CAPÍTULO 12 EL RASTRO DE LOS DEMONIOS
La marcha a través de la espesura se convirtió en un calvario de sombras y sudor.
Juan de Cartagena, el soldado enloquecido por los horrores de la encomienda, avanzaba con pasos erráticos, murmurando plegarias incoherentes a santos que hacía tiempo habían dejado de escuchar las súplicas de los hombres.
La selva, ese leviatán de esmeralda y podredumbre, parecía cerrarse a nuestro paso, como si la propia naturaleza conspirara para tragarnos.
El aire era un miasma denso, cargado de la fragancia embriagadora de las orquídeas nocturnas y el hedor inconfundible de la carne que se descompone en el fango.
Cada paso que daba sobre la hojarasca húmeda era una tortura para mi espalda lacerada; las costras de los diez azotes de Don Gaspar se abrían con el movimiento, enviando descargas de fuego líquido a lo largo de mi columna vertebral.
Sin embargo, el dolor físico palidecía ante la angustia que me oprimía el pecho.
La imagen de mi pequeña Elvira, arrebatada de los brazos de Zaira por los demonios de la selva, era un puñal que giraba sin cesar en mi alma.
—¡Apresuraos, perra! ¡Los espíritus tienen hambre y la luna asciende! —bramó Juan, girándose con los ojos desorbitados y la baba manchando su jubón desgarrado.
Yahya, a quien los salvajes aún no habían logrado capturar pues caminaba unos pasos por detrás empuñando la daga con la astucia de un felino, me lanzó una mirada de complicidad.
En sus ojos ámbar, que brillaban con una luz sobrenatural en la penumbra del dosel, leí la misma determinación inquebrantable que ardía en mi pecho.
Él era mi ancla en aquel océano de locura, el único refugio donde mi espíritu podía hallar un instante de paz.
Cuando nuestras miradas se cruzaron, el estruendo de la jungla pareció apagarse.
En ese intercambio silencioso, hubo una promesa de eternidad, un juramento de sangre y de amor que desafiaba a los dioses antiguos y a la iniquidad de los hombres.
De repente, el redoble de los tambores, que hasta entonces había sido un eco lejano, estalló con una violencia ensordecedora. El suelo vibró bajo nuestras plantas. Juan de Cartagena soltó una risa histérica y se arrojó de bruces al fango, cubriéndose la cabeza con las manos.
—¡Llegamos! ¡El altar de los huesos nos aguarda! —chilló el demente.
Antes de que pudiera reaccionar, la espesura cobró vida.
No fueron los salvajes pintados de los que me había hablado el Marqués.
Eran guerreros de las tierras lejanas, hombres de estatura colosal cuya piel estaba untada con una pasta de achiote y ceniza que los hacía parecer estatuas de bronce fundido.
Portaban mazas de madera erizadas de obsidiana, los temibles macuahuitls, y lanzas rematadas con cráneos de monos aulladores.
Sus rostros, ocultos tras máscaras talladas con expresiones de agonía eterna, inspiraban un terror primitivo que helaba la sangre.
—¡Catalina, corred! —rugió Yahya, lanzándose contra el círculo de guerreros que nos había rodeado.
Su daga cantó en el aire, trazando un arco de plata que hirió el brazo de uno de los indígenas.
Pero la ventaja del acero toledano era inútil contra la marea humana.
Tres guerreros se abalanzaron sobre él. Uno de ellos esgrimió un átlatl, y una lanza de bamboo silbó en el aire, impactando en el hombro de mi amado.
Yahya soltó un gemido ahogado y cayó de rodillas, pero no soltó el arma.
Luchó con la furia de un león acorralado, desviando los golpes con los antebrazos, hasta que un garrote de madera maciza impactó contra su nuca.
Su cuerpo se desplomó sobre la tierra húmeda, y la daga resbaló de sus dedos inertes.
—¡No! —grité, intentando lanzarme sobre él, pero dos manos férreas me agarraron por los cabellos.
El dolor fue cegador. Me arrastraron por el fango, rasgando mi sayal y abriendo de nuevo las heridas de mi espalda.
La sangre manaba caliente, empapando la tela y tiñendo la tierra de carmesí.
Me obligaron a ponerme de pie, arrancándome un grito de agonía, y ataron mis muñecas con cuerdas de fibra de henequén que me cortaron la piel hasta el hueso.
Yahya fue levantado a rastras, inconsciente, y sus pies desnudos dejaron un rastro de sangre en la hojarasca.
Nos empujaron a través de un sendero oculto, ascendiendo por una ladera empinada donde las raíces de los árboles formaban escalones naturales.
El olor a copal y a sangre seca se volvió tan intenso que me provocó arcadas.
Tras horas de una marcha que pareció durar una eternidad, la selva se abrió ante nosotros, revelando un espectáculo que desafía toda descripción cristiana.
