CAPÍTULO 3 LA MADERA ASTILLADA Y EL SALITRE
El hacha del abordaje no golpeó la puerta de roble con la furia desordenada de los piratas berberiscos, sino con la cadencia metódica y cruel de los zapadores de los Tercios.
Cada hachazo era un latido de muerte, una cuenta regresiva que resonaba en los huesos de la bodega y me devolvía, con una claridad enfermiza, a la noche en que mi palacio fue reducido a cenizas.
El olor a pólvora que se colaba por las grietas no olía a la pólvora negra y húmeda de los corsarios, sino a la pólvora de mecha, refinada y letal, la misma que había silenciado para siempre el corazón de mi amado Rodrigo.
¡Atrás, Catalina! ¡Protege a la niña!
La voz de mi esposo rescatada de las criptas de mi memoria se superpuso al estruendo de la madera cediendo.
El cerrojo de hierro saltó hecho pedazos, y la puerta se abrió de par en par, revelando no los turbantes y alfanjes de los sarracenos de Argel, sino los petos abollados, los morriones oxidados y los rostros curtidos por el escorbuto de los hombres de Su Majestad Católica.
Eran españoles. No eran corsarios. Eran tratantes de almas, la escoria más despreciable de las Indias, los mismos que habían fingido el ataque para borrar todo rastro de testigos y justificar el desvío de la nave.
Al frente de la marea de acero caminaba un hombre de estatura colosal, vestido con un jubón de terciopelo carmesí, ahora manchado de hollín y sangre ajena.
En su mano derecha no empuñaba un alfanje, sino una espada ropera de empuñadura de cazoleta, el acero blanco brillaba con una luz siniestra y depredadora.
Sus ojos, del color del hielo derretido, me escrutaron con una mezcla de lujuria y codicia que me heló la sangre mucho más que la brisa marina.
—Dejad las armas, perra —graznó el gigante, escupiendo un esputo de tabaco sobre las tablas empapadas de la sentina—.
El teatro de los moros ha terminado. Mi nombre es Don Lope de Vargas, y este galeón no es un lazareto, ni navega hacia las costas de Berbería.
Navega hacia Tierra Firme, y vos sois la mercancía más valiosa de mi bodega.
La revelación cayó sobre mí con el peso de una losa de mármol.
La peste era una mentira. El ataque corsario, una farsa.
Todo había sido una coreografía macabra diseñada para secuestrarnos sin levantar sospechas en los puertos.
Mi mente, embotada por el horror y el cansancio, intentó procesar la magnitud de la traición.
Don Rodrigo, mi dulce y valiente Rodrigo, había muerto defendiendo nuestro honor de unos mercenarios que, en realidad, eran los perros de caza de este demonio vestido de seda.
—¡Mi hija y yo somos súbditas de la Corona! —vociferé, erguida cuanto me permitían mis rodillas temblorosas, aferrando el clavo oxidado como si fuera la reliquia de un santo—. ¡Si nos lleváis a las Indias, el Virrey os hará ahorcar en la plaza mayor!
Don Lope soltó una carcajada que resonó como el croar de un cuervo gigante. La risa rebotó en las paredes de madera, ahogando los gemidos de los enfermos que aún yacían en los rincones.
—El Virrey es mi primo, doña Catalina —respondió, dando un paso adelante, el acero de su espada rozando el suelo con un chirrido que me erizó el vello—.
Y en las Américas, la ley la escriben los hombres que tienen el valor de empuñar la espada, no los cobardes que se esconden tras los papeles reales.
Vuestro esposo era un hombre honorable, pero su honor fue lo que lo mató.
Se negó a pagar el peaje de mi protección.
Ahora, pagaréis vos con vuestro cuerpo y con el oro que vuestro linaje os garantiza.
La mención de Rodrigo encendió en mi pecho una hoguera de furia que consumió cualquier rastro de temor.
La dulzura de sus besos, la ternura de sus manos al acariciar mi vientre antes de que la vida me fuera arrebatada, se transformaron en un veneno dulce y mortal.
No permitiría que aquellas manos manchadas de pecado profanaran su memoria.
No permitiría que tocaran a mi pequeña Elvira.
A mi lado, Alí ibn Sahl se movió con la fluidez de una serpiente entre las sombras.
A pesar de los grilletes, su mente seguía siendo un arma afilada.
Sin mediar palabra, el morisco pateó el barril de vinagre y especias que había abierto el capitán.
El líquido espeso y acre se derramó sobre las brasas mortecinas de la antorcha caída.
Una nube densa, picante y asfixiante de vapor de clavo y alcanfor estalló en el espacio reducido, cegando a los esbirros de Don Lope.
—¡Ahora, señora! ¡Corred! —bramó Alí, lanzándose contra el más cercano de los marineros, utilizando sus propias cadenas como un flagelo de hierro que silbó en el aire y se enroló en el cuello del bruto, estrangulándolo con un crujido nauseabundo.
La bodega se convirtió en un caldero de locura.
El vapor picante quemaba mis ojos y mi garganta, pero la adrenalina me otorgaba una lucidez sobrenatural.
Agarré a Elvira, que había despertado y lloraba en silencio, y la pegué a mi pecho.
