36 En venta
Son las siete de la mañana. La gente dice que, llegada cierta edad, el cuerpo se acostumbra a madrugar. Debe de ser que el mío va por libre.
Menos mal que me di cuenta del problema con la gomilla del calzón: ahora tengo la misma barriga, pero voy a escape libre. El día que el Capitán América me devuelva el beso, lo voy a flipar.
Salgo de casa y recorro el camino en piloto automático: diez minutos hasta el bar La Parada; los nuevos propietarios no han perdido el tiempo en pensar otro nombre. Eso sí, las porras y el orujo siguen siendo los de siempre.
Otros diez minutos andando hasta la comisaría.
En la puerta, haciendo guardia con su traje inmaculado, está Samuel.
—Buenos días, Samuel. ¿Para cuándo ese ascenso?
—Demasiada responsabilidad; las cosas importantes las dejo para vosotros.
Entro y veo a varios compañeros arremolinados alrededor del televisor. Por encima de sus cabezas, asoma el brazo de Alia haciéndome señas para que me acerque.
Me abro paso.
—¿Lo ves, Capi? Ahí tienes a tu señor Villanueva.
Escucho la noticia:
«Durante las obras de remodelación del conocido “cubito de hielo”, antigua sede de la familia Villanueva y en la actualidad propiedad de la multinacional Next Building, se ha localizado, presuntamente, el cadáver de Alberto Villanueva, desaparecido hace casi dos años.
La identidad no ha podido ser confirmada de forma visual y será necesaria la realización de pruebas forenses.
El hallazgo se produjo en una habitación oculta entre dos plantas del edificio, que según fuentes policiales podría haber funcionado como refugio sexual de temática sadomasoquista. En su interior, el cuerpo se encontraba sentado en un “sillón de castigo” con grilletes en pies y manos.
El inmueble, obra del afamado gabinete de arquitectos responsable de proyectos emblemáticos en la ciudad como las Torres Ocre o el Teatro Nacional, fue vendido a Next Building hace ocho meses, poco después de la desaparición de Villanueva.
La estancia oculta estaba domotizada y controlada por un asistente de voz Alexa. Expertos informáticos trabajan para acceder a la cuenta asociada y determinar si existen grabaciones o comandos que puedan aportar pistas a la investigación.
El hallazgo ha reavivado las especulaciones en torno a la misteriosa desaparición del empresario y pone el foco, de nuevo, en su entorno más cercano».
—Así que todo este tiempo estuvo aquí, delante de nuestras narices.
—Esto cambia muchas cosas. ¿Damos un paseo por Residencial Las Flores?
Mis manos rodean el volante con fuerza, como si quisiera hacerme daño. No puedo apartar la vista de la carretera. En mi cabeza se repiten detalles de la investigación.
—No me lo puedo creer —Alia rompe el silencio—. Todo este tiempo y estaba allí, tan cerca. ¿Cómo no pudimos pensar en esa opción?
El silencio nos acompañó el resto del camino. Giré en la rotonda que nos llevaba al control de seguridad del residencial. Un guarda jurado diferente salió de la garita.
—Venimos a ver a la familia Villanueva —digo mostrando mi placa—.
—¿Los Villanueva? Ya no hay ninguna familia Villanueva aquí.
Alia se dirige al guarda desde el asiento del copiloto:
—Hay que pasar dos rotondas y girar a la derecha, la segunda casa de la izquierda.
—Sé perfectamente dónde vivían los Villanueva, hasta hace dos semanas. Ahora la casa pertenece a una inmobiliaria que la tiene en venta.
Nos miramos con asombro.
—Hace dos semanas que se fueron. ¿Sabe usted a dónde?
—Ni idea. Fue de un día para otro.
—Gracias por la información.
Doy marcha atrás y rodeo la rotonda en dirección contraria.
—Vamos rápido a comisaría —dice Alia—. Tenemos que averiguar dónde han ido. Estoy seguro de que encontrarán huellas y evidencias de que ellos conocían ese cuarto secreto. Habla con Navarro; yo pido la lista de vuelos y trenes.
—Tranquila —la interrumpo—. No los vamos a encontrar a no ser que ellos quieran. Nos sobra tiempo. Pueden cambiar de cara, de apellido, de vida y elegir cualquier parte del mundo para asentarse.
Alia me mira frustrada.
—Tengo otra hipótesis, Montela. ¿Y si la señorita Susana Garrido le puso los grilletes al difunto, le entraron ganas de fumar, se fue a por tabaco y nunca volvió? La razón por la que no volvió la conocemos.
Me giro hacia ella con una sonrisa espléndida.
—De verdad, Capi. Llevas demasiado tiempo de policía y las neuronas te han empezado a resbalar. Desde el cariño te lo digo.
—No te quito la razón. ¿Vienes esta noche y repasamos el caso, a ver dónde la cagamos?
—Definitivamente eres imbécil, Capi.