La flor que no perdona CAPÍTULO 6 EL LÁTIGO Y LA CRUZ
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CAPÍTULO 6 EL LÁTIGO Y LA CRUZ

La tarde se arrastró con la parsimonia de un condenado que camina hacia el patíbulo.

Cada hora que transcurría hasta la audiencia nocturna con el Marqués era una losa de plomo sobre mi pecho, un recordatorio constante de que mi cuerpo, ya profanado por la escoria de Cádiz, estaba a punto de ser ofrecido de nuevo en sacrificio a la bestia que gobernaba aquellas tierras de sangre y oro.

Me movía por la estrechez de mi celda como un espectro, preparando el ánimo para la batalla que habría de librar en la alcoba del tirano.

Elvira, ajena a la tormenta que se cernía sobre nosotras, jugaba con una piedra pulida que había encontrado en el patio, trazando círculos imaginarios sobre el suelo de tierra apisonada.

Su inocencia era un bálsamo y un tormento, pues me recordaba, con cada risa cristalina, la magnitud de lo que estaba en juego.

Al anochecer, una sirvienta indígena de rostro impasible vino a buscarme.

Me condujo por los pasillos de la fortaleza, cuyas paredes de adobe estaban adornadas con trofeos macabros: cráneos de animales desconocidos, máscaras de madera tallada con expresiones de agonía, y estandartes de plumas que ondeaban con la brisa vespertina como banderas de un reino infernal.

El olor a incienso resinoso y a carne asada impregnaba el aire, mezclándose con el hedor permanente a mineral pulverizado y a sudor esclavo que emanaba de las minas.

Los aposentos del Marqués ocupaban la torre principal de la fortaleza.

La puerta, de caoba maciza con herrajes de bronce, fue abierta por un guarda de confianza, un hombre tuerto cuya cicatriz revelaba que había perdido el ojo en combate con los salvajes.

Entré con la cabeza alta, el corazón latiendo con la furia contenida de un ave enjaulada, y me encontré en una estancia que desentonaba por completo con la barbarie del entorno.

El salón estaba iluminado por una docena de candelabros de plata, cuyas llamas se reflejaban en los tapices flamencos que cubrían las paredes.

En una esquina, un clavicordio de ébano descansaba sobre un estrado de terciopelo, y en otra, una estantería repleta de libros encuadernados en piel testimoniaba la erudición de su dueño.

En el centro de la estancia, junto a una chimenea donde ardía un fuego bajo, el Marqués de la Sangre me aguardaba, sentado en un sillón de cuero cordobés, con una copa de vino tinto entre las manos.

Se había despojado de la coraza negra, y vestía ahora una camisa de lino blanco, abierta en el cuello, que dejaba ver la cicatriz de su pecho, una marca en forma de cruz invertida que me produjo un escalofrío.

Su rostro, a la luz de las velas, parecía menos demacrado, casi hermoso, si no fuera por la frialdad reptiliana de sus ojos.

—Doña Catalina —musitó, sin levantarse, señalando con la copa un taburete frente a él—. Acercaos. No os he mandado llamar para ultrajaros. Eso sería un desperdicio de vuestra inteligencia.

Me mantuve de pie, con los brazos cruzados sobre el pecho, negándome a ocupar el asiento que me ofrecía.

—Hablad claro, señor —repliqué, con la voz firme a pesar del temblor de mis rodillas—. ¿Qué dolencia pretendéis que cure, si no es la de vuestra alma podrida?

El Marqués soltó una risa baja, que resonó en la estancia como el cascabeleo de una serpiente.

—Vuestra lengua es afilada, doña Catalina. Me place. Pero la afilada lengua de una mujer no sirve de nada si no va acompañada de manos hábiles. Acercaos, os digo, o mandaré que traigan a la niña desde su camastro.

La amenaza surtió el efecto deseado. Avancé hacia él con pasos medidos, deteniéndome a dos varas de distancia.

Fue entonces cuando noté lo que hasta entonces había pasado inadvertido: el Marqués sostenía la copa con la mano izquierda, mientras que la derecha, apoyada sobre el muslo, temblaba con un temblor incontrolable.

La piel de su antebrazo estaba surcada por una red de venas negras, hinchadas y pulsantes, que subían hasta desaparecer bajo la manga de la camisa.

—Mostradme el mal —dije, con la frialdad de la médica que había sido entrenada por los mejores cirujanos de Cádiz.

El Marqués se desabrochó la manga con un gesto de impaciencia, y el espectáculo que se ofreció ante mis ojos me obligó a llevarme la mano a la boca para ahogar una exclamación.

