32 ¿Dónde está Alberto Villanueva?
Hoy, más que nunca, necesito una cerveza helada. El cartel cutre de luces de neón intenta dibujar una jarra, pero a cierta distancia parece un cucurucho de helado. Giro el cuello en círculos para desentumecerlo mientras empujo la puerta. En mi sitio habitual, distingo una figura conocida.
—Ya te lo había dicho, crea adicción. No hay un antro como este para tomar cerveza bien tirada.
—Hola, Capi —dice Alia, girándose.
—Hola, subinspectora. ¿De bajón?
—Es increíble: he ido a la esquina y he tocado al señor ese que parece una estatua. Pues resulta que es real, no ha dicho ni mu. Solo ha movido los ojos, despacito, como invitándome a irme a freír espárragos. Fulminante.
Sonrío. Antes de pedirlas, Gabi, el camarero, ha dejado dos cervezas sobre la barra.
—Estar aquí, en silencio con tus pensamientos.
Limpiando la mierda del día para empezar mañana con más fuerza.
Estar aquí… estar aquí es una puta miseria, joder.
No sirve para nada. Ni terapia ni hostias.
Nadie te pregunta cómo ha ido el día, ni una sonrisa, ni un «qué bien te ves hoy». Y todavía no sé cómo habla Gabi.
—Shhh. Silencio. Recuerda que este es tu sitio para pensar —dice Alia con voz baja y pausada—. No hagas escenas y compórtate como si estuvieses solo.
Me siento a su lado. Respiro hondo una vez, dos veces. Sujeto la cerveza con las dos manos, entrelazo los dedos. Noto el frescor y me calmo.
Deben haber pasado más de cinco minutos. Hago la señal de otras dos a Gabi con los dedos.
—Como era de esperar, los informáticos no han encontrado nada relevante. No hay nada de donde seguir tirando —rompo el silencio.
—Antes o después cometerán un error.
—Pues espero que sea antes —bebo media jarra de cerveza de un trago.
—Sabes tan bien como yo que lo han hecho ellos —insiste.
—Mira, Alia, a estas alturas yo no sé una mierda. Bueno, sí: sé que Alberto Villanueva sigue desaparecido. Ni un solo rastro; evaporado. También sé que el asesino de Susana Garrido está en la cárcel, esperando juicio. Y que lo van a condenar, porque todas las pruebas lo señalan.
Alia gira su taburete hasta quedar frente a mí.
—También sé —continúo— que el antiguo chófer del desaparecido tiene un pasado turbio y que, aunque queramos, no tendremos ni el tiempo ni los recursos para llegar al fondo.
Sé que vamos a desmantelar el tugurio de explotación sexual donde estuvo Susana Garrido y sé que vamos a tener problemas, porque los habituales son gente con poder.
Pero lo haremos. Y sé que vamos a seguir buscando a Alberto Villanueva…
—Vamos a tener tiempo de hacerlo —afirma Alia—. ¿Sabes cuánto tiempo tiene que pasar para declarar a una persona desaparecida como muerta? Diez años.
—¿Sabes que, aunque el testamento se pueda hacer público por orden notarial, no se pueden tocar los bienes hasta que el desaparecido sea oficialmente declarado muerto?
—Es decir, Alberto Villanueva estará vivo otros diez años más, lo quieran o no —afirma ella.
—Estás dando por hecho que está muerto. Puedo poner sobre la mesa distintas hipótesis tan plausibles como la de que lo han quitado del medio.
Imagina que aquel día nunca llegó a trabajar.
Su chófer hizo el trayecto y él se quedó por el camino.
O simplemente se había hartado de su vida y ahora está mojándose los pies en una playa paradisíaca de vaya usted a saber dónde.
—¡Que no, Capi! No me vas a convencer. A su chófer le habríamos sacado la verdad porque es un frágil. Desde que desapareció no ha habido un movimiento sospechoso en sus cuentas bancarias.
—Shhh. Tranquila. Recuerda que estás en el sitio de pensar.
Respira despacio… Centra tu mirada en la cerveza, mira las gotitas de alrededor, cómo resbalan por la jarra helada…
—cambio de tono— En serio, no podemos reprocharnos nada.
Vivimos cada caso las 24 horas… Si quieres un consejo de abuelo, no vuelques todas tus energías en el trabajo.
Cada cosa en su lugar. No empieces tan pronto a restarte vida.
Alia me mira, primero asiente con la cabeza y aprieta los labios. Luego… suelta una carcajada.
—¿Qué coño es esto? Terapia cutre en casa de Gabi. Pareces un telepredicador.
—Dos cosas te voy a decir. Se te está pegando el mal hablar y no me gusta nada ese humor que te gastas últimamente.
—Por una vez tienes razón.
—¡Gabi! —dice y hace la señal de dos más.