La flor que no perdona CAPÍTULO 2 EL MIASMA Y LA SEDA
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CAPÍTULO 2 EL MIASMA Y LA SEDA

Las palabras del capitán resonaron en la estrechez de la bodega como el tañido fúnebre de una campana de bronce.

La peste. La palabra en sí misma era un veneno, un espectro que había diezmado ciudades enteras y que ahora nos acompañaba en la penumbra, respirando al unísono con los moribundos que se apiñaban en la cubierta superior.

Cerré los ojos un instante, buscando en la memoria el refugio de mi pasado.

Evoqué el tacto de la seda sobre mi piel en la mañana de mi boda, el aroma a sándalo y a limpio lino que desprendía la túnica de Don Rodrigo, y la certeza absoluta de que su amor me blindaría contra cualquier infortunio.

Qué necia fui. La dulzura de aquellos recuerdos se tornó en hiel al contrastarla con la realidad de mi presente: un calabozo flotante, apestoso a heces y a carne gangrenada, donde la única certeza era que la parca nos acechaba en la oscuridad.

—¡No permitiré que mi hija muera en este infierno! —bramé, golpeando la gruesa puerta de roble con los puños hasta que los nudillos me sangraron—. ¡Abrid, cobardes! ¡Tened piedad de una criatura inocente!

—Vuestras súplicas rebotan contra la madera y contra el corazón de los hombres, doña Catalina —musitó una voz grave y pausada que emergía del rincón más profundo de la sentina—. Guardad el aliento. Lo necesitaréis para respirar el aire viciado que se filtra por las lumbreras.

Sobresaltada, posé la vista en la dirección de aquel sonido.

La escasa luz que se colaba por una rejilla de ventilación me permitió escrutar la figura de un hombre encadenado al mamparo.

Vestía harapos inmundos, pero su postura, erguida y serena, desentonaba con la miseria que lo rodeaba.

Al acercarme, arrastrando los pies para no despertar a Elvira, que gimoteaba en sueños, pude distinguir los rasgos finos de un rostro curtido por el sol del desierto y una barba negra recortada con esmero.

Era un morisco, o quizás un cautivo bereber.

Su presencia en aquel navío cristiano era un enigma, pero sus ojos, de un tono ámbar inquietante, denotaban una inteligencia aguda y una calma sobrenatural.

—¿Quién sois vos para hablar con tal serenidad en la antesala de la muerte? —inquirí, ajustando el sayal sobre los hombros de mi pequeña para protegerla del frío húmedo.

—Soy Alí ibn Sahl, médico de profesión y prisionero por decreto de la Inquisición —respondió el cautivo, haciendo tintinear sus grilletes con un movimiento calculado—.

Y mi serenidad nace de la certeza de que el miedo acelera los pulsos y atrae a los miasmas.

Si deseáis que la niña sobreviva, acercaos y escuchad.

Me arrodillé junto a él, ignorando el hedor que emanaba de sus ropajes. En sus manos, a pesar de los hierros, sostenía un pequeño hatillo de cuero. Con una destreza asombrosa, lo abrió y extrajo un pañuelo de lino y un frasco de cristal oscuro.

—Empapad este lienzo en vinagre y aplicadlo sobre la nariz y la boca de la pequeña, y sobre la vuestra —instruyó, destapando el frasco y dejando que un aroma penetrante a clavo, canela y alcanfor inundara nuestro reducido espacio—.

La pestilencia viaja en el aire corrompido.

El vinagre y las especias purifican el aliento.

Hacedlo ahora, antes de que los bubones empiecen a florecer en vuestras pieles.

Obedecí sin rechistar. El contacto de sus dedos, al ayudarme a anudar el pañuelo tras la nuca de Elvira, fue inesperadamente suave.

Aquella caricia breve y profesional me trajo a la memoria las manos de Rodrigo cuando me retiraba el cabello del rostro antes de besarme.

Un escalofrío me recorrió la espina dorsal, no de temor, sino de una culpa punzante.

¿Cómo podía mi cuerpo reaccionar ante el tacto de un infiel, de un enemigo de mi fe, en el preciso instante en que la memoria de mi difunto esposo aún palpitaba en mi pecho?

Aparté la mirada, avergonzada de mi propia naturaleza, y apliqué el vinagre a mi rostro.

El alivio fue inmediato. El aroma acre del vinagre y las especias actuó como un escudo contra la fetidez de la bodega.

Sin embargo, la tregua duró poco. Un estruendo de botas pesadas sobre la cubierta superior anunció la llegada de la tripulación.

La trampilla superior se abrió de par en par, y la luz de las antorchas cegó nuestros ojos acostumbrados a la tiniebla.