Desde la muñeca hasta el codo, la carne estaba cubierta por una erupción de pústulas violáceas, rodeadas de un halo inflamado y ardiente.

La piel, en los bordes de la infección, comenzaba a necrosarse, tornándose de un gris ceniciento.

No era la peste bubónica que habíamos temido en el galeón.

Era algo distinto, algo que había visto descrito en los tratados de los médicos árabes que mi padre conservaba en su biblioteca, pero que jamás había contemplado en la realidad.

—Es el fuego de la selva —murmuró el Marqués, con una voz desprovista de su habitual arrogancia—.

Me alcanzó hace tres lunas, durante una ceremonia con los chamanes del río.

Ellos dicen que es el castigo de los espíritus por haber profanado sus altares.

He probado los ungüentos de los curanderos indígenas, las sangrías de mi cirujano, los baños de azufre y las plegarias de los frailes.

Nada detiene el avance del mal. Si no lo curáis vos, moriré antes de que termine la luna, y con mi muerte, la niña será sacrificada al amanecer.

La revelación cayó sobre mí con la fuerza de un rayo.

Mi vida, y la de Elvira, estaban atadas a la de aquel monstruo.

Si él moría, mi hija moriría. Si él vivía, seguiríamos siendo sus esclavas.

Era una trampa perfecta, una soga que se cerraba alrededor de mi cuello sin importar el camino que eligiera.

—Necesito tiempo —dije, arrodillándome junto a él para examinar la herida con mayor detenimiento—. Y necesito acceso a las hierbas de la selva. Mis remedios castellanos no servirán contra este mal.

—Tendréis lo que pidáis —respondió el Marqués, con los ojos entornados por el dolor—. Pero os advierto, doña Catalina: si intentáis envenenarme, o si descubrís que vuestra cura es un engaño, haré que presenciéis cómo arrancan los ojos a vuestra hija antes de degollarla.

Me incorporé con lentitud, sintiendo el peso de la sentencia sobre mis hombros. El Marqués extendió su mano sana y, con un gesto que pretendía ser gentil, me acarició la mejilla. Retrocedí con un movimiento brusco, incapaz de soportar el contacto de aquella piel febril.

—Id —musitó él, con una sonrisa torcida—. Mañana comenzaréis vuestro trabajo. Y recordad: cada hora que pase sin que el mal retroceda, es una hora menos de vida para la niña.

Salí de los aposentos con las piernas temblorosas, el corazón martilleándome las sienes.

El guarda me escoltó de vuelta a mi celda, y al cruzar el patio interior, presencié el espectáculo que habría de acompañar mis pesadillas durante las noches venideras.

En el centro del patio, bajo la luz mortecina de las antorchas, Don Gaspar, el administrador, azotaba a un esclavo indígena atado a un poste.

El látigo silbaba en el aire con una cadencia cruel, y cada golpe arrancaba un jirón de carne y un gemido ahogado.

El condenado, un anciano de cabello cano y ojos vacíos, no emitía sonido alguno, como si el dolor hubiera agotado su capacidad de quejarse.

Me detuve un instante, incapaz de apartar la mirada.

Don Gaspar me vio, y una sonrisa de complicidad se dibujó en su rostro rubicundo.

Levantó el látigo, saludándome con él como si fuera una dama en un baile de corte, y volvió a su tarea macabra.

La sangre del esclavo salpicaba las losas del patio, formando un charco oscuro que se extendía hacia mis pies descalzos.

Entré en mi habitación con el alma envenenada por el horror.

Elvira dormía en el camastro, pero su respiración era entrecortada, y su frente ardía bajo mi tacto.

La fiebre había vuelto, traicionera, alimentada por el aire viciado de la encomienda y por el trauma de los días anteriores.

Me arrodillé junto a ella, acariciando su cabello empapado de sudor, y sentí que el mundo se desmoronaba a mi alrededor.

El Marqués me exigía curar su mal, mientras mi propia hija se consumía en mis brazos.

Era una guerra en dos frentes, y yo era el único soldado.

Un golpe suave en la puerta me sobresaltó. Antes de que pudiera preguntar quién era, la puerta se entreabrió, y la figura de Alí se deslizó en la estancia como una sombra. Vestía una túnica de lino grueso, y en sus manos portaba un hatillo de cuero y un mortero de piedra.

—He oído los tambores del castigo —susurró, cerrando la puerta tras de sí—. Y he visto cómo os conducían a la torre. ¿Estáis herida?

Negué con la cabeza, incapaz de articular palabra. Alí se acercó a nosotras, y al ver el estado de Elvira, su rostro se ensombreció.

—La niña necesita corteza de quina y hojas de sauce —murmuró, abriendo el hatillo y extrayendo un surtido de hierbas secas—.

