La flor de eléboro 33 La sonrisa de la madame
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33 La sonrisa de la madame

Apoyados en el lateral del coche, vemos cómo los compañeros se despliegan y rodean La Casa Mágica.

—El juez no les pone a Montes y a Méndez tantos problemas como a nosotros para tramitar una orden de registro. Me da que no eres de sus favoritos, Capi.

—Tu percepción es totalmente errónea. Somos uña y carne. Soy su ojito derecho, pero no puede ir por ahí proclamándolo. Así que se hace el duro, me pone más pegas que a los demás y así evita determinados comentarios sobre sus preferencias.

Alia mastica chicle con la boca abierta, provocando un chasquido desagradable cada vez que aprieta los dientes.

Lleva unas gafas de sol que le cubren media cara.

Gira la cabeza hacia mí y exagera todavía más el gesto.

No dice nada; vuelve a girar el cuello y sigue con la mirada el ir y venir de agentes entrando y saliendo de la casa.

—Mi compañía no te está haciendo ningún bien. Dame un chicle, anda.

Me lo meto en la boca, me planto también las gafas de sol y exagero la masticación.

—En cualquier caso, estamos mejor aquí, viendo los toros desde la barrera. Navarro acertó en asignarle este asunto a ellos —suelta Alia.

—Te vas a dislocar la mandíbula —digo, marcando cada sílaba—. No puedo estar más de acuerdo con tus afirmaciones de hoy, subinspectora Montela. Sin duda han hecho un estupendo trabajo. —La boca se me empieza a llenar de saliva.

Veo cómo Méndez se dirige hacia nosotros.

—¿Qué, pasando el tiempo? ¿Os traigo algo de beber?

—Para mí un refresco sin burbujas, el que prefieras, y unas palomitas XL —contesta Alia, siguiendo con el juego.

—¿Qué le pasa en la boca? —Méndez se gira hacia mí con cara de interrogación.

—Argg… —Escupo el chicle y recupero mi voz normal—. No ha pasado buena noche.

—Tengo una amiga que te ayuda a buscar tu look ideal. No puedes seguir combinando una chaqueta azul y una corbata verde. Puedes dejar ciego a alguien de la impresión.

Méndez me vuelve a mirar, sin decir nada, con los ojos como platos de café y señalando a la subinspectora.

Me encojo de hombros.

—Un golpe de suerte lo del chaval —le digo, quitándome las gafas de sol.

—¿Suerte? Nos costó unas cuantas jornadas ver salir a alguien de la casa, seguirle, abordarle. Ya sabes, algunos son más fáciles de convencer que otros. Pero al final resultó ser una mina —responde Méndez.

Alia se quita las gafas también, saca un pequeño papel del bolsillo y empuja el chicle con la lengua hasta dejarlo en la punta de los labios. Lo atrapa con los dedos y lo envuelve.

—No te quites mérito, Méndez. Es un trabajazo —dice, guardándose de nuevo el papel en el bolsillo.

—Al chaval casi le da un infarto cuando le dijimos que lo llevábamos a la cárcel.

En nuestra amistosa charla, confesó que lo habían traído engañado para trabajar en la construcción.

También reconoció que le había cogido el gusto y que ganaba mucho dinero.

Testigo protegido, papeles de residencia y contrato de trabajo: ese es el precio.

—¿Y el resto de las personas allí dentro? —pregunta Alia.

—Todo indica que están por voluntad propia. Ahora les están pidiendo la documentación. De ellos y ellas no vamos a sacar mucho más, pero la madame está jodida.

—No te hagas el interesante, cuenta —digo.

—Hemos encontrado cámaras en cada habitación. Temáticas, dignas de ver. Van desde la casa de los horrores hasta mundos de princesas Disney… pasando por el universo Hentai.

—Te veo muy puesto, Méndez —interrumpe Alia con una sonrisa picarona.

—Hay horas y horas de grabaciones —continúa— y, por lo que contó el chaval, hay clientes muy importantes. Políticos, banqueros, gente con autoridad a los que no les va a hacer ninguna gracia que les cerremos el parque de atracciones. Y mucho menos que sepamos que tenían abono anual.

—Eso es dinamita —murmura Alia.

—Se avecina tormenta. Esto nos va a traer más de un dolor de cabeza.

Veo cómo Montes atraviesa la puerta principal agarrando del brazo a la madame esposada. Ella fija la mirada en nosotros, se detiene y susurra algo a su custodio. Cambian de rumbo y se acercan.

—Inspector García y subinspectora Montela. Qué privilegio volver a verlos en mi humilde morada —dice con retintín. Perfecta, como si en lugar de esposada fuese a un cóctel: tacones firmes, maquillaje intacto, sonrisa congelada.

—Señorita Iraide. El placer es nuestro. Su hospitalidad nos honra —contesto.

Inclina la cabeza y nos dedica una reverencia.

—Pero esto no puede quedar así, solo en palabras. ¿Qué día es hoy?

—Hoy es el día en el que su vida cambia para siempre —responde Alia, con gesto serio.

—Sigues tan ingenua, querida. Esto va a ser un paseo. Además, necesitaba que me diese el aire. Paso demasiado tiempo pendiente de mi negocio.

—¿Un paseo? Quizá cambie de residencia durante algún tiempo.

—Iraide sonríe sin apartar los ojos de Alia—. Lo que decía: nos vemos aquí pasado mañana, Dulce nos sirve un cafecito y pasamos un rato hablando de nuestras cosas.

—No existen «nuestras cosas». Y «sus cosas» han dejado de existir —Alia levanta la voz y da un paso al frente.

Montes tira del brazo de la señora y reanuda la marcha hacia el furgón. Entre carcajadas, la mujer grita:

—Nos vemos pronto, subinspectora.

—¿La ves? —dice Alia sin apartar los ojos—. Esa no teme a la cárcel.

—Normal. Tiene a medio país grabado en vídeo.

—Chicos —interviene Méndez—. El espectáculo está a punto de terminar. Vamos a ir recogiendo.

—Nosotros también nos marchamos. Hablamos en comisaría.

Entro en el coche y me acomodo en el asiento del copiloto. Alia se deja caer en el asiento del conductor encajando los riñones contra el respaldo. No hemos recorrido diez metros cuando suena el teléfono. «Navarro» aparece en la pantalla del manos libres.

—Cuéntame, jefe, te escuchamos —digo sin preámbulos.

—¿Os habéis tomado la mañana libre? ¿Dónde estáis?

—Nos hemos acercado al operativo por si Montes y Méndez necesitaban una mano. Parece que ya han acabado. Nos estábamos yendo.

—Déjate de historias, Capi. Seguro que tenéis cosas más importantes que hacer. —Guardamos silencio—. Pasaros por comisaría. Nos acaban de entregar una resolución del juzgado. Alberto Villanueva está oficialmente muerto. Fin de la historia.

—Es increíble. No han perdido el tiempo —interviene Alia—. Se van de rositas y recuperan su fortuna.

—No habéis encontrado nada que les incrimine, ¿o sí? —Navarro espera unos segundos—. Pues a otra cosa. Hay muchos delincuentes deseando conoceros.

—Oído, jefe, vamos hacia allí. —Cuelgo.

—Subinspectora, no siempre ganan los buenos. Aunque el concepto de buenos y malos depende de la perspectiva. ¿Nosotros qué somos? —pregunto.

Alia se saca el papel del bolsillo con dificultad mientras conduce. Extrae el chicle y se lo mete en la boca. Se coloca las gafas de sol.

—¿Nosotros? No sé… En concreto, tú eres imbécil —dice, volviendo a producir ese ruido tan desagradable.