La flor que no perdona CAPÍTULO 1 LA CENIZA Y EL AZAHAR
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La flor que no perdona

La flor que no perdona

Por Juan Vicente Moreno

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CAPÍTULO 1 LA CENIZA Y EL AZAHAR

Aún conservo en la memoria el aroma a azahar y a cera derretida de la noche en que Don Rodrigo me desposó.

Recuerdo la calidez de sus manos, curtidas por la espada, pero infinitamente delicadas al rozar mi rostro, y la promesa de eternidad que brillaba en sus ojos oscuros bajo el dosel de nuestra alcoba.

Aquel amor fue mi refugio, la dulce melodía que amortiguaba las asperezas de un mundo regido por el acero y la ambición.

Hoy, sin embargo, ese recuerdo es solo ceniza esparcida sobre las losas frías de mi propia desdicha.

La historia que me dispongo a narrar no conoce de ternuras, pues las tinieblas del siglo dieciséis no perdonan a quienes osan amar en medio de la barbarie.

El estruendo del arcabuz quebró la quietud de la madrugada, ahogando el canto de los grillos y despertando a los perros con un aullido de agonía.

El olor a pólvora quemada se filtró por las rendijas de los ventanales, mezclándose con el perfume de los jazmines que trepaban por los muros de nuestro palacio gaditano.

—¡Rodrigo! —clamé, incorporándome de un salto mientras el corazón me golpeaba las costillas—, como un pájaro enjaulado.

Mi esposo ya había desenvainado su espada toledana.

Su figura, recortada contra el resplandor anaranjado de las antorchas que iluminaban el patio de armas, era la encarnación del honor castellano.

Sin embargo, el valor de un solo hombre poco puede contra la marea de la codicia y la crueldad.

La puerta principal cedió con un crujido de madera astillada, y por el umbral se derramó una marea de desalmados.

Eran mercenarios renegados, escoria de los Tercios y piratas de costas lejanas, hombres cuyos rostros estaban surcados por la viruela, las cicatrices y la maldad más absoluta.

No hubo piedad para los servidores. Vi a Miguel, el viejo alabardero que me había enseñado a rezar, caer degollado antes de que pudiera cruzar su arma. La sangre manó a chorros, tiñendo de carmesí los adoquines que yo misma había visto barrer esa tarde.

—¡Atrás, Catalina! ¡Protege a la niña! —rugió Rodrigo—, lanzándose contra el capitán de aquella jauría.

El duelo fue breve y desesperado. El acero de mi esposo cantó con furia, cercenando brazos y abriendo yelmos, pero la traición llegó desde las sombras.

Una pica le atravesó la gola, silenciando para siempre su voz de trueno.

Rodrigo cayó de rodillas, y antes de que su mirada se apagara, pude ver cómo me buscaba entre la multitud de bestias.

Sus ojos, aquellos que me habían amado con una dulzura que desafiaba a la muerte, se clavaron en los míos llenos de una angustia infinita. Luego, la luz se extinguió.

Un grito desgarrador, ajeno a mi propia voluntad, brotó de mi garganta.

Abrazaba a nuestra pequeña Elvira, de apenas cuatro años, intentando cubrir sus ojos con mi sayal, pero el horror no admite cobardías.

El capitán de los asaltantes, un gigante de piel cetrina y ojos amarillentos que olía a vino rancio y a podredumbre, se acercó a mí con una sonrisa que heló mi sangre.

—El linaje de los Mendoza vale su peso en oro en las Indias, perra —-murmuró con un acento arrastrado—, propio de las costas berberiscas. Pero antes de que os venda, habréis de pagar el peaje de la conquista.

Lo que sucedió a continuación arrancó de mi alma la última brizna de humanidad.

Me arrastró por el cabello hacia el estrado principal, ignorando los sollozos de mi hija.

Las manos de Rodrigo acariciaban mi espíritu; las de aquella bestia desgarraron mi carne con una violencia inaudita.

El recuerdo de nuestros besos, de las noches de pasión iluminadas por la luna, fue profanado por el peso de su bota y el aliento fétido de su aliento.

El dolor fue absoluto, una hoja candente que me partió en dos, pero el verdadero suplicio fue la humillación, la certeza de que mi cuerpo, templo de nuestro amor, era ahora un campo de batalla saqueado.