He logrado conseguir algunas de los curanderos indígenas, a cambio de promesas que no sé si podré cumplir.

Pero el mal que la consume no es solo físico.

Es el dolor del alma, el miedo que se ha instalado en su cuerpo como un huésped indeseado.

Mientras preparaba una infusión con las hierbas, le relaté la audiencia con el Marqués, la naturaleza de su enfermedad, y la amenaza que pendía sobre nuestras cabezas. Alí me escuchó en silencio, sus ojos ámbar brillando con una intensidad que desmentía la calma de sus movimientos.

—El fuego de la selva —musitó, cuando terminé mi relato—.

Lo conozco. Es el mal que los chamanes llaman la mordedura del espíritu.

Se contrae al profanar los lugares sagrados, y solo puede ser curado con un contraveneno que crece en lo más profundo de la selva, en las cuevas donde habitan los espíritus antiguos.

—¿Podéis curarlo? —pregunté, con una esperanza que me quemaba los labios.

—Podría —respondió Alí, tras un instante de duda—. Pero necesito tiempo, y necesito salir de la fortaleza. Y si lo intento y fracaso, o si huyo y me capturan, la niña morirá antes de que yo pueda regresar.

La disyuntiva era desgarradora. Arriesgar la vida de Alí, y con ella la posibilidad de salvar a Elvira, o someterme a la voluntad del Marqués, convirtiéndome en su médica y, quizás, en su amante, para ganar tiempo.

Miré a mi hija, su rostro pequeño y demacrado por la fiebre, y supe que no podía permitir que muriera.

Pero tampoco podía entregar mi cuerpo y mi alma al demonio que había destruido mi vida.

—Hay una tercera opción —dije, con la voz firme, sorprendiéndome a mí misma de mi propia determinación—. Curar al Marqués, sí, pero no para salvarlo. Para que viva lo suficiente para que podamos escapar. Y mientras tanto, buscar la manera de volver su enfermedad contra él.

Alí me miró con una mezcla de admiración y temor. En mis ojos, lo supe, ardía un fuego nuevo, el fuego de la venganza que había comenzado a gestarse en mi pecho la noche en que mi esposo fue asesinado.

—Sois peligrosa, doña Catalina —murmuró el morisco, acercándose a mí y tomando mis manos entre las suyas—. Más peligrosa que el Marqués, porque vuestra maldad nace del amor, y el amor es el único veneno que no tiene antídoto.

Sus dedos rozaron los míos con una ternura que me deshizo por dentro.

En aquel momento, en la penumbra de la celda, con el sonido del látigo resonando aún en mis oídos y el aliento febril de mi hija en mi cuello, comprendí que el amor que sentía por Alí no era una traición a la memoria de Rodrigo.

Era la continuación de ese amor, transformado por el dolor, endurecido por la supervivencia, y convertido en un arma tan afilada como cualquier espada toledana.

Nos besamos entonces, no con la dulzura tímida de la bodega del galeón, sino con la urgencia de dos náufragos que saben que el amanecer puede ser el último.

Sus labios sabían a hierbas amargas y a promesas, y sus manos, al recorrer mi rostro, me devolvieron la dignidad que los hombres me habían arrebatado.

Por un instante, la encomienda desapareció, el Marqués dejó de existir, y solo quedábamos nosotros, dos almas condenadas que se aferraban la una a la otra en medio del infierno.

El beso fue interrumpido por un sonido que nos heló la sangre. No eran los tambores, ni el látigo, ni los gemidos de los esclavos. Era la voz de Elvira, que había despertado, y que murmuraba con una claridad que me desgarró el alma:

—Madre, el hombre de la cicatriz está en la puerta. Dice que ha venido a buscarme para el altar.

Nos giramos hacia la entrada de la celda, y allí, recortado contra la luz de las antorchas del pasillo, se alzaba la figura del Marqués de la Sangre. Su mano sana empuñaba una daga de obsidiana, y en sus ojos ardía el fuego de la locura.

—He cambiado de idea, doña Catalina —susurró, con una sonrisa que revelaba sus dientes blancos como los de un lobo—. La niña será sacrificada esta misma noche. Y vos, si queréis acompañarla, solo tenéis que intentar detenerme.

El mundo se detuvo. El aire se volvió denso, irrespirable.

Y en aquel instante, supe que la guerra que había comenzado en las costas de Cádiz había entrado en su fase más sangrienta.

No habría tregua, no habría piedad, no habría rendición.

Solo habría acero, fuego, y la venganza de una mujer que había perdido todo, excepto la voluntad de destruir al mundo que la había destruido.