronistas de Su Majestad llamarían caníbales, pero que a mí me habían devuelto la dignidad que los cristianos me habían arrebatado.
Cuando nuestros labios se tocaron en un beso breve y solemne, con el sabor de la sangre y la ceniza en la boca, supe que ningún tribunal de la Inquisición, ni ninguna espada toledana, podría romper jamás el vínculo que nos unía.
Éramos una alianza de ceniza, forjada en el infierno y destinada a devorar a los demonios que nos perseguían.
Tras el ritual, el poblado se transformó en un hervidero de actividad bélica.
La preparación para la guerra contra los conquistadores exigía más que el coraje de los macuahuitl y las lanzas de obsidiana.
Yahya, aprovechando su conocimiento de la alquimia y la pólvora, se instaló en la forja tribal.
Los herreros indígenas, acostumbrados a trabajar el cobre y el oro blando, observaban con asombro cómo el morisco mezclaba salitre, azufre y carbón de balsa en proporciones exactas, moliendo los ingredientes en morteros de piedra con la paciencia de un sabio y la precaución de un hombre que juega con el aliento del dragón.
—El fuego griego de los romanos y la pólvora de los chinos tienen el mismo padre —explicó Yahya a los guerreros, mientras envolvía la mezcla negra en vasijas de barro selladas con brea y mecha de algodón—.
Los españoles confían en sus arcabuces y sus cañones de bronce.
Nosotros les enseñaremos que la selva también escupe fuego.
Yo, por mi parte, me encargué de la logística de la carne y el espíritu.
Recorrí las chozas curando las viejas heridas de los guerreros, aplicando cataplasmas de hojas de llantén y miel de abejas sin aguijón para evitar que la infección se llevara a los mejores combatientes.
Mientras lavaba el pus y vendaba las úlceras tropicales, escuchaba sus historias, aprendía sus cantos de guerra y comprendía la profundidad de su odio hacia el hombre blanco.
No luchaban por codicia, como los mercenarios del Marqués.
Luchaban porque la selva era su madre, su templo y su tumba, y los invasores habían traído un fuego que no respetaba ni a los vivos ni a los muertos.
La pequeña Elvira, ajena a la magnitud de la carnicería que se preparaba, encontró un rincón de luz en medio de las tinieblas.
Las mujeres de la tribu, con sus rostros pintados de achiote y sus collares de dientes, la acogieron con una ternura inesperada.
La vestían con pequeñas túnicas de algodón y le enseñaban a trenzar flores de orchidea.
Verla reír, verla correr descalza entre las raíces del ceibo, era el único bálsamo que calmaba la tormenta de mi corazón.
Cada vez que mi mirada se cruzaba con la de Yahya a través del bullicio del campamento, compartíamos un secreto inconfesable: estábamos dispuestos a masacrar legiones enteras solo para preservar aquella sonrisa inocente.
La noche cayó sobre la selva, y con ella, la tregua de los amantes.
Nos retiramos a una choza apartada, tejida con lianas y hojas de palma, donde el olor a sándalo y a resina nos aisló del estruendo de los tambores.
Yahya encendió una sola lámpara de aceite de nuez, cuya luz dorada acarició las curvas de mi rostro y la suavidad de mis hombros.
Se arrodilló detrás de mí y tomó el paño húmedo y el ungüento de caléndula. Mis manos volaron hacia atrás para detenerlo, pero él besó mis muñecas con una reverencia que me deshizo por dentro.
—Dejadme cuidar de vos, Catalina —susurró, su aliento cálido rozando mi nuca—. Las heridas de la picota han cerrado, pero la piel sigue siendo frágil. Debéis estar fuerte para la marcha.
Sus dedos, ásperos por la pólvora y el mortero, se deslizaron por mi espalda con una delicadeza que desafiaba la brutalidad de nuestro entorno.
El ungüento frescor alivio el picor de las cicatrices, pero fue el contacto de sus labios, besando cada marca dejada por el látigo de Don Gaspar, lo que me hizo llorar en silencio.
No lloraba de dolor, sino de la inmensa y abrumadora gratitud de ser amada de aquella manera.
En un mundo donde mi cuerpo había sido tratado como mercancía, como trofeo de guerra y como objeto de vituperio, las manos de Yahya lo trataban como un santuario inviolable.
—Cuando todo esto termine —murmuré, apoyando la cabeza contra su pecho, escuchando el latido firme de su corazón—, cuando el Marqués arda en el infierno que él mismo ha construido, ¿qué será de nosotros?
La Inquisición no perdonará mi unión con un morisco, y la Corona no perdonará mi alianza con los salvajes.