—¡Sacad a los apestados! —vociferó un contramaestre de rostro cubierto de pústulas, tapándose la nariz con un trapo sucio—. ¡Tiradlos a las fauces del océano antes de que el hedor nos asfixie a todos!

Cuatro marineros descendieron por la escala, armados con ganchos de hierro y antorchas.

Procedieron a arrastrar los cadáveres hinchados por la enfermedad, lanzándolos por la borda con una indiferencia que heló mi sangre.

El sonido de los cuerpos cayendo al agua negra era un recordatorio macabro de nuestra propia fragilidad.

Cuando terminaron con los muertos, la mirada del contramaestre se posó sobre nosotras.

Se acercó con paso tambaleante, escrutando a Elvira, que permanecía inmóvil y pálida en mi regazo.

—Esta cría no se queja. Seguramente ya ha cruzado el umbral —sentenció el bruto, extendiendo un brazo cubierto de cicatrices para arrebatar a mi hija de mis brazos—. Los tiburones necesitan carne fresca.

La furia materna, primitiva y absoluta, aniquiló cualquier rastro de la educación cortesana que me había sido inculcada.

No pensé en mi linaje, ni en mi honor, ni en la muerte.

Solo vi a la bestia que pretendía arrebatarme lo único que me mantenía atada a la vida.

Con un movimiento rápido, mi mano derecha se cerró alrededor de un clavo oxidado de tres pulgadas que sobresalía de un barril podrido a mi espalda.

—¡Si tocáis a mi hija, os arrancaré los ojos! —grité, lanzándome contra el marinero.

El clavo se hundió en el cuello del hombre con un sonido húmedo y crujiente.

El contramaestre soltó un alarido ahogado, llevándose las manos a la garganta de donde brotó un surtidor de sangre oscura que manchó mi sayal.

Cayó de rodillas, pataleando sobre las tablas resbaladizas, mientras sus compañeros retrocedían, presa del pánico al ver a una mujer noble bañada en la sangre de su propio verdugo.

—¡Es una bruja! ¡La peste la ha poseído! —chilló uno de ellos, dando media vuelta y subiéndose por la escala a toda prisa.

La trampilla se cerró de un golpe, y el cerrojo corrió con un chirrido metálico.

Quedamos a oscuras, salvo por el resplandor mortecino de la antorcha que el muerto había dejado caer sobre los tablones.

Respiraba con dificultad, el corazón martilleándome las sienes, mientras la sangre del marinero empapaba mis rodillas.

Miré mis manos, temblorosas y teñidas de carmesí.

Rodrigo me había enseñado que las manos de una dama solo debían servir para bordar y para acariciar.

Ahora, eran las garras de una loba dispuesta a devorar al mundo para proteger a su cachorro.

—Habéis luchado con el coraje de los leones de Atlas, señora —murmuró Alí, acercándose a mí con un trapo húmedo que había exprimido del barril de vinagre—.

Pero habéis despertado la ira de los hombres que controlan el navío.

Y lo que es peor, habéis derramado sangre en un barco donde la muerte ya campa a sus anchas.

—Que vengan —repliqué, limpiando mis manos con brusquedad mientras me ponía en pie, interponiéndome entre el cautivo y mi hija—. Ya no me queda nada que perder.

Antes de que el morisco pudiera responder, un estruendo colosal sacudió el galeón.

La madera crujió como si fuera a partirse en dos, y un golpe sordo, seguido del chillido desgarrador de los mástiles al astillarse, nos lanzó al suelo.

El sonido inconfundible de los cañonazos y el choque de la madera contra la madera llenó el aire, ahogando los lamentos de los enfermos de la cubierta. No era un temporal. Era un abordaje.

Alí se incorporó con dificultad, arrastrando sus cadenas hasta la rejilla de ventilación, y pegó el oído a la madera. Su rostro, hasta entonces impasible, se transformó en una máscara de horror absoluto.

—No son navíos de Su Majestad los que nos han embestido —susurró el cautivo, girándose hacia mí con los ojos desorbitados—. Son los galeotes de Argel. Y el capitán que os deshonró ha pactado con ellos.

—¿Qué queréis decir? —pregunté, sintiendo que el suelo se hundía bajo mis pies.

—El capitán os trajo aquí para entregaros a los corsarios, doña Catalina —sentenció Alí, con la voz quebrada por una verdad infausta—.

No os lleva a las Américas. Os vende en el mercado de esclavos de Berbería.

Y por el sonido de los eslabones que rompen, creo que han venido a reclamar su mercancía.

Un hacha comenzó a destrozar la puerta de roble de nuestra celda, y por las grietas se coló el resplandor de las llamas y el olor a pólvora y a carne quemada.