CAPÍTULO 13 LA PRUEBA DEL FUEGO
El mundo se había plegado sobre sí mismo, transformando la plaza de tierra apisonada en un caldero de visiones demoníacas.
El brebaje del chamán actuaba en mis entrañas como un fuego líquido, dilatando mis pupilas hasta que la luz de las antorchas se convertía en lanzas de oro cegador.
Mi corazón golpeaba las costillas con la furia de un ariete, un tambor enloquecido que resonaba en mis oídos ahogando el redoble de los guerreros.
En aquel estado de lucidez febril, la serpiente terciopelo no era un reptil, sino una sombra sinuosa, un demonio de escamas negras y amarillas que deslizaba su cuerpo sobre la tierra con la parsimonia implacable de la muerte misma.
A mi lado, Yahya había cerrado los ojos.
Su pecho, desnudo y cubierto de sudor, apenas se movía.
Comprendí de inmediato lo que el morisco estaba haciendo.
Había invocado las disciplinas de sus ancestros, esas artes sufíes de las que me había hablado en las noches de intimidad en la botica, para ralentizar su pulso y enfriar su sangre.
Intentaba volverse invisible para los pozos termales de la serpiente, esos sensores de calor que guiaban el ataque del reptil.
Pero yo no poseía tal entrenamiento. Mi corazón era un ave a punto de quebrar su jaula, y mi sangre ardía con el veneno del alucinógeno.
La bestia alzó su cabeza romboidal, orientada directamente hacia mi pecho, y sus colmillos gotearon un líquido claro y letal sobre la tierra.
La supervivencia no reside en la fuerza, sino en la astucia de quien conoce las leyes de la naturaleza.
Recordé las enseñanzas de los cazadores de Cádiz, las lecciones sobre las víboras que mi padre me había contado en su juventud.
Las serpientes de fosetas labiales cazan el calor, pero también son ciegas a la luz repentina y se desorientan ante los olores fuertes y fríos.
Con un movimiento que desafió el dolor de mis heridas y la rigidez de mis músculos, extendí la mano hacia el borde del brasero de piedra donde ardía el copal.
Mis dedos se cerraron alrededor de un puñado de ceniza húmeda y fría, mezclada con los restos de una resina amarga.
La serpiente se tensó, dispuesta a lanzar el bote fatal. En ese instante exacto, arrojé la ceniza fría directamente a su rostro.
El choque térmico y el olor penetrante de la resina cegaron los sensores del reptil.
La bestia emitió un siseo furioso, desviando su ataque y mordiendo el aire vacío a escasos dedos de mi muslo.
Antes de que pudiera reorientar su ataque, Yahya abrió los ojos.
Con la velocidad del rayo que parte un roble, el morisco desvió el tizón ardiente que sostenía en su mano izquierda y lo estampó contra el lomo del animal.
El reptil se convulsionó, y yo, aprovechando la distracción, hundí la estaca de madera maciza que sostenía la antorcha principal directamente en la cabeza de la serpiente, clavándola en la tierra con un golpe seco y brutal.
El silencio que cayó sobre la plaza fue absoluto, tan denso que podía escucharse el crepitar de la resina en el fuego.
La serpiente yacía inmovilizada, su cuerpo se debatía en espasmos agónicos alrededor de la madera.
Yo permanecí de rodillas, con el pecho agitándose y la ceniza manchando mis manos, mientras los efectos del brebaje comenzaban a remitir, dejando paso a un agotamiento que me doblaba el espinazo.
El cacique descendió los últimos escalones de la palapa. Sus ojos oscuros me escrutaron con una mezcla de reverencia y temor. Se arrodilló junto a la serpiente muerta y tocó la madera con la punta de sus dedos enjoyados.
—Los espíritus antiguos os han escupido y no os han consumido —pronunció el cacique, su voz resonando como piedras rodando por un barranco—. Vuestro aliento es frío, pero vuestro fuego es puro. La mujer blanca y el médico de ojos de sol han superado el juicio de la tierra.
El chamán se acercó, recogiendo a Elvira en sus brazos con una delicadeza que contrastaba con su aspecto macabro.
La entregó en mis brazos. El peso de mi hija, su calor pequeño y familiar, rompió el último dique de mi contención.
La estreché contra mi pecho, hundiendo el rostro en su cabello, y permití que una sola lágrima rodara por mi mejilla, lavando el hollín y la sangre.
—Llevadnos ante vuestro señor —exigí, incorporándome con la dignidad de una reina de Castilla, ignorando el temblor de mis piernas—. El tiempo apremia, y la muerte no espera a que los hombres celebren sus rituales.
Nos condujeron a través del laberinto de estructuras de madera y piedra hacia la morada del cacique enfermo.
El interior de la choza principal era un santuario de penumbra y fetidez.
El olor que nos recibió era inconfundible para cualquier médico: era el aroma dulzón y nauseabundo de la carne que se pudre en vida, un miasma tan espeso que me obligó a cubrirme la boca y la nariz con el borde de mi sayal.
