CAPÍTULO 8 EL SECRETO DE LA ALCOBA Y LA DANZA DE LA MUERTE
El cañón del arcabuz de rueda apuntaba directamente a mi corazón, una boca de acero negro que prometía el vacío eterno.
El Marqués de la Sangre me observaba desde el lecho, y la fiebre que hasta hacía unos instantes nublaba su juicio había desaparecido por completo, reemplazada por una lucidez fría y calculadora.
Sus ojos, del color del ámbar ahumado, escrutaban mi rostro en penumbra, buscando la más mínima vacilación, el más leve temblor que delatara mi miedo.
—¿Por qué no debería volaros los sesos y enviar vuestro cuerpo a los cerdos? —inquirió, con la voz desprovista de toda emoción, acariciando el gatillo del arma con el índice.
Mi mente, entrenada en la lectura de los textos clásicos y en la observación de los humores corporales, trabajaba a la velocidad del rayo.
Sabía que la súplica era propia de los cobardes y que la arrogancia, en aquel instante, sería mi sentencia.
Necesitaba apelar a su única debilidad: su propio cuerpo en descomposición.
—Porque si mi corazón deja de latir, el fuego de la selva consumirá vuestro cerebro antes de que la luna cumpla su ciclo —respondí, manteniendo la voz firme, aunque las rodillas me temblaban con tal violencia que apenas podía sostenerme en pie—.
La cataplasma que apliqué a vuestras venas negras no es un simple remedio, mi señor.
Es un veneno de acción lenta, destilado de la semilla del estramonio y la raíz del curare.
Solo mi aliento, solo la administración diaria del contraveneno que mis manos saben preparar, mantiene a la muerte alejada de vuestro torrente sanguíneo.
Disparad, si tal es vuestro deseo. Pero al hacerlo, estaréis firmando vuestra propia acta de defunción.
El silencio que siguió a mis palabras fue más denso que el aire viciado de la selva.
El Marqués entornó los párpados, procesando la magnitud de mi farol.
Yo no había envenenado su cataplasma, pero él, en su ignorancia de las artes médicas y en su paranoia constante, no podía arriesgarse a comprobarlo.
La duda, ese gusano que corroe las certezas de los tiranos, se instaló en su mirada.
Lentamente, con una parsimonia que me erizó el vello de la nuca, bajó el cañón del arcabuz. Sin embargo, no guardó el arma. La apoyó sobre la mesilla de noche, al alcance de su mano sana, y me hizo un gesto para que me acercara.
Obedecí, midiendo cada paso, cada respiración. Cuando estuve a su lado, él extendió su mano febril y me agarró por la garganta. No apretó lo suficiente para asfixiarme, pero la presión de sus dedos, húmedos y ardientes, fue suficiente para recordarme quién era el dueño de mi vida.
—Sois una arpía, Doña Catalina —susurró, acercando su rostro al mío hasta que pude oler el aliento pútrido de su enfermedad—.
Una víbora con rostro de ángel. Pero las víboras son útiles si se sabe extraer su veneno.
Mañana, el administrador os traerá a la niña a esta torre.
Viviréis en mis aposentos, bajo mi mirada.
Si intentáis huir, o si descubro que habéis mentido sobre el antídoto, no os mataré.
Os arrancaré la lengua y os obligaré a contemplar cómo despellejan a vuestro amante sarraceno. ¿Ha quedado clara mi merced?
—Quedada está, mi señor —logré articular, con la voz estrangulada por su agarre.
Él soltó mi cuello con un empujón que me hizo retroceder tambaleante.
—Largaos de mi vista. Y rezad a vuestro Dios cristiano para que vuestras manos no tiemblen mañana al preparar mi medicina.
Salí de la cámara del Marqués con el alma helada y la garganta marcada por el cardenal de sus dedos.
Los pasillos de la fortaleza estaban sumidos en una penumbra espesa, iluminada únicamente por los resplandores intermitentes de las antorchas que los guardias alimentaban con brea.
Al cruzar el patio interior, el espectáculo de la crueldad humana me recibió con la familiaridad de una vieja conocida.
Don Gaspar, el administrador, había ordenado que ataran a un esclavo cimarrón a la picota.
El hombre, un gigante de piel oscura y músculos tensos, recibía los latigazos con una estoicidad que desafiaba la comprensión.
El látigo de Don Gaspar, trenzado con alambres de cobre, silbaba en el aire nocturno y mordía la carne, arrancando jirones de piel que se mezclaban con la sangre y el sudor.
El sonido de los golpes, seco y húmedo, se mezclaba con los jadeos del verdugo y los rezos en voz baja de los otros esclavos, obligados a presenciar el castigo.
Apreté los puños, clavándome las uñas en las palmas hasta hacerlas sangrar. La dulzura que había experimentado en la botica, el amor prohibido que florecía entre las hierbas medicinales, contrastaba de forma obscena con la barbarie que me rodeaba. Éramos islas de ternura en un océano de inmundicia.
Al llegar a mis dependencias, encontré a Alí sentado junto al camastro de Elvira, velando su sueño. Al escuchar mis pasos, se incorporó con la agilidad de un felino, sus ojos ámbar escrutando mi rostro en busca de heridas.
—Huele a pólvora y a miedo en vuestro sayal —murmuró, acercándose a mí y tomando mi rostro entre sus manos. Sus dedos, ásperos por el trabajo de la fragua y el mortero, acariciaron la marca roja en mi cuello—. ¿Qué ha ocurrido en la torre?
No pude contenerlo más. Las lágrimas, que había reprimido ante el Marqués, brotaron de mis ojos como un manantial roto.
Le relaté el hallazgo del doble fondo, el expediente de la Inquisición, y la verdad sobre su identidad.