Lloré en silencio, mordiendo mi propia mano hasta hacerla sangrar para no darle el gusto de escuchar mis lamentos, mientras la imagen de mi esposo muerto se grababa a fuego en mis retinas.

Cuando aquel demonio terminó, me arrojó al suelo como un trapo inservible. No me mataron. Mi vientre había engendrado a la heredera de una de las casas más ricas de Castilla, y la avaricia es el único dios que veneran los hombres sin honor.

Nos ataron las muñecas con cuerdas de cáñamo que me cortaron la piel hasta el hueso.

Sin permitirnos siquiera recoger un manto, nos sacaron a la noche.

El fango de los muelles de Cádiz se mezclaba con la sangre de mis pies descalzos.

El viento salitre me golpeaba el rostro, arrastrando consigo el hedor a brea y a pescado podrido del puerto.

Ante nosotras se alzaba el San Cristóbal, un galeón de guerra de colosales proporciones, cuyas velas ya comenzaban a desplegarse como alas de murciélago contra el cielo estrellado.

Nos empujaron a empellones por la escotilla de popa, arrojándonos a la bodega más profunda y nauseabunda de la nave.

El hedor a sentina, a moho y a heces rancias nos recibió como un abrazo mortal.

La puerta de roble se cerró con un estruendo definitivo, y el chirrido de las llaves girando en la cerradura selló nuestro destino.

Escuché el crujir de los mástiles, el chasquido de las velas atrapando el viento y el golpe sordo del ancla al ser izada.

Zarpábamos. Nos arrancaban de mi tierra, de la tumba de mi amado Rodrigo, y nos lanzaban a la inmensidad del océano Tenebroso.

Me acurruqué en la oscuridad, abrazando a mi pequeña Elvira, que por fin se había dormido, agotada por el llanto. Intenté rezar, pero las palabras se ahogaban en mi garganta seca. ¿Cómo sobreviviríamos a una travesía hacia un mundo desconocido, cuando mi alma ya había sido destrozada en la orilla?

De pronto, el chirrido de la cerradura rompió la penumbra. Una linterna de aceite proyectó sombras alargadas y danzantes sobre las paredes de madera sudorosa. El capitán que me había deshonrado descendió los escalones, seguido por dos marineros armados con alfanjes.

Me puse en pie, interponiendo mi cuerpo entre él y mi hija, erguida a pesar de mis rodillas temblorosas.

—¿Habéis venido a rematar vuestra obra, perro? —le espeté, escupiendo las palabras con todo el veneno que mi linaje me permitía.

El renegado soltó una carcajada ronca que resonó en el espacio reducido.

No respondió a mi insulto. En su lugar, se acercó a un barril de agua, lo abrió de un golpe y arrojó su contenido sobre las tablas del suelo.

El líquido no era agua. Era espeso, oscuro, y desprendía un olor dulzón y enfermizo que me revolvió las entrañas.

El capitán se giró hacia mí, y a la luz de la linterna pude ver que sus ojos amarillentos brillaban con un terror que no intentó disimular.

—No os he bajado a la bodega para guardaros, Doña Catalina —dijo, con la voz quebrada por una angustia que heló mi sangre mucho más que el acero de sus hombres—. Mi capitán general huyó anoche al saber la verdad. Este galeón no lleva pólvora, ni oro, ni mercancías para el Virrey.

Señaló con un dedo tembloroso hacia el barril derramado, y luego hacia la escotilla por la que se filtraba un sonido nuevo, un sonido que no era el del mar ni el de la madera. Era un coro de tos seca, de lamentos ahogados y de carne que se pudría en vida.

Zarpamos hace una hora hacia las Américas continuó, retrocediendo hacia la escalera con el pánico dibujado en su rostro curtido.

Pero no para venderos. El Virrey ordenó cargar este navío en el puerto de Sevilla antes de que la noticia se extendiera.

Somos el lazareto flotante. Y la peste bubónica ya corre libre por la cubierta.

La puerta se cerró de nuevo, dejándonos a oscuras. El sonido de la tos de los moribundos sobre nuestras cabezas comenzó a multiplicarse, ahogando el ruido del mar. Miré a mi hija dormida en mis brazos, y comprendí con una claridad espantosa que el océano no sería nuestro mayor enemigo.