CAPÍTULO 4 EL LEVIATÁN DE MADERA Y EL BROTAR DE LA ESPERANZA
La risa de Don Lope de Vargas se extinguió en sus labios al observar la firmeza de mi postura.
A pesar de las cadenas invisibles que el miedo y la desdicha habían forjado en torno a mi alma, me mantuve erguida, escudo frágil pero inquebrantable entre las hojas de acero de sus esbirros y el cuerpo tembloroso de mi pequeña Elvira.
El galeón San Cristóbal gemía bajo nuestros pies, una bestia de madera y brea que parecía consciente de la maldad que transportaba en sus entrañas.
A nuestro alrededor, la cubierta era un tapiz macabro de cadáveres y astillas.
La carabela de la Armada de Guarda, embestida y destrozada por la proa de nuestro navío, se hundía lentamente en las aguas oscuras del océano, arrastrando consigo a los valientes soldados que habían intentado cumplir con su deber.
El mar, implacable y silencioso, cerró sus fauces sobre los ahogados, sin concederles ni siquiera el consuelo de una oración fúnebre.
—Recoged a las hembras y al perro sarraceno —ordenó el capitán, con un gesto de desdén que me hizo hervir la sangre—.
Llevadlos a la cámara de popa. No quiero que la peste, si es que la tienen, contamine a la tripulación antes de que lleguemos a Santa Marta.
Y atad bien al morisco; si intenta alguna de sus artes de brujería, arrojadlo a las aguas sin cruz ni epitafio.
Dos marineros de rostros curtidos y miradas ausentes me agarraron de los brazos.
No opuse resistencia física, pues mi cuerpo, agotado por la vigilia y el horror, apenas podía sostenerse, pero mi espíritu ardía con un fuego que ninguna soga podría apagar.
Nos arrastraron por las escaleras de caracol hacia las profundidades del navío, lejos de la luz del sol y de la brisa salobre.
La cámara de popa, aunque ligeramente menos nauseabunda que la sentina inferior, no dejaba de ser una celda de tortura.
Olía a madera podrida, a sudor rancio y a las especias que Alí había derramado horas antes.
Nos encadenaron a una argolla de hierro empotrada en el mamparo, dejándonos apenas espacio para movernos.
Elvira ocultó su rostro en mi regazo, y yo acaricié su cabello, murmurando promesas de protección que mi propio corazón sabía vacías.
Los días se fundieron en una sucesión monótona de tinieblas y congoja.
El San Cristóbal se convirtió en un microcosmos del infierno, un leviatán de madera que surcaba las aguas del Atlántico con la parsimonia de un condenado que camina hacia el patíbulo.
Las condiciones en las que nos mantuvieron eran propias de la más absoluta barbarie.
El contramaestre, un hombre de nombre Grijalva cuyo rostro estaba surcado por la cicatriz de un arcabuzazo, nos arrojaba cada mediodía un mendrugo de bizcocho tan duro como la piedra, infestado de gorgojos, y un trozo de cecina salada que raspaba la garganta al intentar deglutirla.
El agua, guardada en toneles de roble que jamás se limpiaban, sabía a lodo y a moho, y nos provocaba arcadas continuas.
En aquella penumbra perpetua, donde la única medida del tiempo era el vaivén rítmico del casco al compás de las olas y el crujido lastimero de los mástiles, mi mente buscaba refugio en los jardines de mi memoria.
Evocaba los patios de naranjos de mi palacio en Cádiz, el sonido del agua brotando de las fuentes de mármol, y la figura de Don Rodrigo caminando hacia mí con una rosa entre los dientes.
Aquellos recuerdos, que en un principio me sirvieron de bálsamo, comenzaron a tornarse en un suplicio dulce y amargo.
La pureza de aquel amor contrastaba de forma obscena con la inmundicia que me rodeaba.
Cada vez que cerraba los ojos, veía el rostro de mi esposo desfigurado por la muerte, y sentía de nuevo el peso asfixiante del mercenario que me había deshonrado en la noche de mi viudez.
Mi cuerpo, templo sagrado de los Mendoza, había sido profanado, y la culpa de sobrevivir a tal vituperio me carcomía las entrañas más que el hambre o la sed.
Sin embargo, en aquel abismo de desesperación, una luz tenue comenzó a brillar en la persona de Alí ibn Sahl.
El capitán, en su infinita crueldad, había ordenado que le retiraran los grilletes de los pies, aunque mantenía los de las muñecas unidos a una cadena larga que le permitía moverse por la cámara.
Su presencia, en un principio, me generó recelo; era un infiel, un hombre de una fe distinta a la mía, y la educación que había recibido me enseñaba a ver en él a un enemigo de Cristo.