Le dije que sabía que no era un simple médico de Córdoba, sino Yahya al-Jawhari, el líder de los moriscos rebeldes, buscado por el Santo Oficio.
Alí se quedó inmóvil. La luz de la luna se colaba por las celosías, plateando su cabello oscuro y perfilando la nobleza de su perfil. En sus ojos no vi miedo, sino una tristeza infinita, la resignación de un hombre que ha cargado con el peso de la traición y la caza durante toda su vida.
—Iba a decíroslo —susurró, con la voz quebrada por la emoción—.
Pero temía que la luz de vuestra pureza se apartara de mí al conocer la oscuridad de mi pasado.
Soy un hombre marcado, Catalina. Un hereje para los vuestros, un traidor para los míos.
Solo soy un médico que intenta sanar las heridas de un mundo que solo sabe sangrar.
—No hay pureza en este infierno, Yahya —respondí, usando su verdadero nombre por primera vez, saboreando el peso y la verdad de aquellas sílabas—.
Solo hay supervivencia. Y si vuestro pasado os convierte en el objetivo de los inquisidores, entonces mi lugar está a vuestro lado, compartiendo el fuego de la hoguera.
Me acerqué a él y lo besé. No fue un beso de desesperación, como el de la bodega del galeón, ni un beso de consuelo, como el de la botica.
Fue un beso de rendición y de desafío. Lo despojé de su túnica de lino, y él hizo lo propio con mi sayal manchado de sangre y sudor.
En la penumbra de la alcoba, mientras mi hija dormía ajena a nuestro destino, nos amamos con una intensidad que rozaba lo sagrado.
Sus manos, que conocían los secretos de las hierbas y la anatomía humana, recorrieron mi piel con una reverencia que me devolvió la dignidad arrebatada.
Cada caricia era una afirmación de vida frente a la muerte, un acto de rebeldía contra la crueldad del Marqués y la brutalidad de los supervisores.
Contrastaba la dulzura de sus labios, el ritmo pausado de su respiración y la calidez de su cuerpo, con la memoria vívida del látigo de Don Gaspar y el olor a carne desgarrada que impregnaba la fortaleza.
En aquel lecho de paja, bajo el techo de tejas de una prisión en el Nuevo Mundo, construimos un santuario inviolable.
Éramos dos condenados que, por unas horas, se creyeron libres.
El alba nos sorprendió enredados en los lienzos, con el aroma a sándalo y a jazmín imaginario flotando en el aire. Pero la paz de las Indias es siempre una tregua frágil.
El estruendo de la puerta principal al ser derribada nos sacó del letargo.
Alí se incorporó de un salto, interponiendo su cuerpo entre mí y la entrada, empuñando un escalpelo de acero que había tomado de la mesa de la botica.
Yo me cubrí con el sayal, abrazando a Elvira, que había despertado con los ojos muy abiertos y el llanto atascado en la garganta.
No era el Marqués quien entraba en la estancia. Era Don Gaspar.
El administrador estaba cubierto de sangre fresca, y en su rostro rubicundo se dibujaba una sonrisa de hiena satisfecha.
Tras él, dos soldados arrastraban a un prisionero.
No era un esclavo cimarrón, ni un indígena sumiso.
Era un guerrero de las tierras lejanas, un salvaje de la selva profunda, pintado con los colores de la guerra y atado con cuerdas de cáñamo que mordían su carne.
El indígena escupió sangre a los pies de Don Gaspar, con la mirada encendida por un odio que no conocía el miedo.
—¡Buenos días, médica! —bramó Don Gaspar, con una risa que resonó en las paredes de adobe—. El Marqués me envía a comunicaros los nuevos designios de la encomienda.
El administrador hizo un gesto a los soldados, que empujaron al guerrero indígena hacia el centro de la estancia.
El salvaje nos miró, y sus ojos oscuros se clavaron en mí con una intensidad que me heló la sangre.
No me miraba con lujuria, ni con desdén.
Me miraba como un depredador que acaba de encontrar a su presa.
—Los chamanes de la selva han roto la alianza con el Marqués —continuó Don Gaspar, disfrutando de cada palabra, saboreando el veneno que destilaba—.
Exigen un tributo mayor que el oro y las armas.
Exigen una mujer de sangre noble para que sea la esposa temporal de su cacique, y así asegurar la protección de los espíritus contra las enfermedades de los blancos.
Don Gaspar se acercó a mí, inclinando su rostro sudoroso hacia el mío, y bajó la voz hasta convertirla en un susurro obsceno.
—El Marqués os ha elegido, Doña Catalina.
Esta misma tarde, seréis entregada al cacique de los caníbales.
Os llevarán a lo más profundo de la selva, a sus aldeas de huesos y a sus altares de carne.
Y si sobrevivís a sus rituales, y si lográis pacificar a la tribu, el Marqués perdonará la vida de vuestra hija.
Si os negáis, o si fracasáis, la niña será descuartizada ante vuestros ojos, y el sarraceno será enviado a las minas de plata de Potosí para morir escupiendo polvo.
El mundo se detuvo. El aire se volvió denso, irrespirable.
Miré a Alí, cuyos ojos ámbar ardían con una furia contenida que amenazaba con consumir la estancia.
Miré a Elvira, que se aferraba a mi cuello con la fuerza de la inocencia aterrorizada.
Y miré al guerrero salvaje, que sonreía levemente, mostrando unos dientes afilados por la costumbre de la carne cruda.
La travesía del océano había sido un infierno, la encomienda un purgatorio de sangre, pero lo que me aguardaba en la selva profunda era el abismo absoluto.
Iban a entregarme a los demonios de las tierras lejanas, y no había espada toledana, ni poción de la botica, ni plegaria a Dios que pudiera salvarme de lo que estaba por venir.