Yahya me giró suavemente para que lo mirara. Sus ojos ámbar brillaban con una intensidad que desafiaba a las sombras de la choza.
—Mientras respire, mi espada será vuestro escudo y mi ciencia vuestro refugio —respondió, acariciando mi mejilla con el dorso de la mano—.
Si hemos de ser proscritos hasta el fin de los tiempos, que sea en las tierras donde ningún rey blanco pueda alcanzarnos.
Construiremos nuestro propio reino, Catalina.
Un reino donde la fe no se mida por el acero, sino por la compasión.
Nos amamos aquella noche con la urgencia de los que saben que el amanecer puede traer la muerte.
Fue un acto de rebeldía absoluta, una comunión de almas y de cuerpos que trascendía las leyes de los hombres y los dogmas de la Iglesia.
En la penumbra de la choza, rodeados por el coro enloquecedor de la selva, fuimos reyes y reinas de un imperio efímero, forjando recuerdos que ni el fuego ni la espada podrían borrar.
Al despuntar el alba, el campamento era una máquina de guerra perfecta.
Ciento cincuenta guerreros de las tierras lejanas, pintados para la batalla y armados hasta los dientes, formaron en la plaza.
Ixpan, montado en un caballo negro capturado a los españoles, portaba un estandarte de plumas de quetzal y cuero crudo.
Yahya y yo cabalgábamos a su lado, con Elvira segura en una canastilla de mimbre atada a la montura de una guerrera de confianza.
La marcha hacia el río de los caimanes fue silenciosa y letal.
Nos movíamos por la selva como fantasmas, aprovechando los senderos ocultos que los indígenas conocían de memoria.
El calor era asfixiante, y el sudor se mezclaba con la pintura de guerra en nuestros rostros.
Tras dos días de marcha forzada, cruzando ciénagas infestadas de mosquitos y vadeando arroyos de aguas negras, llegamos a los límites de la selva profunda, donde la vegetación comenzaba a clarear y el terreno ascendía hacia las colinas rocosas que rodeaban Nombre de Dios.
Fue entonces cuando Yahya, que iba en vanguardia explorando el terreno, alzó la mano, ordenando la detención inmediata de la columna.
Los guerreros se fundieron con las sombras de los arbustos con una disciplina que habría envidiado cualquier tercio español.
Me adelanté junto a él, conteniendo la respiración.
En un claro, a escasos cincuenta pasos de nuestra posición, yacía un cadáver. No era un indígena. Era un soldado español, vestido con un jubón de acero ligero y un morrión abollado. Pero lo que heló la sangre en mis venas no fue la presencia del muerto, sino el estado en que se encontraba.
El soldado no tenía flechas en el cuerpo, ni cortes de obsidiana.
Estaba cubierto de bubones negros y supurantes.
Su rostro estaba desfigurado por la peste, la boca abierta en un grito mudo de agonía, y sus manos estaban aferradas a un arcabuz que jamás llegó a disparar.
A su lado, el caballo que montaba yacía también muerto, con las entrañas hinchadas y la lengua colgando.
—No fue emboscado —susurró Yahya, cubriéndose la nariz y la boca con un paño empapado en vinagre que me entregó rápidamente—. Murió de la peste.
—Pero el Marqués aún no ha llegado a Nombre de Dios —repliqué, sintiendo que el suelo se hundía bajo mis pies—. Ixpan dijo que le faltaban al menos tres días de marcha.
El cacique se acercó, examinando el cadáver con sus ojos inescrutables. Luego, señaló hacia el norte, donde el camino de tierra se bifurcaba.
—El hombre de la cicatriz no marchó hacia el puerto principal —dijo Ixpan, su voz grave resonando con una certeza aterradora—.
Este soldado lleva el sello de la guardia de la aduana interior.
El Marqués no va a hundir los barriles en la bahía.
Ya ha enviado a sus hombres infectados por los acueductos subterráneos de la ciudad vieja.
Yahya palideció, y por primera vez desde que lo conocí, vi el verdadero rostro del pánico en sus ojos ámbar.
—Catalina —murmuró el morisco, con la voz quebrada por el horror—.
Si ha introducido la peste en el sistema de agua de la ciudad antes de que la flota ancle...
no habrá necesidad de abrir las compuertas.
La enfermedad ya estará en las bocas de los marineros y los soldados antes de que puedan desembarcar.
Miré el cadáver hinchado del soldado, y luego hacia las murallas de piedra de Nombre de Dios, que se alzaban a lo lejos, brillando bajo el sol implacable como una trampa mortal.
El Marqués de la Sangre no iba a destruir la flota.
Iba a convertir la ciudad entera en un osario, y nosotros estábamos a punto de marchar hacia las fauces de un infierno que ya había comenzado a arder.