CAPÍTULO 7 LAS MANOS QUE CURAN
El filo de obsidiana brillaba con un fulgor mortecino bajo la luz de las antorchas, reflejando la locura que bailaba en las pupilas del Marqués de la Sangre.
Su respiración era un jadeo espasmódico, y las venas negras de su brazo palpitaban al ritmo de un tambor invisible.
No estaba poseído por ningún demonio, sino por el veneno de la selva, un neurotóxico que los chamanes utilizaban para abrir las puertas del espíritu y que, en un cuerpo no iniciado, devoraba la cordura hasta convertir al hombre en una bestia delirante.
Lo comprendí con la claridad que otorga el peligro inminente.
Si dejaba que aquel hombre diera un solo paso más hacia el camastro donde dormía mi hija, el acero volcánico le segaría el cuello antes de que yo pudiera interponer mi cuerpo.
—¡Deteneos, mi señor! —grité, alzando las manos con las palmas hacia él, adoptando el tono imperioso de una médica ante un paciente rebelde—. ¡El fuego de la selva os ha cegado el juicio!
El Marqués se detuvo, parpadeando con lentitud, como si intentara enfocar mi rostro a través de una espesa niebla. La daga tembló en su agarre.
—Los espíritus... los espíritus reclaman su tributo —balbuceó, con la voz pastosa y los ojos inyectados en sangre—. La niña debe arder para que mi carne se regenere.
—¡Necio! —escupí, dando un paso al frente, desafiando a la muerte con cada músculo de mi cuerpo en tensión—.
¿Acaso no sentís el ardor en la nuca? ¿El latido desbocado en vuestro pecho?
Ese no es el clamor de los dioses, es el veneno de la serpiente de dos cabezas que os infectó la sangre.
Si derramáis sangre inocente esta noche, el calor de la vida ajena alimentará el fuego interior.
La necrosis alcanzará vuestro corazón antes de que el gallo cante al alba.
La duda sembró una grieta en su delirio. Bajó la daga una fracción de pulgada, y en ese instante de vacilación, crucé una mirada con Alí. El morisco, con la discreción de un felino, había deslizado su mano hacia el interior de su túnica. Extrajo un pequeño frasco de barro y un pañuelo de lino.
—Necesito aplicar una cataplasma de frío extremo para detener el avance de las venas negras —anuncié en voz alta, dando a Alí la señal tácita—. Sujetaos, mi señor, o el veneno os devorará el alma.
Me acerqué a él con paso firme. El Marqués, confundido por la autoridad de mi voz y el dolor que le nublaba la mente, permitió que le tomara el brazo sano.
Con un movimiento rápido, tomé el pañuelo que Alí me tendía, empapado en una destilación concentrada de estramonio y beleño, las hierbas del olvido que los boticarios usaban para dormir a los hombres antes de cortarles un miembro.
Apliqué el lienzo con fuerza sobre la boca y la nariz del tirano.
El Marqués forcejeó con la debilidad de un gigante herido, sus ojos desorbitados por el pánico, pero los vapores de la belladona actuaron con la celeridad de un rayo.
Sus rodillas cedieron, la daga de obsidiana resbaló de sus dedos para clavarse en el suelo de tierra apisonada, y su cuerpo pesado se desplomó sobre la estera.
El silencio volvió a la estancia, roto únicamente por la respiración acompasada de Elvira y el jadeo de mi propio pecho.
Alí se arrodilló junto al cuerpo inconsciente, comprobando su pulso con dedos expertos.
—Dormirá hasta que el sol esté en su cenit —murmuró, alzando la vista hacia mí con una mezcla de asombro y reverencia—. Habéis jugado con la vida y la muerte, Catalina. Si la dosis hubiera sido mayor, habríais asesinado al hombre que sostiene nuestras vidas.
—Si no lo hubiera dormido, habría asesinado a nuestra hija —repliqué, recogiendo la daga de obsidiana y arrojándola al fuego de la chimenea, donde la piedra volcánica chisporroteó antes de perder su filo—.
Mañana, cuando despierte, no recordará su locura, solo la fiebre.
Y nosotros seremos los únicos que sabemos cómo curarla.
El amanecer en la encomienda trajo consigo un aire denso y cargado de humedad, un sudario invisible que se pegaba a la piel.
Cuando el Marqués de la Sangre abrió los ojos en su lecho de dosel, la lucidez había regresado a su rostro, acompañada por una resaca de dolor y confusión.
No mencionó la daga, ni el sacrificio, ni su delirio.
La vergüenza de los hombres poderosos suele sepultar los recuerdos que los hacen parecer débiles.
En su lugar, con el pragmatismo cruel de los conquistadores, reconoció nuestra utilidad.
Esa misma tarde, Don Gaspar, el administrador, nos comunicó nuestra nueva condición.
Alí ibn Sahl era nombrado médico personal del Marqués y boticario mayor de la fortaleza.
Yo, Doña Catalina de Mendoza, pasaba a ser la sanadora principal de los esclavos y la encargada de gestionar las hierbas y los ungüentos.