El poblado de la tribu no estaba hecho de chozas de paja, sino de una arquitectura macabra y monumental.
Enormes estructuras de madera y piedra, adornadas con miles de cráneos humanos y de animales, se alzaban hacia el cielo nocturno.
Antorchas de resina ardían en cada esquina, proyectando sombras danzantes que daban vida a los tótems de los espíritus devoradores.
En el centro de la aldea, una plaza de tierra apisonada estaba rodeada por una empalizada de estacas afiladas, en las cuales se exhibían los restos de los caídos.
Nos arrojaron al centro de la plaza. El impacto contra el suelo me arrancó un quejido, pero me obligué a no llorar.
No les daría el gusto de ver mi debilidad.
A mi lado, Yahya comenzaba a removerse, gimiendo por el golpe en la nuca y la herida en el hombro.
Me arrastré hacia él, ignorando las lanzas que los guerreros apuntaban a nuestros pechos, y tomé su rostro entre mis manos.
—Estoy aquí, mi amor —susurré, limpiando la sangre de su frente con el borde de mi sayal—. No os rendáis. Debéis vivir.
Yahya abrió los ojos, y aunque su mirada estaba nublada por el dolor, una sonrisa tenue y valiente curvó sus labios.
—Mientras vos respiréis, Catalina, mi alma se negará a cruzar el umbral —musitó, rozando sus labios contra los míos en un beso que supo a sal y a promesas eternas.
El redoble de los tambores cesó de golpe.
Un silencio sepulcral cayó sobre la plaza, roto únicamente por el crepitar de las antorchas.
De la estructura principal, una palapa colosal sostenida por pilares de cedro negro, emergió la figura del cacique.
No era un salvaje desnudo, sino un monarca de la selva.
Vestía un manto de plumas de quetzal y pieles de jaguar, y su rostro estaba surcado por tatuajes de líneas negras que denotaban su linaje y sus victorias.
En su cuello, collares de dientes de caimán y de cristales de roca tintineaban con cada paso.
A su lado caminaba el chamán, un anciano de piel curtida como el pergamino, cuyos ojos lechosos parecían mirar más allá del mundo físico.
Pero lo que me dejó sin aliento no fue la imponente figura del cacique. Fue lo que el chamán sostenía en sus manos.
Era Elvira.
Mi pequeña dormía, ajena a la pesadilla que la rodeaba, envuelta en una manta de algodón tejido.
Zaira, la esclava que la había protegido, yacía a los pies del chamán, inconsciente y cubierta de hematomas, pero viva.
Al ver a mi hija en brazos de aquel hechicero, un rugido primitivo brotó de mi garganta.
Intenté incorporarme, pero una bota de cuero crudo me aplastó el pecho, devolviéndome al suelo.
—¡Devolvedme a mi hija! —vociferé, escupiendo sangre y fango—. ¡Si tocáis un solo cabello de su cabeza, mis huesos os maldecirán hasta el fin de los tiempos!
El cacique alzó una mano, y el guerrero que me pisoteaba se retiró de inmediato. El señor de la selva me observó con una curiosidad clínica, descendiendo los escalones de madera hasta situarse frente a mí. Su castellano, aunque cargado de un acento gutural y pausado, era perfectamente comprensible.
—La mujer de sangre blanca habla con la furia del jaguar hembra —dijo el cacique, su voz resonando como piedras rodando por un barranco—. Pero en estas tierras, la furia no salva la vida. Solo la utilidad la preserva.
El chamán se acercó, depositando a Elvira con cuidado sobre una estera de palma, lejos de nosotros. Zaira fue arrastrada hacia las sombras por dos guerreras. El anciano se giró hacia mí, sus ojos lechosos escrutando mi rostro.
—El hombre blanco de la cicatriz, el que huele a podredumbre y a fuego negro, nos trajo a la niña como ofrenda —explicó el chamán, señalando con un dedo huesudo hacia la selva oscura—.
Dijo que su sangre pura aplacaría la ira de los espíritus.
Pero los espíritus no quieren la sangre de la niña. Los espíritus están enfermos.
El cacique asintió con gravedad, y por primera vez, vi una sombra de vulnerabilidad cruzar su rostro impasible. Se llevó la mano al pecho, bajo el manto de plumas, y su gesto fue el de un hombre que soporta un dolor insoportable.
—El fuego de la selva ha entrado en el cuerpo de mi señor —continuó el chamán, su voz adoptando un tono solemne y aterrador—. Las venas se le oscurecen, la carne se le vuelve ceniza y la fiebre le quema el juicio. Los curanderos han fallado. Las hierbas sagradas no han servido.
El chamán se inclinó hacia mí, y el olor a tabaco rancio y a hierbas amargas que emanaba de su aliento me revolvió el estómago.
—Vosotros sois mujer de medicina. Lo he visto en vuestras manos, en la forma en que tocasteis al hombre herido.