Pero la necesidad y el instinto de supervivencia son maestros que derriban los prejuicios más arraigados.
La quincena de travesía trajo consigo un aire viciado y húmedo que se coló por las lumbreras, enfermando a mi pequeña Elvira.
La niña comenzó a arder en fiebre, su piel pálida y translúcida contrastando con el rojo de sus labios resecos.
Los gemidos de mi hija eran puñales que se clavaban en mi pecho.
Supliqué a los guardias que nos daban de comer que llamaran al cirujano del navío, pero solo recibí burlas y escupitajos.
La criatura se moría, y yo, impotente, solo podía abrazarla y llorar en silencio, sintiendo cómo la vida se escapaba de su pequeño cuerpo.
Fue entonces cuando Alí se acercó. Sus movimientos, a pesar de la cadena que arrastraba, poseían la gracia de un felino. Se arrodilló junto a nosotras, y sus ojos ámbar, que hasta entonces habían reflejado una calma estoica, mostraron una profunda compasión.
—La niña necesita enfriar su sangre, señora —murmuró con voz suave, una melodía pausada que pareció detener el tiempo en aquella celda—. El aire de esta bodega es un veneno lento. Si no actuamos, el fuego interno consumirá su alma antes de que veamos las costas de las Indias.
—¿Qué podéis hacer vos, cautivo? —respondí con amargura, apretando a Elvira contra mi pecho—. No tenéis vuestras hierbas, ni vuestros ungüentos. Solo cadenas y la piedad de un Dios que parece habernos abandonado.
—La ciencia de curar no reside únicamente en los frascos de cristal, doña Catalina —replicó él, extendiendo una mano hacia la frente de mi hija.
Sus dedos, largos y finos, estaban ásperos por el salitre, pero su tacto fue de una delicadeza extrema—.
Reside en el conocimiento de los humores y en la voluntad de no rendirse.
Pedid al guardia que os dé un poco del vinagre que usaron para limpiar la cubierta, y un paño de lino limpio.
Si os negáis, la pequeña morirá, y vuestra alma cargará con ese peso hasta el fin de los tiempos.
La lógica de sus palabras, desprovista de toda arrogancia, me desarmó.
Llamé al centinela y, con la autoridad que mi linaje aún me otorgaba, exigí el vinagre y el lienzo.
El hombre, sorprendido por mi tono, obedeció refunfuñando.
Alí tomó el paño, lo empapó en el líquido acre y, con una destreza que denotaba años de práctica, comenzó a aplicar compresas en la nuca, las muñecas y el pecho de Elvira.
Mientras trabajaba, sus manos rozaban accidentalmente mi piel.
Cada contacto era una descarga eléctrica, un contraste abismal con la violencia bestial que había marcado mis últimos días.
Las manos de los mercenarios que me violaron habían sido garras que desgarraban, que humillaban, que tomaban por la fuerza.
Las manos de Alí, por el contrario, eran instrumentos de sanación, de respeto, de una ternura que me devolvía la dignidad arrebatada.
Observé su rostro concentrado, la línea firme de su mandíbula cubierta por una barba oscura, y sentí que algo en mi interior, que creía muerto y petrificado por el trauma, comenzaba a resquebrajarse.
—Vuestras manos son hábiles, Alí ibn Sahl —susurré, rompiendo el silencio que solo acompañaba el jadear de mi hija—. Curan el cuerpo, pero también parecen calmar el espíritu.
Él alzó la vista, y nuestros ojos se encontraron en la penumbra. En su mirada no había lujuria, ni codicia, ni el desdén con el que los hombres de su condición solían tratar a las mujeres cristianas. Había una profundidad insondable, un dolor compartido y una admiración contenida.
—Las manos solo ejecutan lo que el corazón dicta, doña Catalina —respondió con voz grave, volviendo a mojar el paño—.
Y mi corazón dicta que no permitiré que la inocencia perezca en este leviatán de madera.
Vos sois una mujer que ha soportado el peso del mundo sobre sus hombros.
Vuestra fortaleza es el verdadero remedio que mantiene a la niña con vida.
Las palabras del morisco me conmovieron hasta las lágrimas.
Por primera vez en semanas, no lloré de dolor ni de rabia, sino de un alivio profundo y reconfortante.
En la oscuridad de la bodega, rodeadas de la inmundicia y el hedor de la travesía, floreció entre nosotros un vínculo inquebrantable.
No era solo gratitud; era el reconocimiento de dos almas destrozadas que encontraban en la otra un refugio contra la crueldad del mundo.
Comenzamos a hablar en los largos intervalos en que Elvira dormía, su fiebre remitida gracias a los cuidados del cautivo.