Nos trasladaron a unas dependencias contiguas a la torre principal, unas estancias con paredes de cal y techos de teja, que aunque seguían siendo una prisión, ofrecían el lujo de un lecho de plumas y una ventana con vistas al río.
Era una jaula de oro, pero nos otorgaba movilidad y acceso a los secretos de la fortaleza.
La botica que nos asignaron era un santuario en medio del infierno.
Un habitáculo amplio, con estanterías de cedro repletas de frascos de cristal, morteros de bronce, y haces de hierbas secas colgadas del techo que perfumaban el aire con aromas a romero, alcanfor y resinas tropicales.
Allí, lejos de la mirada de los esbirros, Alí y yo tejimos una intimidad que trascendía los límites de la carne.
Nuestros días transcurrían entre el fragor de las minas y la quietud del dispensario.
Alí demostró una destreza médica que dejaba atónitos a los cirujanos españoles, acostumbrados a la sierra y al cauterio de hierro candente.
Mientras los barberos del ejército amputaban piernas infectadas con la brutalidad de quien corta un leño, el morisco practicaba la sutura con hilos de seda, utilizaba moldes de yeso para los huesos rotos y limpiaba las heridas con vino destilado y miel.
Yo, formada en los textos de Galeno y Hipócrates, aprendía de él la sabiduría de las tierras que pisábamos.
Juntos, fusionábamos la medicina de la vieja Europa con los secretos milenarios de la selva americana.
Fue en aquel recinto de madera y cristal donde nuestras almas se despojaron de las armaduras que el mundo les había impuesto.
Una tarde, mientras machacábamos corteza de quina en el mortero de bronce, nuestras manos se rozaron.
El contacto, que en la bodega del galeón fue un acto de desesperación, se tornó ahora en una caricia pausada, cargada de una ternura que dolía en su dulzura.
—En Córdoba, los médicos de distintas fes compartían las bibliotecas y los calizos —susurró Alí, sin dejar de moler la corteza, sus ojos fijos en los míos—.
Los cristianos, los judíos y los musulmanes buscaban a Dios en el mismo cuerpo humano.
Aquí, el acero ha dividido el mundo en creyentes e infieles.
—El acero divide los cuerpos, Alí, pero no puede cercar el espíritu —respondí, dejando el pilón sobre la mesa y acercándome a él.
El calor de la tarde se colaba por las celosías, dorando su piel y perfilando la nobleza de su rostro—.
Mi fe me enseña que el amor es el reflejo de lo divino.
Si amaros es un pecado contra la ley de los hombres, entonces es un acto de gracia ante los ojos de Dios.
Él soltó el pilón y me tomó por la cintura, atrayéndome hacia sí.
Su abrazo fue un refugio, un muro inexpugnable contra la crueldad que nos rodeaba.
Cuando sus labios buscaron los míos, no hubo urgencia ni desgarro, sino una comunión profunda, un reconocimiento mutuo de dos seres que habían sido destrozados por la historia y que, en la fragancia de las hierbas medicinales, encontraban la manera de volver a estar enteros.
En la penumbra de la botica, con el sonido lejano de los látigos como telón de fondo, nuestro amor floreció como una flor silvestre entre las ruinas de un camposanto.
Era un amor prohibido, condenado por la Inquisición y repudiado por la sociedad, pero en la soledad de aquella estancia, era la única verdad absoluta que poseíamos.
Sin embargo, la realidad de las Indias no permitía que la poesía habitara sola.
La puerta de la botica se abrió de par en par, golpeando la pared con un estruendo que rompió el hechizo.
Don Gaspar entró arrastrando a un indígena por el cabello.
El pobre diablo tenía el torso surcado por heridas de látigo que supuraban un líquido amarillento, y su pierna izquierda presentaba una fractura expuesta, con el hueso blanco asomando entre la carne desgarrada.
—¡Médico! —bramó el administrador, arrojando al esclavo al suelo de madera—.
Este perro intentó sabotear el molino de mineral.
He ordenado que le azoten cincuenta veces más, pero se ha desmayado.
Arréglale la pierna y ciérrale las heridas para que pueda recibir el resto de los golpes mañana al amanecer.
Si no está en pie para el castigo, te aseguro que la niña de los Mendoza pagará tu negligencia.
La bilis me subió por la garganta. Miré al esclavo, cuyos ojos oscuros me contemplaban con la resignación absoluta de los condenados.
Miré a Don Gaspar, cuyo rostro rubicundo brillaba de sudor y crueldad.
Miré a Alí, cuyos puños estaban tan apretados que los nudillos se le habían tornado blancos como el hueso expuesto del herido.
La furia, fría y cortante como el acero toledano, se apoderó de mi mente.
—Dejadnos trabajar, Don Gaspar —dije con una calma sepulcral—. El polvo de vuestra presencia infecta las hierbas.
El administrador soltó una carcajada obscena, escupió en el suelo junto al esclavo y salió, cerrando la puerta de un portazo.
