La flor de eléboro 34 Hamburguesa vegana
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34 Hamburguesa vegana

—Hace tres días que apenas como, reservándome para esa comida deliciosa que me habías prometido —dijo el abuelo.

—Te vas a chupar los dedos —respondió Alejo—. De primero, tataki de atún, y de segundo, una hamburguesa vegetal de soja y verduras.

Esperanza y Diana observaban la reacción del abuelo.

—¿Atún a medio hacer y hamburguesa que no es de carne? Menos mal que tengo un par de chuletones de verdad en el frigorífico. Al final me toca trabajar… voy a por ellos.

—¡Para, para! —interrumpió Alejo, conteniendo la risa—. Estaba bromeando. Para ti: un costillar glaseado espectacular con espárragos trigueros… y una sangría casera fabulosa.

—¡Hola! ¿Hay alguien? —una voz al otro lado de la valla interrumpió la conversación.

Entre los setos que cubrían la verja se distinguía una nariz achatada.

—¡Hola, perdonen! Somos el inspector García y la subinspectora Montela. ¿Tienen un minuto?

Los miembros de la familia se miraron sin saber qué hacer. Fue el abuelo quien rompió el silencio:

—Íbamos a empezar a comer —dijo casi gritando.

Esperanza lo miró asintiendo con la cabeza.

—Qué alegría me dan. La familia unida, disfrutando del domingo —dijo el inspector—. Voy por la puerta delantera.

—Salgo a preguntarles qué quieren. Vosotros seguid a lo vuestro.

Prudencio abrió la cancela pintada de verde. Los inspectores ya lo estaban esperando.

—¿Qué se les ofrece? ¿La policía no descansa ni los domingos?

—Buenas, usted debe de ser Prudencio —respondió el inspector con tono ligero—. Hemos pasado por casa de su hija y, al no encontrarla, pensamos que estarían por aquí. Decidimos hacerles una visita para ver cómo se encuentran… ¿Comida familiar? Aunque con estos calores, apetece más beber que comer.

Tras unos segundos de silencio, el abuelo respondió:

—¿Les apetece tomar algo?

—Estupendo. Aunque no queremos molestar —respondió Capi, ya entrando.

—Adelante, acompáñenme. Estamos en el patio de la casa. Allí hace más fresco.

—Buenos días, buenas tardes ya. —Capi saludó con una amplia sonrisa.

—Buenas tardes —contestaron Esperanza y los hijos al unísono.

—¿Una sangría? —preguntó el abuelo.

—No debería… pero ya nos vamos de retirada. Una sangría no vendría mal, ¿verdad, subinspectora? —respondió Capi.

—Para mí no, gracias. No bebo alcohol —añadió Alia.

—¿Un refresco? ¿Agua?

—Agua, gracias.

—Prudencio, son ochenta y siete años ya, si no me equivoco. Está usted estupendo. Ese espíritu… esas ganas de vivir. No todo el mundo tiene esa energía a esas alturas de la vida. ¿Ha viajado últimamente?

—Algún viaje corto de un par de días. Me gusta mucho viajar. Y, si es posible, a pueblecitos con encanto. No me gusta el turismo tradicional.

—Le recomiendo una ruta por los pueblecitos del litoral norte.

¿Conoce Alduete? Es el pueblo natal de Susana Garrido, un lugar encantador.

Aunque parezca increíble, el mismo día que encontraron a la señorita Susana muerta en su piso, hallaron también muerta a su madre en el pueblo.

Seguro que estaban al tanto… Al parecer, se ahogó en su propio vómito. Intoxicación etílica; triste final.

—Este mundo está patas arriba. No hay quien lo entienda. Una auténtica lástima. —contestó el abuelo

—Bueno, para ustedes, perdónenme, estas muertes les van a permitir conservar el patrimonio del señor Villanueva. Más ahora que el juez le ha dado oficialmente por muerto. A nosotros también nos ha llegado la comunicación del juzgado. —Capi se santiguó.

—Se lo comentaba a Alia: ¿para qué esperar diez años?

Ha pasado uno sin ningún rastro de él, y con un diagnóstico de Alzheimer temprano y un juez amigo de la familia, las cosas se pueden aligerar.

Madre mía, qué fresquita está la sangría.

Es uno de los mejores inventos de la humanidad. Ni la rueda, ni la cama… chuminadas.

—El destino es caprichoso —intervino Esperanza.

—Yo creo que es el karma. Años de matrimonio, vidas paralelas… bastante aguantó usted, ¿no cree?

—Bueno, ya está bien. Les agradecemos la visita. Si no les importa, vamos a empezar a comer —dijo Diana, cortando la conversación en seco.

—Sí, por supuesto. —Capi apuró el vaso de sangría.

—Por cierto, Alejo, ¿ya estás mejor de tu enfermedad? —preguntó Alia, con un tono neutro.

—¿Mi enfermedad?

—Sí. La directora del colegio fue discreta en este asunto, aunque nos dejó preocupados. Se nota que es una profesional.

—Pues les informó mal. No tengo ninguna enfermedad. No iba al colegio por las palizas que me daba el desaparecido señor Villanueva.

—Déjalo ya —dijo Diana, cortante—. Estos señores seguro que tienen cosas que hacer.

—Por supuesto —respondió Capi—. Una última pregunta. —Hizo una pausa y recorrió con la mirada a cada miembro de la familia, deteniéndose un segundo en cada uno—: ¿Cómo le hicieron desaparecer sin dejar rastro?

La familia, sorprendida, quedó en silencio.

—Ahora que estamos entre amigos, pueden decirlo abiertamente. Me tienen admirado.

Esperanza salió al paso:

—Es evidente que no tienen ninguna prueba que respalde esa afirmación. Como también es evidente que, si hubiésemos sido nosotros, nunca le diríamos cómo lo hicimos.

—¿Cuánto tiempo cree que tardará en salir la verdad a la luz?

—No sé a qué verdad se refiere, pero estoy convencida de que todo se aclarará. Y es muy posible que antes de lo que espera.

—Que así sea —dijo Capi, serio—. Gracias por las bebidas.

—Los acompaño —gruñó Prudencio, guiándolos de nuevo hasta la entrada.

—Que pasen un buen día.

—Gracias por su paciencia, caballero.

Alia andaba sin prisa. Con los ojos cerrados hacia el sol, respiraba despacio. Su rostro mostraba un gesto de serena felicidad.

—¿Tienes planes para comer, subinspectora?

—He quedado con Samuel.

—¿Con Samuel? ¿Mi Samuel? Acabáramos… Me destrozas el corazón.

—No se puede ser más tonto. Sabes que, aunque mi cuerpo no, mi corazón siempre será tuyo. Toma, hoy conduces tú —terminó Alia lanzando las llaves.