La flor que no perdona CAPÍTULO 11 LAS FAUCES DEL JAGUAR #2
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CAPÍTULO 11 LAS FAUCES DEL JAGUAR #2

La noche en la selva no era un manto de paz, sino un escenario de horrores invisibles.

Los sonidos que brotaban de la espesura eran una sinfonía enloquecedora: el aullido de los monos aulladores, que resonaba como el lamento de los condenados; el croar de las ranas venenosas, cuyo canto era una advertencia de muerte; el susurro de las serpientes que se deslizaban entre las hojas secas, sus escamas rozando la tierra con un sonido que erizaba el vello de la nuca.

Cada crujido de una rama, cada sombra que se movía entre los árboles, era una amenaza potencial, un recordatorio de que éramos intrusos en un reino que no nos pertenecía.

Hacia la medianoche, cuando el fuego comenzaba a menguar y Yahya se disponía a añadir más leña, un sonido nuevo rompió la monotonía de la noche.

No era el aullido de un animal, ni el canto de un pájaro nocturno.

Era un redoble de tambores, lejano pero inconfundible, que llegaba desde lo más profundo de la selva.

El ritmo era hipnótico, una cadencia que parecía brotar de las entrañas mismas de la tierra, y que se acompañaba con el sonido de flautas de hueso y de voces humanas que entonaban un cántico en una lengua que no era la nuestra.

Yahya se incorporó de un salto, empuñando la daga con la mano derecha y tomando un tizón ardiente con la izquierda. Sus ojos ámbar escrutaban la oscuridad con una intensidad que me heló la sangre.

—Son los salvajes de las tierras lejanas —susurró, con la voz tensa por la alerta—. Están celebrando una ceremonia, quizás un sacrificio o una llamada a la guerra. Debemos apagar el fuego inmediatamente, antes de que vean el resplandor.

Apagamos las llamas con tierra húmeda, sumergiéndonos en una oscuridad tan densa que apenas podíamos ver nuestras propias manos.

El redoble de los tambores se acercaba, cada vez más fuerte, cada vez más próximo.

El cántico de las voces se tornó más nítido, y pude distinguir palabras sueltas en una lengua que sonaba a piedra contra piedra, a agua corriendo sobre rocas, a viento aullando entre las gargantas de los cañones.

—Debemos escondernos —murmuré, tomando a Elvira en brazos y pegándola a mi pecho—. Si nos encuentran, estamos perdidos.

Yahya nos guio hacia un grupo de bambúes altos, cuyas cañas huecas formaban un escondite natural.

Nos agazapamos entre las cañas, conteniendo la respiración, mientras el redoble de los tambores se tornaba ensordecedor.

El suelo vibraba bajo nuestros pies, y el aire se espesaba con el olor a resinas quemadas y a carne asada que traía el viento.

De repente, el cántico cesó. Los tambores enmudecieron. Y en el silencio que siguió, un sonido nuevo heló mi sangre: el crujido de ramas bajo pies humanos, acercándose a nuestro escondite.

Yahya me hizo un gesto para que permaneciera quieta, y se preparó para saltar, su daga reluciendo a la luz de las estrellas que se filtraban entre las copas de los árboles. Esperamos, con el corazón latiendo desbocado, mientras los pasos se acercaban cada vez más.

Entonces, entre los bambúes, apareció una figura.

No era un salvaje pintado con los colores de la guerra, ni un guerrero con lanzas de obsidiana.

Era un hombre blanco, vestido con los restos de un jubón español, el rostro surcado por cicatrices y los ojos desorbitados por la locura.

En sus manos, empuñaba un arcabuz descargado, y en su boca, balbuceaba palabras incoherentes en un castellano roto y delirante.

—El Marqués... el Marqués nos busca... —murmuró el hombre, arrastrando los pies como un sonámbulo—. Ha enviado a los espíritus de la selva a cazarnos... a cazarnos a todos...

Yahya lo agarró por el cuello antes de que pudiera gritar, y le tapó la boca con su mano izquierda. El hombre forcejeó con la debilidad de un loco, pero el morisco fue más fuerte, y lo inmovilizó contra el suelo de tierra.

—¿Quién sois? —susurró Yahya, con la daga apuntando a la garganta del hombre—. ¿Qué hacéis aquí, solo y desarmado en medio de la selva?

El hombre dejó de forcejear y me miró con ojos desorbitados. En su rostro, reconocí los rasgos de uno de los soldados del Marqués, un hombre que había visto en la encomienda, uno de los que habían custodiado a Don Gaspar.

—Soy... soy Juan de Cartagena —balbuceó el hombre, con la voz quebrada por el terror—. Fui soldado del Marqués... pero él enloqueció... mató a todos... a todos los que quedaban en la fortaleza... y ahora huye hacia las montañas, con los salvajes pisándole los talones...

La revelación cayó sobre mí con el peso de una losa de mármol. El Marqués no nos perseguía. Huía. Los salvajes, sus propios aliados, lo habían traicionado y ahora lo cazaban como a un animal.

—¿Dónde está mi hija? —pregunté, incorporándome y apuntando la daga que había robado al soldado hacia la garganta del hombre—. ¿Dónde está Elvira?

Juan de Cartagena me miró con ojos vacíos, y una sonrisa de locura se dibujó en sus labios.

—La niña... la niña está con los espíritus —susurró, con la voz cargada de una profecía de muerte—. Los salvajes la han tomado... la han llevado al altar del sacrificio... y esta noche, bajo la luna roja, su sangre sellará la alianza con los dioses antiguos...

El mundo se detuvo. El aire se volvió denso, irrespirable.

Miré a Yahya, cuyos ojos ámbar ardían con una furia contenida que amenazaba con consumir la estancia.

Y supe, con la certeza absoluta de los condenados, que la guerra que había comenzado en las costas de Cádiz había entrado en su fase más sangrienta.

No habría tregua, no habría piedad, no habría rendición.

Solo habría acero, fuego, y la venganza de una madre a la que le habían arrebatado la razón misma de su existencia.

—Llevadnos al altar —ordené, con la voz firme, apretando la daga con tanta fuerza que los nudillos se me tornaron blancos—. Llevadnos ahora, o juro por Dios que os cortaré la garganta y dejaré que los jaguares devoren vuestro cuerpo.

Juan de Cartagena asintió con la cabeza, y se incorporó con pasos tambaleantes.

Nos capitaneó hacia lo más profundo de la selva, donde los tambores volvían a redoblar, marcando el ritmo de una ceremonia que habría de cambiar el rumbo de mi destino.

Y mientras caminábamos hacia el altar del sacrificio, supe que la verdadera prueba de fuego estaba a punto de comenzar.