CAPÍTULO 5 TIERRAS DE SANGRE Y ORO
La chalupa se separó del costado del galeón con un crujido de remos que resonó en mis oídos como el tañido de una campana fúnebre.
El agua salada salpicaba mis labios resecos, y el sol del trópico caía a plomo sobre mi cabeza, implacable como la mirada de un Dios airado.
A mi lado, Elvira se aferraba a mi sayal con los nudillos blancos, sus ojos muy abiertos, absorbiendo con el asombro terrorífico de la infancia aquel mundo nuevo que se desplegaba ante nosotras como una pesadilla febril.
Alí, encadenado y custodiado por dos arcabuceros, caminaba con la cabeza alta, sus ojos ámbar escrutando la línea de la selva con una atención que desmentía la sumisión de su postura.
La playa de Santa Marta no era el paraíso que los cronistas de Su Majestad habían descrito en sus cartas llenas de hipérboles.
Era una franja de arena blanca y abrasadora, flanqueada por un muro impenetrable de vegetación verdinegra, de donde emanaba un aliento denso, cargado de perfumes dulzones y de un hedor sutil a carne descompuesta.
Los tambores de los salvajes marcaban un ritmo hipnótico, un latido profundo que parecía brotar de las entrañas mismas de la tierra, y los guerreros pintados de rojo y negro se agitaban en una danza ritual que erizaba el vello de la nuca.
Sus cuerpos, untados con aceites aromáticos, brillaban bajo el sol como estatuas de bronce viviente, y sus ojos, oscuros y profundos, nos observaban con una curiosidad desprovista de toda piedad.
En el centro de la playa, bajo un dosel de plumas de guacamayo y pieles de jaguar, aguardaba la comitiva que había de decidir nuestro destino.
Al frente de todos, montado en un caballo negro de crin ensortijada, se destacaba un hombre cuya sola presencia helaba la sangre más templada.
Vestía una coraza de acero negro, grabada con símbolos que no pertenecían a la heráldica cristiana, sino a alguna liturgia pagana aprendida en los rincones más oscuros del Nuevo Mundo.
Su rostro, curtido por mil batallas, estaba surcado por una cicatriz que le partía la mejilla desde la sien hasta la barbilla, y sus ojos, del color del ámbar ahumado, poseían la frialdad de los reptiles que acechan entre las piedras. Era él. El Marqués de la Sangre.
Don Lope de Vargas descendió el primero de la chalupa, seguido por sus esbirros, y se postró de rodillas ante el jinete con una sumisión que me reveló la verdadera jerarquía de aquel infierno.
El capitán, que había sido el azote de los mares y el verdugo de mi honor, no era más que un perro faldero al servicio de aquel demonio.
—Levantaos, Vargas —ordenó el Marqués con una voz grave y arrastrada, que resonaba en el aire denso como el golpe de un mazo sobre un yunque—. Habéis traído la mercancía prometida.
—Tal como ordenasteis, mi señor —respondió el capitán, incorporándose con el rostro bañado en sudor—. La hembra de los Mendoza y su cría. Y el sarraceno que intentó rebelarse en la travesía.
El Marqués hizo avanzar su montura hasta el borde del agua, donde los marineros nos obligaron a descender.
La arena ardía bajo mis pies descalzos, y el calor me envolvía como un sudario de lana mojada.
Alí fue empujado brutalmente por la espalda, y sus cadenas tintinearon con un sonido que me desgarró el alma.
Elvira escondió su rostro en mi regazo, sollozando en silencio.
El tirano desmontó con la agilidad de un felino y se acercó a nosotras, sus botas de cuero negro crujiendo sobre la arena.
Se detuvo a escasos pasos, y sus ojos me recorrieron de arriba abajo con una lentitud deliberada, despojándome de toda dignidad.
No había en su mirada la lujuria bestial de los mercenarios que me habían deshonrado en Cádiz, sino algo peor: una curiosidad clínica, la de un coleccionista que examina una pieza rara antes de colocarla en su vitrina.
—Doña Catalina de Mendoza —musitó, saboreando cada sílaba de mi nombre como si fuera un vino añejo—. He oído hablar de vuestra belleza en las cortes de Sevilla, y debo confesar que los rumores se quedan cortos. Sois, en verdad, una joya digna de los altares de mis dioses.
Escupí a sus pies, con toda la rabia que mi linaje y mi honor mancillado me permitían.
—Sois un perro sarnoso y un traidor a vuestra fe —le espeté, con la voz temblando de indignación—. Que Dios os condene en la otra vida, porque en esta ya camináis con un pie en el averno.
El Marqués no se inmutó. Una sonrisa lenta y cruel se dibujó en sus labios, revelando unos dientes blancos que contrastaban con la negrura de su alma.
—La fe, doña Catalina, es un lujo que solo pueden permitirse los hombres que viven en palacios de piedra —respondió con serenidad—.
Aquí, en las Indias, la fe la dicta el acero, y el acero lo empuñan aquellos que tienen el valor de mirar a los dioses antiguos a los ojos.