Me habló de su Córdoba natal, de las bibliotecas de sabios que habían sido quemadas por el fanatismo, de su viaje a las Indias buscando un lugar donde su conocimiento no fuera motivo de condena.
Yo le hablé de mis jardines, de la poesía de Garcilaso que recitaba con Rodrigo, y de la amargura de saber que mi honor, según las leyes de los hombres, había sido mancillado para siempre.
—El honor no reside en la pureza del cuerpo, que el azar o la maldad pueden arrebatar —me dijo una noche, mientras la luz de una sola vela iluminaba nuestros rostros—.
El honor es la fortaleza del alma para seguir amando y protegiendo a los suyos a pesar de la desdicha.
En eso, doña Catalina, sois la mujer más honorable que he conocido.
Su voz, cargada de una sinceridad que desafiaba las leyes de la Inquisición y los dogmas de mi tierra, encendió en mi pecho una llama prohibida.
Me incliné hacia él, impulsada por una necesidad imperiosa de consuelo, y nuestros labios se encontraron.
Fue un beso suave, apenas un roce de pieles, pero contuvo la intensidad de un huracán.
En ese contacto no había la pasión desbocada de la lujuria, sino la dulzura de un amor que nacía de las cenizas, la promesa silenciosa de dos náufragos que decidían aferrarse el uno al otro para no ser tragados por el abismo.
Por un instante, el hedor de la sentina desapareció, reemplazado por el aroma imaginario de los jazmines de mi palacio y el perfume a sándalo que desprendía su piel.
El idilio fue interrumpido bruscamente por el estruendo de la puerta al abrirse.
El contramaestre Grijalva entró con paso pesado, seguido por dos marineros armados.
Alí se separó de mí con rapidez, bajando la mirada y adoptando de nuevo la postura sumisa del cautivo, pero yo me interpuso entre él y los esbirros, con la mirada encendida por una furia que no conocía límites.
—¿Qué significa esta intromisión? —exigí saber, erguida cuanto me permitían las cadenas.
—Significa que hemos llegado al fin de la travesía, perra arrogante —respondió Grijalva con una sonrisa que descubrió sus dientes negros—. El capitán ordena que subáis a cubierta. Las tierras del Darién están a la vista, y el Marqués de la Sangre ha enviado una delegación para recibir su mercancía.
El corazón me dio un vuelco. La travesía había terminado, pero el verdadero infierno estaba a punto de comenzar.
Subimos a la cubierta, cegados por la luz cegadora del sol del trópico.
El aire era denso, húmedo, y olía a vegetación podrida y a flores desconocidas.
Ante nosotros, la costa de Santa Marta se alzaba como un muro impenetrable de selva verde y oscura, una masa de vida salvaje que parecía observarnos con mil ojos invisibles.
En la playa, esperando junto a unas chalupas que se acercaban al galeón, había una comitiva que heló la sangre de hasta el más valiente de los marineros de Don Lope.
No eran solo españoles. Entre los hombres armados con arcabuces y espadas, caminaban guerreros indígenas de estatura colosal, pintados con colores de guerra, adornados con plumas de aves tropicales y portando mazas de madera con incrustaciones de obsidiana.
Eran los salvajes de las tierras lejanas, los aliados del Marqués.
Pero lo que me obligó a llevarme las manos a la boca para ahogar un grito de horror no fue la visión de los caníbales.
Fue lo que el líder de la delegación, un hombre alto que vestía una armadura negra grabada con símbolos profanos, arrojó sobre la pasarela de madera cuando las chalupas se acoplaron al casco del galeón.
El objeto rodó por las tablas y se detuvo a los pies de Don Lope.
Era una mano humana, cercenada con un corte limpio, aún llevando el anillo de sello con las armas de los Mendoza.
La mano de mi amado Rodrigo. Atada a la muñeca cortada, una nota de pergamino ondeaba con la brisa marina.
Don Lope la recogió, la leyó y me la tendió con una mueca de crueldad infinita.
—El Marqués os da la bienvenida a su reino, doña Catalina —susurró el capitán, mientras los tambores de los salvajes comenzaban a redoblar en la orilla, marcando el ritmo de mi perdición—.
Dice que vuestro esposo murió gritando vuestro nombre, y que espera que vos y vuestra hija seáis igual de elocuentes en los altares de sus nuevos dioses.
Miré la mano de mi esposo, y luego a la selva impenetrable que nos aguardaba. La dulzura del beso de Alí aún ardía en mis labios, pero la realidad de la sangre y el acero había vuelto para reclamar su tributo. La travesía había terminado, y la verdadera masacre estaba a punto de comenzar.