CAPÍTULO 10 LA SANGRE DE LA LOBA
El caos se desató sobre el patio de la encomienda como una plaga bíblica.
Los salvajes de las tierras lejanas se derramaron por la brecha de la empalizada con la furia incontenible de un río desbordado.
Sus gritos de guerra, agudos y guturales, se mezclaban con el estampido de los arcabuces y el chirrido del acero contra el acero.
El aire se espesó con el humo negro de la pólvora y el olor acre de la sangre fresca, creando una niebla rojiza que teñía el sol del mediodía con un fulgor apocalíptico.
Las cuerdas que me ataban a la picota rota habían cedido con la explosión, pero mis muñecas, hinchadas y magulladas, apenas me permitían mover los brazos.
La espalda me ardía con un fuego que me nubla la vista, cada latido del corazón enviando oleadas de dolor a través de las diez heridas abiertas que el látigo de Don Gaspar había grabado en mi carne.
Sin embargo, el instinto de supervivencia, ese mismo que me había empujado a clavar un clavo en la órbita de un marinero en la bodega del galeón, se impuso sobre el sufrimiento.
Con un esfuerzo que me arrancó un gemido ahogado, logré ponerme en pie.
El suelo de tierra apisonada giraba bajo mis pies descalzos, y tuve que apoyarme contra los restos del poste de ceiba para no desplomarme.
A pocos pasos de mí, Elvira había desaparecido.
La habían alejado de la alcoba durante el alboroto, pero el guerrero salvaje que me había entregado el pergamino en llamas señaló con su cuchillo de pedernal hacia las dependencias de los esclavos.
—La cría está con las hembras de piel oscura —gruñó el indígena, escupiendo al suelo—. El Marqués ordenó que la guardaran como tributo. Si queréis verla de nuevo, moved el trasero antes de que mis hermanos decidan que vuestra carne es más sabrosa asada.
No necesité más estímulo. A pesar del dolor que me desgarraba la espalda con cada movimiento, eché a correr hacia las chozas de paja donde los esclavos eran encerrados al anochecer.
El patio era un matadero. Los soldados españoles, sorprendidos por la magnitud del ataque, caían bajo las lanzas y los machetes de los salvajes.
Algunos intentaban reagruparse junto a los almacenes de pólvora, pero los indígenas, conocedores del terreno, los emboscaban desde los tejados y los pozos secos.
Al cruzar junto al cuerpo de un soldado degollado, cuyo pecho aún se agitaba con los estertores de la agonía, me agaché y le arranqué la daga de la cintura.
El acero estaba caliente por la sangre del muerto, pero el peso del arma en mi mano me devolvió una fracción de mi antigua dignidad.
Ya no era la viuda indefensa de un hidalgo gaditano.
Era una loba a la que le habían arrebatado a su cachorra, y nada en el cielo o en la tierra me detendría.
Las chozas de los esclavos estaban custodiadas por dos guardias que intentaban contener la marea de indígenas que huían hacia la selva.
Me acerqué por detrás, pegándome a las sombras de los almacenes.
El primer guardia cayó con un grito ahogado cuando le hundí la daga en la base del cráneo, seccionando la médula espinal.
El segundo se giró, alzando su arcabuz, pero fui más rápida.
Le clavé el acero en el costado, retorcí la hoja entre las costillas y lo dejé desplomarse sobre la tierra, boqueando como un pez fuera del agua.
Empujé la puerta de la choza. En el interior, apiñadas contra las paredes de barro, había una veintena de mujeres indígenas y africanas, con los ojos desorbitados por el terror.
En el centro del grupo, abrazada por una esclava de piel oscura y mirada bondadosa, estaba Elvira.
La niña levantó la vista al oír mis pasos, y al reconocerme, rompió a llorar con un alivio que me partió el alma.
—¡Madre! —sollozó, extendiendo los brazos hacia mí.
Me abalancé sobre ella, cubriendo su rostro de besos mientras las lágrimas se mezclaban con la sangre seca de mis mejillas. La esclava que la sostenía me miró con una mezcla de compasión y miedo.
—Los salvajes no entran en las chozas de los esclavos —murmuró la mujer, en un castellano roto pero comprensible—. Dicen que nuestra carne está maldita por el trabajo de las minas. Pero el administrador busca a la niña. Ha enviado a sus perros a registrar las dependencias.
—¿Dónde está Yahya? —pregunté, incorporándome y abrazando a Elvira con fuerza.
—El morisco está en el foso de los caimanes —respondió la esclava, señalando hacia el norte de la fortaleza—. El Marqués ordenó que lo arrojaran allí antes de que el ataque comenzara. Dicen que los reptiles ya han olido su sangre.
El foso de los caimanes. Un pozo de veinte varas de profundidad, lleno de agua estancada y de los reptiles más despiadados de la selva, que los españoles utilizaban para ejecutar a los esclavos rebeldes.