En el centro de la estancia, sobre un lecho de pieles de jaguar y plumas de ave, yacía el hermano del cacique, el guerrero que había liderado el ataque a la encomienda y que ahora pagaba el precio de haber saqueado los frascos del Marqués.
Yahya se arrodilló junto al lecho, y su rostro se ensombreció al examinar la extremidad del herido.
El brazo derecho del indígena estaba irreconocible.
Desde el hombro hasta la muñeca, la piel se había tornado de un negro violáceo, hinchada y cubierta de ampollas que supuraban un líquido amarillento.
Las venas negras, idénticas a las que yo había visto en el brazo del Marqués, se extendían como raíces de un árbol maldito hacia el pecho del guerrero, cuya respiración era un jadeo superficial y entrecortado.
—Es el mismo mal —susurró Yahya, alzando la vista hacia mí con los ojos ámbar oscurecidos por la gravedad del diagnóstico—.
La necrosis ha cruzado la fascia. El veneno ha entrado en el torrente sanguíneo.
Si no amputamos el brazo por encima de la articulación del hombro y cauterizamos la carne al instante, la fiebre lo matará antes de que el sol alcance su cenit.
El cacique, que había entrado tras nosotros, tradujo las palabras del morisco al oído de sus consejeros. Los murmullos de indignación recorrieron la estancia. Para los guerreros de las tierras lejanas, mutilar el cuerpo era impedir que el alma cruzara al más allá en plenitud.
—¡Decidles que si no lo hacemos, morirá hoy! —grité, dando un paso al frente y señalando el pecho del enfermo, donde las venas negras ya palpitaban bajo la piel—. ¡Su corazón está a punto de detenerse! ¡La medicina de los espíritus exige un sacrificio de carne para salvar el alma!
El cacique alzó la mano, silenciando a sus hombres. Miró a Yahya, y luego a mí.
—Si el guerrero muere bajo vuestro cuchillo, vuestros cuerpos serán descuartizados y ofrecidos a los buitres —sentenció el líder, con la frialdad del acero—. Si vive, seréis los invitados de honor de nuestra tribu.
Yahya no perdió un instante. Sacó de su túnica el escalpelo que había logrado ocultar de los guardias y lo acercó al fuego de un brasero cercano hasta que el acero brilló al rojo vivo. Me miró, y en sus ojos no había miedo, sino una determinación absoluta.
—Necesito que lo sujetéis —me pidió, su voz suave pero firme—. Y necesito que recéis a vuestro Dios, Catalina, porque las manos de los hombres tiemblan cuando la sangre mana a chorros.
La cirugía fue un descenso a los círculos más profundos del infierno.
Yahya trabajó con la precisión de un relojero y la ferocidad de un carnicero.
El escalpelo cortó la piel necrosada, y un chorro de sangre oscura y fétida brotó de la herida, salpicando el rostro del morisco y mis propias manos.
El olor era tan punzante que tuve que morderme el labio para no vomitar.
El guerrero, aunque había sido sedado con una infusión de adormidera que el chamán nos proporcionó, se agitaba en los momentos en que el acero rozaba el hueso.
Yo sujetaba su torso con toda la fuerza que mis músculos, agotados y lacerados, podían ejercer, susurrándole palabras de aliento en un castellano que él no comprendía, pero cuyo tono calmante parecía traspasar las barreras de la lengua.
En medio de aquel baño de sangre y podredumbre, nuestros ojos se encontraron.
Yahya, con el rostro manchado de carmesí y el sudor perlándole la frente, me dedicó una mirada que contuvo toda la ternura del mundo.
En aquel instante de horror absoluto, su amor fue mi escudo.
Sus manos, que sostenían la vida y la muerte, eran las mismas que me habían acariciado el alma en la penumbra de la botica.
Contrastaba la brutalidad de la carne desgarrada con la belleza inmaculada de nuestro vínculo; la muerte olía a putrefacción, pero nuestro amor olía a azahar y a sándalo, un perfume invisible que nos mantenía cuerdos en el abismo.
Finalmente, el brazo fue separado del torso.
Yahya aplicó el hierro candente sobre la herida abierta.
El sonido de la carne quemándose y el olor a pelo y grasa ardida llenaron la choza, acompañados por el grito ahogado del guerrero, que se arqueó en el lecho antes de quedar inerte por el efecto de las hierbas.
El sangrado se detuvo. Las venas negras, privadas de su fuente de infección, comenzaron a palidecer bajo la piel del pecho.
Yahya limpió sus manos en un trapo húmedo y se dejó caer de rodillas, exhausto. Me acerqué a él y tomé su rostro entre mis manos manchadas de sangre, besando su frente con una devoción que desafiaba a los dioses de la selva.
Horas después, la fiebre del guerrero comenzó a remitir.
Su respiración se tornó profunda y acompasada.
