CAPÍTULO 9 LA DELACIÓN Y EL AZOTE DE LA VERGÜENZA
El guerrero de las tierras lejanas me observaba con la paciencia infinita de un jaguar que acecha tras los helechos.
Su piel, untada con una pasta de achiote y ceniza que dibujaba en su torso la geometría sagrada de los espíritus devoradores, brillaba bajo el sol implacable que se filtraba por las celosías de mi alcoba.
El olor que emanaba de su cuerpo no era el hedor de la podredumbre, sino el aroma acre y terroso de la selva profunda, una mezcla de resinas quemadas, sangre seca y hojas machacadas.
En sus ojos, oscuros y profundos como pozos sin fondo, no había lujuria, sino una curiosidad clínica, la misma que un sacerdote siente al examinar el animal que ha de ser ofrendado a los dioses.
Don Gaspar, el administrador, disfrutaba de mi silencio con la obscenidad de un cerdo revolcándose en el fango. Se llevó la copa de plata a los labios, bebió un largo trago de vino añejo y se limpió los bigotes encerados con el dorso de la mano.
—¿Pensasteis acaso, Doña Catalina? ¿Que las paredes de esta fortaleza son mudas y que los sirvientes carecen de ojos?
—inquirió el administrador, soltando una risita ahogada que resonó en las paredes de adobe como el cascabeleo de una serpiente de cascabel—.
La virtud de una dama noble es un cristal frágil, y vos la habéis hecho añicos contra el lecho de un perro sarraceno.
La sangre me abandonó el rostro, dejándome con un frío glacial que contrastaba con el calor asfixiante del trópico. La delación. La más vieja y miserable de las armas de los cobardes.
—Inés, la lavandera, os vio en la botica al alba —continuó Don Gaspar, saboreando cada sílaba de mi destrucción—.
La muy perra os espió por la rendija de la puerta mientras el morisco os besaba el cuello.
Me trajo el chisme a cambio de que no la azotara por robar hilos de oro de vuestros sayales.
Me cobró con vuestra vergüenza, y yo he decidido cobrar con vuestro castigo.
Alí, mi amado Yahya, dio un paso al frente.
Sus ojos ámbar, que minutos antes me habían contemplado con la dulzura de un amanecer en los jardines de Córdoba, se tornaron del color del acero toledano.
Intentó desenvainar el escalpelo que aún empuñaba, pero los dos soldados que custodiaban al guerrero salvaje fueron más rápidos.
El culatazo de un arcabuz impactó contra las sienes del morisco, haciéndolo caer de rodillas sobre las losas de barro cocido.
La sangre comenzó a manar de su cabello oscuro, tiñendo el suelo con un carmesí que me desgarró el alma.
—¡No lo toquéis! —grité, lanzándome sobre el cuerpo de Yahya para protegerlo con mi propia carne.
El guerrero indígena soltó un gruñido gutural y desenvainó un cuchillo de pedernal con una rapidez que desafiaba la vista. Don Gaspar retrocedió, palideciendo bajo su tez rubicunda, y ordenó a los soldados que mantuvieran al salvaje a raya.
—¡Sujetad a la fiera! —bramó el administrador, perdiendo por un instante su compostura de cortesano—.
¡El Marqués ha ordenado que la hembra llegue viva al altar del cacique, pero no ha dicho nada sobre el sarraceno!
¡Cortadle las manos para que no pueda tocar a los espíritus, y arrojadlo al foso de los caimanes!
—¡Deteneos! —vociferé, incorporándome e interponiéndome entre el cuchillo de pedernal y el cuello de Yahya.
Miré a Don Gaspar con un odio tan puro y concentrado que hice que el hombre retrocediera un paso—.
Si tocáis un solo cabello de su cabeza, me arrancaré los ojos y me lanzaré al foso antes de que el sol alcance su cenit.
El cacique de la selva no querrá una esposa loca y ciega para sus rituales.
El Marqués os cortará la lengua por arruinar su tributo.
La amenaza surtió efecto. Don Gaspar era un cobarde que solo ejercía su crueldad cuando tenía la soga bien atada. Se pasó la lengua por los labios secos y evaluó la situación con la avaricia de un mercader.
—Tenéis razón, viuda —musitó el administrador, recuperando su sonrisa de hiena—.
El Marqués exige que lleguéis intacta en cuerpo, aunque vuestra alma esté podrida por la lujuria con un infiel.
Pero no creáis que escaparéis al castigo.
La ley de las Indias y la voluntad de mi señor exigen que seáis purificada antes de ser entregada a los demonios de la selva.
Debéis ser lavada de la mancha de este hereje.
Hizo un gesto a los soldados. Estos soltaron al guerrero salvaje, que me observó con una mezcla de respeto y diversión, y se abalanzaron sobre mí.
Me arrancaron de los brazos de Yahya con una brutalidad que me dislocó el hombro izquierdo.
Un grito de dolor escapó de mi garganta, pero lo ahogué mordiéndome el labio hasta hacerlo sangrar.