Si Yahya estaba allí, y si el Marqués no había ordenado todavía que lo remataran, tendría minutos antes de que los caimanes lo hicieran por él.
—Llevad a la niña al río —ordené a la esclava, entregándole a Elvira a regañadientes—. Seguid la corriente hacia el sur hasta que encontréis un ceibo con las raíces sumergidas. Esperadme allí. Si no regreso antes del anochecer, huid hacia las montañas y no miréis atrás.
La mujer asintió con gravedad, y tomó a mi hija de la mano. Elvira se resistió, llorando y pataleando, pero la esclava la alzó en brazos y salió por la puerta trasera de la choza, perdiéndose entre el humo y el caos del patio.
Corrí hacia el foso de los caimanes, esquivando los cadáveres que se amontonaban junto a los almacenes.
El olor a pólvora y a vísceras era tan intenso que me provocó arcadas, pero no me detuve.
Al llegar al borde del pozo, me asomé con cuidado.
En el fondo, sobre una repisa de piedra resbaladiza, estaba Yahya.
Tenía las manos atadas a la espalda, y la sangre de su sien herida le cubría medio rostro.
A sus pies, el agua oscura se agitaba con el movimiento sigiloso de los caimanes, cuyos ojos amarillos brillaban en la penumbra como brasas mortecinas.
—¡Yahya! —grité, bajando la voz para no alertar a los guardias que pudieran estar cerca—. ¡Sujetad la cuerda que os arrojo!
Desaté la soga de cáñamo que pendía de la noria seca junto al foso, y la lancé hacia abajo.
El morisco, con una agilidad que desmentía su estado de agotamiento, logró atrapar el extremo con las manos atadas, y comenzó a escalar por la pared de piedra, ayudándose con los pies desnudos.
Los caimanes, irritados por el movimiento, chasqueaban sus fauces debajo de él, pero no lograban alcanzarlo.
Cuando Yahya llegó al borde del pozo, lo ayudé a incorporarse. Estaba empapado, cubierto de lodo y de sangre, pero sus ojos ámbar brillaban con la misma intensidad que la noche en que nos amamos en la botica.
—Pensé que no os vería de nuevo, Catalina —susurró, apoyando la frente contra la mía—. El Marqués ha enloquecido. Ha pactado con los espíritus de la selva, y ahora los espíritus lo devoran por dentro.
—No hay tiempo para explicaciones —repliqué, cortando las cuerdas de sus muñecas con la daga que había robado al soldado—.
Tenemos que encontrar a Don Gaspar. Él sabe dónde está el pasadizo secreto que el Marqués usa para huir en caso de ataque.
Si no salimos de la fortaleza antes de que los salvajes la incendien, moriremos en las llamas.
Yahya asintió, y juntos nos dirigimos hacia las dependencias del administrador.
La fortaleza era un infierno. Las llamas comenzaban a lamer los techos de paja de las chozas, y el humo negro se elevaba hacia el cielo, formando una columna visible desde leguas de distancia.
Los salvajes, embriagados por la victoria y por las pociones que los chamanes les habían administrado, saqueaban los almacenes y degollaban a los prisioneros con una crueldad que desafiaba la comprensión.
Encontramos a Don Gaspar en su despacho, intentando llenar un saco de cuero con monedas de oro y joyas robadas.
El administrador estaba pálido, con los ojos desorbitados por el pánico, y sus manos temblaban tanto que dejaba caer las monedas sobre el suelo de madera.
Al vernos entrar, soltó un grito ahogado y desenvainó una espada corta que colgaba de la pared.
—¡Atrás, perra! ¡Atrás, sarraceno! —bramó, apuntándonos con la hoja temblorosa—. ¡No os acercaréis a mí mientras tenga acero en las manos!
Yahya dio un paso al frente, con la calma letal de un felino acorralado.
—Don Gaspar —musitó el morisco, con la voz desprovista de toda emoción—.
Vos sabéis que la fortaleza está perdida.
El Marqués ha huido hacia la selva con sus aliados indígenas, y los salvajes que quedan están masacrando a todos los que encuentran.
Solo vos conocéis el pasadizo que lleva al río.
Decidnos dónde está, y os dejaremos vivir.
El administrador soltó una risa histérica, escupiendo sangre por la comisura de los labios.
—¿Vivir? ¿Creéis que los espíritus de la selva perdonan a los que han trabajado para el Marqués? —chilló, golpeando la pared con la espada—. ¡Me matarán de todos modos! ¡Y antes de que lo hagan, me llevaré a alguien conmigo!
Se abalanzó sobre mí con la furia de un condenado. La espada silbó en el aire, buscando mi garganta. Pero yo había aprendido la lección de la picota. El dolor me había enseñado que la vida solo se defiende con la misma moneda con la que la atacan.
Me aparté con un movimiento fluido, esquivando la hoja por escasos centímetros, y hundí la daga en el costado de Don Gaspar.
