CAPÍTULO 11 LAS FAUCES DEL JAGUAR
La selva nos recibió con la hostilidad de un dios antiguo que despierta de su sueño milenario.
Apenas habíamos dejado atrás el humo de la encomienda en llamas cuando la vegetación se cerró sobre nosotros como las fauces de un leviatán de esmeralda y sombra.
Los árboles, colosales columnas de madera viva cubiertas de lianas y epifitas, se alzaban hasta perderse en un dosel tan denso que el sol del mediodía apenas lograba filtrarse, proyectando sobre el suelo del bosque una penumbra verdosa y enfermiza.
El aire era una sopa densa, cargada de humedad hasta la asfixia, impregnada de perfumes dulzones que ocultaban el hedor de la carne en descomposición y el aliento metálico de la sangre derramada.
Caminábamos en silencio, con la cautela de los animales que saben que cada paso puede ser el último.
Yo cargaba a Elvira en mis brazos, su pequeño cuerpo pegado al mío como un pájaro asustado que busca el calor del nido.
La niña no lloraba, pero sus ojos, muy abiertos y oscuros, absorbían con el asombro terrorífico de la infancia cada sombra que se movía entre los helechos, cada sonido que brotaba de la espesura.
Yahya caminaba delante, con la daga que habíamos robado al soldado en la mano, sus ojos ámbar escrutando la maleza con la atención de un cazador que sabe que es, al mismo tiempo, presa y depredador.
La esclava que nos había ayudado, una mujer de nombre Zaira según nos dijo en voz baja antes de despedirse, había desaparecido entre los arbustos con la promesa de buscar ayuda entre los cimarrones fugitivos que habitaban las marismas del sur.
Nos dejó un odre de agua, un manojo de plátanos verdes y una advertencia que resonaba en mi mente como una sentencia:
—La selva no perdona a los que caminan sin el permiso de los espíritus. Si escucháis el canto de los pájaros cesar de repente, corred. Si vedéis las hormigas marchar en línea recta hacia el norte, corred. Y si oléis el perfume de las flores de la muerte, ya será demasiado tarde para correr.
Las primeras horas de marcha fueron una tortura de paciencia y dolor.
Mis pies, acostumbrados a las losas pulidas de los palacios de Cádiz, se desgarraban contra las raíces retorcidas y las piedras afiladas que se escondían bajo la hojarasca.
La espalda, aún cubierta por las costras de los diez azotes que Don Gaspar me había propinado en la picota, ardía con cada movimiento, cada gota de sudor que se deslizaba por las heridas abiertas era una aguja de fuego que me recordaba la fragilidad de mi carne.
Pero el dolor físico palidecía ante la angustia que me oprimía el pecho: el Marqués de la Sangre estaba vivo, y su furia, alimentada por el veneno de la selva que corría por sus venas, lo convertiría en una bestia imparable hasta que nos diera caza.
Al caer la tarde, cuando la luz del sol se tornó de un rojo sangriento que se filtraba entre las copas de los árboles como el resplandor de un infierno lejano, Yahya nos guio hacia un claro pequeño rodeado de bambúes altos.
Allí, bajo la protección de las cañas huecas que formaban una empalizada natural, nos detuvimos a descansar.
El morisco, con la destreza de quien ha aprendido a leer los secretos de la tierra, recogió leña seca y encendió una hoguera pequeña, cuyo humo, nos explicó, ahuyentaba a los jaguares y a las serpientes venenosas.
—Debemos mantener el fuego bajo —murmuró, arrodillándose junto a las llamas y calentando las manos—. El humo nos delata ante los salvajes, pero la oscuridad nos entrega a las bestias de la noche. Es un equilibrio peligroso, pero es el único que nos mantendrá vivos hasta el amanecer.
Preparamos una sopa con los plátanos verdes y el agua del odre, sazonada con unas hojas aromáticas que Yahya había recogido durante la marcha.
El sabor era amargo y terroso, pero el calor del caldo nos devolvió un ápice de fuerza.
Elvira comió con avidez, sus pequeñas manos aferrando el cuenco de madera que Yahya había tallado con su daga, y por un instante, al verla sorber el alimento con la inocencia de quien aún no comprende la magnitud del peligro, sentí que el corazón me estallaba de amor y de dolor.
—Madre —susurró la niña, dejando el cuenco y acercándose a mí para acurrucarse en mi regazo—, ¿cuándo volveremos a casa? ¿A nuestra casa de Cádiz, con los naranjos y la fuente?
La pregunta fue un puñal que me atravesó el pecho.
Miré a Yahya, cuyos ojos ámbar brillaban con una tristeza infinita a la luz de la hoguera.
¿Cómo explicarle a una niña de cuatro años que nuestra casa era ceniza, que los naranjos habían sido arrancados de raíz, que la fuente de mármol estaba teñida con la sangre de su padre?
