La flor de eléboro 31 El hombre de Vitruvio
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31 El hombre de Vitruvio

Andaba despacio, como si no quisiera llegar nunca.

Su cuerpo se movía con la pesadez de quien lleva cuatro veces su propio peso, como si la gravedad se hubiera multiplicado en aquel edificio.

Las noches sin dormir le habían dejado unas ojeras profundas, casi grotescas.

El camino hasta la habitación secreta se le hacía interminable.

Esperanza aguardó a que se abrieran las dobles puertas del ascensor y comenzó a avanzar. Pasaron diez segundos desde que puso un pie fuera del ascensor hasta que Alexa terminó de abrir la puerta de la habitación de los deseos. Un aire cargado de hedor rancio y acre inundó el resto de la estancia.

—¿Quién anda ahí? ¿No te han enseñado a llamar a la puerta? —la voz de Alberto rompió el silencio de la habitación.

Esperanza avanzó hacia él, escuchando el sonido metálico del roce de las cadenas con las argollas que lo mantenían unido al suelo.

—¿Eres tú, Susana? —Alberto se agitaba, nervioso, en su sillón.

—Buenos días, Alberto —dijo ella, apretando el botón verde de la pared. Las cadenas que sujetaban pies y manos empezaron a tensarse.

—¿Qué haces? ¿Te crees que soy Jesucristo?

—¿Cómo ha ido el día? —preguntó ella de manera rutinaria.

—Hoy ha sido un día de muchas visitas. No había manera de que se fuesen. Les dije que no voy a construir ese edificio por menos de veinte millones.

—Luego vino mi madre a verme y le dije que no podía estar aquí. Y mírala, allí sigue. No hay manera de que se vaya.

—¿Y qué te dice? —Ella le seguía la corriente mientras esperaba.

—Que me tengo que casar cuanto antes. Y no quiero —contestó Alberto, sollozando.

Las cadenas siguieron haciendo su trabajo hasta que Esperanza volvió a pulsar el botón rojo de la pared y el mecanismo cesó. Alberto quedó incorporado por completo. De un solo movimiento, ella le quitó el pantalón de pijama, sujeto con velcro.

—Vamos a ver cómo tienes esto.

Al despojarle del pañal, las úlceras de sus nalgas quedaron al descubierto.

—¿Qué quieres? ¿Por qué estoy encadenado? Déjame ir, por favor…

Esperanza terminó de desvestirlo, retirando la camiseta con el mismo sistema de velcro que el pantalón. Su posición en el espacio, su desnudez y la pequeña melena evocaban la figura del Hombre de Vitruvio de Leonardo da Vinci.

—¿Qué me vas a hacer? No me dejes así… —imploró Alberto, al ver cómo se alejaba.

Esperanza no tardó en regresar con un cubo de agua tibia y una esponja de esas de hospital, de las que tienen el jabón incorporado, y un juego de toallas.

Después de extender una en el suelo, empezó a frotar el cuerpo de Alberto, poniendo especial cuidado en la zona dañada por las úlceras.

Un gemido hizo que detuviese su afanosa tarea.

—Parece que has perdido el gusto por el dolor —dijo Esperanza.

—Gracias, Susana, por todo lo que estás haciendo por mí —dijo él.

Esperanza se quedó quieta, sosteniendo la toalla con la que acababa de secarle los pies.

—No soy Susana —dijo al fin, sin mirarlo.

Alberto giró la cabeza y clavó en ella una mirada lúcida.

—¿Entonces quién eres? ¿Dónde está el desayuno?

—Soy tu mujer, Esperanza.

Él la miró fijo con un brillo extraño.

—Esperanza… sí. Mi querida mujercita. Débil y servil. ¿Dónde está mi corbata azul? Tengo una reunión con un cliente importante. Nunca tienes las cosas preparadas.

Le temblaban las manos. Sintió cómo la culpa se evaporaba. La rabia volvió a apoderarse de ella. Por un momento, pensó en acabar con esa situación: solo tenía que darle un golpe de gracia y todo habría terminado.

—¿Y tú? —susurró—. Encadenado, con tus miserias encima, confundiendo a tu mujer con tu amante… Tú sí que das pena —dijo, cerrando el pañal con más fuerza de la necesaria.

Alberto no contestó. Le brillaban los ojos; volvía a estar lejos, en otra escena de su mente, perdido.

Esperanza terminó de vestirlo. Recogió el pañal usado y limpió la zona con la misma toalla que permanecía en el suelo. Pulsó el botón rojo y las cadenas que sujetaban a Alberto empezaron a destensarse, dejándolo sentado en el sillón.

—Susana… quédate. No me dejes solo —dijo con voz de niño.

Esperanza caminaba hacia la puerta.

—Susana está muerta. Y tú también, solo que no lo sabes.

Un suspiro profundo acompañó el sonido de la puerta hidráulica al cerrarse.