La flor de eléboro 30 El pie de estatua
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30 El pie de estatua

Unas gafas de sol Bvlgari ocultaban sus grandes ojos castaños. El vestido negro de Armani ceñía su figura con elegancia. A Susana le gustaba atraer las miradas durante el trayecto de la oficina a casa. Los tacones acerados de sus Christian Louboutin marcaban el paso sobre el adoquinado.

El edificio donde vivía, con inspiración art nouveau belga y toques afrancesados, había sido declarado bien de interés cultural. A pocos metros de la entrada, metió la mano en su bolso Hermès y abrió el portón.

—Catorce peldaños por tramo, cuatro tramos hasta el segundo piso, cuatro veces al día… Doscientos veinticuatro peldaños —calculaba mientras ascendía—. Un granito de arena más para seguir luciendo este vestido fabuloso.

Introdujo la llave, los cuatro puntos de anclaje saltaron con cada vuelta de cerradura y el sonido intermitente de la alarma le recordó el código de desbloqueo.

—¿No me vas a invitar a entrar? —preguntó Anselmo, sobresaltándola.

Susana reconoció la voz y, sin darse la vuelta, preguntó:

—¿Qué haces aquí? ¿Te ha enviado Alberto?

Su cuerpo, entre el marco y la hoja de la puerta blindada, quedó expuesto. Solo hizo falta un golpe seco en la nuca para que todo se apagase.

El impacto la mantuvo inconsciente el tiempo suficiente para que Anselmo pudiera inmovilizarla. Cuando recuperó la conciencia, el dolor punzaba en su cabeza. Poco a poco, las imágenes empezaron a enfocar.

—¿Te has vuelto loco? ¿Qué quieres? ¿Por qué me has atado?

Aturdida, con la respiración entrecortada, trataba de ordenar sus pensamientos y dar sentido a la escena.

—Dímelo tú —dijo él, mostrándole la nota.

Leyó el papel mecanografiado de un vistazo y frunció el ceño.

—Eso no lo he escrito yo, imbécil —contestó cada vez más entera—. Sé por qué tu padre recibió el dinero. ¡Desátame de una vez!

—¿Y qué es exactamente lo que sabes?

Una carcajada sarcástica retumbó en los oídos de Anselmo.

—Parece que tu padre tampoco te habló del tema.

—Pero tú lo vas a hacer —contestó, subiendo el tono.

—Vas a ser un ignorante sin trabajo si no me sueltas ahora mismo —dijo ella y bajó los párpados.

—Veinte años acostándote con el jefe, robando el lugar de Esperanza y sus hijos… —dijo Anselmo mientras apretaba los puños—. ¿Qué se siente al ser la heredera de un imperio? No eres más que una puta interesada.

Susana abrió los ojos, helada.

—Tú no deberías saber lo del testamento.

—No solo lo sé yo. Estás acabada.

—Todavía estás a tiempo de beneficiarte de esto —dijo con un tono suave, casi maternal—. Sé inteligente, como tu padre. Suéltame ahora y me encargaré de que no tengas que trabajar más el resto de tu vida.

—Cuando esto termine, Esperanza y yo formaremos una nueva familia…

—¿Esperanza y tú? —interrumpió ella y soltó una carcajada—. Un chófer hijo de un asesino. Me estás alegrando el día. Después de esto, tu padre acabará en la cárcel. Y tú… tú acabarás suplicando trabajo. De eso me encargaré yo.

—Todavía tienes una opción. Vete con lo que has ganado y desaparece —murmuró él tratando de calmarse.

—Cobarde de mierda. ¡Desátame! —gritaba mientras se agitaba con violencia.

Anselmo la sujetó, inmovilizó la silla y acercó su rostro al de Susana:

—No me gusta que jueguen con mi familia.

Ella se inclinó hacia delante hasta juntar su cara con la de Anselmo.

En un movimiento rápido, ladeó la cabeza y mordió su cuello con rabia.

Anselmo tanteó a ciegas en la mesa, cogió un objeto y lo estrelló contra su nuca.

Los dientes soltaron y la cabeza de Susana cayó hacia delante.

De su cuero cabelludo brotaba un reguero espeso de sangre.

Retrocedió un paso. Miró sus propias manos como si no fueran suyas.

—La he matado —susurró pálido.

El pánico se apoderó de él. El objeto cayó al suelo con un golpe seco. Lanzó una última mirada al cuerpo inmóvil de Susana; su pecho todavía subía y bajaba. Tambaleándose y chocando contra las paredes, abandonó la casa.

Una aspiración profunda surgió del fondo de la garganta de Susana. El sonido de la puerta al cerrarse la puso en alerta.

—No me dejes así, por favor, me iré y no volveré nunca —dijo con un hilo de voz.

—Parece que has tenido un mal día —respondió Prudencio—. He visto al chófer de tu jefe salir corriendo como alma que lleva el diablo.

—Gracias a Dios, llama a un médico —dijo ella con dificultad, aliviada—. Ha intentado matarme.

—Y no lo han conseguido. Estos jóvenes… salen corriendo, dejan todo hecho un desastre y ni siquiera cierran la puerta.

Susana lo miraba, sin terminar de comprender.

Prudencio se ajustó los guantes de cuero y recogió el objeto del suelo.

—«Premio a la mejor dirección de RR. HH.» Bonito diseño.

—Desátame, por favor. —La sangre no dejaba de brotar y se acumulaba en la ceja hasta que, gota a gota, caía contra sus labios.

—Los mayores siempre terminando el trabajo de los jóvenes. Qué decepción. Esa herida… no pinta bien. Si sigue sangrando así…

—¿Qué vas a hacer? ¿Me vas a matar?

—Por supuesto que no. Ya te mató Anselmo. Yo solo vengo a certificar tu muerte.

—Eres igual de patético que tu hija. Si crees que matándome vas a solucionar esto, no conoces a tu yerno.

—Pronto ni él mismo se reconocerá. Cuestión de paciencia. La verdadera pregunta es: ¿qué hará tu jefe cuando se entere de que ya no estás?

—Os va a matar a todos. El odio pesa más que la memoria. Ha vivido odiándoos y eso será lo último que olvidará.

—La pena es que no lo vas a ver.

Prudencio alzó el objeto y descargó el golpe de gracia. Los dedos de Susana se tensaron por última vez y su cabeza cayó vencida sobre el pecho.

Mientras observaba la escena, Prudencio marcó un número.

—Ya está, hija. No hay marcha atrás.

—Espero que no tengamos que arrepentirnos —dijo Esperanza al otro lado.