¿Cómo decirle que el mundo que había conocido había desaparecido para siempre, devorado por la codicia de los hombres y la furia de los dioses antiguos?
—Pronto, mi amor —respondí, acariciando su cabello oscuro y besando su frente febril—. Pronto encontraremos un lugar seguro, lejos de los hombres malos. Un lugar donde los espíritus de la selva nos protejan.
La mentira sabía a ceniza en mi boca, pero era el único consuelo que podía ofrecerle. Elvira cerró los ojos, agotada por las emociones del día, y se durmió en mis brazos, su respiración acompasada el único sonido que me mantenía anclada a la cordura.
Yahya se acercó a nosotras y se sentó en el suelo, extendiendo las piernas hacia el fuego.
Su túnica de lino estaba empapada de sudor y manchada de barro y sangre seca.
Las heridas de su sien y de sus muñecas, donde las cuerdas lo habían lacerado, comenzaban a infectarse, la piel alrededor de los cortes se había tornado de un rojo violáceo y pulsaba con el calor de la fiebre.
—Debemos limpiar vuestras heridas —murmuré, tomando su rostro entre mis manos y examinando los cortes con la atención de la médica que había sido entrenada en los textos de Galeno—. Si la infección avanza, la fiebre os consumirá antes de que lleguemos a las montañas.
Yahya sonrió con tristeza, tomando mis manos entre las suyas. Sus dedos, ásperos por el trabajo de la fragua y el mortero, acariciaron mis palmas con una ternura que me deshizo por dentro.
—Mis heridas pueden esperar, Catalina —respondió con voz suave—.
Pero las vuestras no. He visto cómo os movéis, cómo cada paso os arranca un gemido ahogado.
Los azotes de Don Gaspar no son simples cortes; son puertas abiertas por donde la putrefacción puede entrar en vuestro cuerpo.
Debemos curaros esta noche, o mañana no podréis caminar.
Me incorporé con dificultad, dejando a Elvira dormida sobre un lecho de hojas secas que Yahya había preparado.
Me quité el sayal manchado de sangre y sudor, y el aire húmedo de la selva golpeó mi espalda desnuda, erizando cada poro de mi piel.
Las diez heridas, dibujadas en mi carne como un mapa de sufrimiento, habían comenzado a supurar un líquido amarillento que se mezclaba con la sangre coagulada.
El dolor era una presencia constante, un fuego líquido que me recorría la espina dorsal con cada movimiento.
Yahya tomó el odre y vertió un poco de agua en un paño de lino que había guardado en su túnica.
Con una delicadeza infinita, comenzó a limpiar las heridas, una por una, sus dedos moviéndose con la precisión de un artista que talla una obra maestra.
El contacto de su piel contra la mía, el calor de su aliento en mi nuca, la ternura de sus gestos, eran un bálsamo que calmaba el dolor físico, pero encendía un fuego distinto en mi pecho, un fuego de amor y de gratitud que me hacía sentir más viva que nunca.
—Sois la mujer más fuerte que he conocido —susurró Yahya, mientras aplicaba un ungüento de hierbas que había preparado con las plantas que recogió durante la marcha—.
Habéis soportado el látigo, la picota, la humillación, y aún así, vuestro espíritu no se ha quebrado.
Sois como el bambú de esta selva: os dobláis ante la tormenta, pero no os rompéis.
—Mi fuerza no es mía —respondí, volviéndome para mirarlo a los ojos, mis dedos rozando los suyos con una caricia que contenía todas las palabras que no podía pronunciar—.
Mi fuerza es vuestra. Es Elvira. Es la promesa de venganza que arde en mi pecho como una brasa que nunca se apaga.
Sin vosotros, sería ceniza arrastrada por el viento.
Nos besamos entonces, no con la urgencia de los náufragos que se aferran a la vida, sino con la calma profunda de dos almas que han encontrado en la otra su verdadero hogar.
Sus labios sabían a hierbas amargas y a promesas, y sus manos, al recorrer mi espalda herida, me devolvían la dignidad que los hombres me habían arrebatado.
En la penumbra de la selva, bajo el dosel de estrellas que se filtraba entre las copas de los árboles, nuestro amor floreció como una flor silvestre entre las ruinas de un camposanto.
Era un amor prohibido, condenado por la Inquisición y repudiado por la sociedad, pero en la soledad de aquel claro, era la única verdad absoluta que poseíamos.
Elvira se removió en su lecho de hojas, murmurando algo en sueños, y nos separamos con la rapidez de los amantes que saben que su tiempo es prestado.
Yahya se incorporó y avivó el fuego, añadiendo más leña para mantener alejadas a las bestias de la noche.
Yo me cubrí con el sayal y me acosté junto a mi hija, abrazándola con fuerza, mientras el morisco montaba guardia, su silueta recortada contra las llamas como un centinela de los sueños.