—Despojadla de sus ropas de noble —ordenó Don Gaspar, con los ojos brillando por la excitación sádica—.
Que los esclavos vean a la gran dama de los Mendoza reducida a la condición de bestia.
Vestidla con el sayal de los penitentes y llevadla a la picota del patio.
Diez azotes en la espalda, para que la carne recuerde el precio de traicionar a su raza y a su Dios.
Luego, el salvaje se la llevará a la selva.
Las manos rudas de los soldados rasgaron mi jubón de seda.
El sonido de la tela desgarrándose fue como el lamento de mi propia dignidad.
Me arrancaron el justillo, la camisa de lino fino, las enaguas bordadas que había traído desde Cádiz, dejándome solo con la camisa interior, que también fue rasgada sin piedad.
El aire húmedo y caliente de la estancia golpeó mi piel desnuda, erizando cada poro de mi cuerpo.
Me sentí expuesta, vulnerable, reducida a la condición de carne que los hombres compran y venden.
Pero entonces, miré a Yahya.
El morisco estaba de rodillas, con las manos atadas a la espalda por una soga de cáñamo que le mordía las muñecas hasta hacerlas sangrar.
La sangre de su sien goteaba sobre su pecho desnudo.
Sin embargo, no había derrota en su postura.
Sus ojos ámbar se clavaron en los míos, y en aquella mirada hubo un universo entero.
No vi lástima, ni miedo, ni vergüenza. Vi la misma devoción absoluta que me había ofrecido en la penumbra de la botica, la misma promesa de eternidad que me había susurrado entre las sábanas de la encomienda.
En medio de la humillación más absoluta, su mirada me vistió con la púrpura de las reinas.
Su amor era un escudo invisible que ninguna correa de cuero podría atravesar.
Me cubrieron los hombros con un trapo de arpillera áspero, que raspaba mi piel como la lija, y me ataron las manos a la espalda.
Un soldado me agarró por el cabello y me obligó a caminar.
Salimos de la alcoba y cruzamos los pasillos de la fortaleza.
El sonido de mis pies descalzos sobre las losas de piedra se mezclaba con las burlas de los guardias y el tintineo de las cadenas de Yahya, que era arrastrado tras de mí.
Al cruzar el patio interior, el espectáculo de la crueldad cotidiana me recibió.
Los esclavos indígenas y africanos estaban reunidos en semicírculo, obligados por los capataces a presenciar mi degradación.
Sus rostros, surcados por el cansancio y la desnutrición, me contemplaban con una mezcla de compasión y alivio.
Al menos por hoy, el látigo no mordía sus espaldas.
En el centro del patio se alzaba la picota, un poste de madera de ceiba, negro por la sangre seca de cientos de condenados.
En su base, los verdugos preparaban las correas.
Don Gaspar había ordenado que el látigo fuera empapado en agua salada y vinagre, para que la sal se incrustara en las heridas y el dolor se prolongara durante semanas.
Me ataron a la picota. Las cuerdas me apretaron los brazos contra el torso, obligándome a arquear la espalda y ofrecer mis omóplatos al verdugo.
El sol del mediodía caía a plomo sobre mi cabeza, cegándome.
El sudor comenzaba a correr por mi frente, goteando en mis ojos y salando las pequeñas heridas de mis labios mordidos.
Don Gaspar se acercó a mí, sosteniendo una vara de mimbre.
—Este es el primer azote, Doña Catalina —susurró, con el aliento fétido a vino rozando mi oreja—.
Por cada beso que le disteis al infiel, recibiréis diez.
Pero como soy un hombre misericordioso, me conformaré con diez en total.
Que el dolor os sirva de recuerdo de que vuestro cuerpo ya no os pertenece.
El verdugo, un hombre de torso desnudo y músculos fibrosos, levantó el látigo. La correa silbó en el aire viciado.
El primer impacto fue una línea de fuego líquido que me cruzó la espalda de lado a lado. Un grito ahogado brotó de mi garganta, pero lo transformé en un jadeo. La piel se abrió, y el agua salada del látigo se introdujo en la carne viva como mil agujas candentes.
—Uno —contó Don Gaspar, con la voz melosa de un amante.
El segundo golpe cayó sobre el primero, cruzándose en una equis de dolor. Mis rodillas cedieron, pero las cuerdas de la picota me mantuvieron suspendida, impidiéndome caer. El dolor era absoluto, una explosión de luz blanca que me nublaba la vista.
—Dos.
Busqué a Yahya con la mirada a través del velo de lágrimas y sudor.
Él estaba de rodillas a pocos pasos, obligado por los soldados a mantener la cabeza alta.
Sus ojos no se apartaban de los míos. Con cada golpe que recibía, sentía que él absorbía una parte de mi dolor.
Su respiración se acompasaba con la mía.
En medio del infierno de la picota, construí un santuario interior donde solo existíamos nosotros dos.
El dolor físico era el precio que pagaba por la libertad de haberlo amado, y lo pagaría con gusto mil veces más.
—Tres. Cuatro. Cinco.
La carne de mi espalda era un mapa de sufrimiento.