Alí se arrodilló junto al indígena, sus manos moviéndose con una delicadeza infinita para limpiar la herida. Yo me acerqué con los ungüentos, pero antes de aplicarlos, el morisco me detuvo con una mirada.
—Si lo curo, lo entrego al verdugo —susurró Alí, con la voz quebrada por la impotencia—. Si no lo curo, matarán a Elvira.
—No lo curaremos para que sufra —respondí, con una determinación que heló el aire entre nosotros—.
Preparad una infusión de adormidera y raíz de mandrágora.
Una dosis que no lo mate, pero que lo sumerja en un sueño letárgico.
Simularemos que la fiebre de la herida le impide moverse.
Don Gaspar es un cobarde; no se acercará a un hombre que apesta a carne podrida y fiebre alta. Ganaremos tiempo.
Así lo hicimos. Mientras Alí entablillaba la pierna con una destreza que desafiaba el dolor, yo aplicaba un ungüento de caléndula y grasa de cerdo que, aunque aliviaba la inflamación, provocaba un sudor frío y una palidez cadavérica.
El indígena bebió la infusión con manos temblorosas y, en cuestión de minutos, sus ojos se cerraron, su respiración se tornó casi imperceptible.
Lo habíamos salvado de los látigos, al menos por esa noche, pero la victoria sabía a ceniza.
Cada vida que salvábamos era una gota de agua en el océano de sangre de la encomienda.
La noche cayó sobre la fortaleza, trayendo consigo el coro ensordecedor de las cigarras y el aullido lejano de los jaguares.
El Marqués había ordenado que revisara su botiquín personal, un cofre de caoba con cerradura de bronce que guardaba en sus aposentos privados las medicinas más costosas traídas de Flandes y Venecia.
Aprovechando que el tirano estaba sumido en uno de sus sueños febriles, me deslicé en su cámara con una ganzúa de hierro que Alí había forjado en la fragua.
El cofre reposaba sobre un atril de marfil.
Lo abrí con cuidado, revelando un interior forrado en terciopelo azul.
Frascos de bálsamo de Fierabrás, polvos de cuerno de unicornio, y ampollas de láudano.
Pero mientras reorganizaba los frascos, mi mano rozó el fondo del cofre y notó que la madera no estaba bien asentada. Había un doble fondo.
Con el corazón latiendo desbocado, presioné la esquina derecha del terciopelo. Un mecanismo de resorte chasqueó, y una fina cajetilla de plata se elevó ligeramente. La abrí, conteniendo la respiración.
Dentro no había medicinas, ni joyas, ni oro. Había un fajo de pergaminos sellados con lacre rojo, ostentando el escudo del Santo Oficio de la Inquisición.
Desdoblé el primer documento con manos temblorosas. La luz de la luna se colaba por el ventanal, iluminando la caligrafía minuciosa del inquisidor general. No eran cartas de negocios, ni tratos con los salvajes. Era un expediente. Un expediente de caza.
Y en la primera página, dibujado con tinta negra y detallado con una precisión enfermiza, estaba el rostro de Alí.
Pero no era el Alí que yo conocía. El nombre que encabezaba el documento no era Alí ibn Sahl, médico de Córdoba.
Era Yahya al-Jawhari, hijo del último alfaquí de las Alpujarras, líder de la rebelión morisca, y hereje fugitivo buscado por el Santo Oficio con una recompensa de diez mil ducados de oro.
El Marqués de la Sangre no era un simple encomendero renegado.
Era un sabueso de la Inquisición, un cazador de almas que se hacía pasar por proscrito para infiltrarse en las redes de los moriscos huidos.
No había contratado a Alí por su ciencia.
Lo había capturado en la costa, y lo mantenía con vida únicamente porque necesitaba sus conocimientos para curar su propia enfermedad.
En el momento en que el Marqués estuviera sano, Alí sería entregado a los inquisidores en Cartagena de Indias, donde lo esperarían la hoguera y la agonía.
El pergamino se me escapó de los dedos, aleteando hasta el suelo como un ave herida.
El aire de la estancia se volvió irrespirable.
El hombre que amaba, el hombre cuyas manos me devolvían la dignidad y cuya alma era el único refugio en aquel mundo de pesadilla, estaba marcado para el fuego.
Y yo, en mi ignorancia, lo había conducido directamente a las fauces del lobo.
Un crujido de madera me heló la sangre. No venía del pasillo. Venía de la cama.
Giré la cabeza lentamente. El Marqués de la Sangre estaba sentado en el lecho. Sus ojos, desprovistos de toda fiebre y brillando con una lucidez aterradora, me observaban desde las sombras. En su mano sana, sostenía un arcabuz de rueda, cuyo cañón apuntaba directamente a mi pecho.
—Siempre supe que la curiosidad sería vuestra perdición, Doña Catalina —susurró el Marqués, amartillando el arma con un chasquido metálico que resonó como una sentencia de muerte—.
Ahora, vais a explicarme por qué no debería volaros los sesos y enviar vuestra cabeza a Sevilla como advertencia para los traidores.