Vuestro esposo, que en paz descanse, era un hombre piadoso. Y por eso murió.
La mención de Rodrigo fue un puñal envenenado que me atravesó el pecho.
Quise lanzarme sobre él, arrancarle los ojos con las uñas, ahogarlo con mis propias manos, pero las cadenas invisibles del decoro y la prudencia me mantuvieron en mi sitio.
Alí, a mi lado, bajó la mirada, pero pude ver cómo sus puños se cerraban con tanta fuerza que las cadenas se clavaban en su carne.
—¿Qué queréis de nosotras? —pregunté, con la voz quebrada por el esfuerzo de contener las lágrimas.
—De vos, poco —respondió el Marqués, girándose hacia la selva con un gesto teatral—.
Sois el peón de un juego mayor. Vuestra hija, en cambio, es la llave que me abrirá las puertas del poder entre los pueblos de la selva profunda.
Los salvajes exigen sangre inocente para sellar sus alianzas, y la sangre de los Mendoza, pura y noble, será el sacrificio que me garantice la lealtad de los caníbales del Darién.
El mundo se detuvo. El aire se volvió denso, irrespirable.
Sentí cómo las piernas me fallaban, y tuve que apoyarme en Alí para no caer de rodillas sobre la arena abrasadora.
Mi pequeña Elvira, mi niña de cuatro años, mi flor de azahar, destinada a los cuchillos de obsidiana de los salvajes.
La furia que había sentido ante la muerte de Rodrigo, ante mi propia violación, palidecía ante aquella sentencia.
Era una furia nueva, fría, absoluta, la de una madre a la que le arrebatan la razón misma de su existencia.
—Antes permitiré que el mar nos trague a ambas —susurré, con una calma que me sorprendió a mí misma—. Antes que entregarla a vuestros demonios.
El Marqués soltó una carcajada que resonó en la playa como el graznido de un cuervo gigante.
—No tendréis esa opción, doña Catalina —respondió, acercándose a mí hasta que pude oler el perfume a almizcle y a pólvora que impregnaba su jubón—.
Pero hay algo que sí podéis elegir. Podéis acompañar a vuestra hija hasta el altar del sacrificio, y morir con ella bajo el cuchillo del chamán.
O podéis venderme vuestro cuerpo y vuestro conocimiento, y trabajar como médica en mi encomienda, sirviendo a los esclavos que trabajan mis minas.
Si lo hacéis, y si servís bien, quizás, solo quizás, pueda considerar perdonar la vida de la niña.
La propuesta era una trampa, una burla macabra.
Sabía que ninguna de las dos opciones me garantizaría la salvación de Elvira, pero la segunda me ofrecía una sombra de esperanza, un resquicio por el que colarme para intentar lo imposible.
Miré a Alí, y en sus ojos ámbar leí la misma decisión que ardía en mi pecho.
No había rendición posible. Solo la lucha, la astucia, y la promesa silenciosa de vengarnos algún día.
—Acepto —dije, con la voz firme, tragándome el orgullo, el honor, y las últimas briznas de mi dignidad—. Seré vuestra médica. Pero exijo que el sarraceno me acompañe. Su conocimiento de las hierbas me será útil.
El Marqués meditó la petición, acariciándose la cicatriz de la mejilla con un dedo enjoyado. Luego, su mirada se posó en Alí, y una sonrisa de complicidad se dibujó en sus labios.
—El morisco sabe de venenos y de remedios —murmuró—. Es útil, en efecto. Que viva, pues. Pero si intenta alguna de sus artes contra mí o contra los míos, lo despellejaré vivo y colgaré su piel en la puerta de mi hacienda.
Hizo un gesto, y dos esclavos indígenas, semidesnudos y con la mirada ausente, se acercaron para despojarnos de las cadenas.
El metal cayó sobre la arena con un sonido sordo, y por un instante, sentí la ilusión de la libertad.
Pero era una ilusión frágil, tan delgada como el hilo de una telaraña.
El Marqués se acercó a Alí y le habló en voz baja, en un castellano salpicado de palabras indígenas que me resultaron incomprensibles.
El morisco asintió con gravedad, y sus ojos se encontraron con los míos por un instante, transmitiéndome un mensaje silencioso: paciencia, astucia, supervivencia.
Nos condujeron a través de un sendero abierto a machetazos en la selva, un túnel de vegetación asfixiante donde el sol apenas lograba filtrarse entre las copas de los árboles colosales.
El aire era una sopa densa, cargada de olores a flores podridas, a resinas aromáticas y a la humedad perpetua de la tierra.
Los gritos de los monos, el canto de las aves tropicales y el zumbido de los insectos formaban una sinfonía enloquecedora que me taladraba los oídos.
Cada paso era una tortura, pues la arena ardiente de la playa había sido reemplazada por un suelo cubierto de raíces retorcidas y de hojas cortantes que me desgarraban los pies descalzos.
Tras horas de marcha, la selva se abrió ante nosotras, revelando un espectáculo que me dejó sin aliento.