El administrador soltó un alarido ahogado, dejando caer la espada, y se llevó las manos a la herida, de donde brotó un surtidor de sangre oscura.
Cayó de rodillas, pataleando sobre las tablas del suelo, mientras sus ojos me contemplaban con una mezcla de odio y sorpresa.
—Vos... vos no sois... la dama... que conocí en... Cádiz... —balbuceó, antes de que la vida se extinguiera en su mirada.
Yahya se acercó al cadáver, registrando sus ropas con manos expertas. Encontró una llave de bronce en el interior de su jubón, y una carta doblada que llevaba el sello del Marqués.
—Es la llave del pasadizo —murmuró el morisco, mostrándome el metal—. La carta dice que la salida está en la bodega del vino, detrás del tonel de Madeira.
Corrimos hacia la bodega, esquivando a los salvajes que saqueaban los patios.
La estancia estaba sumida en la penumbra, iluminada únicamente por los resplandores intermitentes de las llamas que comenzaban a devorar los pisos superiores.
El olor a vino rancio y a madera podrida se mezclaba con el hedor de la sangre que se filtraba por las escaleras.
Encontramos el tonel de Madeira en el rincón más oscuro de la bodega. Yahya introdujo la llave en una cerradura oculta en la base del barril, y con un chirrido metálico, una sección de la pared de piedra se desplazó, revelando un pasadizo estrecho y oscuro.
—Este túnel lleva al río —susurró Yahya, tomando mi mano y guiándome hacia la oscuridad—. Si caminamos rápido, podremos alcanzar el ceibo antes del anochecer.
Entramos en el pasadizo, y la piedra se cerró tras nosotros con un golpe sordo, aislándonos del estruendo de la masacre.
El aire era fresco y húmedo, y olía a tierra mojada y a raíces.
Caminamos en silencio, con el corazón latiendo desbocado, mientras la luz de las antorchas se filtraba por las grietas del techo, guiándonos hacia la salida.
Tras lo que pareció una eternidad, el túnel desembocó en una pequeña cala junto al río.
El agua corría tranquila, reflejando el sol del atardecer con un fulgor dorado.
En la orilla, bajo las raíces sumergidas de un ceibo colosal, estaba la esclava que me había entregado Elvira.
La mujer nos vio emerger del túnel, y su rostro se iluminó con una sonrisa de alivio.
—La niña está a salvo —murmuró, señalando hacia el interior del tronco hueco del árbol—. Dormida, pero sana.
Me acerqué a Elvira, que dormía acurrucada entre las raíces, y la tomé en brazos. Su rostro estaba sereno, ajeno a la tormenta que había devastado nuestro mundo. La besé en la frente, y sentí que las lágrimas volvían a brotar de mis ojos, pero esta vez no eran de dolor, sino de gratitud.
Yahya se acercó a nosotras, y me tomó por la cintura. Sus ojos ámbar brillaban con una intensidad que me devolvió la esperanza.
—Hemos sobrevivido a la encomienda —susurró, besándome con una ternura que me deshizo por dentro—. Pero el Marqués sigue vivo. Y mientras respire, no estaremos a salvo.
Asentí con la cabeza, mirando hacia la selva impenetrable que se extendía ante nosotros. El humo de la fortaleza en llamas se elevaba hacia el cielo, formando una columna negra que marcaba el final de una era y el comienzo de otra.
—Entonces lo cazaremos —respondí, con la voz firme, apretando la daga ensangrentada en mi mano—. Lo cazaremos hasta el fin del mundo, y cuando lo encontremos, le haremos pagar con su sangre cada gota de la que ha derramado.
La esclava nos observó con una mezcla de respeto y temor, y señaló hacia el sur, donde las montañas se alzaban como gigantes de piedra contra el cielo rojizo del crepúsculo.
—Si queréis cazar al Marqués, tendréis que cruzar las tierras de los salvajes —advirtió la mujer, con la voz grave—. Y en esas tierras, los espíritus antiguos no perdonan a los que llevan la marca de la cruz.
Miré a Yahya, y luego a Elvira, que comenzaba a despertar en mis brazos.
La selva nos aguardaba, con sus demonios y sus dioses olvidados.
Pero por primera vez desde que mi palacio fue asaltado en Cádiz, no sentía miedo.
Sentía la furia fría y cortante de una loba que ha aprendido a cazar en la oscuridad.
—Que los espíritus vengan —susurré, dando el primer paso hacia la selva—. Que vengan todos. Porque esta noche, la sangre de los Mendoza va a teñir de rojo las aguas del río.
Mientras el sol se ocultaba tras las montañas, sumergiendo el mundo en las tinieblas, eché a caminar hacia lo desconocido, con mi hija en los brazos y mi amado a mi lado, dispuesta a convertir el Nuevo Mundo en el cementerio de los tiranos.