La arpillera, empapada en mi propia sangre, se pegaba a las heridas abiertas.
El olor a cobre y a sudor rancio llenaba mis fosas nasales.
Los esclavos bajaban la mirada, incapaces de soportar la visión de una mujer de linaje siendo destrozada por la barbarie de los conquistadores.
—Seis. Siete. Ocho.
Mi conciencia comenzaba a flaquear. El sol era un martillo que golpeaba mi cráneo, y el dolor era un yunque. Pero la voz de Don Gaspar me mantenía anclada a la realidad, una soga tirando de mí hacia la superficie de la consciencia solo para volver a sumergirme en el tormento.
—Nueve.
El décimo golpe no llegó.
Antes de que la correa completara su arco descendente, un estruendo colosal sacudió los cimientos de la encomienda.
No fue el sonido de un trueno, ni el de un cañonazo lejano.
Fue el crujido apocalíptico de la madera maciza al partirse en mil pedazos, seguido de una explosión que lanzó una nube de astillas, tierra y cuerpos humanos por los aires.
El suelo saltó bajo mis pies. La onda expansiva me golpeó el rostro, llenando mi boca de polvo y sangre. Las cuerdas que me ataban a la picota se aflojaron al ceder el poste, y caí de bruces sobre la tierra apisonada, arrastrando conmigo un trozo de madera astillada.
El silencio que siguió a la explosión fue más aterrador que el estruendo. Luego, llegó el sonido.
No eran los tambores de guerra de los salvajes. Era el rugido de cientos de gargantas humanas, un aullido colectivo que heló la sangre de los españoles y encendió el fuego de la rebelión en los ojos de los esclavos.
Me incorporé sobre las manos y las rodillas, escupiendo tierra, y miré hacia la empalizada principal de la fortaleza.
La puerta de troncos de ceiba, de tres varas de grosor, había sido reducida a añicos.
A través del humo negro y denso de la pólvora, emergieron las figuras de los salvajes de las tierras lejanas.
Pero no eran los cien guerreros que el Marqués esperaba. Eran miles.
Una marea de piel pintada, plumas de guacamayo y acero robado se derramó por la brecha.
No venían con lanzas de madera y flechas de obsidiana.
En sus manos empuñaban arcabuces españoles, espadas toledanas y hachas de abordaje.
Y a la cabeza de la horda, montado en un caballo blanco que piafaba sobre los cadáveres de los centinelas, no venía el cacique de la selva.
Venía el Marqués de la Sangre.
Y a su lado, con las manos atadas y una soga al cuello que lo unía a la montura del tirano, cabalgaba Yahya.
El Marqués detuvo su caballo en el centro del patio, rodeado por sus nuevos aliados indígenas.
Su rostro estaba desfigurado por una sonrisa de locura absoluta, y las venas negras de su brazo palpitaban con una furia desbocada.
Levantó su espada, apuntando con la hoja hacia mi pecho ensangrentado, y su voz resonó sobre el estruendo de la masacre que comenzaba a desatarse en los pasillos.
—¡La alianza se ha consumado, Doña Catalina! —bramó el Marqués, con los ojos inyectados en sangre—. ¡Los espíritus de la selva no querían vuestro cuerpo! ¡Querían vuestras almas! ¡Hoy, la encomienda arderá, y ninguno de los que llevan la cruz de Cristo saldrá vivo de este patio!
El guerrero salvaje que había estado en mi alcoba se acercó a mí, despreciando el caos que nos rodeaba. Me agarró por el cabello, obligándome a levantar la cabeza, y me mostró un objeto que sostenía en su mano izquierda.
Era el pergamino del doble fondo, el expediente de la Inquisición que yo había descubierto en la cámara del Marqués.
Pero no estaba intacto. El salvaje lo sostenía junto a una antorcha encendida, y las llamas ya lamían los bordes del documento, consumiendo el rostro de Yahya dibujado en la tinta negra.
El indígena me sonrió, mostrando sus dientes afilados, y habló en un castellano roto, pero perfectamente comprensible, cargado de una profecía de muerte.
—El Marqués cree que nos ha comprado —susurró el salvaje, acercando el fuego al pergamino—. Pero la selva no vende a sus hijos. La selva los devora. Y esta noche, el fuego de los espíritus consumirá a todos los blancos. Excepto a vos, mujer de sangre noble. Vos seréis la que cuente la historia.
El pergamino se convirtió en ceniza. El Marqués espoleó a su caballo, lanzando a Yahya contra el suelo de tierra, y ordenó a sus huestes que no dejaran vivo ni a los perros.
Mientras las espadas comenzaban a cantar y los arcabuces a escupir muerte en el patio de la encomienda, comprendí con una claridad espantosa que el verdadero infierno no era la picota, ni el látigo, ni la selva profunda.
El verdadero infierno era la alianza entre la codicia de los hombres y la furia de los dioses antiguos.
Y yo, atada a un poste roto, con la espalda en carne viva y el corazón ardiendo por el hombre que era arrastrado por el fango, tenía que encontrar la manera de sobrevivir a la masacre.