El cacique, que había velado el procedimiento en silencio desde la esquina de la estancia, se acercó al lecho y comprobó el pulso de su hermano.
Al confirmar que la vida fluía con fuerza, se giró hacia nosotros.
—Habéis derrotado a la muerte en su propio terreno —pronunció el cacique, inclinando la cabeza en un gesto de respeto que jamás había visto en un hombre blanco hacia un indígena—. Sois libres. Mis guerreros os escoltarán hasta los límites de nuestras tierras.
—Aún no —respondí, incorporándome y limpiando el sudor de mi frente con el dorso de la mano—. Cumplimos nuestra parte del trato. Ahora es vuestro turno de pagar el precio de la verdad. ¿Qué sabéis del hombre de la cicatriz? ¿Hacia dónde huyó el Marqués de la Sangre?
El cacique frunció el ceño, y una sombra de inquietud cruzó su rostro impasible. Se acercó a una mesa de madera tallada y desplegó un pergamino que había sido arrebatado a los españoles. Era un mapa de las costas de Tierra Firme, trazado con tinta roja y negra.
—El hombre de la cicatriz no huye, mujer blanca —murmuró el cacique, trazando una línea con su dedo enjoyado desde la selva profunda hasta la costa—.
Él sabe que la selva lo devorará si permanece en ella.
Ha tomado a los supervivientes de vuestra fortaleza y a un grupo de mis guerreros que le fueron fieles por oro. Marchan hacia el norte.
Yahya se incorporó, acercándose a la mesa. Sus ojos recorrieron el mapa con rapidez, y su rostro palideció al comprender la magnitud de la revelación.
—Nombre de Dios —susurró el morisco, con la voz quebrada por el horror—. El puerto principal. La escala de la Flota de Indias.
—Sí —asintió el cacique, con los ojos oscurecidos por la profecía—.
El hombre de la cicatriz lleva en sus carretas los barriles de la peste.
Los mismos barriles que traían a los muertos en el galeón.
No va a venderlos. Va a hundirlos en la bahía, junto a los muelles, cuando la gran flota de plata ancle en el puerto la próxima luna.
El mundo se detuvo. La magnitud de la traición y la locura del Marqués cayó sobre nosotros con el peso de un mundo que se desmorona.
No buscaba riquezas, ni venganza personal.
Buscaba la aniquilación total. Si la peste bubónica se desataba en Nombre de Dios, no solo morirían miles de españoles, sino que los barcos llevarían la infección de vuelta a la Vieja Europa.
El Marqués de la Sangre pretendía convertir el océano en un río de cadáveres.
—Y hay más —continuó el cacique, su voz bajando hasta convertirse en un susurro aterrador—. Para abrir las puertas del puerto sin levantar sospechas, lleva consigo un salvoconducto real. Y para asegurar que los guardias no lo detengan en la aduana, lleva un tributo de sangre noble.
Miré al cacique, con el corazón helándose en mi pecho.
—¿De qué habláis? —pregunté, con la voz apenas audible.
El cacique me miró con una compasión que me desgarró el alma más que cualquier látigo.
—Habla de la esclava de piel oscura que os ayudó a huir, Catalina —intervino Yahya, con los ojos llenados de lágrimas al comprender la terrible verdad—. Zaira. El Marqués la capturó en el río. Y no la lleva como esclava. La lleva vestida con vuestros ropajes, con vuestro sello de los Mendoza.
Comprendí la trampa con una claridad espantosa.
El Marqués no solo iba a infectar el puerto.
Iba a hacer pasar a Zaira por mí, la viuda de los Mendoza, para que fuera ella quien entregara el salvoconducto y abriera las compuertas de la peste.
Y cuando la flota anclara y la muerte se desatara, el Marqués culparía a la casa de los Mendoza, destruyendo mi linaje, mi honor y mi nombre para la eternidad, mientras él desaparecía en las sombras con el oro de los saqueos.
—Tenemos que alcanzarlo antes de que cruce el río de los caimanes —dije, sintiendo cómo la furia de una madre y el honor de una Mendoza se fundían en un acero indestructible en mi pecho—. Si Zaira abre las compuertas, miles morirán, y mi nombre será maldito por el resto de los tiempos.
El cacique asintió lentamente e hizo un gesto a sus guerreros.
—Entonces, mujer de sangre blanca, no caminaréis solos. Los espíritus de la selva cabalgarán con vosotros. Porque si el hombre de la cicatriz abre las puertas de la muerte, nuestros dioses también perecerán.
Miré a Yahya, y supe que la verdadera guerra no había hecho más que comenzar.
No luchábamos solo por nuestras vidas, ni por el amor que nos mantenía vivos en la oscuridad.
Luchábamos por el alma de un mundo que se debatía entre la codicia y la redención.
Y estábamos dispuestos a teñir de rojo las aguas del río, aunque tuviéramos que nadar en nuestra propia sangre para lograrlo.