Y vuestro compañero, el de los ojos del color del sol, huele a los remedios de los antiguos.
Si curáis a mi señor, la niña vivirá y seréis libres de caminar por nuestras tierras.
Si fracasáis, o si intentáis engañarnos, vuestros cuerpos alimentarán a los ceibos, y la niña arderá en la hoguera purificadora.
La sentencia cayó sobre mí con el peso de una montaña.
Miré a Yahya, que me observaba con una intensidad que me desgarraba el alma.
Él había reconocido la enfermedad. El fuego de la selva.
La misma ponzoña que estaba consumiendo al Marqués de la Sangre.
Pero curar al cacique de una tribu que nos tenía prisioneros, en medio de la jungla y sin nuestros ungüentos, era una tarea que rozaba lo imposible.
—Necesitamos nuestras hierbas —dije, con la voz firme, tragándome el terror—. Necesitamos acceso a la botica que el hombre de la cicatriz saqueó, o a los ingredientes que crecen en las cuevas sagradas. Sin ellos, la muerte de vuestro señor está sellada.
El cacique soltó una carcajada seca, carente de humor.
—No hay tiempo para buscar en las cuevas, mujer blanca. El veneno ha llegado al corazón de mi señor. Esta noche, bajo la luz de la luna roja, debéis demostrar que vuestros espíritus son puros y vuestro conocimiento es verdadero.
El chamán hizo un gesto, y dos guerreras trajeron hacia nosotros un cuenco de barro negro.
Dentro, un líquido espeso y burbujeante emitía un vapor que olía a cobre y a azufre.
De las sombras de la palapa, emergió un guerrero de tamaño descomunal, sosteniendo una jaula de mimbre.
Dentro, una serpiente terciopelo, la más venenosa de la selva, se agitaba con furia, sus escamas negras y amarillas brillando a la luz de las antorchas.
—Esta es la prueba de los espíritus —anunció el chamán, señalando el cuenco y la serpiente—.
El brebaje de la verdad. Si lo bebéis y el veneno de la serpiente os respeta, demostraremos que los dioses antiguos os han marcado como suyos y que vuestra medicina es legítima.
Si el veneno os consume, habréis mentido, y el castigo será inmediato.
Yahya, apoyado en mis brazos para incorporarse, me miró con pánico.
—Catalina, no —susurró, con la voz quebrada por la agonía de su hombro herido—. Ese brebaje es un alucinógeno que dilata las pupilas y acelera el pulso. La serpiente olía el miedo y el ritmo cardíaco. Si bebéis eso, el reptil os atacará sin dudarlo. Es una sentencia de muerte.
Lo sabía. Mi mente, entrenada en los textos de Galeno y en la observación de los humores, comprendía la trampa.
El brebaje no era un veneno en sí mismo, pero alteraba el cuerpo de tal manera que lo convertía en un imán para la ponzoña de la serpiente.
Era un juicio de Dios diseñado para ser perdido.
Pero miré a Elvira, dormida en la estera. Miré a Zaira, inconsciente y sangrando. Miré a Yahya, cuyo amor era la única luz en aquel abismo de tinieblas. No había salida. No había tregua. Solo había la voluntad inquebrantable de una madre y de una amante que se negaba a perecer.
Me puse en pie, ignorando el dolor que me desgarraba la espalda, y me enfrenté al cacique.
—Beberé el brebaje —dije, con la voz clara y resonante, desafiando a los tambores que volvían a redoblar—.
Pero no sola. Mi compañero beberá conmigo.
Y si los espíritus nos encuentran puros, no solo curaréis a vuestro señor.
Exigiré que nos entreguéis las armas y los caballos que el hombre de la cicatriz os robó.
El cacique entornó los ojos, evaluando mi audacia. Una sonrisa lenta y cruel se dibujó en sus labios pintados.
—Que así sea, mujer de sangre blanca. Que los espíritus juzguen vuestro albedrío.
El chamán me entregó el cuenco de barro.
El líquido estaba caliente, y su olor era una bofetada de podredumbre.
Lo tomé con manos que no temblaban, y se lo pasé a Yahya.
Él lo bebió sin dudarlo, sus ojos fijos en los míos, bebiendo mi valor y mi locura.
Luego, alcé el cuenco a mis labios y tragué la inmundicia.
El fuego estalló en mi estómago. El mundo comenzó a girar, las sombras de la plaza se alargaron y se transformaron en garras demoníacas. Mi corazón comenzó a latir con una violencia desbocada, golpeando mis costillas como un pájaro enjaulado. El chamán abrió la jaula de mimbre.
La serpiente terciopelo se deslizó sobre la tierra apisonada, alzando su cabeza romboidal, y sus ojos negros se clavaron directamente en los míos. El veneno goteaba de sus colmillos, y el aire se llenó de un silencio absoluto, roto únicamente por el estruendo de mi propio corazón enloquecido.