La flor de eléboro 35 Cuatro gotas
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35 Cuatro gotas

Es domingo. Los domingos siempre fueron días en familia y sin Alberto. En el estudio de Villanueva y Asociados no se trabaja los domingos.

Ese día, como tantas otras veces, accedieron por la entrada lateral que conduce al garaje, el camino habitual para visitar a su huésped.

Bajaron las escaleras sin prestar atención al familiar encendido de los focos ni al constante zumbido de los servidores en la sala de ordenadores.

Solo los acompañaba el eco de sus propios pensamientos.

Alejo pulsó el botón de llamada y las puertas metálicas se abrieron.

Diana mantuvo presionado el botón de la primera planta y pasó la tarjeta por el lector.

El ascensor apenas tardó unos segundos en detenerse; las puertas volvieron a abrirse y la habitación quedó iluminada.

—Buenas tardes. ¿Qué desea hacer hoy? ¿Quiere escuchar música, leer las noticias o ver una película?

Nadie se atrevía a dar la siguiente orden. La voz firme de Diana se abrió paso en el silencio:

—Alexa, abre la habitación de los deseos.

En procesión, avanzaron hasta colocarse alrededor de Alberto.

—¡Hola, mamá! ¿Ya es de día? —su voz, dirigida a Esperanza, encendió aún más los ánimos—. ¿Quiénes son esas personas que te acompañan? Me dan miedo.

—Son amigos —dijo Esperanza, cogiendo su mano, ya unida para siempre al grillete que parecía parte de su cuerpo.

—Vamos a terminar con esto de una vez —atinó a decir Alejo, con un nudo en la garganta.

Había pasado más de un año desde su desaparición.

Una barba espesa cubría su rostro descolorido.

Sus ojos, vacíos, se detenían apenas un instante en cada uno de los que le rodeaban.

Los fluidos corporales habían desbordado el pañal y manchado el pantalón.

Alberto extendió los brazos, a la espera de que el engranaje lo «crucificase», dibujando una imagen grotesca.

Esperanza empujó con suavidad sus brazos hacia abajo.

—Hoy no.

Alberto no podía apartar los ojos de su mujer.

—¿Sabes quién soy? —preguntó Diana, acercándose.

—Claro. ¿Te crees que soy tonto? ¿Cómo están tus hijos?

Diana se apartó. Una lágrima resbaló por su mejilla. Alberto buscó de nuevo a Esperanza y, con dificultad, hizo un gesto con la mano derecha.

—¿Por qué ha venido Papá Noel? ¿Es Navidad ya? —susurró a su oído.

El abuelo Prudencio esbozó una media sonrisa mientras apoyaba una mano en el hombro de su nieto.

—No tiene sentido seguir alargando esto. Hace tiempo que no sufre. Nosotros ya hemos tenido bastante penitencia —dijo Alejo.

—Ya no es aquella persona —dijo Esperanza, mirándolo a los ojos.

—Ya no es persona. Ni siquiera sabe quién es. No recuerda lo que hizo, ni siquiera te recuerda a ti —insistió Alejo.

—¿Qué hace él aquí? —de repente, la voz de Alberto cambió.

Su cuerpo se puso rígido, la espalda se separó del respaldo—.

Espérame en la habitación. No vas a aprender nunca.

—Al segundo siguiente, volvió a perder el control de su cuerpo y la mancha del pantalón se hizo más grande—. ¿Podemos desayunar ya?

Todos miraron a Esperanza. Ella se acercó al frigorífico y sacó una botella de leche. De la estantería cogió un vaso y un paquete de galletas con tropezones de chocolate.

—¿Cuántas galletas te vas a comer hoy? —le preguntó mientras manipulaba el paquete. La cara se le iluminó.

—Todas.

Ella sacó cuatro y se las puso en la mano. La familia observaba en silencio cómo las devoraba. La música del roce de los grilletes acompañaba cada mordisco.

De repente, Alberto dejó de comer.

—¿Me vais a matar hoy? Por favor… hacedlo de una vez.

Esperanza cogió su bolso, extrajo un pequeño frasco con un líquido transparente y dejó caer cuatro gotas en el vaso de leche. La familia contuvo el aliento. Esperanza sintió cómo se le aceleraba el corazón mientras veía cómo las gotas se mezclaban en la leche.

—Bebe. Estás comiendo muy deprisa y te vas a atragantar.

—Mamá… eres la única persona que me quiere —dijo él, antes de beberse la leche de un trago.

El silencio se volvió absoluto.

—Ahora duerme —susurró Esperanza, mientras cogía el vaso de sus manos.

Los ojos de Alberto se cerraron y su cabeza se apoyó contra el respaldo de la silla. La familia permaneció inmóvil hasta que su pecho dejó de moverse arriba y abajo.

Esperanza no dijo nada más. Se secó una lágrima con la punta del dedo y se quedó mirando el vaso vacío.