Con la mano izquierda aferré el clavo oxidado y con la derecha empujé a mi hija hacia la escotilla abierta por la que los marineros habían entrado.
—¡Sube, mi amor! ¡Sube hacia la luz! —le susurré, empujándola hacia la escala de cuerda.
Un marinero, con el rostro enrojecido por el vapor y la ira, se abalanzó sobre mí, alzando un cuchillo de abordaje.
No pensé. No recé. Simplemente, dejé que el instinto de la loba tomara el control.
Lancé mi brazo hacia adelante y hundí el clavo de tres pulgadas en la órbita del hombre.
El grito que emitió fue un sonido animal, desgarrador, que se mezcló con el estruendo de la batalla en la cubierta superior.
La sangre caliente y viscosa me salpicó el rostro, bañando mis mejillas con un bautismo de hierro y muerte.
—¡Maldita zorra! —rugió Don Lope, abriéndose paso entre el humo y el caos. Su espada silbó, cercenando el aire a escasos centímetros de mi cuello, y me obligó a lanzarme al suelo, rodando sobre las tablas resbaladizas por la inmundicia.
Alí aprovechó la distracción para golpear la rodilla del capitán con su grillete, haciéndolo caer de bruces. El morisco me tendió la mano, sus ojos ámbar brillando con una ferocidad que desmentía su habitual serenidad.
—¡No hay tiempo, Catalina! ¡El barco arde! —gritó, señalando hacia la escotilla.
Las llamas, alimentadas por el aceite derramado y la pólvora, comenzaban a lamer las paredes de la bodega.
El humo negro y denso descendía, asfixiante, mezclándose con el hedor de la sentina.
Subí por la escala de cuerda con una desesperación que me desgarraba los músculos, cargando a Elvira en la espalda y sintiendo el aliento de Alí en mis talones.
Al emerger a la cubierta principal, el espectáculo que se ofreció ante mis ojos me dejó paralizada por un instante.
El cielo del amanecer se teñía de un rosa pálido y dorado, una belleza celestial que contrastaba de forma obscena con el infierno que se desataba sobre las tablas del galeón.
El San Cristóbal no estaba siendo abordado por corsarios, sino que había embestido deliberadamente a una carabela de la Armada de Guarda que intentaba interceptarlo.
Los dos navíos estaban enganchados, y los hombres de Don Lope masacraban a los soldados reales con una crueldad metódica.
El mar, inmenso y azul, se extendía hasta el horizonte, indiferente a la barbarie humana. El viento salitre azotaba mi rostro, limpiando la sangre de mis mejillas, pero no podía lavar la suciedad de mi alma.
Don Lope emergió tras nosotros, escupiendo sangre y sosteniendo su espada en alto.
Sus hombres, tras someter a los últimos defensores de la carabela, nos rodearon en un semicírculo de acero reluciente.
Estábamos atrapadas. Elvira escondía su rostro en mi cuello, sus pequeñas manos aferrando mi sayal con una fuerza que me rompía el corazón.
El capitán se acercó lentamente, limpiándose la sangre de la boca con el dorso de la mano. Su mirada se posó en mí, y luego en Alí, que se interponía entre nosotros y los esbirros, con las cadenas tensas y el pecho agitado.
—Habéis luchado con el coraje de las furias del averno, doña Catalina —musitó Don Lope, con una sonrisa que revelaba sus dientes podridos—. Pero el juego ha terminado. Vais a ser llevadas a la fortaleza de Santa Marta, en las costas del Darién. Allí os espera el hombre que me contrató para traeros.
El nombre del hombre resonó en mi mente como un trueno. Don Lope hizo una pausa, disfrutando de mi ignorancia, antes de soltar la sentencia que habría de marcar el resto de mis días.
—Se hace llamar el Marqués de la Sangre.
Un conquistador que ha renegado de Dios y del Rey para aliarse con los salvajes de las tierras lejanas, los indios caníbales de la selva profunda.
Él fue quien ordenó el asalto a vuestro palacio en Cádiz.
Él fue quien pagó por vuestra cabeza y por la de vuestro esposo, porque Don Rodrigo descubrió sus tratos con los herejes antes de zarpar.
El mundo dejó de girar. Rodrigo no había muerto por una simple incursión de mercenarios.
Había sido asesinado por descubrir una traición que involucraba a las más altas esferas del poder.
Y ahora, yo, mi hija y el hombre que había comenzado a despertar en mi corazón un amor tan prohibido como peligroso, éramos el botín de guerra de un tirano que gobernaba en la jungla con la ayuda de los demonios de la selva.
Don Lope se acercó a mí, lo suficiente para que pudiera oler el vino rancio y la podredumbre de su aliento, y susurró con una crueldad que heló mi sangre:
—El Marqués no os quiere para sus camas, doña Catalina. Os quiere para los altares de sus nuevos dioses. Y vuestra hija... vuestra hija será el sacrificio que asegure su alianza con los salvajes.
La brisa marina trajo el olor a sangre y a pólvora, pero por un instante, solo pude oler el aroma a azahar de mi noche de bodas, y la certeza absoluta de que mi guerra en el Nuevo Mundo acababa de comenzar.