En el centro de un claro inmenso, rodeado de palenques de madera y de chozas de paja, se alzaba la encomienda del Marqués de la Sangre.
Era una fortaleza construida con la piedra rojiza de las canteras locales, coronada por almenas y torres de vigía, y rodeada por un foso seco lleno de estacas afiladas.
En el patio central, decenas de esclavos indígenas y africanos trabajaban bajo el látigo de los capataces, cargando sacos de mineral que brillaban con un fulgor amarillento bajo el sol.
El olor a sudor, a sangre y a mineral pulverizado era tan intenso que me provocó arcadas.
Nos condujeron directamente a las dependencias principales, una construcción de dos plantas con balcones de madera tallada y ventanas enrejadas que desentonaban con la rusticidad del entorno.
En el salón principal, iluminado por antorchas que proyectaban sombras danzantes sobre los muros, nos esperaba un hombre de aspecto completamente distinto al del Marqués.
Era bajo, rechoncho, con el rostro rubicundo y los ojos pequeños y brillantes como los de un cerdo.
Vestía un jubón de seda verde, ahora manchado de grasa y de vino, y en su mano derecha empuñaba una copa de plata llena de un líquido oscuro.
—Don Gaspar de Mendoza y Luján, mi administrador y primo lejano —nos presentó el Marqués con una sonrisa de complicidad—. Él se encargará de vuestras condiciones de vida, doña Catalina. Y de recordaros, de vez en cuando, quién manda en estas tierras.
Don Gaspar soltó una risita ahogada y se llevó la copa a los labios, dejando que el líquido le manchara los bigotes encerados.
—Un placer conocer a la ilustre viuda de los Mendoza —dijo, con una voz melosa que me revolvió el estómago—. He oído historias muy interesantes sobre vos. Dicen que sois una mujer de temperamento... fogoso.
El Marqués intervino antes de que pudiera responder.
—Doña Catalina será la médica de la encomienda.
Atenderá a los esclavos enfermos y heridos, y se encargará de preparar los remedios que necesitemos.
El sarraceno la asistirá. Si alguno de los dos intenta huir, o comete alguna falta grave, la niña será la primera en pagar el precio. ¿Ha quedado claro?
Asentí con la cabeza, tragándome las ganas de arrancarle la lengua a Don Gaspar con mis propios dientes.
El Marqués hizo un gesto, y dos sirvientas indígenas, de rostros inexpresivos y miradas vacías, se acercaron para conducirme a mis nuevas dependencias.
Antes de seguir a las mujeres, me giré hacia Alí, y en un susurro que solo él pudo escuchar, le dije:
—No os separéis de mí. Pase lo que pase.
El morisco asintió con una leve inclinación de cabeza, y sus ojos ámbar brillaron con una promesa silenciosa.
Me condujeron a una habitación pequeña, con paredes de adobe y un camastro de paja en un rincón.
La ventana, enrejada con barrotes de hierro, daba a un patio interior donde los esclavos eran azotados al atardecer.
El sonido del látigo, seco y cruel, se mezclaba con los gemidos de los castigados, y me acompañaría cada noche durante los meses venideros.
Las sirvientas me dejaron sola, tras entregarme un cántaro de agua y un trozo de pan de maíz.
Me senté en el camastro, con Elvira dormida en mis brazos, y por primera vez desde el asalto a mi palacio, permití que las lágrimas fluyeran libremente.
Lloré por Rodrigo, por mi honor perdido, por mi hija condenada, por la inocencia que me habían arrancado a jirones.
Lloré hasta que no me quedaron lágrimas, hasta que mi garganta estuvo seca y mis ojos ardiendo como brasas.
Entonces, en el silencio de la habitación, escuché un sonido que me heló la sangre.
No era el látigo, ni los gemidos de los esclavos.
Era el redoble lejano de los tambores de los salvajes, que llegaba desde lo más profundo de la selva, marcando el ritmo de una ceremonia que aún no había comenzado.
Y supe, con la certeza absoluta de los condenados, que mi guerra en el Nuevo Mundo no había hecho más que empezar.
Al día siguiente, cuando el sol comenzaba a teñir de rojo las copas de los árboles, una sirvienta entró en mi habitación con un mensaje del Marqués. Me entregó un pergamino sellado con lacre negro, y al romperlo, leí las palabras que habrían de cambiar el rumbo de mi destino:
"Doña Catalina: Os concedo una audiencia en mis aposentos privados esta noche. Venid sola. Traed vuestras manos de médica, pues tengo una dolencia que solo vos podréis curar. Si os negáis, la niña será la primera ofrenda del solsticio."
Firmado con una caligrafía elaborada: El Marqués de la Sangre.
Miré a Elvira, dormida en el camastro, y luego mis propias manos, que habían sostenido rosas y espadas, que habían acariciado a mi esposo y hundido clavos en las órbitas de los verdugos.
Ahora, tendrían que curar al demonio que había destruido mi vida.
Y en aquella curación, en aquella intimidad forzada con el tirano, buscaría la grieta por la que colar el veneno de mi venganza.